"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

27/9/13

Horacio Tarcus | “Marx se mantiene a distancia de los fracasos del siglo XX”

  • Un enviado de Marx a Buenos Aires, las cartas que un alemán afincado en San Luis cruzaba con Engels y Kautsky, la primera traducción de El Capital de J. B. Justo, José Ingenieros, Alfredo Palacios, son algunos de los personajes que animan “Marx en la Argentina, sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos”, una nueva edición del libro de Tarcus que pronto tendrá su secuela.
  • “Hacen falta malos lectores para contrapesar tanta ortodoxia y tanto canon”, dice el investigador
Los primeros socialistas - 1892
Tarjeta postal editada por la Casa del Pueblo de Barracas 
en homenaje al primer grupo de socialistas de Buenos Aires
Horacio Bilbao  |  Horacio Tarcus acaba de publicar la segunda edición de su investigación Marx en la Argentina (Siglo XXI), un estudio centrado en cómo se leyó aquí a Karl Marx entre 1870 y 1910. Va desde la primera vez que apareció la palabra Marx en una publicación local, un artículo del diario La Nación que ya en 1871 lo veían como una especie de Lucifer de la modernidad, hasta los años en los que el avance arrollador de sus ideas lo convertirían en un referente del movimiento obrero. Incluso aquí, en la austral pampa Argentina, donde se consolidaban las ciencias sociales, y socialistas y anarquistas construían su relato y su base social mientras leían a Marx. El libro de Tarcus bucea en esa temprana recepción del autor de El capital, tan temprana que abruma incluso en tiempos de Internet. Cómo lo leían los incipientes cientistas sociales, cómo los obreros y cómo los intelectuales volcados o no al socialismo. Una historia apasionante que incluye otras que no lo son menos. La de Reymond Wilmart, por ejemplo, el enviado de Marx a la Argentina, los cruces epistolares entre Germán Avé-Lallemant y Kautsky desde la periférica San Luis, los avatares que rodearon la primera traducción de El capital al castellano, llevada a cabo por Juan B. Justo, incluso datos colaterales que sorprenden. ¿Sabían que
José Martí escribió una necrológica de Marx para La Nación? ¿Quién la escribiría hoy? ¿Quiénes escribimos en la prensa argentina hoy? Por suerte Tarcus sigue avanzando con sus investigaciones. Avanzando y retrocediendo en el tiempo, porque esta historia tendrá una precuela, El socialismo romántico en el Río de la Plata que cubre de 1837-1870, y también una secuela, de 1910 a 1983. ¿Qué pasó con Marx en ese tiempo? ¿Qué pasó y qué pasará? Tarcus navega entre fuentes perdidas, entre la escasez de datos del archivo local. Busca a sus personajes en el Archivo Judicial
 de la Nación, allí están todos aquéllos que alguna vez fueron procesados. Pero no hay grandes archivos. Las cartas que Marx, Engels, y Laura Lafargue le enviaron a Wilmart las quemó la hija de Wilmart. Las quemó!!! No hay nada, aunque apenas haya pasado un siglo y medio. Pero Tarcus busca, y el resultado es tan sorprendente como interpelador.
En el libro planteas la recepción de Marx como problema, ¿cuál es para vos el principal de estos problemas?
Entendía que el camino de la lectura normativa estaba saturado. Aquéllas lecturas que habían establecido un Marx verdadero. Lecturas correctas y otras incorrectas. Quise ver cómo se podía leer de modos tan diversos a Marx, en parte porque soy un estudioso de los marxismos del siglo XX, y estuve de joven embanderado con uno de esos marxismos. En el legado literario que dejan Marx y Engels hay una enorme pluralidad de obras escritas en distintos registros. Y son los marxismos los que construyen esa pluralidad, un canon dentro de un sistema que es abierto. Cada discurso que quiere hacer política con ese corpus dejado por Marx, llena los vacíos, simplifica, arma sistemas. Todo el que quiere convertir la teoría en doctrina, simplifica, adapta, reorienta.
¿Qué tan inmediata fue aquí la identificación del movimiento obrero con el marxismo?
Foto: Horacio Tarcus
Esa clase obrera en formación de origen emigrante es interpelada por diversas ideologías. La liberal, la socialista, la anarquista. Para fines del período se asienta un nacionalismo patriótico, elaborado por las élites de manera algo tardía. El socialismo aparece como una interpelación más, pero es una interpelación muy potente. No es mayoritaria, es, junto con el anarquismo, co-constitutivo del movimiento obrero. Marx, al principio, es sólo uno de una pléyade de nombres de reformadores sociales que emergen a mediados del siglo XIX en Europa y cuyas ideas llegan a la Argentina por distintos medios. Es muy interesante seguir por qué el marxismo se convierte en la ideología dominante del movimiento obrero tras la Segunda Internacional (1889). Porque en la Primera Internacional (1864) era apenas una de las corrientes en disputa. Acá llegan los alemanes que traen las ideas de Benoit Malon, los exiliados franceses de la Comuna de París, que traen las ideas de Auguste Blanqui. Llegan mazzinistas (Giussepe Mazzini), garibaldinos. José Ingenieros trae una de las alas más radicalizadas de la segunda internacional, la de Jean Allemand, el ala más antiparlamentaria y antipolítica del socialismo, un poco como las corrientes trotskystas hoy, que no creen en la acción parlamentaria. Está la influencia de Jean Jaures, sobre todo en Juan B. Justo. Hay quienes dicen que hay heterogeneidad en el movimiento obrero argentino porque es todavía un movimiento obrero muy inmaduro, una clase aún no formada, o formada por artesanos. Esto no es así, en Europa donde el proceso de formación de la clase obrera ya era algo consumado siguen existiendo estas tendencias. Me interesó ver como el peso de las teorías de Marx va abriéndose camino entre todas esas tendencias.
Esa primera oleada migratoria es curiosamente socialista. Los comuneros expulsados de Francia, o los lasallanos que se sacó de encima Bismark, algo que se revertirá, por ejemplo, en la segunda guerra…
Así es. Es muy curioso. Los comunards no son ni marxistas ni anarquistas, son de algún modo previos a la gran división. Sí son internacionalistas, partidarios de un socialismo cuyos contornos son todavía muy difusos. Son conspiradores pero creen en reformas, tiene un discurso revolucionario pero todavía son esos artesanos que pueden convertirse en pequeño patrón, como dice Wilmart, el enviado de Marx. Los alemanes también son artesanos, ya llegan como socialistas encuadrados en el partido social demócrata alemán, pero tienen una fuerte influencia lasallana. La principal referencia para ellos es La Salle, no Marx, Marx es uno más. Ellos organizan el primer primero de mayo.
Pero el belga Raymond Wilmart, el enviado de Marx, no confía demasiado en lo que se pueda armar aquí…
Aparece en la propia prensa de la época esa discusión sobre las condiciones económico sociales del país para que arraigue una cultura socialista. Wilmart, en tres cartas que le manda a Marx, evidencia su creciente escepticismo respecto a la posibilidad de que crezca la sección local de la Asociación Internacional de los Trabajadores (Primera internacional). El dice que en Buenos Aires juegan en contra las muchas posibilidades que hay de convertirse en pequeño patrón. Esto genera una ilusión de ascenso social que de algún modo atenta contra la consolidación del socialismo. En cambio, Roberto Payró, cuando Navarro Viola le pide un artículo sobre la prensa socialista en la Argentina en la década de 1890, o sea 20 años después, necesita explicar cómo está creciendo la prensa socialista no solamente en Buenos Aires sino en todo el país. ¿A qué responde la multiplicación de esta prensa? El dice que han comenzado a cerrarse los caminos para el ascenso social. Ya hay una clase obrera que se estabiliza, que ve cerrados los caminos del progreso, y que se constituye como clase política, como clase confrontada al capital.
Queda claro en el libro que no sólo lo leen los obreros…
Es posible leerlo por fuera del proletariado. Marx elabora un sistema teórico crítico que interpela a los cientistas sociales. El caso más curioso de un uso productivo del pensamiento de Marx por fuera de la clase obrera quizás sea el del naturalista alemán Germán Avé Lallemant, que lee a Marx desde la periferia, desde San Luis. Un hombre que trabaja en el campo encuentra en Marx una clave de los límites del desarrollo capitalista en la periferia.
-Bueno, hay una fuerte impronta científica en el marxismo…
Absolutamente, el marxismo de fuerte corte científico que construye Kautsky en el seno de la Segunda Internacional entronca a la perfección con ciertos sectores de la élite.
Y Lallemant se escribe con Kautsky…
Siempre se dijo que se escribía con Engels y con Kautsky. Las de Engels no aparecieron pero sí están en el apéndice las tres cartas que encontré en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam. Denotan simpatía, pedidos de colaboración. Pero su historia es muy curiosa, porque está vinculado al movimiento obrero. Es el fundador del primer periódico socialista, El obrero, que se edita desde 1890 a 1893. Es la primera gran lectura marxista de la sociedad argentina. Al mismo tiempo colabora en La Agricultura, una revista muy progresista publicada por el grupo del diario La Nación, que le dan a redactar a él y a otro pionero del socialismo argentino, Antonio Piñero. Piñero traduce por primera vez al castellano los textos de Kautsky sobre la reforma agraria. Esto es posible porque ese paradigma científico le permite a estos sectores hablar en un lenguaje común. Es una lectura muy diferente a la de la clase obrera.
-En relación a la clase obrera, el internacionalismo de las ideas socialistas, sumado a predominancia extranjera entre los trabajadores locales, ¿fueron factores que apartaron al criollo?
En la visión más dura de Lallemant, sí. Teniendo en cuenta que él lee el marxismo en una clave cuasi elitista. Llega a distinguir entre el elemento alemán disciplinado laboriosos metódico frente al elemento latino, inconsecuente. Pero él es una gran cabeza pensante, no un político, nunca se integra. Ingenieros lo declara su maestro pero él lo rechaza como discípulo. Y ahí tiene cabida una de las disputas más agrias en el proceso de formación del socialismo argentino. Lallemant habla con una relativa distancia del socialismo argentino. En el caso de Justo, no. Si bien él tiene una actitud despectiva respecto a lo que el llama la política criolla, por los modos criollos de encararla, reniega de la politiquería. Y plantea la necesidad de un obrero pulcro, laborioso, metódico, estudioso, que participa de las prácticas de la cooperación y del ahorro. Hay una perspectiva modélica, que tuvo respuesta después del 1900, ya en los hijos de los inmigrantes y en un sector de lo que sería la clase obrera nativa. Va a ser un esfuerzo muy grande que el obrero sea ciudadano, se socialice y vote. Es una pulseada dentro del partido, frente a los que quieren formar un apéndice de una organización internacionalista. El primer nombre del partido, era Partido Socialista Obrero Internacional. No estaba la palabra Argentina.
-Tomado del PSOE…
Sí, pero eran secciones de un movimiento internacional. Los anarquistas lo van a mantener. Esa marca de internacionalismo, que no echa raíces, es lo que rechazan figuras como Justo. Y de algún modo la emergencia de líderes nativos ayuda. Por ejemplo la incorporación al partido de alguien como Alfredo Palacios, y su elección como diputado, que contradice el modelo de Justo. Es un romántico, mujeriego, bebedor, soletero empedernido preocupado por su figura, vestimenta. Los otros son partidarios del ascetismo. Mientras es un partido vivo, el socialista es un movimiento con muchas tendencias. Y Alfredo Palacios se proyecta a nivel incluso continental mucho más que Justo, pese a que los que rodean a Justo sostienen con mucha fuerza la dirección del partido.
Hemos hablado de Lallemant, una de las figuras centrales de esta historia, la otra sin duda es Wilmart, el enviado de Marx, todo un hallazgo y a la vez un personaje contradictorio, que a su muerte termina siendo rescatado por el diario La Nación, que le extirpa su pasado marxista…
Uno podría decir que se integra a la élite decepcionado de las posibilidades de crear un partido socialista aquí. Pero en realidad él ya era un hijo, rebelde, de la aristocracia belga. Rompe con su familia y casualmente conoce en Bordeaux, Francia a Laura Marx, la hija de Marx, y al yerno, el cubano Paul Lafargue. Ellos lo introducen en el mundo de la política, y queda fascinado. Narra su encuentro con esa pareja como una suerte de deslumbramiento. Su rebeldía encuentra algún sentido. Cuando relata que viaja a Londres a encontrarse con Marx y su mujer, y a las otras hijas, omite decir que viaja para participar del último congreso de La internacional, que enfrenta a marxistas y a bakuninistas. El va a votar con los marxistas. En ese congreso se anuncia una sección de emigrados franceses en Buenos Aires, los comuneros.
-Es un gran hallazgo de tu investigación este personaje, y esas cartas…
La de estas cartas, inéditas hasta ahora, es una historia increíble. Las encontró Marcelo Segal, un chileno exiliado en Ámsterdam, que andaba tras las mismas pistas que yo. Y que tenía un libro muy importante publicado sobre el tema. El identifica las cartas, y llega a publicar un artículo en el que transcribe no más de tres renglones. Allí dice que tiene un volumen en preparación sobre la recepción de las ideas de la Comuna de París y La Internacional en América latina. Pero sufre un accidente automovilístico y ya no puede volver al trabajo intelectual. Y muere años después. Esos papeles nunca se encontraron. Yo viajé a Ámsterdam, al Instituto de Historia Social, allí me dijeron que había un legado Segal, pero no lo encontré. Lo que me dejó fueron las pistas, y la pica por este personaje Wilmart. El fue el primero que dijo que se merecía una biografía, y criticó a quienes lo trataban de renegado, para él siempre se mantuvo como un socialista.
-Ahora la biografía la vas a escribir vos…
Sí, estoy reuniendo sus artículos.
-Es curioso, Wilmart bocha la tesis de Palacios. A Wilmart lo acusan de renegado, mientras que Palacios viene de los Círculos Católicos hacia el socialismo, parece un cruce de caminos…
Y Palacios le entra al marxismo por la perspectiva de la pobreza, que es la perspectiva del católico social, como lo sabemos bien hoy con el papa Francisco. La perspectiva del marxismo no es la de la pobreza, es la del proletariado contra el capital. Wilmart anota la tesis y el jurado interpreta que esas anotaciones son un veto. Curiosamente Palacios después asiste a las exequias de Wilmart.
-Muchas de las cosas que vemos en el libro, nos hacen pensar en un tiempo muy rico para la cultura argentina. Una base temprana y activa para la cultura socialista en el país, ¿qué pasó después?
Estoy preparando una segunda parte del libro, entroncó en 1910 y llegó a 1983. Podría mostrar la riqueza de los marxismos argentinos y las lecturas que de Marx hicieron algunos no marxistas o no socialistas. Cómo leyeron a Marx los sociólogos, académicos, filósofos, los liberales, los católicos y además todas las familias de las izquierdas, sigo en esa tónica. Ernesto Palacio lee a Marx, Scalabrini Ortíz
-Incluso los círculos católicos, que toman su terminología para despistar, confundir…
Exactamente. Y el nacionalismo de los años 30 toma mucho de su simbología, de los métodos de intervención pública, de la utilización de banderas… con su impronta tomada de los nacionalismos europeos. Pero sí, lo que hay en este período, es la perdida de la hegemonía respecto de la clase obrera.
-Aunque habrá habido un mayor auge todavía con el impacto de la Revolución Rusa…
Sí, es enorme ese impacto. Allí se centra la primera parte del libro. La revolución rusa va impactar sobre anarquistas y sindicalistas, y de algún modo el partido Comunista va a intentar con su pequeña estructura capitalizar ese hecho. Es muy interesante ver cómo los anarquistas empiezan a leer a Marx vía la revolución rusa. Todavía en clave anarquista, en el 18, el 20, el 23. Hasta el ascenso del peronismo, hay una disputa entre un anarquismo residual, y un sindicalismo que se hace cada vez más fuerte, el socialismo y el comunismo, que han crecido enormemente en el seno de la clase obrera. Pero el momento de quiebre es el 45, no hay duda.
-Imagino también un momento clave en la derrota de la Guerra Civil española…
Es una derrota pero no una debacle moral o pérdida de ascendiente sobre la clase obrera.
-Es cierto, además el franquismo significó para la Argentina recibir a un sinfín de publicadores e intelectuales que ya no tenían nada que hacer en España.
Argentina y México se beneficiaron con ese exilio. Y eso es algo a documentar, las revistas y publicaciones que nacieron en ese período. O el fascismo italiano, que expulsó nada menos que a un Rodolfo Mondolfo, una figura clave en el marxismo argentino. Es un poco el Gramsci argentino, que lee a Marx en clave historicista. Y sin embargo su vínculo con los gramscianos argentinos en prácticamente nulo. El primer artículo que publica José Aricó es contra Mondolfo.
-Hay varios temas en el libro que son trasladables a la actualidad, debates internos en el marxismo que siguen vigentes. El liderazgo, relacionado con el culto a la personalidad; el proteccionismo, sobre el que hay muchas ambigüedades, y la estatización de actividades y recursos, por ejemplo. Son temas sin solución…
Estoy de acuerdo. Cuando hacemos historia, estamos precavidos del anacronismo, que sería el pecado más grave para un historiador, pero al mismo tiempo la voluntad de exhumar viejos diarios y figuras olvidadas tiene que ver con que esos debates, de algún modo, siguen estando abiertos. El liderazgo dentro del partido, los conflictos del liderazgo intelectual frente al liderazgo obrero, la cuestión de intelectuales como Justo, que dice, yo no soy intelectual. Hay un anti-intelectualismo propio de los intelectuales. ¿Es posible fundar una política emancipatoria, de resistencia, sin una creencia tan firme? Benjamin dice: nada corrompió más al movimiento obrero alemán que creer que la historia estaba de su parte. Ahora, es posible semejante mística, semejante heroísmo y compromiso colectivo sin una creencia tan fuerte? Son preguntas abiertas.
Te lo pregunto a vos, los movimientos sociales en la actualidad no tienen esa firmeza teórica avalando sus creencias, ¿es un impedimento para su avance?
Creo que no. Los movimientos sociales se han reinventado según demandas mucho más específicas a donde la relación con lo utópico está presente de modo productivo, han venido a ocupar cierta escena vacante que dejó la vieja izquierda. El tema es cuando esos movimientos entienden que la demanda sobre el Estado es insuficiente y se proponen hacer política sosteniendo algún ideal de sociedad. Si nosotros queremos una sociedad con vínculos más horizontales tenemos que empezar por gestar instituciones más horizontales, más asambleísticas. En ese sentido tienen un elemento libertario que es oxigenante. Ahora, cuando vos tenés un movimiento fundado en esa lógica anticipatoria y querés jugar en el terreno político, donde te encontrás con organizaciones verticalistas, aceitadas, estás en desventaja. La lógica del leninismo, aunque hoy está cuestionada, tiene una razón de ser. Cuando él dice si nos enfrentamos a un estado eficiente, jerarquizado, estructurado militarizado que funciona como una maquinaria, tenemos que confrontarlo con otra maquinaria eficiente. El anhelo anticipatorio, es una ilusión de los anarquistas, dice Lenin. Es instrumental, porque hay que confrontar con algo muy poderoso si tenemos verdadera vocación de poder. Los militantes de los 70 tomaron esa idea, que hoy está en cuestión. Hoy los caminos son otros. Cómo gestar herramientas políticas nuevas que respeten la lógica de los movimientos sociales es el gran interrogante. Los viejos textos no nos dicen mucho. Nos vemos obligados a leerlos, porque son ricos e iluminadores, pero allí no hay respuestas. Hay preguntas, exploraciones y caminos que quizás no nos llevaron a ningún lado pero que conviene estudiar, para no repetir errores y en todo caso poder inventar de la manera más libre que se pueda.
¿Marx seguirá estando en el centro de este debate, tiene asegurado su lugar como el gran pensador de la izquierda?
Marx ha vuelto, contra cualquier pronóstico que se pudiera haber hecho en el 89 o en el 95. A diferencia de otros teóricos marxistas, mantiene una distancia de los fracasos del siglo XX. Pero ha vuelto de otro modo. Más utópico, más autonomista…
¿Recontextualizado?
Sí, porque el Marx que conocimos en el siglo XX, es un Marx leído desde el prisma del leninismo. Una lectura muy potente y exitosa, que se derrumba del modo que ya sabemos. Al haberse roto esa matriz, hay un montón de acercamientos posibles y las apropiaciones de Marx son todavía múltiples. Ya no hay un canon tan fuerte como el del marxismo leninismo y tampoco hay un centro de la revolución como fueron Moscú para los comunistas, París para los trotskystas, La Habana para los guevaristas o Pekín para los maoístas. Hay algo de auspicioso en esto. Marx quizás no tenga la hegemonía que tuvo en el siglo pasado, pero va a seguir pesando en el siglo XXI.
¿Se necesitan esos malos lectores de los que habla Harold Bloom?
Claro, hacen falta malos lectores para contrapesar tanta ortodoxia y tanto canon.
-Más allá de la cuestión política, el gran impacto de este libro está en la circulación de las noticias, de las ideas, que viajaban, hace 150 años, a una velocidad increíble. Hoy que todo es instantáneo, pero ni de cerca hay aquél nivel de debate.
Tardaban dos meses las ideas en viajar. Pero llegaban, se traducían, se publicaban.
Y no es sólo un tema de velocidad. La publicación del Manifiesto Comunista tenía un impacto político, era un folleto subversivo, y hoy lo edita el diario Clarín en forma masiva, sin que esto sea una crítica al diario. (Se refiere a una colección lanzada por Revista Ñ)
-¿Eso quiere decir que perdió su impacto?
Es relativo, porque uno no puede controlar los efectos que pueda tener una edición de semejante masividad. Sin duda hay una neutralización, El Manifiesto se transforma en un clásico al lado de El príncipe de Maquiavelo. Hay un efecto de neutralización que tiene que ver con la emergencia de la cultura de masas. Yo me entrevisto con muchos militantes y les pregunto cómo llegaron ellos al marxismo, a la izquierda. Y me hablan de un librero, un compañero, una huelga en la fábrica, una biblioteca popular en el barrio, un libro, normalmente son todas estas cosas, pero allí suele aparecer el Manifiesto Comunista. Y quizás esta masificación sirva como texto iniciático para las nuevas generaciones. Lenin se lee poco, pero Trotsky sigue estando aquí. Mi vida, no, él es el gran derrotado político pero representa un triunfo moral de algún modo. Son textos vivos, todavía nos hablan, no nos dan fórmulas, pero pueden aportar a los movimientos emancipatorios.

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