"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

23/12/14

Friedrich Engels y la teoría marxista de la política

La ortodoxia "anti-engelsiana"                                                                                                                                                                Atilio A. Boron 
Friedrich Engels ✆ A.d. 

El centenario de la muerte de Friedrich Engels ofrece una oportunidad inmejorable para re-examinar y reivindicar la figura y los legados teóricos de quien fuera el alter ego intelectual y político de Karl Marx durante cuarenta años. Reexamen y reivindicación que no pueden hacerse en términos puramente conceptuales, como si se tratara de la obra de un geómetra como Euclides a un siglo de su muerte, sino que deben ser hechos a la luz de lo efectivamente acontecido en el siglo que concluye, es decir, teniendo como telón de fondo el marco ofrecido por el desenvolvimiento histórico de las sociedades capitalistas en sus transformaciones y en sus luchas sociales. Un siglo especial, cuya "densidad" se proyecta en el doloroso tránsito que va desde las iniciales revoluciones mexicana y rusa, la revolución china al promediar el siglo, la descolonización de la India y de Asia y África, la revolución cubana, la derrota norteamericana en Vietnam y el ignominioso "cierre" que le pone la contrarrevolución neoliberal de los años ochenta y noventa en cualquiera de sus variantes, desde los originales forjados por Ronald Reagan y Margaret Thatcher hasta la vergonzante copia representada por la "tercera vía" de Tony Blair y Gerhard Schroeder y la gaseosa y anodina "centroizquierda" latinoamericana. La ventajosa perspectiva que ofrece la culminación de un siglo tan "marxista" como el actual, según viéramos en el capítulo anterior, crea el ámbito propicio para intentar una evaluación objetiva del legado teórico de Friedrich Engels.

Claro está que de partida es fundamental establecer algunos deslindes y precisiones sustantivas. Engels fue un intelectual cuya amplitud de conocimientos e intereses abarcaba desde la filosofía y la historia hasta la antropología y la sociología, pasando por la política y la economía (Mayer, 1978). Va de suyo que en estas páginas ni se nos ocurriría emprender una tarea de semejantes dimensiones, que intentara extraer un balance de las aportaciones de Engels en cada uno de esos campos. El eje de nuestra preocupación, por eso mismo, se encuentra en el terreno de la teoría política. Las contribuciones efectuadas por Engels en otros campos, muchas de ellas polémicas, no serán tema de indagación en nuestro trabajo.

Difícilmente podría exagerarse la importancia que para el desarrollo de la teoría marxista de la política adquiere la concreción de la tan largamente demorada "reparación teórica" de Engels. Como sabemos, éste fue menoscabado y escarnecido desde las más distintas posturas político-intelectuales. En el repudio a Engels coinciden arrogantes "marxólogos", rencorosos "ex marxistas", pensadores burgueses de los más diversos colores y los supremos inquisidores que –en una flagrante violación al espíritu y la letra de la obra de Marx y Lenin– pergeñaron el reseco e indigesto "marxismo-leninismo" que tanto perjudicara el desarrollo teórico del marxismo. "Marxólogos" y renegados concuerdan en sus acusaciones: Engels habría sido apenas un mediocre "divulgador" de la obra teórica de Marx, a la que simplificó y distorsionó al popularizarla en clave positivista y evolucionista debido a su radical ineptitud para comprender la dialéctica y para captar las profundidades del pensamiento marxiano. En cierta historiografía de inspiración liberal, por su parte, Engels aparece como poco más que un bondadoso mecenas del iracundo filósofo de Tréveris, pero insanablemente huérfano de ideas propias. Por último, para los burócratas de las academias de ciencias de los "socialismos" del Este el destino de Engels estuvo sellado desde el vamos: la desaparición. Su legado teórico no podía correr una suerte distinta de la que le cupo a aquella inquietante imagen de Trotsky junto a Lenin, plasmada en una indiscreta fotografía tomada en los fragores de Octubre. Los diligentes cortesanos del poder retocaron oportunamente la fotografía para, con la "desaparición" de Trotsky, facilitar el ascenso de Stalin al poder absoluto. De este modo, el nombre de Engels se desvaneció en la larga noche del dogmatismo.

Como es de sobras conocido, muchas de las más impiadosas críticas dirigidas en contra del amigo de Marx se originaron en el propio campo del marxismo, y durante la segunda mitad de la década del sesenta y parte de los años setenta aquéllas llegaron a adquirir una virulencia inusitada. No por casualidad fueron ésos los años en que el pensamiento socialista se encontraba totalmente dominado por el así llamado "marximo occidental", para usar la expresión de Perry Anderson (1976). Un marxismo sofocado por el estructuralismo y que había convertido la crítica al capitalismo y la iluminación de los posibles escenarios poscapitalistas del socialismo en un ejercicio solipsista en donde la economía, la sociedad y la política se disolvían en las penumbras de fantasmagóricas estructuras y mágicos discursos dotados con el don de la vida: "pronunciad la palabra y nacerá el sujeto". No es un detalle anecdótico recordar ahora, casi treinta años después, la poco edificante trayectoria de muchos de los más enfervorizados críticos de Engels: algunos abrazaron con inusitado fervor el "eurocomunismo" en los años setenta para volverse "posmarxistas" a comienzos de los ochenta, mientras que otros se asomaron a los noventa con los chillones ropajes de los arrepentidos y los conversos al neoliberalismo. Hubo quienes, como el inefable Régis Debray, transitaron por todas las estaciones del vía crucis de la capitulación ideológica: del paroxismo ideológico del "foquismo" que despreciaba al Engels "socialdemócrata" de su vejez oponiéndole la juvenil vitalidad de la vía armada, hasta su descenso a los infiernos de la derecha francesa y su repudio sin concesiones a toda aquello en que Debray había creído (1999). En la Argentina, la ardiente impaciencia de algunos inquisidores de Engels les impidió percibir contradicción alguna entre las encendidas diatribas que dirigían contra el amigo de Marx y sus sucesivos desplazamientos hacia la derecha del espectro político, que los hizo simpatizar primero con el así llamado "peronismo revolucionario" en los años setenta, después con el renacimiento "alfonsinista" en los ochenta para finalmente terminar sus días como consejeros curiales del neoperonista Frepaso a mediados de los noventa. En Chile algunos de los más encendidos críticos sesentistas de Engels pasaron, a lo largo de estos años, de propiciar la lucha armada contra la "traición reformista" de Salvador Allende a ser los diligentes mentores intelectuales y ejecutores prácticos del neoliberalismo, depositando en la magia del mercado las mismas esperanzas mesiánicas que otrora pusieran en la revolución. En México, Brasil y Perú hallamos historias similares.

Hay que reconocer, sin embargo, que el serpenteante derrotero seguido por los censores de Engels no necesariamente descalifica o invalida las impugnaciones que en su momento estos hicieran a su pensamiento. Algunas de sus críticas pueden haber sido justas, más allá de que aún en esos casos con frecuencia hayan sido exageradas; otras fueron simples cuestionamientos escolásticos; algunas, por último, carecían de profundidad y eran motivadas por estímulos circunstanciales, necesidades políticas o por el influjo deformante de la moda intelectual. Teniendo en cuenta los vaivenes político-ideológicos de sus autores no es descabellado plantearse dudas acerca de la consistencia y persistencia de estas críticas, y de su utilidad en un proyecto de reconstrucción de la teoría marxista. Una de la tesis centrales de este libro, y que reaparece bajo distintas formas en sus sucesivos capítulos, es que esa labor de reconstrucción teórica está apenas en sus inicios, y que la misma constituye una de las muchas "asignaturas pendientes" que tiene el marxismo de cara al siglo xxi.

Una de las pocas tentativas de aquilatar los méritos de la obra de Engels se encuentra en un trabajo muy pormenorizado y bien documentado de Jacques Texier acerca de las tres "innovaciones" teóricas engelsianas (1995). La de 1885, relativa a la caracterización de la Primera República Francesa; la de 1891, acerca de la república democrática como forma específica de la dictadura del proletariado; y la de 1895, el "testamento político" de Engels, en la cual sienta las bases para una nueva estrategia de lucha revolucionaria del proletariado. En las páginas que siguen nos centraremos en el análisis de la revisión de 1895, de lejos la de mayor aliento teórico y de superlativa importancia práctica. Sin desmerecer la importancia de las otras dos es evidente, sin embargo, que las mismas no revisten la misma significación: la de 1885, porque remite a una caracterización relativamente marginal a la teoría marxista de la política tal como se venía desarrollando en la obra de Marx y Engels. La segunda, la de 1891, es ciertamente más trascendente pero a su vez mucho más controvertible. Según Texier la idea de que la república democrática es la forma específica de la dictadura del proletariado marca una innovación teórica fundamental de Engels. Nos parece, sin embargo, que en dicho texto Engels no hace otra cosa que reafirmar lo que ya había sido dicho por Marx –si bien en una forma menos explícita– en sus análisis sobre la Comuna de París, razón por la cual no creemos que se trate de una genuina innovación teórica. Por otra parte, aceptar el planteamiento de Texier supondría que Marx y Engels habrían endosado –el primero hasta su muerte y el segundo hasta la conmemoración del vigésimo aniversario de la Comuna– a un concepto como el de "dictadura del proletariado" que entiende Texier habría remitido, en su formulación original, a una forma de gobierno despótica y opresiva y no, como lo entendemos nosotros, a un tipo de estado en el cual el proletariado es la clase dominante. Dado que la primera postura es inconsistente con el corpus teórico de Marx y Engels, esta supuesta "innovación" engelsiana no encuentra en el trabajo de Texier una satisfactoria fundamentación. Esto no quita que, tal como prosigue nuestro autor, en su ambigüedad esa interpretación haya sido "totalmente incomprendida o groseramente deformada" por Lenin en El Estado y la Revolución, grave imputación que ignora olímpicamente las condiciones sociales y políticas concretas –despotismo zarista, lucha revolucionaria en San Petersburgo, clandestinidad, problemas de acceso a los escritos de Marx y Engels, la "censura" de la Segunda Internacional a ciertos textos, etc.– bajo las cuales Lenin produjo su obra (Texier, 1995, pp. 145-151).

En todo caso, las divergencias planteadas más arriba no menoscaban los méritos del trabajo de Jacques Texier sino que confirman de nueva cuenta que el legado de Engels todavía no ha sido examinado con la amplitud y exhaustividad que se merece, y es una tarea que, a cien años de su muerte, no puede seguir esperando. Las breves notas que siguen pretenden ser una modesta contribución a esta tarea.

Marx & Engels, Engels & Marx

No es ésta la ocasión para reseñar la biografía de Engels, ese joven brillantísimo, abierto como pocos a los signos de su tiempo, y cuya rebeldía lo llevó a renunciar a estudiar en la universidad pese a que su condición económica le hubiera abierto las puertas de las mejores casas de estudios superiores de Alemania. Pero el escolasticismo, la hoquedad y el infatuamiento de los académicos germanos eran demasiado insoportables para un espíritu tan inquieto e incisivo como el de Engels. Su talento excepcional, sin embargo, le permitió cobrarse una temprana venganza gracias a una notable hazaña intelectual: a los 24 años ya había escrito y publicado un trabajo memorable de investigación sociológica sobre la clase obrera en Manchester, corazón del capitalismo industrial (1844). La producción conjunta de muchos de quienes durante décadas se entretuvieron en denostarlo es eclipsada con esta sóla obra juvenil que, aún hoy, es considerada en las grandes cátedras de historia de las universidades europeas y norteamericanas como un "clásico" imprescindible para el estudio de la clase obrera en los primeros tiempos de la revolución industrial. Por si lo anterior fuera poco, los escritos de Engels sobre diversos temas de la sociología, la historia, la filosofía, la ciencia política y el arte y la técnica militar continúan atrayendo la seria atención de los mejores especialistas. ¿Cómo ignorar la creatividad puesta en evidencia en sus estudios sobre la insurgencia campesina en Alemania, sobre la articulación de ideas e intereses en los procesos sociales, sobre la vinculación entre patriarcado y propiedad privada, o sobre las formas variables del bonapartismo en las sociedades capitalistas? Una cuidadosa y desapasionada evaluación de su producción intelectual es una tarea enorme, que una vez concluida pondría de relieve una figura de una estatura intelectual muchísimo mayor de la que hemos sido inducidos a creer.

Pero no son ésos los únicos méritos de Engels. Hay otros mayores: fue nada menos que el interlocutor privilegiado –casi exclusivo– de Marx durante cuarenta años. Fue, por eso mismo, testigo, consejero, crítico y, como ya es sabido, silencioso e invisible coautor de algunas de las más importantes aportaciones teóricas plasmadas en su obra. Desde el momento en que se encontraron por primera vez Marx advirtió que ese joven, dos años menor que él, era un intelectual formidable, cuya palabra nunca desestimó y cuyo consejo siempre buscó hasta el último día de su vida, apagada en 1883. Un talento a quien Marx confió, en reiteradas oportunidades, la redacción de trabajos que luego se publicarían con su firma. Varios artículos del New York Daily Tribune –donde originalmente se publicara El dieciocho brumario– fueron escritos por Engels a pedido de Marx. Por otro lado, éste aceptó asimismo escribir largas secciones o fragmentos de obras que más tarde aparecerían con la firma de Engels, como el décimo capítulo de la Segunda Parte del Anti-Dühring. En esa declarada admiración de Marx por su amigo, benefactor, compañero de militancia e interlocutor intelectual juega por cierto un papel decisivo el hecho de que haya sido este joven burgués de Barmen quien invitara al hasta entonces filósofo de Tréveris a adentrarse en el camino de la economía política, una disciplina prácticamente esotérica en la atrasada Alemania de la primera mitad del siglo xix y a la cual Engels tuviera acceso favorecido en parte por los intereses comerciales que su familia poseía en Gran Bretaña. A Engels debe Marx nada menos que el haber llamado su atención sobre las potencialidades que encerraba la economía política clásica para el análisis del capitalismo y la sociedad burguesa, y para el desarrollo del pensamiento y la práctica del socialismo.

Fue en virtud de esa gratitud y reconocimiento que Marx sentía le debía a Engels en el plano intelectual, y que no pocas veces hizo público, que le confió la publicación del segundo y tercer tomo de El capital, incluyendo la corrección de cada pliego y la resolución de algunos cruciales problemas teóricos pendientes en el manuscrito original. Ya en el famoso "Prólogo" a la Contribución a la crítica de la economía política Marx había reconocido su deuda intelectual con Engels, quien en su Umrisse zu Einer Kritik der Nationalökonomie de 1844 habría planteado "un genial esbozo de una crítica de las categorías económicas" (Marx, 1979, p. 6). Esta confesada admiración por el talento y la agudeza intelectual de Engels quedó plasmada en dos frases memorables de Marx: "Engels, el hombre más culto de Europa", dijo en una oportunidad; y en otra, refiriéndose a su amigo lo describió como "Un verdadero diccionario universal, capaz de trabajar a cada hora del día o de la noche, comido o en ayunas, veloz en escribir y en comprender como el mismo diablo" (Gustafsson, 1975, p. 47). Esta recíproca confianza y admiración en el talento del otro hizo que, tal como Engels lo narrara en una oportunidad, en:
la división del trabajo que existía entre Marx y yo me ha tocado defender nuestras opiniones en la prensa periódica, lo que, en particular, significaba luchar contra las ideas opuestas, a fin de que Marx tuviera tiempo de acabar su gran obra principal. Esto me condujo a exponer nuestra concepción en la mayoría de los casos en forma polémica, contraponiéndola a las otras concepciones (1887, p. 538).
Pero por cierto que no se trata de comparar a Engels con Marx. Tal como el primero lo dijera en su breve oración fúnebre ante la tumba de Marx, éste fue "el más grande pensador de nuestros días". Pero es preciso convenir que el parcial eclipse de Engels sólo pudo haberlo producido una figura intelectual del relieve monumental de Marx, a cuyo lado permaneció fielmente toda su vida. Una somera comparación con las principales cabezas en la historia de la teoría política a lo largo del siglo xix colocaría, sin duda alguna, a Engels a la altura de lo más prominente del pensamiento de su tiempo, cediendo posiciones sólo ante George W. F. Hegel y Alexis de Tocqueville, pero disputando terreno palmo a palmo con Edmund Burke y John Stuart Mill, y superando claramente a un conjunto de teóricos tan notables como James Mill, Jeremy Bentham, T. H. Green, Benjamin Constant, Joseph de Maistre y tantos otros. El precio que Engels pagó por su prolongada asociación con la vida y la obra de Marx y con su incondicional entrega al movimiento obrero y socialista europeo fue su propio desdibujamiento intelectual. Podría haber sido una de las grandes cabezas de Europa en la segunda mitad del siglo xix, pero concientemente prefirió un lugar menos destacado: ser el colaborador más estrecho que tuvo Marx en los años decisivos de su producción teórica, cooperando intelectual y financieramente con la realización de una obra cumbre como la que éste estaba haciendo y que le permitiría a la humanidad plantearse la posibilidad de tomar el cielo por asalto. En un momento histórico como el actual, signado por la necesidad de reconstruir la teoría marxista tomando en cuenta los triunfos y las tragedias, los éxitos y los fracasos, del socialismo a lo largo del siglo xx, la revalorización del legado teórico de un talento como el de Engels es una tarea imprescindible e impostergable, y que debe ser encarada cuanto antes.

Un excursus necesario: ¿"teoría política marxista" o teoría marxista de la política?

Pero el relevamiento de las contribuciones de Engels al desarrollo de la teoría política nos confronta, inevitablemente, con algunas cuestiones epistemológicas que hacen al status y los límites de una tal teorización en el campo del marxismo. Las observaciones que siguen tienen por objeto, pues, proponer una breve reflexión sobre la así llamada "teoría política marxista", para luego situar en ese terreno la obra de nuestro autor. Si bien ésta es una expresión de uso corriente para referirse a la tradición teórico-política que arranca con Marx –y que continúa hasta nuestros días en la obra de Elmar Altvater, Perry Anderson, Etienne Balibar, Alex Calinicos, Umberto Cerroni, Ellen Meiksins Wood, Ralph Miliband, Antonio Negri, Claus Offe, Jean-Marie Vincent y tantos otros– lo cierto es que la frase en sí misma encierra una peligrosa confusión. En efecto, a la luz de los postulados epistemológicos del materialismo histórico, ¿es posible hablar de una "teoría política" marxista?1.

Ciertamente que no. Sin embargo, la tremenda popularización que ha experimentado en los últimos veinte años dicha expresión torna imprescindible realizar un esfuerzo de clarificación. Como se recordará el nombre fue impuesto, en gran medida, como resultado de un fecundo debate iniciado por una serie de artículos de Norberto Bobbio en los cuales éste se interrogaba, con mucha perspicacia –y no sin cierta malicia–, si existía o no una teoría marxista del estado (1976[a]). En dichos trabajos el filósofo político italiano retomaba y reformulaba –de modo más matizado y por eso mismo más agudo– algunas de las tesis más radicales que Lucio Colletti lanzara a finales de los años sesenta y en las cuales éste negaba de plano la existencia de una teoría de la política en Marx. Lo poco que se encontraba en su obra, decía provocativamente Colletti, no era otra cosa que una mera paráfrasis de El contrato social de Jean Jacques Rousseau. En sus propias palabras: "Marx y Lenin no agregaron nada a Rousseau, a excepción del análisis (por cierto que importante) de las ‘bases económicas’ de la extinción del Estado" (1969, p. 251. Traducción nuestra). Si bien años más tarde este autor habría de atenuar un tanto sus críticas –al reconocer que a pesar de su "incompletitud" y de sus lagunas existía una teoría marxista de la política– fue la discusión originada por los artículos de Bobbio la que consagró la frase "teoría política marxista" como una expresión taquigráfica que aludía a las teorizaciones que el marxismo había sedimentado a lo largo de poco más de un siglo de reflexión y debate sobre la materia. Pero en sus trabajos Bobbio precisó las radicales insuficiencias que, a su entender, debilitaban las pretensiones teóricas del marxismo y que se resumían en este argumento: la sóla identificación –en una argumentación muchas veces abstracta y genérica– de la naturaleza de la clase dominante y de la "funcionalidad" de las políticas estatales para la acumulación capitalista mal podía confundirse con una teoría que aspirase a comprender y explicar el funcionamiento y las instituciones del estado capitalista y la democracia burguesa. Como si lo anterior fuera poco, Bobbio señaló asimismo otra grave falencia: la ausencia de un diseño acabado que dibujase los contornos del estado socialista y las instituciones democráticas que habrían de suceder al estado burgués (1976 [a]).

Dejando de lado la apreciación que nos merecen estas críticas, refutadas –o al menos seriamente cuestionadas por las intervenciones subsiguientes de numerosos marxistas europeos– lo cierto es que el "debate Bobbio" instaló el uso de la equívoca expresión "teoría política marxista" en el terreno académico y político (Solé Tura, 1977). Ahora bien, los riesgos que entraña una confusión como ésta en el plano de la ciencia social son de sobra conocidos. Tal como siglos atrás lo recordara Francis Bacon, toda ciencia progresa más a partir del error que de la confusión; y si en alguna disciplina esto es verdad –debido al inevitable, y saludable, entremezclamiento de hechos y valores– es en la ciencia política. De acuerdo con Bacon el desarrollo de la teoría se verifica más a causa de la refutación de hipótesis erróneas –pero planteadas de manera "clara y distinta", como reclamaba Descartes– que por la proliferación de verdaderas nebulosas conceptuales, en cuya impenetrable oscuridad todos los gatos de la teoría son pardos. Nos parece que éso es exactamente lo que ocurre con la fórmula "teoría política marxista".

En efecto, esta formulación trae consigo el riesgo de una peligrosa reificación: la resultante de creer que lo político es un campo autónomo y, por lo tanto: (a) un fragmento nítidamente recortado de la realidad social y, (b) explicable, tal como aún hoy se hace en la tradición del liberalismo, mediante la operación de un conjunto de "variables políticas". Como sabemos, estas premisas son incompatibles con los planteamientos epistemológicos fundamentales del materialismo histórico. ¿Por qué? Porque para éste ningún aspecto o dimensión de la realidad social puede entenderse al margen –o con independencia– de la totalidad en la cual se constituye. No tiene sentido, por ejemplo, hablar de "la economía" en su aislamiento porque ésta no existe como un objeto separado de la sociedad, la política y la cultura. Tampoco puede hablarse de "la política" como si existiera en un limbo que la aleja de las prosaicas realidades de la vida económica, las determinaciones de la estructura social y las mediaciones de la cultura, el lenguaje y la ideología. La "sociedad", a su vez, es una engañosa abstracción sin tener en cuenta el fundamento material sobre la cual se apoya, la forma como se organiza la dominación social y los elementos simbólicos que hacen que los hombres y mujeres tomen conciencia de sus condiciones de existencia. Y, por último, la "cultura" –la ideología, el discurso, el lenguaje, las tradiciones y mentalidades, los valores y el "sentido común"– sólo pueden ser descifrados en su articulación con la sociedad, la economía y la política, so pena de caer, como hemos visto en cierta teorización reciente, en los extravíos de un neoidealismo a la Laclau que convierte el "discurso" en el nuevo Deus ex Machina de la historia2.

Estas distinciones, como lo recordaba reiteradamente Antonio Gramsci, son de carácter analítico, distinciones metodológicas que delimitan un campo de reflexión y análisis para facilitar su exploración de un modo sistemático y riguroso (1966, pp. 29-30). Claro está que los beneficios que tiene esta operación se cancelan catastróficamente si, llevado por su entusiasmo o sus anteojeras ideológicas, el analista termina por "reificar" esas distinciones analíticas y cree que las mismas son "partes" separadas de la realidad, comprensibles en sí mismas con independencia de la totalidad que las integra y en la cual adquieren su significado y función. De este modo, la economía, la sociedad, la política y la cultura terminan siendo hipostasiadas y convertidas en entidades autónomas e independientes, susceptibles de ser comprendidas y explicadas por una disciplina especializada. Éste ha sido el camino seguido por la evolución de las distintas "ciencias sociales" a lo largo del último siglo y medio, cuando el pensamiento de la burguesía se convierte en un saber parcializado y reduccionista –más preocupado por ocultar que por develar– al servicio de los intereses dominantes. Es importante recordar que no eran ésos los rasgos que caracterizaban lo que admirativamente Marx denominaba la "economía política clásica" que, en la obra de Adam Smith, sin ir más lejos, combinaba en un argumento unitario reflexiones y preocupaciones propias de la economía, la sociología, la ciencia política y la filosofía contemporáneas. Otro tanto puede decirse de las contribuciones de autores como Thomas Hobbes, David Hume, John Locke, Montesquieu y tantos otros, ninguno de los cuales puede ser encasillado en los límites estrechos de una disciplina en particular.

Como sabemos, la desintegración de la "ciencia social" que instalaba en un mismo territorio a Adam Smith y Karl Marx –en tanto poseedores de una visión integrada y multifacética de lo social– dio lugar a numerosas disciplinas especiales, todas las cuales hoy se encuentran sumidas en graves crisis teóricas, y no precisamente por obra del azar (Wallerstein, 1998). Frente a una realidad como ésta, la contradictoria expresión "teoría política marxista" no haría otra cosa que ratificar, ahora desde la tradición del materialismo histórico, el frustrado empeño por construir teorías fragmentadas y saberes disciplinarios que hipostasían, a veces inconscientemente, la "realidad" que pretenden explicar. Así como no hay una "teoría económica" del capitalismo en Marx tampoco existe una "teoría sociológica" de la sociedad burguesa. Lo que hay es un corpus teórico que unifica diversas perspectivas de análisis sobre la sociedad contemporánea. Si hubiese una "teoría política marxista" –tal como legítimamente puede hablarse de una teoría política weberiana, o de la teoría política de la escuela de la "elección racional", o una teoría política neoinstitucionalista, porque todas ellas obedecen a otros presupuestos epistemológicos– esto significaría adherir a un reduccionismo por el cual lo político se explica mediante la operación de un conjunto de "variables políticas" tal y como se hace en el mainstream de la ciencia política oficial. Obviamente, los analistas más perceptivos de esta corriente ocasionalmente admiten que existen elementos "extra-políticos" que pueden incidir sobre la política. Pero estas "interferencias" son consideradas del mismo modo que las variables "exógenas" en los modelos econométricos de la teoría neoclásica: como molestos factores residuales cuya persistencia obliga a tenerlos en cuenta pese a que no se sepa a ciencia cierta dónde situarlos y se dude acerca de cuán importantes sean. En realidad, dichas variables "exógenas" son la medida de la ignorancia contenida en las interpretaciones ortodoxas.

Ante esto es preciso recordar con Gyorg Lukács que –contrariamente a lo que sostienen tanto los "vulgomarxistas" como sus no menos vulgares críticos de hoy– lo que distingue al marxismo de otras corrientes teóricas en las ciencias sociales no es la primacía de los factores económicos –un auténtico barbarismo, según Marx y Engels– sino el punto de vista de la totalidad, es decir, la capacidad de la teoría de reproducir en la abstracción del pensamiento al conjunto complejo y siempre cambiante de determinaciones que produce la vida social (1971, p. 27). Si alguna originalidad puede reclamar con justos títulos la tradición marxista es su pretensión de construir una teoría integrada de lo social en donde la política sea concebida como la resultante de un conjunto dialéctico –estructurado, jerarquizado y en permanente transformación– de factores causales, sólo algunos de los cuales son de naturaleza política mientras que muchos otros son de carácter económico, social, ideológico y cultural (Kossik, 1967). Sin desconocer la autonomía, siempre relativa, de la política y la especificidad que la distingue en el conjunto de una formación social, la comprensión de la política es imposible en el marxismo al margen del reconocimiento de los fundamentos económicos y sociales sobre los cuales reposa, y de las formas en que los conflictos y alianzas gestadas en el terreno de la política remiten a discursos simbólicos, ideologías y productos culturales que les otorgan sentido y los comunican a la sociedad. Es precisamente por esto que la frase "teoría política marxista" es confusa y desorientadora. Lo que hay, aunque sea en ciernes, es algo epistemológicamente muy diferente: una "teoría marxista" de la política (Boron, 2000 [a]).

El legado engelsiano

Como un pequeño aporte en esa dirección, en las páginas que siguen nos referiremos a un tema a nuestro juicio central en el desarrollo de la teoría marxista de la política: la problemática político-estatal en el tránsito del capitalismo al socialismo y la estrategia y táctica de la lucha revolucionaria que, eventualmente, conduciría a una forma moral, social y económicamente superior de organización social. Tal como ha sido reiteradamente señalado, éstas son cuestiones en las cuales el rezago y las insuficiencias teóricas del marxismo son insoslayables. Al menos cuando se las compara con el grado mucho mayor de elaboración que exhibe el análisis de la estructura y funcionamiento de la economía burguesa tal como quedara plasmado en las páginas de El capital (Anderson, 1976, p. 4; Cerroni, 1976). Sin embargo, los temas arriba mencionados fueron abordados –bajo la forma de una reflexión preliminar formulada desde la enriquecida perspectiva que ofrecía el final del siglo xix– en lo que con toda justicia se reconoce como el "testamento político" de Engels, terminado de escribir a comienzos de marzo de 1895, es decir, cinco meses antes de su muerte. Nos referimos, claro está, a su célebre "Introducción" a La lucha de clases en Francia de Karl Marx (Engels, 1895).

Cabe advertir que no son éstas las únicas áreas teóricas en las cuales las aportaciones de Engels fueron relevantes. Un trabajo de largo aliento, que por cierto excede los propósitos que animan estas notas, no podría dejar de considerar la importante extensión y enriquecimiento que el concepto de "bonapartismo" experimentó a lo largo de sus diversos escritos sobre la política alemana en la época de Bismarck. Más aún, es de estricta justicia postular que Engels captó con singular lucidez una tendencia profunda de los estados capitalistas hacia crecientes grados de autonomía estatal, proceso éste que los tempranos análisis de Marx sobre el bonapartismo francés tendieron a subestimar al considerarlo más que nada como una manifestación excepcional resultante de la crisis política de la república luego de la insurrección popular de 1848. Fue Engels quien habría de volver repetidas veces sobre este tema y sentar las bases para una nueva comprensión de la problemática de la "autonomía relativa" del estado en el capitalismo. Según sus análisis las amenazas que brotan de la movilización popular hicieron que el bonapartismo se convirtiera en "la religión de la burguesía moderna", todo lo cual da lugar a un doble fenómeno: por una parte, se potencian las inclinaciones de los aparatos estatales, las burocracias y la "clase política" del capitalismo hacia una creciente independencia en relación a las clases dominantes; por otro lado, esta renovada división de tareas afianza aún más el dominio que las últimas ejercen sobre la sociedad en su conjunto al permitirle concentrar sus esfuerzos en el proceso de acumulación delegando las tareas de la dominación política y administrativa en manos de un conjunto de instituciones, aparatos y personal especializados. Este sendero, pioneramente abierto por Engels, ha sido escasamente transitado por la literatura marxista pese a su enorme importancia para la comprensión de los estados capitalistas (Boron, 1997 [a]: pp. 271-301).

Hecha esta aclaración retomemos el hilo conductor de nuestro trabajo. La "Introducción" de Engels es un texto excepcional. Como es bien sabido, éste fue deliberadamente censurado y mutilado y una selección arbitraria de algunos pasajes fue publicada por la dirección de la socialdemocracia alemana (spd) en el periódico del partido, el Vorwärts. Esta triquiñuela tuvo por objeto avalar, con la inmensa autoridad moral que gozaba Engels, las posturas reformistas y gradualistas que por entonces se habían enseñoreado del spd. Chantajeado por una dirigencia que no cesaba de advertirle de los riesgos que entrañaba la publicación de la versión original de su artículo, Engels protestó airadamente pero sin éxito aduciendo que los recortes promovidos por la dirección del spd lo hacían aparecer, como veremos más abajo, como un "adorador pacífico de la legalidad a cualquier precio". De su análisis, en cambio, se desprendía claramente que serían las clases dominantes quienes habrían de romper con esa legalidad y recurrir a la violencia una vez que –tal como Marx lo probara en el caso de la burguesía francesa– se percataran de que la misma se había convertido en un estorbo para asegurar la protección de sus intereses fundamentales.

Como no podía ser de otro modo, la recepción del texto redactado por Engels –y difundido luego de haber sido sometido a la censura del spd– originó muchísima polémica. La coyuntura política alemana era muy delicada, sin dudas: el spd había reconquistado la legalidad en 1890, luego de haber padecido los rigores de una legislación antisocialista que sin proscribir el partido había prohibido su actividad desde 1878. Este podía presentarse a las elecciones generales del Reichstag que, en palabras de Engels, era un pseudoparlamento o la hoja de parra del absolutismo prusiano; pero el partido no podía convocar a asambleas, publicar revistas y periódicos, organizar festejos, recoger cotizaciones ni alquilar locales. Pese a estas restricciones, las actividades desarrolladas al filo de la legalidad dotaron al spd de un creciente caudal electoral y de un enorme peso en los nacientes sindicatos obreros. En este marco no puede sorprender que la "Introducción" haya sido recibida con alborozo por el sector más reformista del partido alemán. Edouard Berstein marcaría con claridad este punto en un texto polémico: Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia. Su sesgada lectura e interpretación del texto engelsiano lo llevó a afirmar que el mismo era un espaldarazo definitivo al gradualismo y al parlamentarismo y que Engels se había despedido de la idea de la revolución y de los resabios "utopistas" que caracterizaban el pensamiento socialista medio siglo atrás, al fragor de las revoluciones de 1848 (Bernstein, 1982, pp 95-99). Años más tarde, en El camino al poder –según Lenin, el último texto "marxista" de Karl Kautsky, publicado en 1909– se darían a conocer unas cartas de Engels en las cuales, tal como se planteara anteriormente, éste se quejaba de haber sido presionado por la dirección del partido en Berlín para que introdujera algunas modificaciones en el manuscrito original con el objeto de evitar que sirviera de pretexto para desencadenar una nueva oleada represiva contra los socialistas (Gustafsson, 1975, pp. 81-82).

En una carta remitida a Kautsky el 1º de abril de 1895 Engels decía que:
Con gran sorpresa veo en el Vorwärts de hoy un extracto de mi "Introducción" impreso sin mi aprobación y aderezado de tal manera que yo tengo el aire de ser un adorador pacífico de la legalidad a cualquier precio. Estoy más contento de ver aparecer ahora íntegramente la "Introducción" en Neue Zeit, a fin de que esa impresión vergonzosa sea borrada (Kautsky, 1968, p. 58).
Se trata, en síntesis, de un texto publicado por primera vez bajo la forma de un extracto, realizado sin contar ni con la consulta ni, mucho menos, la aprobación de Engels. La desnaturalización efectuada por la socialdemocracia fue de tal grado que hizo que aquél se sintiese avergonzado. Sin embargo, pese a las deplorables circunstancias bajo las cuales se publica, el texto de Engels revela la maduración de algunas innovaciones fundamentales para el ulterior desarrollo de la teoría marxista de la política y cuya primera concreción habría de fluir, casi treinta y cinco años más tarde, de la pluma de Antonio Gramsci. Dadas las limitaciones de nuestro trabajo nos ceñiremos a formular, de modo sucinto, las dos tesis que a nuestro juicio constituyen el meollo argumentativo de la "Introducción" en su versión original y definitiva. En efecto, y más allá de muchas valiosas reflexiones relativas a diversos asuntos, en dicho trabajo Engels sienta las bases para una teorización relativa a dos temas de crucial importancia para la teoría marxista de la política:

(a) el tránsito hacia el socialismo concebido desde una perspectiva de "larga duración" y no exclusivamente desde el corto plazo; y,

(b) la revalorización de las potencialidades abiertas al movimiento obrero por el sufragio universal y el nuevo "espesor" del estado en los capitalismos democráticos y sus consecuencias sobre la estrategia de las fuerzas socialistas.


A continuación examinaremos estas dos cuestiones.

¿"Inminente y breve" o "lejana y prolongada"? La subversión del capitalismo desde distintas perspectivas temporales

Es razonable asumir que Engels fue el primero en percibir que con el fracaso de la Comuna y la recuperación capitalista de la gran depresión de las décadas de 1870 y 1880 el ciclo histórico abierto por la Revolución Francesa estaba llegando a su fin. En la "Introducción" Engels observa que el capitalismo, recompuesto luego de la crisis, "transformó de arriba abajo las condiciones bajo las cuales tiene que luchar el proletariado. El método de lucha de 1848 está hoy anticuado en todos los aspectos, y es éste un punto que merece ser investigado ahora más detenidamente" (1895, p. 109).

Luego de reconocer la extraordinaria capacidad adaptativa del capitalismo para sortear sus propias crisis, y de tomar nota del avance incontenible en la organización política y sindical de las fuerzas socialistas, Engels cuestiona la concepción estratégica dominante en las filas del movimiento obrero: aquélla que pregona la inminencia del "combate decisivo", combate que además se libraría en un estrecho arco temporal y que culminaría con la segura victoria del proletariado. Las enseñanzas de la historia, opina Engels, exigen una radical revisión de dichos supuestos y de las formas y métodos de lucha que les son inherentes. El "combate decisivo", en caso de llegarse a esa instancia, será eventualmente librado al final de un largo ciclo histórico, lo que obliga a repensar el proceso de transición teniendo en cuenta un horizonte temporal mucho más prolongado y formas y métodos de organización y de lucha popular adecuados a estas circunstancias. En esta línea de razonamiento, Engels traza un sugestivo paralelo entre las formas de la lucha militar y la lucha de clases, al observar con sensatez que: "[S]i han cambiado las condiciones de la guerra entre naciones, no menos han cambiado las de la lucha de clases. La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado" (1895, p. 120).

Y el remate de su argumento tiene una clara resonancia gramsciana, anticipando lo que el fundador del Partido Comunista Italiano (PCI) plantearía en sus reflexiones desde la cárcel: "los socialistas van dándose cada vez más cuenta de que no hay para ellos victoria duradera posible a menos que ganen de antemano a la gran masa del pueblo" (Engels, 1895, p. 120). La conquista de las grandes mayorías nacionales se convierte así en un prerrequisito inexorable de la revolución. La larga batalla por contrarrestar la hegemonía político-cultural que la burguesía ejerce sobre las masas populares se convierte de este modo en un imperativo de primer orden.

Engels, a diferencia de Marx, vivió lo suficiente como para comprobar la profundidad y los alcances de la recuperación capitalista, y fue precisamente ésta quien lo convenció de que el relanzamiento de un nuevo ciclo revolucionario debería esperar la lenta maduración de las condiciones objetivas y subjetivas por ahora ausentes. Los sucesos de Rusia, ocurridos a más de dos décadas de su muerte, para nada socavaron la validez de los análisis engelsianos: el éxito inicial de la estrategia de 1848 en suelo ruso mal podía ocultar su radical inadecuación en el marco de los capitalismos maduros. Tal como lo notara Lenin, Rusia representaba "el eslabón más débil" del sistema imperialista. Dicho con las palabras de Gramsci, Rusia era "Oriente" y mal podía servir como un espejo premonitorio que anticipase el curso de los acontecimientos de "Occidente". En uno de sus últimos escritos Lenin observó con suma agudeza el contraste entre la revolución en Europa y Rusia, en una reflexión sin duda fuertemente influenciada tanto por las dificultades con que tropezara la construcción del socialismo en la arcaica Rusia de la posguerra como por el testamento político de Engels de 1895. Lenin decía, en efecto, que "en Europa es inconmensurablemente más difícil comenzar la revolución, mientras que en Rusia es inconmensurablemente más fácil comenzarla, pero será más difícil continuarla". Y, poco más adelante, remataba su razonamiento afirmando que: "la revolución socialista en los países avanzados no puede comenzar tan fácilmente como en Rusia, país de Nicolás y de Rasputín, y en donde [...] comenzar la revolución era tan fácil como levantar una pluma" (1960, t. ii, pp. 609-614).

Estas observaciones demuestran que pese a su inmensa trascendencia histórica la gesta de Octubre no podía ser utilizada como una "refutación práctica" del testamento político de Engels, o como una experiencia de la cual se pudieran extraer lecciones sobre la estrategia socialista a utilizar en el corazón de la civilización burguesa, en donde según la teoría marxista la revolución debía efectivamente verificarse. Tanto Lenin como Trotsky fueron conscientes de esta fragilidad histórico-estructural de la Revolución Rusa, considerada por esto mismo como el "preludio" a la demorada –y finalmente abortada– revolución en Occidente. Por eso, al igual que el resto de la izquierda revolucionaria europea, solían decir que todos los esfuerzos exigidos para sostener el poder soviético se justificaban ante la convicción de que con "resistir unas pocas semanas" sería suficiente: la consumación de la inminente revolución en la Europa desarrollada haría el resto, y los camaradas occidentales vendrían en auxilio de los rusos. Sin embargo, el preludio inaugurado con los cañonazos del Aurora no fue seguido por los esperados estallidos revolucionarios de la clase obrera europea, y los soviéticos tuvieron que enfrentarse con la dramática –y a la postre imposible– empresa de construir el "socialismo en un sólo país" (Claudín, 1975, pp. 75-197).

Al cifrar sus esperanzas en que la clase obrera occidental acudiría presta y puntualmente a la cita, Lenin, Trotsky –y junto a ellos Rosa Luxemburg y el Gramsci anterior a la cárcel– pagaron tributo a la ya mencionada tradición en el movimiento socialista internacional que pronosticaba la "inminencia" y la "brevedad" del hecho revolucionario, y contra los cuales había advertido Engels en su testamento político. La concepción tradicional había sido desechada por la socialdemocracia alemana, pero lo hizo por malas razones. En efecto, su repudio obedecía menos a una nueva teorización sobre el ampliado horizonte temporal del proceso revolucionario –ya no más un suceso puntualmente acotado en el tiempo– y mucho más a la lisa y llana liquidación del proyecto marxista de superar al capitalismo. En el ala revolucionaria del movimiento obrero, en cambio, las advertencias de Engels fueron desoídas: por un lado, por las sospechas que suscitaba un texto como la "Introducción", que había sido censurado y manoseado por la dirigencia responsable del giro oportunista del partido alemán; por el otro, por la persistente influencia que sobre la imaginación de los revolucionarios seguía ejerciendo la experiencia majestuosa, y ejemplar en su dramatismo, de la Gran Revolución Francesa.

Es por eso que en la fase clásica de la teoría marxista, es decir, todo el corpus que se desarrolla con anterioridad a los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, la única teorización existente sobre el tránsito del capitalismo al socialismo remite a un suceso a la vez "inminente y breve" que se materializa en el "hecho revolucionario": un corte abrupto y violento que, de un tajo, separaría la prehistoria de la historia de la humanidad. Este era un legado que, como sabiamente advertía Engels, se desprendía de la interminable "fascinación" que sobre la memoria colectiva de las clases populares y sobre el imaginario revolucionario ejercían los acontecimientos de 1789, lo que entorpecía la tarea de identificar los nuevos senderos por los cuales habría de transcurrir la subversión del capitalismo. La chispa que incendió la pradera rusa y las diversas tentativas revolucionarias que se produjeron en la inmediata posguerra en Europa dieron nuevos bríos a la vieja concepción que, a estas alturas, se había convertido en un mito soreliano. La profunda derrota que poco después iría a sufrir el proletariado europeo a manos del fascismo y la reacción y, por otra parte, las significativas transformaciones experimentadas por el capitalismo maduro a comienzos del siglo xx y, sobre todo, después de la Gran Depresión, exigían perentoriamente una nueva revisión teórico-política, que habría de brotar del enorme talento de Antonio Gramsci. Tras las rejas del fascismo éste trataría de dar cuenta de los desafíos que planteaba la disolución de la fórmula revolucionaria clásica –"inminente y breve"– para el movimiento socialista internacional en los más diversos planos: tácticos, estratégicos, organizativos y doctrinarios.

En todo caso, es legítimo reconocer en el testamento político de Engels un clarividente anticipo de las tesis centrales que luego, con el beneficio del saber histórico, plantearía Gramsci en toda su extensión. La obra gramsciana habría de arrojar una nueva luz sobre el problema arduo y complejo de la gestación del conjunto de condiciones requeridas para que, en un punto alejado de la inmediatez del presente, el desenlace revolucionario sea posible. Siguiendo los pasos de Engels –y por contraposición a lo acontecido con la socialdemocracia alemana– la revisión y actualización del teórico italiano no reniega de la necesidad histórica de la revolución sino que constata las insanables insuficiencias de la concepción tradicional que la encerraba en los límites estrechos de un "combate decisivo". Gramsci, por el contrario, se percata que la misma en lugar de ser "inminente y breve" será "lejana y prolongada", la culminación de un extenso ciclo histórico signado por la insurgencia de las masas oprimidas. De este modo, lo que en el imaginario tradicional de la izquierda era concebido como una jornada crucial, repetición demorada de los eventos de 1789, habría de ser reconceptualizado como un proceso cuyo desenvolvimiento estaba llamado a extenderse a lo largo de toda una época histórica.

Sufragio universal, nueva fisonomía estatal en los capitalismos democráticos y la estrategia de la "guerra de posiciones"

Engels toma nota asimismo de dos importantes transformaciones ocurridas en los estados burgueses: por un lado, las posibilidades abiertas por el sufragio universal (en realidad, el sufragio masculino universal); por el otro la creciente complejidad y el acrecentado "espesor" de los estados capitalistas concebidos ahora como un conjunto de aparatos e instituciones y ya no más como aquél simple comité ejecutivo que –tal como se enunciaba en el Manifiesto cuarenta años atrás– tenía a su cargo el manejo de los asuntos comunes de la clase burguesa.

Referido al tema del sufragio Engels elabora los alcances de una observación que Marx hiciera acerca del programa del Partido Obrero francés, aprobado en Le Havre en 1880. Los obreros, decía el autor de El capital, "han transformado el sufragio universal de medio de engaño que había sido hasta aquí en instrumento de emancipación". Si el sufragio universal había servido, en su forma alienada, para que las masas campesinas y la soldadesca de la Sociedad del 10 de diciembre entronizaran a Louis Bonaparte en el poder, en su forma consciente aparecía dotado de inéditas potencialidades para inclinar en favor de las clases populares la balanza de la historia. Es precisamente por esto que el sufragio universal es caracterizado en los escritos del viejo Engels como "un arma nueva, una de las más afiladas" que los obreros de todo el mundo deben utilizar para combatir a la burguesía (1895, p. 115).

Esta radical revalorización de las potencialidades transformadoras del sufragio ha sido objeto de una inacabable polémica en las filas del movimiento socialista internacional desde finales del siglo pasado hasta nuestros días (Przeworski, 1985, pp. 17-60). El debate conserva la aspereza y la urgencia de sus momentos fundacionales, y cien años de historia no lograron saldarlo, especialmente en los capitalismos democráticos de la periferia. En su núcleo esencial el dilema que se le planteaba al movimiento socialista europeo, y que se refleja en las últimas teorizaciones de Engels, hundía sus raíces en las contradicciones propias de la democracia capitalista que Marx detectó premonitoriamente en sus análisis sobre la experiencia francesa. Fue precisamente allí donde Marx pudo percibir, en la práctica, el divorcio existente entre la lógica del capital y la de la democracia burguesa. La causa profunda de esta contradicción entre una y otra radica en el hecho de que la democracia, "mediante el sufragio universal, otorga la posesión del poder político a las clases cuya esclavitud social viene a eternizar: al proletariado, a los campesinos, a los pequeños burgueses. Y a la clase cuyo viejo poder social sanciona, a la burguesía, la priva de las garantías políticas de este poder. Encierra su dominación política en el marco de unas condiciones democráticas que en todo momento son un factor para la victoria de las clases enemigas y ponen en peligro los fundamentos mismos de la sociedad burguesa. Exige de los unos que no avancen, pasando de la emancipación política a la social; y de los otros que no retrocedan, pasando de la restauración social a la política" (1850, t. i., p. 158).

Este luminoso pasaje expone, con singular nitidez, lo que sin temor a exagerar podríamos considerar como la contradicción profunda del capitalismo democrático, tema cuya discusión se aborda en el capítulo siete de este libro. El sufragio universal despoja a las clases dominantes de las garantías políticas que necesita su poder social, mientras que quienes son esclavizados por las modernas condiciones de la producción capitalista tienen en sus manos un arma que, potencialmente al menos, podría poner fin a su situación. De ahí el delicadísimo e inestable equilibrio que caracteriza a la democracia en el capitalismo: debe exigir a los de abajo que no avancen, que se abstengan de intentar transformar su emancipación política en emancipación social, y debe persuadir a los de arriba que dejen de lado toda tentativa de restaurar su amenazado predominio social cancelando los mecanismos de la democracia electoral. Estas contradicciones, como decíamos más arriba, no pudieron sino suscitar un espinoso dilema en el seno de las organizaciones populares: si los trabajadores debían conquistar el poder político con el propósito de establecer la sociedad socialista, ¿era posible hacerlo aprovechándose de las instituciones políticas existentes? Como bien anota Przeworski, "la democracia política, específicamente el sufragio, era un arma de doble filo para la clase trabajadora. ¿Se debía rechazar esta arma o por el contrario se la debía usar para pasar de la ‘emancipación política a la social’?" (1985, p. 18).

La respuesta de los anarquistas fue intransigentemente negativa: la aceptación del sufragio universal significaría la irremisible integración de las clases subordinadas y sus organizaciones representativas al estado burgués. La de los socialistas, en cambio, fue ambivalente, pero con una creciente tendencia de las fracciones hegemónicas en su interior, claramente reformistas, a contestar por la afirmativa. Esta actitud disgustaba al ala más radicalizada de los socialistas, la que aún así creía que valía la pena enfrentar los riesgos de una eventual capitulación ideológica a cambio de la razonable probabilidad de conquistar el poder político mediante el sufragio universal.

Tal como señaláramos más arriba, en la concepción de Marx y Engels la valoración del significado del sufragio universal fue tornándose más positiva con el paso del tiempo y el desenvolvimiento de las luchas sociales. No obstante, ninguno de ellos llegó a los extremos a que llegarían los miembros del ala reformista del SPD: un verdadero "cretinismo parlamentario" que se intentaba apenas disimular apelando a vagas exhortaciones a construir el socialismo y que manifestaba una ciega (¿e ingenua?) confianza en la idoneidad del sufragio universal y los mecanismos de la democracia burguesa para concretar el proyecto revolucionario. En la coyuntura europea de 1848 Marx lo consideraba –en una época de auge revolucionario, claro está– como un mero desencadenante de la lucha de clases, cuya efímera existencia era doblemente sentenciada tanto por el triunfo de la revolución como por su eventual derrota y el subsecuente auge de la reacción (1850, p. 219). Pero en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, un texto de Engels de 1884, sostiene que:
[E] sufragio universal es [...] el índice de la madurez de la clase obrera" pues permite saber si los obreros se constituyen como un partido independiente y votan por sus genuinos representantes. Y concluye que: "(N)o puede llegar ni llegará nunca a más en el estado actual, pero esto es bastante" (1884, p. 322).
Once años más tarde y ya en vísperas de su muerte, Engels habría de revalorizar vigorosamente el significado del sufragio universal. En su famosa "Introducción" nuestro autor señala la importancia de no subestimar sus efectos movilizadores y su funcionalidad en términos de un proyecto socialista. En efecto, ¿cómo ignorar las posibilidades abiertas por la propaganda política para elevar el grado de conciencia de las masas?; ¿o cómo subestimar la importancia de proceder a un periódico recuento de las propias fuerzas y la de los partidos adversarios para calibrar la efectividad de la acción socialista?; ¿o cómo despreciar el papel agitador y movilizador de la tribuna parlamentaria y el intenso contacto con los sectores populares logrado durante las campañas electorales?; ¿las elecciones y la vida parlamentaria no suponen, acaso, un importante aprendizaje político tanto para las masas como para la dirigencia de los partidos de izquierda? El sufragio universal, concluye Engels, hace posible bajo ciertas circunstancias una significativa acumulación de fuerzas en manos de los partidos de la clase obrera. Es obligación de estos partidos conservar intactas dichas fuerzas hasta que llegue el momento de "la lucha decisiva". Y para prevenir cualquier tipo de tergiversación de su pensamiento, que lo convirtiría en un ingenuo apóstol del "oportunismo electoralista", Engels deslinda claramente las aguas reivindicando el papel de la revolución. Nadie puede suponer, nos recuerda, que el sufragio universal implique renunciar al "derecho a la revolución", el único derecho "realmente histórico [...] en que descansan todos los estados modernos sin excepción" (1895, p. 321).

Conviene insistir en esta última enunciación puesto que es olvidada con harta frecuencia en nuestros días: ni Marx ni el viejo Engels jamás creyeron que la democracia electoral cancelaba la inevitabilidad de la fractura revolucionaria a la hora de superar el capitalismo. Contrariamente a lo afirmado por Bernstein –quien auguraba que el tránsito del capitalismo al socialismo sería tan imperceptible como el que experimenta un navío al cruzar la línea ecuatorial– la revalorización del sufragio universal jamás condujo a Marx y Engels a concebir las elecciones como un sucedáneo de la revolución, como ocurriera con la dirigencia de la Segunda Internacional. Y esto pese a que fue el propio Marx quien planteara que la conquista del socialismo por la vía electoral "podría tal vez ocurrir" en países como el Reino Unido y Holanda, con estados pequeños (al menos por comparación a la gigantesca burocracia estatal existente en Francia o Alemania), un aparato represivo y militar muy acotado y sólidas instituciones representativas. Pero, claramente, estos eran casos excepcionales que sólo confirmaban la validez de las previsiones generales, mucho más cautelosas acerca del papel del sufragio universal en la emancipación del proletariado. En un texto sorprendentemente poco estudiado, el "Prefacio" de 1886 a la primera edición de El capital, Engels sostiene que las investigaciones de Marx lo llevaron a concluir que:
al menos en Europa, Inglaterra es el único país en el cual la inevitable revolución social podría producirse, íntegramente, por medios pacíficos y legales. Pero Marx ciertamente nunca olvidó agregar que difícilmente esperaba que las clases dominantes inglesas se sometieran a esta revolución pacífica y legal sin una "rebelión pro-esclavista" (1886, p. 113)3.
La revalorización del sufragio universal vino pues de la mano de una renovada comprensión de las complejidades y contradicciones de los estados burgueses, consecuencia de las propias necesidades del proceso de acumulación capitalista, el avance de las luchas sociales, la creciente capacidad reivindicativa de las masas y la cristalización jurídica e institucional de la paulatina modificación de la correlación de fuerzas en favor de las clases populares. De ahí que Engels constatara esperanzadamente el hecho de que "las instituciones estatales en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones" (p. 116). Y prosigue sosteniendo que estas luchas en cada legislatura provincial, en los tribunales industriales y en diversos organismos municipales hicieron que "la burguesía y el gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales" (p. 116). Temas estos, por cierto, de enorme significación y que reflejan la sensibilidad de Engels ante los cambios acontecidos en las formas estatales de la dominación burguesa y que, una vez más, prefiguran la reelaboración gramsciana del estado en un sentido amplio, abarcativo no sólo de las instituciones de la sociedad política sino también de aquellas propias de la sociedad civil. Aún cuando la experiencia histórica posterior demuestre que Engels sobrestimó las posibilidades ofrecidas por estos nuevos complejos institucionales y representativos del estado capitalista y la legalidad burguesa, lo cierto es que sus precoces observaciones sirvieron para repensar desde nuevas bases toda la problemática estatal del capitalismo.

Pese a ello, sería un error creer que los desarrollos teóricos de Engels se agotan en estas observaciones. De hecho, aquéllos contienen una sugestiva anticipación de la mudanza en el paradigma estratégico del movimiento obrero que, muchos años después, sería teorizada por Gramsci al comprobar el tránsito desde la "guerra de movimientos" a la "guerra de posiciones". La reflexión engelsiana se fundamenta en una minuciosa identificación de las transformaciones ocurridas en la economía capitalista, en las condiciones de la lucha de clases, en las estructuras urbanas de los países avanzados y, por último, en las decisivas modificaciones experimentadas por la técnica y el arte militares. Todo esto lo condujo a concluir que:
[S]i incluso este potente ejército del proletariado no ha podido alcanzar todavía su objetivo; si, lejos de poder conquistar la victoria en un gran ataque decisivo, tiene que avanzar lentamente, de posición en posición, en una lucha dura y tenaz, esto demuestra de un modo concluyente cuán imposible era, en 1848, conquistar la transformación social simplemente por sorpresa (p. 111, énfasis en el original).
Más adelante Engels remataría su razonamiento diciendo que, ante estas condiciones, los socialistas deberían prepararse para una labor "larga y perseverante", encaminada a conquistar la conciencia de los sectores populares y de las capas intermedias de la sociedad, a afianzar la gravitación de las fuerzas de izquierda en el complejo entramado de instituciones del estado burgués –sistema partidario, movimiento obrero, gobiernos locales, etc.– hasta que se conviertan en "la potencia decisiva del país, ante la que tendrán que inclinarse, quieran o no, todas las demás potencias" (pp. 120-121). Engels trasciende de este modo las limitaciones propias del escenario histórico de su época: el capitalismo de fines del siglo xix, al preanunciar con sorprendente exactitud la reformulación teórica que, a finales de las décadas del veinte y del treinta, habría de ser desarrollada por Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel. Es decir, en un momento en el cual las profundas mutaciones del estado burgués en su fase imperialista –y muy especialmente aquellas ocasionadas por la Primera Guerra Mundial y el auge del fordismo– estaban apenas en sus comienzos, manifestándose de un modo embrionario, la penetrante mirada de Engels supo percibir los síntomas primeros de esta gran transformación. Pudo, de este modo, entrever la necesidad de adoptar una estrategia popular que le permitiera a las clases subalternas librar exitosamente el combate por la hegemonía en el seno de la sociedad civil, para convertirse, como diría Gramsci tiempo después, en "clase dirigente" antes de siquiera pretender ser "clase dominante".

¿Un Engels revisionista?

En una época como la actual, saturada por el auge del "liquidacionismo teórico" antimarxista que posa con los ropajes del posmodernismo, ¿podría hablarse de una cierta "ambigüedad" en el legado engelsiano? Durante el apogeo del "eurocomunismo" era corriente encontrarse con trabajos que exaltaban la "socialdemocratización" del último Engels o que, siguiendo el mismo sendero, remataban en la invención de un Gramsci "socialdemócrata" o "eurocomunista". Según esta errónea interpretación Engels habría revalorizado hasta tal grado las posibilidades abiertas por el sufragio universal que fue obligado a desprenderse, aún cuando no de modo abierto y frontal, de su tradicional adhesión a la revolución. En este sentido no fueron pocos los que se apresuraron a "celebrar" el postrero triunfo de Bernstein sobre el ala revolucionaria de la socialdemocracia, representada por Lenin y Rosa Luxemburg.

Ante esta nada inocente deformación del pensamiento de Engels es preciso puntualizar lo siguiente:

(a) Como ya lo hemos señalado, Engels jamás consideró al sufragio universal como un sustituto de la revolución. Tampoco creyó que las instituciones de los capitalismos democráticos pudieran ser "neutras" en la lucha de clases, o que, al sentirse amenazada, la burguesía iría a resignar hidalgamente el poder político y sus medios de producción absteniéndose de apelar a la violencia contrarrevolucionaria. No sólo era un marxista coherente sino que además era un hombre demasiado culto, y moralmente íntegro, como para incurrir en las inauditas conjeturas como las que hoy cultivan con esmero los "posmarxistas", que de la noche a la mañana descubrieron insólitos valores y potencialidades emancipadoras en el capitalismo. A lo largo de sus diversos escritos, y sobre todo en su testamento político, queda inequívocamente establecido que el sufragio y la revolución no son realidades excluyentes sino procesos convergentes. La expansión del poderío electoral de los socialistas –reflejo cierto de su capacidad de construir un nuevo bloque histórico en la sociedad civil– es una de las condiciones de la revolución y una vez que ésta haya triunfado el sufragio universal sería uno de los pilares del nuevo estado. Los formidables cambios en las condiciones bajo las cuales tiene lugar la lucha de clases y las no menos significativas transformaciones del estado capitalista exigen de las fuerzas socialistas la elaboración de una estrategia de acumulación que considere simultáneamente ambos aspectos. En los capitalismos democráticos –en donde lo de "democrático" es un adjetivo que sólo alude a la modificación de la forma en que se ejerce la dominación burguesa y no a la desaparición del carácter de clase del estado– la conquista de la voluntad de las masas pasa por el afianzamiento de una sólida mayoría electoral. Si el repudio a la revolución es una muestra de imperdonable ingenuidad o de un craso oportunismo, como lo prueba la frustrada experiencia del "eurocomunismo", el desprecio por la democracia electoral que tradicionalmente han manifestado amplios segmentos de la izquierda (especialmente en países como la Argentina) es una mayúscula irresponsabilidad, que además va en detrimento de las mismas posibilidades de un ulterior éxito revolucionario. La conquista de la hegemonía en la sociedad civil es condición indispensable para la toma del poder, diría Gramsci varias décadas más tarde. Para ser dominante una clase tiene primero que ser capaz de demostrar que puede ejercer efectivamente la "dirección intelectual y moral". Una adecuada lectura de Engels enseña que el sufragio universal y la revolución deben, en consecuencia, integrarse como aspectos complementarios de un diseño estratégico unitario de las clases subalternas. La negación de cualquiera de estos dos polos sólo puede acarrear nuevos tropiezos en la marcha de las fuerzas socialistas. El abandono de la "utopía" y la revolución termina consagrando la intangibilidad de las estructuras sociales capitalistas y la renuncia vergonzante al socialismo; la desvalorización del sufragio no sólo coloca a las fuerzas socialistas de espaldas a las masas sino que, bajo ciertas circunstancias, puede desembocar en un socialismo despótico y autoritario, inaceptable desde todo punto de vista y cualesquiera sean sus pretendidas justificaciones. Pero es preciso recordar que la democracia no puede realizarse en su integridad si se preservan las estructuras económicas y sociales del capitalismo. Aunque parezca paradojal –y ofenda los ojos de algunas "buenas almas democráticas" afectas a la falaz antinomia "democracia o revolución"– la condición de la democracia es la creación de un nuevo tipo histórico de sociedad, en donde prevalezca la igualdad sustantiva de los ciudadanos y hayan desaparecido las estructuras de explotación y opresión características de la sociedad burguesa. Todo esto, huelga aclararlo, implica un tránsito hacia una sociedad poscapitalista, lo que replantea la necesidad de la revolución social.

(b) A diferencia de algunos revisionistas posteriores, o de ciertos "posmarxistas" de nuestros días, para Engels jamás estuvo en discusión el carácter histórico y transitorio del capitalismo como un modo de producción clasista destinado a ser reemplazado por formas superiores de organización económica y social. Sus reelaboraciones acerca de la política y la estructura social en los capitalismos avanzados nunca nublaron su visión como para hacerle perder de vista las injusticias que son inherentes a este sistema y el carácter irresoluble de sus contradicciones en el largo plazo. Ni Marx ni Engels afirmaron jamás la tesis del triunfo fatal e inexorable del socialismo: la barbarie bien podía ser el horror resultante del fracaso de la revolución. Sin embargo, tanto las injusticias como las contradicciones que le son inherentes claman por la constitución de una sociedad de nuevo tipo, poscapitalista, sobre la base del diseño que en su juventud Marx y Engels esbozaran en La ideología alemana. La revisión estratégica propuesta por Engels, en consecuencia, de ninguna manera significa otorgar un certificado de eternidad para el capitalismo. Tampoco puede decirse que Engels haya jamás concebido al estado como una institución neutra, como un mero "escenario" o prescindente marco institucional de la lucha de clases. Todo esto, que instala a Engels en un universo teórico distante a años luz de los "posmarxistas" de este fin de siglo, hace también de él un verdadero clásico del marxismo, cuyas aperturas, intuiciones e innovaciones teóricas son decisivas para encarar con audacia y certeza la urgente tarea de desarrollar la teoría marxista de la política y para orientar la praxis transformadora de nuestras sociedades.

Este trabajo fue publicado en 1996 con el título "Federico Engels y la teoría marxista de la política: las promesas de un legado", en: Doxa. Revista de Ciencias Sociales, Buenos Aires, año VII, N° 16
 


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