"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

16/9/14

Marxismo y ecología | Algunas reflexiones sobre 'Ecosocialismo' de Michael Löwy

Mundo ecológico
✆ Anahí Rivera
Juan Luis Hernández   |   La palabra Ecología (del griego oikos, casa u hogar, y logos, estudio) fue acuñada por el filósofo y biólogo alemán Ernst Haekel, quien la utilizó por primera vez en su obra Morfología general de los organismos (1866). En un sentido amplio, remite a la interacción de los seres vivos con el medio ambiente y su transformación a través del tiempo por las comunidades biológicas.

1. Años antes, en 1852, el químico británico Robert Angus Smith observó que en la ciudad de Manchester caían precipitaciones que corroían metales, desteñían las ropas, dañaban los vegetales y enfermaban personas y animales. Las denominó “lluvias ácidas”, y encontró su origen en la reacción producida por los gases expulsados por las chimeneas de las fábricas al entrar en contacto con el agua y el oxígeno de la atmósfera, generando ácidos que al precipitarse producían los efectos descriptos. Como vemos, la preocupación por el impacto de las actividades del hombre en el medio ambiente es contemporánea al desarrollo de la Revolución industrial. Pero es a partir del agravamiento dramático e incesante de los problemas ambientales a escala mundial en los últimos cuarenta años, que los temas ecológicos pasaron a concitar la máxima atención. En este contexto surgió una corriente de pensamiento de raíz marxista empeñada en abrir un diálogo con la ecología. Michael Löwy, en su obra Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista (Ediciones Herramienta y Editorial El Colectivo, Buenos Aires, 2011), nos ofrece una primera aproximación a esta problemática, por lo que consideramos útil abordar su discusión en este artículo.

2. ¿Qué es el ecosocialismo? Löwy lo define como
…una corriente política basada en una constatación esencial: la protección de los equilibrios ecológicos del planeta, la preservación de un medio favorable para las especies vivientes –incluida la nuestra– son incompatibles con la lógica expansiva y destructiva del sistema capitalista.
La idea central de esta corriente es la incompatibilidad entre la subsistencia del capitalismo y la búsqueda de un punto de equilibrio medioambiental. Una clase dirigente obsesionada por el consumo suntuoso y la acumulación, permanece indiferente ante la degradación de las condiciones de vida de la mayoría de la humanidad, como quedó demostrado por el fracaso de las conferencias internacionales sobre el cambio climático, en las cuales Estados Unidos, China y Europa se niegan a reducir las emisiones de los gases responsables del calentamiento global o efecto invernadero.

Löwy sostiene que una política ecologista no socialista resulta incapaz de solucionar los problemas atacando sus raíces: la priorización de la ganancia y la acumulación, el despilfarro de la gestión no planificada de los recursos naturales. A su vez, cualquier proyecto socialista que no se plantee la resolución de los problemas medioambientales termina convirtiéndose en un callejón sin salida. El ecosocialismo, síntesis dialéctica de los principios fundamentales del ecologismo y de la crítica marxista a la economía y a la explotación capitalista, es al mismo tiempo una crítica a la “ecología de mercado”, que termina siendo funcional al capitalismo, y a las variantes “socialistas productivistas” del siglo XX (socialdemócratas o stalinistas), basadas en una supuesta expansión cuantitativa ilimitada de las fuerzas productivas, sin tener en cuenta el equilibrio necesario con el medio ambiente. Por el contrario, el ecosocialismo postula una transición al socialismo basada en la protección del medio ambiente, en el cual sea la propia población la que defina democráticamente las prioridades mediante una planificación racional a nivel local, nacional e internacional. El inicio de un proceso de transición al socialismo requiere, junto con la supresión de las relaciones de producción capitalistas y la propiedad colectiva de los medios de producción, el reemplazo de la energía proveniente de la incineración de combustibles fósiles por fuentes de energía renovables (eólica/solar), la reestructuración de ramas enteras de la producción que deberán ser reemplazadas y/o abandonadas, y cambios estructurales en los patrones de consumo societales.

Löwy critica a la publicidad, un “sistema de manipulación mental” propio del capitalismo, dando como ejemplo el automóvil individual, que responde a una necesidad real, pero que se convirtió en un bien de prestigio. En un proyecto ecosocialista se privilegiaría un sistema de transporte gratuito o de muy bajo costo, donde el automóvil individual ocuparía un lugar más acotado. Defiende la planificación centralizada de la economía, afirmando el derecho del conjunto de la población a decidir en forma democrática los ejes centrales de la actividad económica. En el capitalismo, el valor de uso está subordinado al valor de cambio y a la rentabilidad, por eso hay productos superfluos e inútiles o con obsolescencia programada, en una economía socialista, la producción de bienes y servicios responderá exclusivamente al criterio del valor de uso, privilegiando lo cualitativo por sobre lo cuantitativo, poniendo fin al despilfarro de recursos. La planificación no es contradictoria con la autogestión de los trabajadores: la sociedad en su conjunto decide qué y cuánto producir, pero la organización y el funcionamiento de las fábricas estarán bajo control obrero.

Para Löwy, el ecosocialismo se inspira en una premisa de Marx: la predominancia, en una sociedad sin clases, del ser por sobre el tener. Marx era consciente que, de subsistir el capitalismo, las fuerzas productivas podían devenir “fuerzas destructivas”. Consideraba que el objetivo del socialismo no era producir una cantidad cada vez mayor de bienes, sino reducir el tiempo social de trabajo, ampliando el tiempo libre de los seres humanos (Crítica al Programa de Gotha). La crítica al “productivismo socialista” exige una renovación del pensamiento marxista y una ruptura radical con la ideología del progreso lineal, heredada del positivismo del siglo XIX.

3. En algunos escritos de Marx se observa una tendencia a convertir “el desarrollo de las fuerzas productivas” en el principal vector del progreso humano. En el célebre pasaje del Prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política de 1859, Marx describe la mutación de las relaciones de producción existentes de formas de desarrollo a obstáculos del crecimiento de las fuerzas productivas, no haciendo ninguna evaluación crítica cualitativa de las mismas. En este texto como en otros de Engels (el Anti-Duhring), se puede inferir que la tarea de la revolución se limitará a liberar las fuerzas productivas de las relaciones sociales de producción arcaicas para permitir, superado el “obstáculo”, su desarrollo ilimitado, lo cual constituye la interpretación básica del “productivismo socialista”. La experiencia de la Unión Soviética ilustra los problemas derivados de una apropiación colectivista del aparato productivo capitalista sin gestionarlo democráticamente, sin tener en cuenta el cuidado del medio ambiente, sin elaborar un análisis cualitativo de qué y para qué producir. Sin embargo, en otros textos de Marx y Engels podemos encontrar cierta conciencia del carácter depredador de algunas prácticas económicas, como las críticas a la degradación y agotamiento de los suelos o la destrucción de los bosques, resultado de una contradicción insalvable entre la lógica inmediatista del capital y el interés general de la humanidad. En El Capital, Marx opondrá a la lógica depredadora del suelo del capitalismo, el tratamiento racional de la tierra
…como eterna propiedad comunitaria, y como condición inalienable de la existencia de la reproducción de la cadena de las generaciones humanas sucesivas.
La tierra no es propiedad de nadie, todas las sociedades son sus usufructuarias, con la obligación de conservarla y dejarla en mejores condiciones a las futuras generaciones. Si bien la reflexión ecológica no ocupó un lugar central en las obras de Marx y Engels, lo que escribieron sobre la relación entre las sociedades humanas y la naturaleza no tiene un contenido unívoco. Expresiones que remiten al “control”, “dominio” o “dominación” de la naturaleza por el hombre, muchas veces no apuntan a aspectos patrimoniales sino al beneficio que el conocimiento de las leyes de la naturaleza procura a los seres humanos. En síntesis, podemos afirmar que en Marx se puede visualizar una contradicción entre el núcleo crudamente productivista de algunos textos y la constatación, en otros, de que el progreso puede ser la fuente de destrucción irreversible del medio ambiente natural.

Asumiendo esta contradicción, los escritos de Marx nos pueden orientar en la construcción de categorías desde donde reflexionar sobre los problemas medioambientales, que junto con las reivindicaciones sociales constituyen la plataforma de lucha contra el Capital en el siglo XXI.

4. El calentamiento global está empujando hacia arriba la temperatura del planeta a un ritmo cada vez más intenso. El resultado inmediato es el derretimiento de los glaciares de Asia, Europa y América, del casquete Ártico y de la Antártida. La consecuencia es el aumento del nivel de los océanos, que en pocos años/décadas anegarán las ciudades costeras donde vive la mayor parte de la población humana. En lo que respecta a la Antártida, los últimos estudios de la NASA dan cuenta del inicio de un proceso irreversible de retroceso de los glaciares próximos al Mar de Amundsen (Antártida Occidental). En Groenlandia y el casquete Artico la situación es aún peor. Año a año, el deshielo de la banquisa –como se llama la capa de hielo que flota sobre el océano– alcanza nuevos récords, afectando el hábitat de la fauna ártica, contribuyendo al aumento del nivel de los océanos y disminuyendo la capacidad de refracción solar de la banquisa. Este fenómeno se llama albelo, y consiste en la refracción del calor solar hacia el espacio en la forma de corrientes más frías de aire, ayudando al mantenimiento y estabilización de los sistemas meteorológicos globales. Como consecuencia del mayor deshielo, las superficies reflectantes son reemplazadas por superficies oscuras con menor capacidad de absorción del calor solar. En suma, el deshielo creciente del Artico y de la Antártida, provocado por una mayor emisión de gases de efecto invernadero, es consecuencia de, y a la vez retroalimenta, el desajuste climático global.

5. En Sudamérica, entre los problemas medioambientales más urgentes se destacan la deforestación de la Amazonia y la minería a cielo abierto. A pesar de su frondosidad, la floresta amazónica es un ecosistema muy frágil. Su carpeta vegetal tiene un espesor de apenas 30 a 40 cm. de humus (contra 90 a 120 de las llanuras o praderas). Por este motivo, las raíces de los árboles se extienden en forma horizontal, cuando se lo tala se pierden muchos metros cúbicos de tierra, arrancados con las raíces. En la superficie deforestada es muy difícil el cultivo de soja o cereales, ya que en poco tiempo se agotan las nutrientes; si se introduce ganado, éste come el pasto desde las raíces y destruye con las pezuñas la débil carpeta vegetal. En suma, en pocos años solo queda tierra árida, como se puede apreciar a simple vista en las orillas del Amazonas. Desde hace siglos, los grupos étnicos y los caboclos (mestizos) que habitan la Amazonia cultivan mandioca, maíz y yuca sobre el igaporé, las tierras inundables en donde las crecidas de los ríos depositan un limo superfértil, bajo la sombra protectora de los árboles. Estos métodos sencillos siguen dando mejores resultados que los del “agrobussiness”, haciendo realidad la hipótesis de Walter Benjamin: los supuestos impulsores del progreso propagan en realidad la barbarie. En manos de terratenientes y capitalistas, que sólo apuntan a maximizar ganancias en el corto plazo, la Amazonia corre el riesgo de desertificarse en poco tiempo, con consecuencias incalculables sobre el clima de todo el planeta, del cual constituye hoy el principal pulmón productor de oxígeno.

La megaminería o minería a cielo abierto no debe ser confundida con la minería tradicional, una antigua y noble actividad humana con la que poco tiene que ver. La minería tradicional contaminaba, pero por lo general no producía modificaciones drásticas e irreversibles en el territorio. La minería a cielo abierto implica, por el contrario, la voladura con toneladas de explosivos de las montañas, la pulverización de las rocas y la separación, mediante caldos químicos, de las sustancias que componen los metales de la “ganga” o escoria residual. Este proceso provoca la destrucción irreversible del entorno natural e insume enormes cantidades de agua. En definitiva, consume los recursos fundamentales de un territorio para la reproducción de la vida en todas sus formas, en aras de explotaciones mineras intensivas que no persisten más de dos o tres décadas. El proyecto Conga, en el departamento de Cajamarca, en la Sierra Norte peruana, es un buen ejemplo. Su versión original preveía disecar dos de las cuatro lagunas con que cuenta la región para el suministro de agua potable, extraer polvo de oro del fondo de las mismas, y utilizar los otros dos reservorios de agua para separar el metal del limo y volcar los desechos contaminados.

La concesión preveía la explotación del yacimiento durante veinte años, tras los cuales, agotados los recursos hídricos, ninguna vida humana, animal o vegetal podría prosperar. Las comunidades vienen luchando contra este proyecto desde hace años, con una consigna muy simple: “el agua vale más que el oro”, logrando en parte frenar su implementación.

Desde Cajamarca hasta Esquel, y aún más al norte y más al sur, las luchas de las comunidades indígenas y rurales por la defensa de su territorio, contra las multinacionales depredadoras de la megaminería, se multiplican a lo largo de los Andes sudamericanos.

Michael Löwy
6. Löwy plantea un extenso debate con diversas corrientes, intelectuales y organizaciones “verdes” europeas ecologistas-reformistas, señalando las limitaciones de sus concepciones políticas. Sostiene con razón que un proyecto ecosocialista sólo es posible en el contexto de un cambio revolucionario de las estructuras sociales y políticas. Sin embargo, aun cuando insiste en que la revolución social es la condición de posibilidad de un cambio de esta naturaleza, no está del todo claro cuál es el sujeto social al que interpela. En este sentido, su discurso parece orientado más hacia los movimientos sociales y a los “verdes” que a la clase trabajadora y a las organizaciones del movimiento obrero. No negamos la relevancia que tienen los movimientos medioambientales movilizándose detrás de objetivos precisos y concretos, ni tampoco las dificultades que pueden presentarse en el movimiento sindical con estas problemáticas. Pero a nuestro entender, la centralidad de la clase obrera en las luchas contemporáneas sigue siendo decisiva, no sólo por la fuerza social que expresa e irradia, sino porque el saber obrero resulta clave para la viabilidad de un proyecto de reorganización social no-capitalista alternativo. Sin el concurso de los trabajadores de la industria, del transporte, de la educación, de la sanidad, del trabajo rural y de los servicios, es imposible crear otro modelo de producción y de consumo. Las revoluciones del siglo XX levantaron como banderas de redención la lucha por el pan, la tierra, la libertad, la paz entre los pueblos. Las revoluciones del siglo XXI deben ampliar la agenda, incluyendo otros horizontes, entre ellos, la preservación del medio ambiente en el cual la humanidad construye, día a día, su presente y su porvenir.
 


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