"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

5/5/16

El Shakespeare de Marx

Karl Marx & William Shakespeare
Sean Ledwith   |   Mientras el establishment político y cultural de Gran Bretaña se prepara para regodearse en el 400 aniversario de la muerte de Shakespeare, una alternativa adecuada para los socialistas sería considerar el notable papel que el poeta y dramaturgo tuvo en el desarrollo de las ideas de Karl Marx. Antes de que caer en la verborrea patriotera, rosa y sin sentido sobre el “Dulce Cisne de Avon”, puede ser instructivo seguir la influencia del dramaturgo a lo largo de la carrera intelectual de Marx, desde sus primeros movimientos en la disidencia como un adolescente hasta la disección que hizo del capitalismo, ya madura, contenida en El Capital.

La élite intentará, predeciblemente, promover una narrativa de Shakespeare como un defensor apolítico y pintoresco de una “Alegre Inglaterra”, desprovisto de cualquier mensaje de tipo radical o subversivo. Marx, por el contrario, estuvo siempre atento al potencial disidente de una voz singularmente dotada, que vivió en la cúspide de las transformaciones que catapultaron a Inglaterra, en su modernidad temprana, desde el feudalismo hacia la época capitalista.
Un respeto sin límites
Paul Lafargue, el yerno de Marx, observó el efecto que tuvo una gran mente en la otra:
“Su respeto [de Marx] por Shakespeare no tenía límites: hizo un estudio detallado de sus obras y conocía incluso al menos importante de sus personajes… Su familia entera tenía un verdadero culto por el gran dramaturgo inglés; sus tres hijas se sabían de memoria muchas de sus obras. Cuando después de 1848 quiso perfeccionar su conocimiento del inglés, aunque ya lo sabía leer, buscó y clasificó todas las expresiones originales de Shakespeare”.
El apodo familiar de Marx era el “Moro”, en referencia a ‘Otelo’. Una de sus actividades favoritas hacia el final de su vida eran las reuniones del ‘Dogberry Club’, en la que los Marx solían representar escenas de las obras de teatro.

En 1865, señaló a Shakespeare como uno de sus tres escritores favoritos. Transmitió su amor por el dramaturgo a sus hijas, como declaró Eleanor Marx:
“En cuanto a Shakespeare, era algo así como la Biblia de nuestra casa, rara vez fuera de nuestras manos o de nuestras palabras. Cuando tenía seis años ya me sabía escenas y escenas de Shakespeare de memoria”.
Marx entendía plenamente que el genio indudable de Shakespeare sólo podía ser totalmente comprendido en referencia a las turbulencias económicas y políticas de las épocas de Tudor y Estuardo, en que se generaron agitaciones que encuentraron paralelos en los tiempos de Marx – y también en los nuestros. Muchas de las ocasiones en que utilizó a Shakespeare para ilustrar alguna cuestión, resuenan hoy con tanta fuerza como en el siglo XIX.
Condimentos esenciales
Marx, probablemente, tuvo su primer acercamiento a Shakespeare de forma muy significativa cuando era un hombre joven que cortejaba a su futura esposa, Jenny Von Westphalen, en la Renania de la década de 1830. El padre de Jenny era parte de la minoría progresista de la aristocracia alemana, que se había radicalizado por las ideas de la Revolución Francesa, exportadas a la zona por la ocupación napoleónica de las décadas previas.

Francis Wheen, biógrafo de Marx, lo describe:
“En sus largas caminatas junto al barón, éste recitaba pasajes de Homero y de Shakespeare, que su joven compañero aprendía de memoria – y utilizaba más tarde como condimentos esenciales en sus propios escritos”.
Inspirado por estas conversaciones y por la lectura de filósofos radicales y de socialistas utópicos, Marx comenzó a encontrarse con la explotación cotidiana y la desigualdad en el curso de su carrera periodística, después de su período universitario. En 1843 investigó la pobreza en el distrito de Mosela, prestando especial atención a la forma en que la recolección de ramas caídas que hacían los campesinos para juntar leña, estaba siendo restringida por las nuevas leyes ideadas por los propietarios. El episodio provocó sus pensamientos sobre la naturaleza de clase de la propiedad privada y los límites de la fe liberal en la neutralidad de la ley.

Para ilustrar la avaricia de los ricos de Renania, Marx utilizó una escena del célebre “El Mercader de Venecia”, en la que el prestamista, Shylock, se enfrenta a Portia, uno de sus deudores. Marx introduce el extracto:
“Hemos llegado a un punto en el que el propietario del bosque, a cambio de un pedazo de madera, obtiene lo que antes era un ser humano”.
Y luego, cita:
“Shylock. ‘¡Oh, sabio juez! — ¡Una sentencia! ¡Ven, prepárate! Porcia. ‘Espera un poco; hay algo más por ver. El contrato te otorga expresamente una libra de su carne, pero ni una gota de su sangre. Toma entonces tu escritura y corta una libra de su carne; pero si derramas una gota de su sangre, tus bienes serán confiscados, conforme a las leyes de Venecia’. Graciano. ‘¿Lo has oído, Shylock? ¡Oh, sabio y recto juez!’ Shylock. ‘¿Eso dice la ley?’ Porcia. ‘Puedes verla escrita por ti mismo’.
[W. Shakespeare, “El Mercader de Venecia”, Acto IV, Escena 1]

Y ustedes, también, deberían verlo escrito.
¿En qué se basa el derecho que alegan al convertir en siervo vuestro al ladrón de leña? En el dinero de la multa. Pero ya hemos demostrado que no tienen ningún derecho a ese dinero. Ahora bien, ¿cuál es vuestro principio fundamental? Asegurar el interés del propietario del bosque, aunque se hunda el mundo del derecho y de la libertad.” [1]
El marxista de Venecia
Para el joven Marx, Shylock ofrece una personificación literaria del desalmado impulso a la acumulación que guió a la naciente clase capitalista en la Europa de comienzos del siglo XIX. El enfrentamiento entre los humildes recolectores de madera de Mosela y la avaricia de los propietarios se refleja en la batalla legal entre Porcia y Shylock. En nuestros tiempos, la naturaleza sesgada de la ley ha sido ilustrada en muchas ocasiones, sobre todo en la escasez de financieros llevados a juicio por echar al suelo a la economía mundial en el 2008.

Marx volvería a El Mercader de Venecia para encapsular la depravación del sistema en su obra posterior. En “El Capital”, publicado en 1867, utiliza las palabras de Shylock para resumir la mentalidad de los dueños de las fábricas inglesas que explotaban sin piedad el trabajo infantil, sin respiro, obligándolos a trabajar hasta 12 horas diarias:
“Los obreros y los inspectores de fábricas protestaron por razones higiénicas y morales, pero el Capital contestó:‘Yo cargo con la responsabilidad. Quiero la ley,la pena y el cumplimiento del contrato.’El prestamista de Venecia también es citado para tipificar la correspondiente falta de preocupación por las necesidades alimenticias de estos niños de parte de los primeros capitalistas ingleses:‘Sí, su torso,así dice el contrato’.“Ese aferrarse, propio de Shylock, a la letra de la ley de 1844, en la parte que regulaba el trabajo infantil, no hacía más que prologar la rebelión abierta contra la misma ley en la medida en que regulaba el trabajo de ‘las personas jóvenes y mujeres’”.[2]
En la era post-Holocausto, esta obra ha adquirido un carácter controversial debido a la perturbadora facilidad con la que una interpretación de Shylock puede caer en el antisemitismo. Marx, sin embargo, asimila la complejidad del personaje utilizándolo también, en El Capital, para representar tanto la voz de los oprimidos como de los opresores.

Marx describe el efecto destructivo que tiene el nuevo proceso de trabajo en el bienestar de los trabajadores, y enseguida cita las palabras con que Shylock se refiere a los venecianos, como sus verdugos:
“Hemos visto cómo esta contradicción absoluta entre las necesidades técnicas de la industria moderna y el carácter social inherente a su forma capitalista, suprime toda estabilidad, firmeza y seguridad en la situación vital del obrero, a quien amenaza permanentemente con quitarle de las manos, junto al medio de trabajo, el medio de subsistencia; con hacer superflua su función parcial, y con ésta, hacerlo a él mismo superfluo”.
La confusión universal
Otra obra de Shakespeare a la que Marx hace referencia en numerosas ocasiones es “Timón de Atenas”, la historia de un ermitaño misántropo en la antigua Grecia. Pocos años después de escribir sobre la persecución de los recolectores de madera en la Gaceta Renana, Marx impulsó otra revista, en París, conocida como los Anuarios Franco-alemanes. Sus reflexiones sobre el efecto cada vez más corrosivo del dinero en las relaciones humanas llevaron a Marx a prestar atención a esta obra para subrayar el problema.

El protagonista lanza un feroz ataque contra el modo en que los factores económicos le llevaron al pozo de la desesperación:
‘¿Oro? Amarillo, brillante, precioso oro? No, dioses, No soy un suplicante inactivo: ¡denme raíces, cielos claros! Este oro podría volver blanco lo que es negro, justas las faltas, Correcto lo incorrecto, noble lo vil, joven lo viejo, valiente lo cobarde. ¡Dioses! ¿y esto por qué? ¿Qué es esto, dioses?’
Marx proporciona su propio análisis del significado amplio de las palabras de Timón:
“Shakespeare destaca en el dinero, principalmente, dos cualidades: 1) el dinero es la deidad visible que se encarga de transformar todas las cualidades generales y humanas en lo contrario de lo que son, la confusión universal y la inversión de las cosas; por medio del dinero se une no lo imposible; 2) es la prostituta universal, la alcahueta universal de los hombres y los pueblos”. [3]
Una vez más, la crisis de 2008, las crecientes burbujas de deuda y la especulación financiera que se habían acumulado en las economías occidentales proporcionan la resonancia contemporánea del mensajes de ambos autores. Hoy no es difícil imaginar a Timón lanzando sus palabras como abuso poético contra Wall Street o contra los financieros de la ciudad de Londres.

Décadas después, Marx volvería a esta escena en El Capital, una vez más, desplegándola como un ataque contundente a la forma en que el nexo del dinero va disolviendo la dignidad del trabajo. Después de citar el mismo pasaje [de Timón de Atenas], extrae el siguiente punto:
“Así como en el dinero se ha extinguido toda diferencia cualitativa de las mercancías, él a su vez, en su condición de nivelador radical, disuelve todas las diferencias. Pero el dinero mismo es mercancía, un objeto exterior, capaz de convertirse en la propiedad de cualquier individuo. El poder social se convierte así en poder privado, perteneciente a un particular”.[4]
Valiente ignorancia
Marx también encontró en el dramaturgo una útil fuente de municiones para denunciar la estupidez de los gobernantes que reiteradamente arrastraban a sus pueblos hacia el despilfarro de aventuras militares sin sentido.

“Troilo y Crésida” es una de las llamadas “obras problemáticas” en las que Shakespeare prescinde de las representaciones convencionales de héroes y villanos, para reemplazarlos con inquietantes narrativas de desilusión y duda. A lo largo de la obra, el personaje de Tersites va haciendo observaciones cínicas sobre las equivocadas y beligerantes ambiciones de la nobleza griega al librar la guerra de Troya.

En una carta a Engels, de 1848, Marx cita con aprobación un comentario despectivo que hace Tersites sobre sus compañeros griegos:
Prefiero ser garrapata de oveja
que una ignorancia tan valiente’.
Tersites es un comentarista perspicaz, pero en definitiva, ineficaz, de los grandiosos esquemas de la antigua aristocracia, y comprensiblemente Marx lo encontró un protagonista preferible comparado con asesinos bravucones como Héctor o Ajax.

Marx reconoció que una de las claves para el genio de Shakespeare fue la apreciación del dramaturgo de la complejidad de la conducta humana y la capacidad de cuestionar sutilmente la motivación de aquellos en el poder:
“Una particularidad de la tragedia inglesa, tan repulsiva a los sentimientos franceses que Voltaire solía tratar a Shakespeare de borracho salvaje, es su peculiar mezcla entre lo sublime y lo banal, lo terrible y lo ridículo, lo heroico y lo burlesco”.[5]
No es difícil imaginar a Tersites mirando las noticias en la televisión y haciendo comentarios ácidos sobre cómo Cameron y Obama justificaron el bombardeo de Irak o de Libia. Tersites fue una voz aislada y disidente, en los márgenes de la sociedad; a diferencia de esto, Marx desarrolló plenamente la noción de que sólo el poder colectivo de los oprimidos podría poner fin a la locura del belicismo de la élite.
El viejo topo
Por supuesto, sería absurdo presentar a Shakespeare como un proto-socialista o negar que muchos de sus versos puedan citarse fácilmente en el nombre de una agenda conservadora y reaccionaria. Sin embargo, si en un futuro próximo se encuentran a sí mismos quejándose cuando Cameron o la Reina, inevitablemente, hablen de “Esta bendita comarca, esta tierra, este reino, esta Inglaterra”, noten que Marx se basó en “Hamlet” y en “El sueño de una noche de verano” para describir el modo en que las fuerzas de cambio se preparan, lentas pero seguras, para barrer con toda la clase dominante:
“En todas las manifestaciones que provocan el desconcierto de la burguesía, de la aristocracia y de los miserables profetas de la regresión, reconocemos a nuestro valiente amigo, Robin Goodfellow [6], el viejo topo capaz de cavar la tierra con tal rapidez, a ese digno zapador: la Revolución”.
Notas
[1] Marx, “La ley sobre los robos de leña”, en “Escritos de Juventud”, p. 277-278.
[2] Marx, El Capital, p. 347.
[3] Marx, “Manuscrito Económico-filosóficos de 1844”, en Escritos de Juventud, p. 643.
[4] Marx, “El Capital”, p. 161.
[5] Marx, “The War Debate in Parliament”, New York Daily Tribune, 1854.
[6] Uno de los principales personajes de la obra “El sueño de una noche de verano”, de Shakespeare.
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