"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

12/10/15

Para una crítica de la tesis burguesa del estancamiento secular

Paula Bach   |   La teoría económica marxista nació como crítica de la economía política clásica. Aprehendiendo por un lado lo más revolucionario de los logros científicos alcanzados por la burguesía naciente y a la vez criticando incisivamente sus limitaciones. Los problemas de la forma y el contenido adoptaron una presencia estelar en esta relación dialéctica que Marx estableció con la economía política burguesa de aquel entonces y en particular con David Ricardo –uno de sus más audaces exponentes–. Hasta cierto punto –y salvando todas las distancias del caso–, dilucidar las tendencias del capitalismo actual exige hurgar nuevamente en los problemas de la forma y el contenido con el objeto de aportar elementos para la crítica de lo más perspicaz del pensamiento económico burgués contemporáneo. En el presente trabajo y tras un breve recorrido por la historia de la teoría, indagaremos –con este espíritu y a falta de mejor sustrato– algunos nudos de la tesis del estancamiento secular propuesta hace relativamente poco tiempo por el ex Secretario del Tesoro norteamericano, Lawrence Summers.
Un problema ontológico
El modo laberíntico en el que el capital se hizo presente desde su surgimiento, cimentó la expresión de Marx de que las formas históricamente más desarrolladas permiten a la mirada científica acceder tanto a una comprensión superior de las estructuras anteriores como de aquellas de la realidad contemporánea. Pero como Marx también se ocupó de resaltar, esas formas más desarrolladas se encargan a la vez de velar progresivamente el entendimiento de la realidad a la mirada del sentido común. La teoría económica burguesa, no sin motivos, cayó presa de esta dualidad contradictoria desde su origen. Si en su juventud se acercó asintóticamente a la conquista de una verdad científica, el temor a su conocimiento la alejó de la meta. Desde un punto de vista epistemológico, el mayor obstáculo para resolver las contradicciones que planteaban los problemas del plusvalor y la ganancia [1], lo trazó la imposibilidad de hallar la relación correcta entre forma y contenido o, dicho en otros términos, de comprender las leyes del movimiento de la apariencia [2]. El intríngulis lo resolvió Marx demostrando a través de múltiples ensayos y luego, a lo largo de los tres tomos de El Capital, que las aparentes paradojas que envolvían al trabajo impago como fundamento de la ganancia capitalista, tenían solución. Para hallarla, era menester comprender tanto la diferencia entre el modo en que las mercancías se crean en la esfera de la producción y la forma particular en que ese proceso se pone de manifiesto en la esfera de la circulación, como las múltiples mediaciones que se establecen entre ambas esferas. Despejando la maleza por este camino, Marx descubrió la norma del modo de producción capitalista y otorgó un fundamento científico a la teoría de la revolución proletaria. Pero lo que más interesa resaltar aquí es que desde un punto de vista ontológico, el pensamiento burgués no podía sintetizar o comprender las relaciones subyacentes entre la esfera de la producción y la esfera de la circulación o, dicho un poco abusivamente, no podía romper el hechizo que separa el “mundo de lo privado” y sus múltiples capitales independientes, del “mundo de lo social”. Y no podía porque esa separación es parte constitutiva de su existencia y por tanto prefigura su manera específica de comprender el mundo. De algún modo, la propia burguesía es “víctima” del hechizo. Decía Lukács en Historia y conciencia de clase que:
El capital es una fuerza social cuyos movimientos están dirigidos por los intereses individuales de los propietarios del capital, los cuales no dominan la función social de su actividad ni pueden preocuparse de ella, de tal modo que el principio social, la función social del capital, no puede imponerse más que por encima de ellos, imponiéndose a su voluntad, sin conciencia de ellos [3].
Es así como, cuando Marx resolvía la diferencia específica del modo de producción capitalista, la economía política clásica hacía no mucho tiempo que había dejado de lado las especulaciones improductivas sobre el plusvalor y se había echado a los brazos del más vulgar de los sentidos, dando origen a una teoría económica de los fenómenos, antecesora del actual mainstream. Pero atrapada como quedó por los siglos en las calmas aguas de la apariencia y lo suficientemente alejada de los procesos históricos, la teoría económica burguesa no consiguió pasar la prueba de los hechos. En un mundo en el cual las contradicciones del capital devenían de más en más agudas –incluyendo episodios como el triunfo de la Revolución rusa o el estallido de la Depresión de los años ‘30– la cuestión ontológica que en los orígenes se había puesto de manifiesto esencialmente como límite epistemológico, terminó por transformarse en un problema de “gestión” de los destinos del capital. Devenida un cuerpo teórico demasiado trivial frente a los momentos más convulsivos de la historia del capitalismo, la teoría económica vulgar acabó dando origen –sobre todo por necesidad– a nuevos “cuerpos teóricos” o ideas –siempre más bien pragmáticas– que evitando recaer en el error “original” y manteniendo el gusto por lo fenoménico, buscaron resguardar al capital de sus propias contradicciones.
A propósito de Keynes y Summers
Lo notable es que si en un principio Marx abrevó en los avances de la teoría económica de la burguesía naciente, la relación muestra una cierta inversión en el transcurso del siglo XX. La teoría formulada por Keynes –que mantiene incambiados los nudos conceptuales fundantes de la teoría oficial, en particular en lo referente al origen de la ganancia– se ve obligada a reintroducir una dimensión histórica en el análisis del capitalismo, visualizando los límites del laissez faire y el liberalismo e identificando la época de entreguerras como una etapa inestable y de transición. Hasta cierto punto, adjudicando un lugar prominente a las guerras, emulando aspectos parciales de la planificación soviética frente a la crisis y temiendo como temía a la revolución, Keynes parece haber entrevisto –implícitamente, por supuesto y con objetivos opuestos por el vértice– elementos de caracterización de la época histórica muy similares a los ya formulados por Lenin, Trotsky y la Tercera Internacional [4]. La persecución keynesiana del oxímoron consistente en alcanzar los resultados de la guerra bajo condiciones de paz, se erige como utopía reaccionaria y ejemplo por antonomasia de las ilusiones teóricas de quienes no dominan la “función social del capital”. Este contrasentido keynesiano no está en modo alguno exento de los problemas de forma y contenido que aquejaron a la economía política clásica. Por el contrario, deriva de la imposibilidad de comprender que un contenido tal se manifiesta necesariamente bajo dicha forma. De hecho la utopía keynesiana terminó en un lugar parecido al de la idea original de la economía clásica sobre el plusvalor y la ganancia. Como es sabido y como aún hipotéticamente lo previera el propio Keynes, únicamente la Segunda Guerra Mundial permitió la realización plena de lo que llamaba “su experimento” [5]. Con lo cual quedó probado que los resultados económicos extraordinarios posteriores a una guerra solo pueden obtenerse bajo condiciones de… guerra. Aunque por el modo abrumadoramente laberíntico en que acontecieron los hechos de la posguerra, el asunto continúe siendo materia de permanente discusión, incluso con la extrema izquierda del reformismo. Pero, ¿cuál es el lugar del Larry Summers en esta historia? Para ello debemos trasladarnos al período actual en el que el ex Secretario del Tesoro –tributario de la corriente neokeynesiana [6]–, define las entreveradas tendencias de la economía poscrisis 2008 –la más profunda desde la Gran Depresión– a través de la tesis del estancamiento secular. Una hipótesis que –actualizando la formulada por el economista norteamericano keynesiano Alvin Hansen en los años ‘30–, busca expresar las condiciones de un período particular dentro de un contexto más amplio en el cual, según la definición de Summers, la dicotomía “burbujas vs. estancamiento” gobierna el funcionamiento de la economía de los países centrales durante las recientes últimas décadas. Estas definiciones en su conjunto, y como trataremos a continuación, congregan tres facetas de particular interés. En primer lugar, la legitimización por parte de la teoría económica de las burbujas financieras como único motor del desarrollo capitalista en los tiempos actuales. En segundo lugar, la identificación de que tras la última crisis, las medidas monetarias expansivas creadoras de burbujas serían tan inevitables como insuficientes, preanunciando tensiones financieras insostenibles. En tercer lugar, el reconocimiento de que los trances que se ponen de manifiesto en la actualidad resultan de larga data, aún cuando durante las últimas décadas, habrían sido enmascarados por el desarrollo financiero. Hay que advertir que la teoría económica burguesa, desde aquellas décadas del siglo XVIII en que abandonó definitivamente su coqueteo inicial con los fundamentos del capital, no deja de volverse un poco más franca cuando los momentos devienen críticos en términos estratégicos.
Fuerzas ocultas
En un contraste que suena más a resignación que a teoría, Summers [7] pone de manifiesto que tanto el crecimiento de Estados Unidos de la década del ‘90 como el de los años 2003/7 –no espectaculares pero “adecuados”– estuvieron motorizados respectivamente por la burbuja de las punto com el primero y por la mayor burbuja de construcción de viviendas en un siglo, el segundo. De un modo similar y previamente al año 2010, la periferia y los países centrales de la Eurozona habrían mantenido un frágil equilibrio claramente impulsado por el crédito barato. Es interesante la insistencia de Summers con respecto a que sin ese extraordinario financiamiento y sin burbujas, sin una “gran erosión de los estándares del crédito”, no hubiera tenido lugar un crecimiento similar de la producción. Por el contrario el crecimiento habría resultado “inadecuado” como consecuencia de una insuficiencia tanto de demanda de inversión como de consumo. De este modo y desde hace aproximadamente 20 años –siempre según Summers– la economía de los países centrales se debate entre las “burbujas” que permiten un crecimiento “adecuado” y una situación de estancamiento que se impondría como norma de no mediar la presencia de un crédito que se abarata tendencialmente. En la medida en que la teoría económica reivindica y otorga legitimidad a las burbujas crediticias como medio necesario para contrarrestar el estancamiento económico, se muestra de más en más como un compendio destinado a justificar el movimiento de fuerzas ocultas que no gobierna. Y lo que realmente no gobierna son los destinos de la acumulación ampliada, o dicho más al modo de la teoría económica, de la inversión “no financiera”, verdadero motor del crecimiento capitalista. Hace aquí su necesaria aparición la situación específica poscrisis de 2008 que junto con la Gran Recesión vino a romper la calma de la “Gran Moderación” barriendo –nuevamente al decir de Summers– con la suposición de que las depresiones conservaban un mero interés arqueológico. Transcurridos ya seis años desde el punto más agudo de la crisis, el crecimiento económico en los países centrales –aún con evidentes desigualdades– muestra un patrón débil, con una producción efectiva tanto en Estados Unidos como en Europa, muy por debajo de su potencial estimado en 2008. Summers señala que los patrones son sorprendentes porque se supone que tras superar una recesión, el crecimiento se acelere. La resultante de esta situación es una baja demanda de inversión y un crecimiento extremadamente pobre, a pesar de la permanencia durante años de tasas de interés cercanas a cero. Cuestión que lo conduce a delinear la hipótesis del estancamiento secular que fundamentalmente presupone que en las condiciones actuales y para lograr la tasa “natural” de desempleo, la tasa de interés debe mantenerse en un nivel más bajo de lo que los “mercados” o las intervenciones gubernamentales pueden soportar. Desde un punto de vista, esta es la contradicción que aqueja a la Reserva Federal norteamericana en el momento presente. Sin embargo, presa como vive de lo fenoménico, a la teoría económica se le escapa el contenido y las cosas se le aparecen como si la inversión fuera el puro resultado de los movimientos de la tasa de interés. Escurriéndosele el suceso de que durante el período previo de la “Gran Moderación” las fuentes de plusvalor y los espacios para la acumulación cedidos –como subproducto de la restauración capitalista– por China y Europa del Este hoy en proceso de franco agotamiento, resultaron factores elementales que impulsaron un mayor nivel de inversión. Este es sin duda uno de los aspectos más álgidos que distinguen el auge moderado del período neoliberal del actual “estancamiento secular”. Pero es claro que no se le puede pedir a una teoría de los fenómenos que repare en el tabú frente al cual se detuvo la curiosa economía política clásica de la burguesía naciente. En términos más generales, parecería ser que las ingentes masas de capital financiero que moldean al capitalismo desde las décadas de ascenso neoliberal –en su forma de “capital en general”– amplificaron la “función social” del capital, magnificando el proceso por el cual se impone sobre la voluntad y vela la conciencia de los capitales individuales. En cierto modo este devenir tiene su expresión en la perplejidad con la que la teoría económica burguesa mira su propio mundo. Por último, de la síntesis de estos dos aspectos surge el tercer elemento a través del cual la teoría económica burguesa –o al menos los adherentes a la tesis del estancamiento secular– reconoce que la retracción a partir de 2008 se explica como un momento particular de la tendencia de largo plazo y no como un descenso aislado y repentino. Cuestión esta que –vale la pena recordar– los marxistas y en particular nuestra corriente trotskista, viene sosteniendo desde hace décadas. Para coronar el asunto, un renovado reconocimiento indolente del lugar de la guerra como motor de la inversión –no como planteo “programático”, es claro–, aparece una vez más, como confesión de una “dimensión desconocida” por la teoría económica burguesa. Aunque esta vez y –al menos por ahora– lo que podría denominarse la “tragedia keynesiana” del pasado, reaparece literalmente como comedia en las bromas banales de Paul Krugman o en las palabras displicentes de Larry Summers [8].
Notas
[1] Los dos puntos que al decir de Engels, echaron a pique la escuela de Ricardo. Ver Engels, Friedrich, prólogo a El Capital, Tomo II, Vol. 4, Libro segundo, El proceso de circulación del capital, Bs. As., Siglo XXI Editores, 1995.
[2] Ver Kosik, Karel, Dialéctica de lo concreto, disponible en https://marxismocritico.files.wordpress.com/2012/05/dialecticadeloconcreto.pdf.
[3] Lukács, Georg, Historia y Conciencia de clase, México, Grijalbo, 1969.
[4] Ver Bach, Paula, “Apuntes a propósito de Keynes, el marxismo y la época de crisis, guerras y revoluciones”, Revista Lucha de Clases 9, junio de 2009.
[5] Keynes, J. M., “The United State and the Keynes plan”, New Republic, 29-07-1940, citado por Negri, T., Crisis de la política, Bs. As., El cielo por asalto, 2002.
[6] Ver Bach, Paula, “Economía, política y guerra: Ese oscuro objeto (neo) keynesiano”, Estrategia Internacional 28, 21-09-2012.
[7] Summers, Lawrence y otros, Secular Stagnation: Facts, Causes and Cures (eBook), Londres, CEPR, 2014.
[8] Ver Bach, Paula, “Capitalismo y guerra: entre Karl Marx y Larry Summers”, La Izquierda Diario, 22-11-2014.

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