"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

7/11/13

El lápiz azul de Stalin | El tirano como editor

Holly Case |  Joseph Djugashvili era un estudiante en un seminario teológico cuando se encontró con los escritos de Vladimir Lenin y decidió convertirse en un revolucionario bolchevique. A partir de entonces, además de hacer explotar cosas, robar bancos y organizar huelgas, se convirtió en  editor, trabajando en dos periódicos en Baku y luego en el primer diario bolchevique, Pravda. Lenin admiraba la labor editorial de Djugashvili; Djugashvili admiraba a Lenin, y rechazó 47 artículos que este presentó a Pravda. 

Djugashvili (más tarde Stalin) era una persona cruel, y un editor serio. El historiador soviético Mikhail Gefter ha escrito sobre la llegada de un manuscrito sobre el estadista alemán Otto von Bismarck editado por la propia mano de Stalin. La copia manuscrita data de 1940, cuando la Unión Soviética estaba aliada con la Alemania nazi. Sabiendo que Stalin fue responsable de tantas muertes y sufrimientos, Gefter busca “las huellas de esas cosas horribles en el libro.” No encontró ninguna. Lo que vio, en cambio, fue una “edición razonable, que apunta a un muy buen gusto y a la comprensión de la historia”. Stalin también hizo un cambio sorprendente en el manuscrito. En la conclusión, el autor terminaba con una advertencia a los alemanes para que no renegaran de la alianza y no atacaran a Rusia. Stalin lo
cortó. Cuando el autor se opuso, alegando que tal advertencia era el asunto central de la obra, Stalin respondió: “Pero, ¿por qué les asusta? Que lo intenten ….” Y de hecho lo hicieron, con un coste de más de 30 millones de vidas, la mayoría de ellas soviéticas. Pero, al final, la gloria fue para Stalin.

El editor es una mano invisible con el poder de cambiar el significado y el mensaje, incluso el curso de la historia. Antes, cuando las pruebas todavía se hacían manualmente, cortando, pegando y fotografiando antes de la impresión, un lápiz azul era el instrumento elegido por los editores porque el azul no era visible cuando se fotografiaba. La intervención editorial era invisible para el diseño.

Stalin siempre parecía tener un lápiz azul a mano, y muchas de las formas que utilizó quedan en directo contraste con los supuestos comunes acerca de su persona y pensamientos. Eliminó ideología o le restó importancia, cortó referencias a sí mismo y a sus logros, e incluso mostró flexibilidad mental, revirtiendo parte de anteriores ediciones.

Así, mientras la voz de Stalin sonaba en todos los oídos, su retrato colgaba en todas las oficinas y fábricas y se balanceaba en cada desfile coreografiado, el Stalin tras el lápiz azul permanecía invisible. Lo que es más, permitió que muy pocos detalles de su vida privada fueran de conocimiento público, lo que lleva s su biógrafo Robert Service a comentar la notable “austeridad” del “culto a Stalin”.

Alemanes y soviéticos dividieron Polonia en dos partes.
Este mapa, firmado por Stalin (lápiz azul) y Ribbentrop (rojo)
 indica la frontera germano-soviética 
Pero no hay que confundir la humildad de Stalin con la modestia. Aunque tendemos a asociar la invisibilidad con los humildes, hay un lado negativo que el artista de graffiti Banksy entiende mejor que nadie: “la invisibilidad es una superpotencia”.

Para Stalin, editar era una pasión que se extendía más allá del ámbito de los textos publicados. Las huellas de su lápiz azul se pueden ver en los memorandos y discursos de funcionarios de alto rango del partido (“¿contra quién se dirige esta tesis?”) y en las caricaturas cómicas dibujadas por miembros de su círculo íntimo durante sus interminables reuniones nocturnas (“¡Correcto!” o “Mostrar a todos los miembros del Buró Político”). Durante el asedio alemán de Stalingrado (1942-1943), rodeó la ciudad desde el oeste con su lápiz azul sobre un gran mapa mural en el Kremlin, y, en el verano de 1944, volvió a dibujar las fronteras de Polonia en azul. En una reunión con Winston Churchill unos meses más tarde, el primer ministro británico vio cómo Stalin “tomó su lápiz azul e hizo una gran marca”, indicando su aprobación al “acuerdo de porcentajes” para la división de Europa en esferas de influencia occidentales y soviéticas tras la guerra.

Los pocos que visitaban al líder soviético en su estudio del Kremlin mencionan el lápiz azul en sus memorias. Georgy Zhukov, comandante del ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial, observó que “Stalin, por lo general, tomaba notas con lápiz azul y escribía muy rápido, con una mano firme y legible”. El comunista yugoslavo Milovan Dilas se sorprendió al ver que Stalin no era el hombre tranquilo y seguro de sí mismo que él conocía de fotografías y noticieros:
“No estaba quieto ni un momento. Jugaba con su pipa … o dibujaba círculos con un lápiz azul alrededor de las palabras que indicaban los principales temas de debate, que cruzaba con líneas oblicuas a medida que cada parte de la discusión se acercaba a su fin, y no dejaba de volver la cabeza hacia unos y otros mientras se movía en su silla”.
El historiador de Stanford Norman Naimark describe las marcas dejadas por el lápiz de Stalin como “grasientas” y “gruesas y pastosas”. Señala que Stalin editó “todos los documentos internos de importancia”, y el alcance de lo que él consideraba interno e importante era muy amplio. Para la edición de un discurso de un biólogo para una conferencia internacional en 1948, Stalin utilizó una serie de lápices de colores: rojo, verde, azul, para despojar a la charla de referencias a la ciencia “soviética” y a la filosofía “burguesa”. También tachó una página entera de cómo la ciencia es “clasista por naturaleza” y escribió en el margen “Ha-ha-ha! ¡¡¡Y qué pasa con las matemáticas? ¿Y el darwinismo?”

Incluso cuando no manejaba el lápiz azul, el celo editorial de Stalin lo consumía por entero. Extirpaba a gente -en realidad a pueblos enteros- de los manuscritos de la existencia mundana, los hacía desaparecer de fotografías y léxicos, cambiaba las palabras y ssu significado, editaba las conversaciones a medida que transcurrían, llevando a sus interlocutores hacía formulaciones más deseables (para él) . “Los polacos nos han estado visitando”, le dijo al antiguo jefe del Comintern Georgi Dimitroven 1948. “Yo les pregunté: ¿Qué piensan de la declaración de Dimitrov? Me dicen: está bien.  Y yo les digo que no, entonces responden que ellos también piensan que no… “

Todos los editores, escribió el historiador de la cultura Jacques Barzun, “muestran una tendencia común: … lo que el editor preferiría es preferible”. Ser un autor está muy bien, y Stalin escribió varios libros -la palabra “autor”, al fin y al cabo, comparte raíz con la palabra “autoridad”-,  pero él sabía que la edición era un poder superior. Naimark argumenta que la edición era una parte importante de la ideología estalinista, como todo lo que dijo o escribió. Esto garantiza la amplificación. Bajo el estalinismo, nadie podía hablar ni escribir, pero ya que Stalin era el guardián supremo de la censura y del sistema de gulag, el poder de editar era el poder mismo.

Copia de una lista de ejecuciones,
con las anotaciones azules de Stalin
© Foto del Museo Estatal de Rusia de Historia Socio-Política
 
Publicado en 1938, la Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética (Bolchevique): Curso Breve es una de las más famosas obras ideológicas del siglo pasado. Como escribió el historiador Walter Laqueur en sus memorias: “Todo Comunista tuvo que leerlo en su época; era citado en cada artículo, traducido a todos los idiomas; la circulación total fue de decenas de millones”. La historia de cómo llegó a existir dice mucho sobre el poder de los escritores y editores y, por otra parte, sobre la inescrutable personalidad editorial de Stalin.

Una nueva edición del Curso Breve, editada por los historiadores David Brandenberger y Mikhail Zelenov, aparecerá en Yale University Press con el título de Stalin’s Catechism: A Critical Edition of the Short Course on the Communist Party of the Soviet Union.  Muestra muchas de las revisiones que Stalin hizo a la obra junto con historia detallada de su producción y recepción. El libro promete ser una revelación, ya que hará que el Stalin editor sea crudamente visible.

Antes de que el partido en el poder tuviera una historia oficial, la Unión Soviética ya tenía casi 20 años. Aunque brigadas enteras de historiadores (y se les llamaba brigadas) habían estado trabajando desde la revolución de 1917, Stalin no estaba de acuerdo con sus esfuerzos. En 1931 los humilló en un discurso, llamándolos “ratas de archivos” que no habían podido reunir un relato convincente de los logros del partido.

Eso fue antes de la purga

En 1934 fue asesinado un miembro de alto rango del Partido Comunista, Sergei Kirov. Su muerte, probablemente orquestada por el propio Stalin, se utilizó para iniciar una persecución masiva que daría lugar a más de un millón presos y a cientos de miles de muertos. Entre los objetivos estaban los miembros de la élite burocrática del partido. Fueron interrogados, torturados y obligados a ofrecer confesiones públicas antes de recibir un disparo en la nuca.

Es difícil escribir una historia convincente y sin un elenco fijo de los personajes. Ningún autor puede mantenerse al día en lo referente a las eliminaciones. (“El arma secreta del editor”, escribe la autoraa y editora Harriet Rubin, “es el botón de eliminar”). A pesar de todo esto, o quizás por ello, el reemplazo de Kirov en la jerarquía del partido aseguró a Stalin que una “entera granja colectiva” de historiadores estaba trabajando en una historia oficial. Dos hombres – Yemelyan Yaroslavsky y Pyotr Pospelov- dirigían el equipo. Juntos produjeron un manuscrito de 800 páginas, que presentaron a Stalin a finales de 1937. Su primera respuesta le sonará familiar a cualquiera que haya trabajado con un editor: “Redúzcanlo a la mitad”. Lo hicieron: con gran dificultad, en un tiempo récord y sin quejarse.

Cuando Stalin recibió el manuscrito reducido, todavía no quedó complacido: “Ningina granja colectiva va a ser capaz de hacerlo bien”, dijo con enojo, y comenzó a escribirlo él mismo. Todo esto se llevó a cabo durante el tercer proceso de Moscú, en el queNikolai Bujarin, un destacado exsimpatizante bolchevique y de Stalin, fue acusado de participar en una amplia conspiración para acabar con el régimen soviético. El juicio terminó con la “declaración final” de Bujarin -la confesión que inspiró en 1940 la novela de Arthur Koestler El cero y el infinito- y su ejecución. En extensas notas marginales al manuscrito del Curso Breve, Stalin instruyó a los autores para que ampliaran el aura de conspiración que amenazaba tanto al partido como al Estado desde fuera y desde dentro. La purga era historia en la fabricación.

Revisar, vuelva a enviar

Pero Stalin todavía no estaba satisfecho. En la próxima ronda de modificaciones sustanciales, utilizó el lápiz azul para silenciar la conspiración que había hecho ampliar previamente a los autores  (la cursiva indica una inserción):

Carta de Beria a Stalin (marzo de 1940)
sobre la masacre de Katyn
La reversión adquiere pleno sentido a la luz de otros cambios que Stalin hizo en el manuscrito, en su mayoría supresiones. (Yaroslavsky:. “Nunca en mi vida he visto tanta edición”). Cortó el elenco de personajes a la mitad, disminuyendo la importancia de ambos, héroes y villanos: “¿Qué nos aportan realmente los individuos ejemplares ?” , se preguntó. “Son las ideas lo que realmente importa, no los individuos”. Como ofreciendo la confirmación definitiva de esta afirmación, eliminó la mayoría de las referencias a sí mismo.

Yaroslavsky protestó por esas autoeliminaciones. “Esto es, desde luego, un ejemplo de su gran modestia”, le escribió al secretario general”, lo que es un maravilloso rasgo para cualquier bolchevique. Pero usted pertenece a la historia y su participación en la construcción del partido debe quedar plenamente representada”. Stalin no se inmutó.

El lápiz azul de Stalin era un instrumento que utilizaba para transformarse a sí mismo en una idea y, en definitiva, en una ideología. De Marx había venido el marxismo, el leninismo de Lenin; tal era la puesta en escena mediante la que Stalin -a través de sus incansables modificaciones- se estaba convirtiendo en estalinismo. Escribiendo sobre memorias soviéticas de la época estalinista y de la época posterior, Irina Paperno, una eslavista de la Universidad de California en Berkeley, señala que el editor “no es una persona o personas reales, sino una función o personaje”. En su biografía del Stalin posterior a 1936, Henri Barbusse escribió: “Stalin es el Lenin de hoy”. Quería decir que Stalin se había convertido efectivamente en un personaje, en una idea que trascendía a la persona. Era un cumplido. Y otros sintieron su fuerza. Antes de reunirse con él en 1943, Dilas imaginó al líder soviético como una “idea pura, … algo infalible e inmaculado”.

De los doce capítulos del Curso Breve, escribió Stalin a los autores tras recibir el manuscrito, “resultó necesario revisar fundamentalmente once de ellos”. La suya fue una revisión casi total. El marxismo-leninismo -y, por, tanto, también el estalinismo representado por el Curso Breve- nació de lo que Hannah Arendt llamó “la negativa a ver o aceptar cualquier cosa tal como es y de … la interpretación uniforme de cualquier cosa como una mera etapa de cierto desarrollo ulterior”. Representó un cambio hacia una visión del mundo con los ojos de un editor. Literalmente. Como Jonathan Sperber señala en su reciente libro, Karl Marx: A Nineteenth-Century Life, la carrera de Marx como editor fue “siempre una de sus principales formas de activismo político”.

Hubo aquellos -especialmente su antagonista supremo, Leon Trotsky- que afirmaron que Stalin era ideológicamente torpe, “absolutamente incapaz de teorizar, es decir, de tener pensamiento abstracto”. El estalinismo no era más que una revisión egoísta del pasado y el futuro, escribió Trotsky en 1930, diseñado “para justificar zigzags tras un evento, para ocultar los errores de ayer y, por tanto, preparar los del mañana”. Aunque Trotsky tuviera razón en que las ideas de Stalin fueron en gran medida correcciones, ediciones de un modelo existente, se equivó al suponer que la teoría era algo intrínsecamente puro, un nuevo nacimiento aún no contaminado por la revisión. La ideología de Stalin era la obsesiva edición del proyecto socialista, una manifestación de la idea de que la versión final de la historia podría ser solo una edición.

“Todavía carecemos de una teoría satisfactoria del estalinismo”, escribe Slavoj Žižek. Tal vez esa teoría, cuando se encuentre, deba tomarse en serio la manía editorial de Stalin, no solo como un tic personal, sino como una manera de ver el mundo y de comprender la historia.

Tras la publicación del Curso Breve, que el autor ofreció como “Una comisión del Comité Central del ACP(b)”, Stalin explicó: “Se nos presentó … un proyecto de texto y nosotros fundamentalmente lo revisamos”. El uso por parte del líder soviético del “real nosotros” sugiere que sufrió de lo que Koestler llamó el “pudor de la primera persona del singular, que el Partido había inculcado en sus discípulos”. (Una vez un joven que estaba al frente de un departamento -y futuro yerno de Stalin- se atrevió a hablar por el partido “en su propio nombre”. “Ha-ha-ha!”, marcó el grasiento lápiz. “¡Tonterías!” y “¡Fuera !”).

Su inicial adición al Curso Breve fue una larga sección sobre la filosofía del materialismo dialéctico, que todos, Marx (y Engels), Lenin y Stalin, vieron como el principio subyacente a la realidad. Stalin citó a Lenin: “En su sentido propio … la dialéctica es el estudio de la contradicción en la esencia misma de las cosas“. Una de esas contradicciones se encuentra en el corazón del empeño editorial del marxismo-leninismo, porque a pesar de su “negativa a ver o aceptar cualquier cosa tal como es”,  el marxismo-leninismo -y, sobre todo, el estalinismo- siempre persiguió la edición objetivamente perfecta, la que no admitía ninguna revisión ulterior; la redacción final de la historia. Como Stalin escribió en el Curso Breve, “por consiguiente, el Socialismo pasa de ser un sueño de un futuro mejor para la humanidad a una ciencia”. El deseo de poner fin al, por otro lado, interminable proceso editorial acaso sea el motivo por el que las víctimas de Stalin en la Gran Purga -los presuntos peores enemigos del marxismo-leninismo- fueron llamadas “revisionistas”. Nadie puede editar al editor.

Sin embargo, la revisión continúa, exponiendo una imperfección fatal en el espíritu editorial de la era moderna, que hace que el todopoderoso editor quede, al final, impotente. Friedrich Nietzsche lo describió de esta manera en sus Consideraciones intempestivas (1876):

Sobre la más flamante escritura colocan ellos su papel secante, y estropean el más delicado dibujo con groseras pinceladas, queriendo hacer pasar éstas por correcciones. Desde ese momento, todo se acabó. Su pluma de críticos no se detendrá ya ni un instante, porque han perdido todo dominio sobre ella, y es ella la que los dirige, en lugar de obedecer a su mano. Justamente en estas efusiones críticas, en lo que tienen de desmesurado, en su incapacidad de dominarse, en lo que los romanos llamaban “impotentia”, es donde se revela la flojedad de la personalidad moderna.

Lo ocurrido con el Curso Breve confirma la crítica de Nietzsche, pues la manía editorial desatada por Stalin consumió su propio legado.

Una vez publicado, algunos cuadros del partido se quejaron de que el Curso Breve era demasiado obtuso. ¿Dónde estaban los héroes, dónde la patria soviética y, por supuesto, dónde estaba Stalin? Stalin reaccionó a esas críticas con irritación y puso en marcha una reforma radical del sistema educativo soviético para fomentar el auto-estudio del texto en lugar de dejar que instructores poco calificados lo discutieran en las aulas y en los círculos de lectura. Los lectores deberían abordar el Curso Breve de la manera que Lutero entendía que los laicos se acercaban a la Biblia: sin el intermediario.

Pero no funcionó. Poco más de un año después, las viejas redes de círculos de estudio y de cursos ad hoc reaparecieron, “complementados”, señalan Brandenberger y Zelenov en su próxima edición, “con decenas de improvisados lectores y de textos auxiliares publicados en provincias”, todo con el propósito de iluminar el Curso Breve. Esto revisión desde abajo del plan de Stalin significaba el regreso de los héroes de la historia de la evolución del partido, y un tenaz apego al culto a la personalidad de Stalin.

La segunda revisión, aún más abierta, se produjo tras la muerte de Stalin. En el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, celebrado en febrero de 1956, el sucesor de Stalin, Nikita Khrushchev, presentó su propia edición radical del legado de Stalin. En su “Informe secreto” -quizá el más famoso ejemplo, si no el único, de un jefe de Estado que reflexiona explícitamente sobre la práctica editorial-, condenó la arrogancia y la crueldad de Stalin, apuntando al Stalin editor: “Camaradas … es ajeno al espíritu del marxismo-leninismo elevar a una persona hasta transformarla en superhombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios. A un hombre de esta naturaleza se le supone dotado de un conocimiento inagotable, de una visión extraordinaria, de un poder de pensamiento que le permite prever todo, y, también, de un comportamiento infalible”, comenzó Khrushchev. “¿Quién lo hizo? Stalin mismo y no mientras actuaba como estratega, sino cuando operaba como autor y editor”.

A ello siguió una amarga condena del Curso Breve, durante la cual Kruschev mostró un cierto Stalin, apoyando al líder muerto en una posición contraria a los hechos:
¿Refleja este libro en debida forma los esfuerzos del Partido por lograr la transformación socialista de este país, por construir el Estado Socialista, por completar la industrialización y colectivización del país, y tantos otros pasos dados por el camino señalado por Lenin? Este libro habla ante todo de Stalin, contiene sus discursos y sus informes. Todo sin la menor excepción, se halla ligado a su nombre. Y cuando Stalin afirma que él mismo escribió «Breve Curso de la Historia del Partido Comunista Bolchevique», nos llenamos de asombro. ¿Es posible que un marxista-leninista escriba así de su persona, poniéndose por los cielos?
Él, que vivió sustentado en el lápiz azul, debía saber que la historia está sujeta a revisión.

Título original: The Tyrant as Editor  |  Traducción de Anaclet Pons en © Clionauta

© 2013 The Chronicle of Higher Education

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(*) Acceso indirecto