"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

12/2/15

Marxismo y finanzas

Karl Marx ✆ A.d.
Matari Pierre   |   La cascada de fraudes destapada por la crisis de 2008 amplificó una tendencia política e intelectual consistente en juntar las contradicciones del régimen económico con la codicia y el mal funcionamiento de las instituciones financieras. La mayoría de esas críticas oponen unos supuestos caracteres normales del sector financiero a otros patológicos y parasitarios. A modo de solución, proponen medidas para encauzar la riada de dinero y de crédito hacia su lecho: el financiamiento de la producción y del comercio. Desde esa perspectiva el parasitismo y los vicios de las instituciones financieras son considerados como engendros de la desregulación de las actividades bancarias, bursátiles y cambiarias a partir de la década de 1970. Recíprocamente, se mantiene una nostalgia por la regulación y limitación de las actividades financieras que caracterizaron al capitalismo de la posguerra. Si bien contribuyen a desnudar el credo de la eficiencia de los mercados financieros, esas críticas tropiezan a la hora de penetrar el significado profundo de la dominación del capital financiero.

La Bolsa, explicaba Engels, es “una institución, en la cual los burgueses no explotan a los obreros, sino se explotan entre ellos mismos; el plusvalor que cambia de manos en la Bolsa es un plusvalor que ya existe, es el producto de una explotación pasada. Es solamente cuando esta explotación es consumada que el plusvalor puede servir a la especulación bursátil.” Los mercados financieros, concluía, “sólo nos interesa[n] indirectamente, de la misma manera que su incidencia sobre la explotación de los obreros sólo es un efecto indirecto, que obra por la banda.” Esta postura condensa las coordenadas básicas del análisis marxista de las finanzas. El periodo clásico de ese debate tuvo lugar antes de la Primera Guerra Mundial y se centró en torno a las discusiones de las tesis de Rudolf Hilferding, para quien la dominación de los bancos sobre la industria constituía un rasgo propio del capitalismo del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, esa tesis fue rechazada o cayó en el olvido. Medio siglo más tarde, el principal crítico de Hilferding, Paul Sweezy, reconocía el triunfo del capital financiero. Los trofeos más significativos y fenómenos más visibles de esa victoria son: el aumento rápido de los ingresos financieros; el sometimiento de la política económica a los intereses bancarios y bursátiles; el carácter desenfrenado de la especulación.

Las rentas de los dos mil trescientos veinte y cinco (2325) billonarios del mundo  provienen de una mezcolanza de ingresos financieros, industriales, comerciales y de réditos de propiedades fundiarias. Dentro de ese melting pot, los bancos y la Bolsa destacan como los principales centros de actividad de los propietarios de patrimonios superiores a treinta millones de dólares: los Ultra High Net Worth Individual o ultra ricos censados por el banco suizo UBS1. En cada país, esos ultra-ricos conforman el centro de los círculos de individuos directa o indirectamente representados en los consejos de administración de las grandes corporaciones financieras y no financieras. Esos grupos no solo atestiguan de la “unión personal entre, de un lado, las diferentes sociedades por acciones entre sí, y luego, entre éstas y los bancos” como ya lo anticipaba Hilferding. Miles de hilos –visibles, invisibles- los unen a las altas burocracias y direcciones de las instituciones económicas de los Estados.

Y precisamente la conducta de la política económica constituye uno de los principales campos del triunfo del capital financiero. Desde mediados de la década de 1970, la transformación del financiamiento de los gastos públicos aseguró un control férreo de los financieros sobre los Estados. Una triple tendencia marca el financiamiento de los Estados contemporáneos: un aumento de los empréstitos; una disminución de los impuestos sobre el capital, los patrimonios y las herencias y un aumento de los impuestos indirectos sobre el consumo. Mientras que la carga tributaria recae cada vez más sobre el conjunto de las poblaciones, por otra parte los Tesoros dependen estructuralmente de la renovación de un carrusel de préstamos. He aquí la base objetiva de los mandamientos que los financieros expiden puntualmente a los gobiernos. Esa realidad a su vez condiciona el tipo de relaciones que manejan las instituciones a cargo de los dos grandes instrumentos de la política económica (fiscal y monetaria). Si después de la guerra, los bancos centrales secundaban a las Haciendas en el cumplimiento de los objetivos fijados por los gobiernos, hoy en día son las Haciendas las que auxilian a los Bancos centrales. Éstos a su vez determinan sus objetivos en total independencia de los poderes legislativos y ejecutivos, es decir a puertas cerradas con la banca privada. En suma, deuda pública e independencia del Banco Central conforman el trampolín de la imposición de políticas económicas acordes a los intereses financieros.

Ahora bien, el halo de misterio y las dificultades para analizar el mundo financiero se originan en la peculiaridad de los ingresos de ese sector. A diferencia de las ganancias de la industria, los ingresos de los bancos, de las casas de cambio y de los operadores de la Bolsa solo remiten a operaciones dinerarias: el dinero engendra dinero, de la misma manera que “el peral produce peras”, bromeaba Marx. Este divorcio entre, por un lado, las actividades financieras y, por el otro, el proceso de producción explica por qué Marx consideró al capital financiero como la forma más fetiche del capital. He aquí el origen del antagonismo entre el sector financiero y el resto de la economía: los ingresos financieros no son más que una parte del excedente anual producido por los trabajadores de una nación. En ese sentido, la bulimia financiera de las últimas décadas no solo estipuló un nuevo reparto del excedente global entre sectores financieros y no financieros. Obró como acicate del aumento de las tasas de explotación de los trabajadores: desde los años 80 la relación entre salarios e ingresos del capital en los PIB de las principales economías del mundo ha evolucionado sistemáticamente a favor de los segundos. Ello se refleja en el abismo creciente entre las remuneraciones de un trabajador y de un patrón. En la década de 1960, un gran patrón estadounidense cobraba cerca de 40 veces el salario de un obrero calificado; hoy en día, esa relación es de 360 a 1.2 Pero la relación finanzas-explotación del trabajo no solo es indirecta. El caso más emblemático es la inversión bursátil de la parte del valor de la fuerza de trabajo que implica inmovilizaciones de largo plazo (educación, salud y jubilación) por operadores financieros especializados. Finalmente, con la generalización del crédito al consumo, las instituciones financieras disponen de una poderosa palanca para hipotecar una parte de los salarios venideros. Tanto objetiva como subjetivamente, crédito al consumo y fondos de pensión constituyen sólidas cadenas de oro que atan los trabajadores al capital financiero.

Ahora bien, la máxima expresión del fetichismo del capital financiero es la especulación bursátil; juego cuya regla básica consiste en adivinar antes que los demás las estimaciones colectivas de las ganancias futuras de las empresas cotizadas. Pero es imposible que todos conviertan al mismo tiempo ganancias futuras en riquezas presentes. En ese sentido, las capitalizaciones bursátiles son capitales ficticios cuyo valor fluctúa independientemente del valor de las riquezas efectivamente creadas por las empresas. En el 2006, el valor de las capitalizaciones bursátiles en el mundo representaba el 400% de la producción mundial.

Numerosos estudios institucionalistas, keynesianos y neo marxistas, mostraron cómo la desregulación financiera de las últimas décadas abrió la puerta al parasitismo financiero, o sea a la especulación desenfrenada, a la orgía de fechorías bancarias (shadow banking system), a cobros descarados de comisiones, a la proliferación de paracaídas dorados así como de la corrupción de directivos de empresas coludidos con grandes operadores bursátiles. Bajo ese respecto, la globalización, esa inmensa interdependencia del trabajo social a escala mundial, adquiere la forma de un proceso autónomo e indomable encarnado en un pugnado de plutócratas adeptos de la versión burguesa del culto de Mammón. Pero, más profundamente, la dominación financiera reposa en una tendencia objetiva: la conversión de los miembros activos de las burguesías en simples rentistas. Con la generalización de la empresa por acciones se generaliza la separación de la propiedad del capital de la organización de la producción (management). Los capitalistas se convierten paulatinamente en simples propietarios-absentistas que cobran regularmente sus dividendos e intereses. Los fenómenos parasitarios que prosperan a partir de esa situación rentista no expresan ninguna patología. Translucen el carácter irreductible y la violencia del antagonismo entre, por un lado, el grado alcanzado por la socialización de la producción de riquezas y, por el otro, la apropiación privada de las mismas.

Notas

1 Wealth-X and UBS: World Ultra Wealth report, 2013; Billionaires census, 2014.
2 Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): Employment Outlook, 2012; AFL-CIO, CEO-to worker Pay Ratios around the world, 2012.
http://revistamemoria.mx/




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