"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

1/12/13

El marxismo en la época de Gramsci

Antonio Gramsci ✆ Gabriele Cancedda 
Jorge Luis Acanda González  |  Las transformaciones en curso en el último tercio del Siglo XIX y el primero del XX le plantearon al marxismo un profundo desafío teórico. El refuncionamiento y expansión del Estado, la extensión de los derechos de ciudadanía, la constitución del Estado de masas, el corporatismo, etc., colocaron ante el marxismo el reto de construir un sistema teórico que pudiera dar cuenta de las nuevas circunstancias. Lo que puede sorprender a muchos que estudien la historia de las ideas políticas fue precisamente la pobreza conceptual con el que la II Internacional primero, y la III Internacional, después, emprendieron el análisis de los cambios que tenían lugar en el sistema de relaciones políticas y en la relación entre el Estado y la sociedad.

El marxismo de la II Internacional

A partir de su constitución en 1889, la II Internacional y los partidos que la conformaban estuvieron confrontados con la novedad de un panorama político cambiante. El fortalecimiento del movimiento obrero, la constitución de partidos socialdemócratas con pleno disfrute de la legalidad y amplia representación en el parlamento (y en algunos casos también en el gobierno), tenía necesariamente una incidencia sobre el planteamiento estratégico del movimiento obrero. Los
canales pacíficos y legales se abrían como una nueva posibilidad. Por otro lado, el replanteamiento de los vínculos Estado-sociedad, ante la capacidad demostrada por el Estado burgués para expandirse a nuevas esferas sociales y gestionar los conflictos, exigía una nueva visión estratégica de los caminos de la revolución. El resultado fue la conformación de una línea política reformista, gradualista y electoralista, marcada por el catastrofismo. En primer lugar, los partidos socialistas interpretaron el proceso de relativa democratización de la vida política en el sentido de un tránsito hacia la neutralidad del Estado. Entendieron esta democratización como una pérdida del carácter clasista de la maquinaria estatal, y asumieron que era posible, mediante la vía electoral y la obtención de la mayoría en el parlamento, lograr una transición pacífica hacia el socialismo. Se pensó que la inminente agudización de las contradicciones internas objetivas del capitalismo llevaría una situación de crisis económica que inclinaría a la mayoría de la población a votar por el cambio de sistema. Se trataba de una concepción objetivista del proceso social. No sería la lucha de clases, sino el avance gradual de las contradicciones entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, lo que provocaría la crisis económica, y esta a su vez fatalmente causaría la crisis política. Se establecía una relación automática entre una y otra: la “catástrofe” económica precipitaría la política. Y se asumía que la burguesía sería incapaz de manejar y superar esa crisis política. Los propios mecanismos e instituciones establecidos por el ordenamiento liberal burgués servirían como vehículos para la instauración del socialismo.

La ironía de la historia quiso que en el momento en que los más agudos pensadores de la burguesía se percataban de la crisis irremontable del sistema liberal y pensaban nuevas formas de organización estatal (tal fue el caso de M. Weber y C. Schmitt, por sólo citar dos ejemplos), la mayoría de los marxistas veían justamente en la utilización del modelo liberal la garantía para la realización de la revolución. Como afirmó Juan Carlos Portantiero, 
“El error de perspectiva más notable… de toda la visión estatal elaborada por la II Internacional… fue la incomprensión de las tendencias centralizadoras y autoritarias que acompañaban al proceso de ‘democratización’.1
Dentro del movimiento marxista hubo algunas excepciones. Las más significativas fueron Rosa Luxemburgo y V. I. Lenin. Rosa Luxemburgo fue asesinada por la reacción en el arranque mismo de la revolución alemana, en enero de 1919. El estallido de la Primera Guerra Mundial y la capitulación de los partidos socialdemócratas ante las demandas imperialistas y chovinistas de sus respectivas burguesías nacionales, provocaron la desintegración de la II Internacional.

Lenin criticó las posiciones revisionistas y oportunistas de la socialdemocracia, y avanzó una propuesta teórica para el desarrollo de la revolución que cifraba en la activación de la lucha de clases y de la actividad política la clave para provocar la conformación y desarrollo de una situación revolucionaria. Con su obra El Estado y la revolución, Lenin buscó en el pensamiento de Marx y Engels las claves para reconstruir una concepción verdaderamente revolucionaria sobre el Estado y la política y regresar al marxismo a su cauce esencialmente crítico. El triunfo de la revolución bolchevique en Rusia le proporcionó un espaldarazo histórico a su pensamiento y le dio resonancia universal. Con una profunda visión internacionalista, convencido de que el destino de la revolución soviética estaba indisolublemente vinculado al de la revolución mundial y para contribuir al desencadenamiento de esta, Lenin fundó en 1919 la Internacional Comunista, o III Internacional, para propiciar el surgimiento y desarrollo de partidos comunistas en todos los países. La III Internacional nació con el objetivo de constituirse en un bastión contra el revisionismo y el reformismo, que habían minado desde dentro al movimiento obrero.

El empeoramiento de su estado de salud sacó prácticamente a Lenin de la vida política en 1921. Los viejos vicios teóricos del marxismo de la II Internacional volvieron a aparecer en la III Internacional y se convirtieron, de nuevo, en el fundamento que un pensamiento político que reeditó los viejos errores, y tampoco supo dar cuenta adecuadamente de los complejos procesos que se desarrollaban en el capitalismo. El marxismo entró con esas limitaciones teóricas en la década de los años 20, precisamente en la etapa en la que maduraba el reacomodo de la dominación burguesa.

¿A qué se debió la persistencia de la incapacidad teórica del marxismo organizado para aprehender teóricamente los nuevos cambios que se operaban? Para encontrar una respuesta es preciso las características que tuvo el proceso de difusión de las ideas de Marx a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, y el impacto que este proceso de difusión tuvo, a su vez, sobre el propio pensamiento marxista.

El primer canal de difusión de las ideas de Marx y Engels lo constituyó la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT).2 La AIT agrupaba a organizaciones obreras de toda Europa, que en aquellos años tenían que existir y actuar mayormente en la ilegalidad. Pero el marxismo no era la única corriente ideológica presente en el movimiento obrero europeo. Otras ideas, como las de P. J. Proudhon, M. Bakunin o F. Lassalle también ejercían una influencia. “No hay que confundir la talla de Marx, que domina las instancias de la AIT, con la repercusión de sus ideas teóricas en el ámbito del movimiento obrero de su tiempo”.3 Aunque Marx y Engels lograron predominar en los órganos de dirección de la I Internacional, en el seno de las organizaciones obreras muchas de las ideas de sus competidores dejaban una marca profunda. La consecuencia de esto fue que las ideas de Marx se expandieron y difundieron y lograron alcanzar la preeminencia dentro del movimiento socialista, pero la recepción de las mismas se produjo en el contexto de una ideología socialista ecléctica dominante, que integró al mismo tiempo ideas de Marx y Lasalle, Bakunin, Proudhon, Dühring, y otros.

La fundación de la II Internacional significó el triunfo pleno de las ideas de Marx sobre las de sus competidores, pero en un plano formal. La II Internacional adoptó oficialmente a las ideas de Marx como su doctrina, y fue en esa época que el propio concepto de “marxismo” y “marxistas” comenzó a ser utilizado para designar a lo relacionado con el movimiento obrero organizado. Pero esa hegemonía del marxismo en la II Internacional se debió en buena medida a que se presentó como una teoría científica. Su superioridad sobre las demás teorías socialistas se debería a su carácter científico. Y esto se entendió como que el marxismo demostraba el carácter inevitable de la desintegración del capitalismo y la instauración de una sociedad comunista apoyándose en su descubrimiento de las leyes históricas que regían inexorablemente la evolución de la sociedad. Se utilizó el concepto de marxismo para designar un corpus de ideas bien definido y delimitado que apuntaba precisamente en esa dirección. Karl Kautsky, figura de gran prestigio en la socialdemocracia alemana y europea y máximo líder de la II Internacional tras la muerte de Engels en 1895, definía así al marxismo en un artículo del año 1899: 
“Es el método resultante de aplicar la concepción materialista de la historia a la política; gracias a él el socialismo se ha convertido en una ciencia”.4
Para entender la insistencia en la caracterización del marxismo como “ciencia” es preciso recordar la resonancia y fuerza de atracción que el darwinismo tenía en la época. Con su teoría de la evolución de las especies, al descubrir las leyes que rigen la evolución de los organismos vivos, Darwin había proporcionado un golpe de muerte al creacionismo en la interpretación acerca de la Naturaleza. La sensibilidad y la mentalidad colectivas de la época estaban dominadas por el cientismo y las ideas de evolución y progreso derivadas del impetuoso desarrollo de las ciencias naturales a fines del Siglo XIX. Era casi natural que muchos establecieran un paralelismo entre el aporte teórico de Darwin y el de Marx. Ese paralelismo se convirtió en una constante en esa época. El propio Engels lo había hecho en su oración fúnebre en el entierro de Marx en el cementerio londinense de Highgate: “Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió le ley del desarrollo de la historia humana”.5 Se consideraba que la superioridad indiscutible de la ciencia como forma de pensamiento radicaba en su capacidad de descubrir la existencia de leyes de la naturaleza que explicaban el desarrollo evolutivo y necesario no sólo de las especies animales y vegetales, sino incluso de las formaciones geológicas. Por ende, la superioridad de las ideas de Marx sobre la de otros pensadores, socialistas o no, tendría que cifrarse en su cientificidad. Y con ello se quería decir su capacidad de descubrir las leyes objetivas, “naturales”, del movimiento de la sociedad, las cuales permitirían presentar la realización del ideal socialista no como mera elucubración de un grupo de exaltados, como una utopía más entre otras, sino como el resultado inexorable del movimiento evolutivo de la sociedad. Se trataba de un socialismo “científico”, y por ello incontestable. El corolario necesario era una interpretación gradualista y evolutivo de los cambios sociales, lo que necesariamente abría la puerta a una estrategia política reformista. Ernesto Ragionieri, uno de los principales estudiosos de estos procesos, definió así al marxismo de la II Internacional. 
“Por marxismo de la Segunda Internacional se entiende, en general, una interpretación y elaboración del marxismo que reivindica un carácter científico a su concepción de la historia por cuanto describe el desarrollo de lamisca como una necesaria sucesión de sistemas de producción económica según un proceso evolutio que sólo en el límite contempla posibilidades de ruptura revolucionarias surgidas del desarrollo de las condiciones objetivas”.
 Kautsky enunció con toda claridad esta idea en un texto de 1886, al afirmar que, gracias a la concepción materialista de la historia,
“Marx ha realizado la unión del socialismo con el movimiento obrero, demostrando que el fin del socialismo… será natural y necesariamente alcanzado a través del desarrollo del modo de producción moderno y la lucha de clases”.7
Obsérvese como aquí se vincula el carácter materialista de la teoría de Marx con su carácter de ciencia. Esta sería otra constante en el marxismo hegemónico en la II Internacional. No hay dudas de que la concepción de la historia presentada por Marx tiene un carácter materialista. La clave radica en cómo se entiende ese materialismo. El propio Marx había preferido otros términos para designar su teoría: materialismo práctico, comunismo práctico, socialismo materialista crítico, son denominaciones que utilizó. Pero el pensamiento predominante en el siglo XIX identificaba al materialismo con el naturalismo. Se concebía a lo material como lo natural. Lo material se entendió como aquello que se podía palpar, tocar, sentir, y que existía independientemente de la existencia humana. Con tal comprensión no había margen para captar la existencia de la materialidad social. La visión cosificada y naturalizante de lo material condujo a una interpretación economicista de las ideas de Marx. Allí donde Marx afirmó que era en el proceso de la producción material de la vida social donde había que buscar los factores que, en última instancia, condicionaban la producción espiritual, se interpretó que la producción económica determina las relaciones políticas y la producción espiritual. La base económica determinaba en forma directa y mecánica a la superestructura estatal y espiritual.

Así, la expansión del marxismo significó su tergiversación y empobrecimiento. La difusión, su esquematización. 
“En un cuarto de siglo, nacido en un área geográfica más bien reducida y en el ámbito de un movimiento político y social que aún iba a la búsqueda de su definitiva identidad, el marxismo se convierte en el credo de millones de hombres, en el arma teórica de la socialdemocracia internacional, recorre sinuosos y largos caminos hasta conquistar una dimensión planetaria. Pero las vías de su afirmación fueron también las de su sistematización, y los mecanismos de su difusión acabaron empobreciendo su patrimonio originario”.8
El proceso de empobrecimiento del marxismo se vio reforzado por la imposibilidad, para los marxistas de la época, de poder leer muchas de las obras de Marx. Podemos afirmar que la mayoría del legado teórico de Marx no podía ser conocido por los revolucionarios de aquella época. O bien esas obras no habían sido publicadas nunca, o sólo lo habían sido una vez y eran prácticamente imposibles de conseguir. Obras tan importantes como los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 y La Ideología Alemana no fueron publicadas sino hasta 1932. Los Fundamentos a la Crítica de la Economía Política (los después famosos Grundrisse) tuvieron que esperar a 1939 para que vieran la luz, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial atrasó su difusión, y hubo que esperar hasta su reedición en 1956 para que poco a poco comenzaran a ser conocidos. Los escritos de Marx anteriores a 1844 eran completamente desconocidos, bien porque no habían sido publicados o bien porque habían aparecido en revistas o diarios de los que ya nadie se acordaba. Y ello incluía textos tan importantes como los Manuscritos de 1843 y los artículos aparecidos en la revista Anales Franco-Alemanes en 1844. En esencia, para la mayoría de los marxistas, su conocimiento de la obra de Marx se limitaba a El Manifiesto Comunista, La lucha de clases en Francia y El 18 Brumario de Luis Bonaparte, además de El Manifiesto Inaugural de la I Internacional y La Guerra Civil en Francia. De El Capital se hablaba mucho, pero prácticamente casi nadie se lo había leído. La cultura marxista de los socialistas estaba constituida en lo esencial por manuales y textos de divulgación escritos por otras personas. Esto necesariamente tenía sus consecuencias. 
“El hecho mismo de que el marxismo se enseñara en cursos escolares con fines explícitamente prácticos, ideológicos, de propaganda, comportaba evidentes formas de simplificación y de vulgarización”.9
Por otra parte, no debe dejar de tenerse en cuenta la circunstancia de que los partidos socialdemócratas buscaban en el marxismo simplemente instrumentos de propaganda para la lucha política inmediata, y lo utilizaban como instrumento de legitimación de sus decisiones políticas. Ello llevó a la conversión del marxismo en un conjunto de citas que, extraídas de su contexto, servían para legitimar cualquier línea de actuación. La dogmatización del marxismo fue un resultado paralelo a los otros anteriormente descritos. El conjunto de estas circunstancias explican por qué el marxismo dominante en la II Internacional puede ser caracterizado como economicista y mecanicista, y que su propia pobreza teórica determinó su insolvencia como instrumento para la reflexión sobre las transformaciones que se daban en aquellos años en los procesos de producción económica y de reacomodo de la dominación de la burguesía.

La III Internacional

Las causas políticas y espirituales que provocaron la aparición del marxismo vulgar, continuaron existiendo en la década de los años 20. A ellas se añadió un elemento nuevo: la conversión del marxismo en una teoría legitimadora de las actividades y estrategias del Estado soviético. Se intentó limitar el carácter crítico del marxismo, con la consecuencia necesaria del total estrangulamiento de esta característica esencial del pensamiento de Marx. El marxismo que alcanzó predominio en el contexto de la Internacional Comunista repitió las mismas características del economicismo y el mecanicismo. Y a pesar de sus repetidas manifestaciones en contra del reformismo, en muchas ocasiones la línea política establecida por el Comité Ejecutivo de la Komintern adoleció de ese mismo defecto.

¿Cómo se expresó todo ello en la teoría política desplegada por el marxismo oficial de la III Internacional? Como ha señalado Nicos Poulantzas, la esencia de la teoría política del marxismo vulgar se expresa en la fórmula que identifica al Estado con la voluntad de la clase dominante.10 Marx había rechazado la tesis liberal que entendía al Estado como institución que representaba el interés general y ejercía el papel de árbitro entre intereses contrapuestos, situándose por encima de ellos. Marx demostró que el Estado tiene un carácter clasista, y que expresa y defiende los intereses de la clase económicamente dominante. Pero la tesis del carácter clasista del Estado constituye tan sólo el punto de inicio de una reflexión mucho más profunda y compleja. El marxismo vulgar, sin embargo, la tomo como el alfa y el omega de la comprensión marxista sobre el Estado. Tomó tan sólo el primer eslabón de esa reflexión y lo asumió además de una forma unilateral y estrecha. En primer lugar, planteó una relación directa y unívoca entre el Estado y la clase dominante. Como si la voluntad de la clase dominante se expresara en forma directa e inmediata en el desempeño del aparato estatal, y fuera ella la única instancia a tener en cuenta para explicar las características y desempeños particulares de la maquinaria estatal en cada momento y situación concretos. De tal forma, se concibió al Estado como un instrumento manipulable a voluntad de la clase en el poder. Se trataba, en esencia, de una concepción idealista, que presenta al Estado como una entidad abstracta (pues se le concebía con total desconocimiento de la concreción de sus determinaciones) y a la burguesía como un sujeto trascendente al condicionamiento de sus acciones y la limitación de su “voluntad” por las circunstancias objetivas existentes.

En segundo lugar, el marxismo vulgar redujo al Estado a instrumento de violencia represiva. Lo identificó en exclusiva con el conjunto de instituciones públicas represivas (el gobierno, el parlamento, los tribunales, los cuerpos armados, las cárceles, el sistema impositivo), concibiendo que la función de defensa de los intereses de la clase dominante se ejercía tan sólo mediante la utilización de la violencia y la represión. Se perdía de vista por completo la complejidad de las funciones estructurales del Estado en la reproducción de las relaciones sociales capitalistas.

La interpretación reduccionista del marxismo vulgar sobre el Estado y la política se fundamentó en el materialismo naturalista y el economicismo craso que se encontraba en su basamento conceptual. Se identificó en exclusiva la producción económica con la producción de mercancías. Marx había afirmado repetidamente que semejante identificación era una característica esencial del pensamiento burgués, y desplegó una concepción multilateral y relacional sobre la actividad económica. La tesis marxiana afirma que al producir la base material de su vida, los seres humanos producen no sólo los objetos de consumo material, sino que también, y sobre todo, producen sus relaciones sociales y se producen los unos a los otros. El marxismo vulgar, prisionero de los esquemas positivistas y dosificadores del pensamiento burgués, estableció una relación directa entre los intereses económicos de las clases sociales y sus formas de manifestación en el campo de la política, perdiendo de vista todos los elementos mediadores entre ambos momentos. El Estado y la actividad política de los distintos grupos sociales fueron interpretados como meras funciones de lo económico. La especificidad cualitativa de lo político se perdió. Esto, como es natural, tuvo serias consecuencias para la elaboración de las estrategias políticas del movimiento comunista internacional.

El economicismo del marxismo vulgar se expresó, en primer lugar, en privilegiar a las fuerzas productivas a expensas de las relaciones de producción. Se estableció una interpretación cosificada de las fuerzas productivas. Se las identificó con “cosas”: los instrumentos de producción, las materias primas, las vías de comunicación, etc. Y se diferenciaron con respecto a las relaciones de producción que, como supuestamente lo indicaría su nombre, constituirían tan sólo las relaciones que establecen entre si los individuos en el proceso de producción económica (reducido este, a su vez, a la producción de mercancías). Instrumentos por un lado, relaciones por el otro. Las fuerzas productivas fueron entendidas como independientes de las relaciones de producción. Aquellas se desarrollaban por sí mismas, y con su movimiento empujaban a las relaciones de producción a desarrollarse. Las afirmaciones de Marx en el sentido de que “el ser humano es la fuerza productiva más importante” y de que las necesidades juegan un papel esencial en el desarrollo económico no pudieron ser entendidas adecuadamente por el marxismo vulgar. La derivación de esto en el pensamiento político fue dramática: no se pudo interpretar adecuadamente el modo en que se articulaban entre si el proceso de producción económica y el campo de la lucha de clases.11 En esencia, se había trasvestido la concepción materialista de la historia en una concepción tecnologicista y evolucionista del desarrollo social. Se asignaba al desarrollo tecnológico el papel de marcar directamente los ritmos y dirección de la evolución social.

Marx y Engels habían utilizado la expresión “en última instancia” para explicar la forma en que el factor económico ejercía su influencia esencial, indicando con ello que sólo es a través de la lucha de clases, de la acción política, de la lucha política de las clases, que las contradicciones económicas existen y se expresan. Lenin había destacado la compleja relación entre la política y la economía al enunciar su famoso apotegma (que tanto se ha leído y tan poco se ha entendido): “la política es la expresión concentrada de la economía; la política no puede menos que tener primacía sobre la economía”. El marxismo vulgar de la Komintern ignoró la complejidad dialéctica del vínculo entre la economía y la política, y elaboró un esquema simplificador, en el que estas relaciones, al igual que las existentes entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, se entendieron en forma unilineal y mecánica, como si las contradicciones económicas entre los grupos y clases sociales se expresaran directamente en el campo político.

Traduciendo de una forma totalmente simplificadora el pensamiento de Marx, y tomando frases aisladas desgajadas de su contexto, la producción de mercancías se identificó con la “base” de la sociedad. Una vez que en la sociedad se habían establecido las características del proceso productivo, se habían repartido los medios de producción, se afirmaban las relaciones de propiedad y se delimitaban los campos entre la clase dominante y las clases dominadas, entonces (y sólo entonces) surgía la superestructura: el Estado, las ideas, etc. Esa “superestructura” era simplemente la expresión lineal y automática de la base económica, y sólo podía cambiar después que la base económica se transformara (lo cual, a su vez, estaba determinado por el desarrollo tecnológico).12 Se entendía al Estado como una instancia extra-económica, que jugaba un papel sólo de protección de las relaciones económicas existentes, pero que en modo alguno incidía en el funcionamiento y desarrollo de las mismas. Lo cual por cierto coincidía plenamente con la concepción liberal sobre el papel del Estado.

Como afirmó N. Poulantzas, la subestimación del papel de la lucha de clases (consecuencia necesaria del planteo teórico del marxismo vulgar) condujo a que la Komintern no fuera capaz de comprender el carácter de tendencialidad de ciertos aspectos del desarrollo del capitalismo y el imperialismo. “El carácter mismo de una tendencia histórica, y Marx lo había subrayado, obedece precisamente, y en último análisis, al hecho de que el proceso económico está sobredeterminado por la lucha de clases, que detenta la primacía”.13 Las características del modo de producción capitalista en su etapa imperialista establecieron una serie de tendencias históricas, las cuales podían o no realizarse en dependencia de las estrategias y formas de lucha asumidas por la burguesía y por la clase obrera. Se trata de tendencias históricas,no de un fatum inexorable que actúa desde una esfera trascendente a la de la acción de los seres humanos. De la idea marxiana del carácter condicionador en última instancia de los factores económicos, se pasó en el marxismo vulgar a postular el papel determinante de las férreas leyes de la historia. Esto generó una interpretación de la política que se basó en el “catastrofismo” y la creencia de la inevitabilidad e inmediata proximidad del triunfo de la revolución.

El marxismo vulgar redujo el Estado a mera institución “superestructural” y, por ende, secundaria. No pudo comprender – como si lo comprendió Marx – el carácter objetivo de las relaciones que mantiene el Estado con las características de un modo de producción particular. Ni el marxismo de la II Internacional ni el de la Komintern fueron capaces de captar las determinaciones específicas que asume el Estado burgués en cada fase de la evolución del capital. Se limitaba a afirmar el carácter clasista de todo Estado, y no pudo aprehender teóricamente los rasgos propios del Estado capitalista. Pensó al Estado (en abstracto) como expresión directa de la voluntad de la clase dominante, con lo que situó en una posición teórica idealista, pues no abrió un espacio para descubrir las estructuras objetivas (características de la lucha de clase, exigencias del proceso productivo, contradicciones con otras burguesías nacionales y también al interior de la burguesía nativa) que condicionaban las formas y funciones que asumía el Estado.

Al marxismo de la III Internacional le faltó densidad teórica para establecer el nexo genético-histórico entre el nivel político institucionalizado y el surgimiento y funcionamiento del modo de producción capitalista. Careció de una conceptualización adecuada sobre el papel activo del Estado burgués en las nuevas condiciones del imperialismo, y sobre su capacidad para “introducirse” en la economía y la sociedad. Su visión instrumentalista del Estado la condenó a ignorar la densidad de las nuevas formas de dominación y la nueva complejidad del hecho estatal.

Notas

1 J. C. Portantiero. Los usos de Gramsci, Plaza y Janés, México, 1987, p. 27.
2 Conocida posteriormente como I Internacional.
3 G. Haupt.“Marx y el marxismo”, en: E. J. Hobsbawn y otros (ed.). Historia del Marxismo, Ed. Bruguera, Barcelona, 1980, tomo 2, p. 212-213.
4 Citado en: G. Haupt, obra citada, p. 226.
5 F. Engels. “Discurso ante la tumba de Marx”, en: C. Marx, F. Engels. Obras Escogidas en tres tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1974, tomo 3, p. 171.
6 Citado en: Franco Andreucci, “La difusión y la vulgarización del marxismo”, en: E. J. Hobsbawn y otros (ed.). Historia del Marxismo, Ed. Bruguera, Barcelona, 1980, tomo3, p. 27.
7 Citado en: G. Haupt, obra citada, edición citada, p. 227.
8 F. Andreucci, obra citada, edición citada, p. 28.
9 F. Andreucci, obra citada, edición citada, p. 60.
10 Nicos Poulantzas. Hegemonía y dominación en el Estado moderno. Buenos Aires. Cuadernos de Pasado y Presente/48, 1975.
11 Ver: Nicos Poulantzas. Fascismo y dictadura. Edición citada, p. 35.
12 Ver: Nicos Poulantzas, obra citada, p. 38.
13 Ibidem, p. 36.

El anterior escrito es el Capítulo V (El marxismo en la época de Gramsci) del libro ‘Traducir a Gramsci’ de Jorge Luis Acanda González, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, 292 pp.
 


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