"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

5/11/13

Guerra y emancipación | Una selección de textos de Abraham Lincoln & Karl Marx

José Ramón Martín Largo  |  En 1860 Henry David Thoreau publicó su ensayo Alegato por John Brown, que es una de sus obras menos conocidas y a la vez una de las salidas de su pluma que mejor ilustran el pensamiento del autor de Concord. El texto está basado en una conferencia pronunciada por Thoreau en octubre del año anterior, apenas dos semanas después de que el activista John Brown, junto a una veintena de sus seguidores, tomase el arsenal de Harper’s Ferry, en Virginia Occidental. El propósito era que los cien mil rifles que se guardaban en dicho fuerte sirvieran para armar al movimiento antiesclavista y alzarse contra los estados del sur. Sin embargo, tras el éxito inicial, y treinta y seis horas de lucha, los insurgentes fueron derrotados por las tropas federales. Brown, que había visto morir a algunos de sus hijos durante el asedio, fue arrestado y condenado a muerte. En las siguientes semanas, y hasta la fecha en que se fijó la ejecución de la condena, la prensa dedicó mucha tinta a Brown, a quien se presentaba como un tonto y un loco. Por el contrario, en las diversas conferencias pronunciadas por Thoreau hasta el día mismo de la ejecución, y asimismo en el libro citado, el activista aparecía como un hombre sin igual que había abrazado con entusiasmo una causa justa. Thoreau, confeso admirador de Brown, describía a éste como “un hombre de elevada estatura moral”, firmemente comprometido en una lucha contra la iniquidad
del Estado. Además arremetió no sólo contra la hipocresía del gobierno y de la prensa, e incluso de ciertos sectores abolicionistas, sino también contra sus contemporáneos que se consideraban cristianos, “los cuales rezan sus oraciones y luego se van a dormir conscientes de la injusticia y sin hacer nada por remediarla”. Los discursos y el libro de Thoreau corrigieron la imagen que los periódicos habían dado de Brown, que no tardó en ser considerado por muchos en el norte como un mártir de la lucha contra el esclavismo. Apenas un año y medio más tarde se iniciaba la Guerra Civil americana.

La editorial Capitán Swing ha publicado un interesante volumen que tiene como introducción un artículo firmado por el historiador británico Robin Blackburn, Karl Marx y Abraham Lincoln, una curiosa convergencia, al que sirven de oportuna ilustración diversos textos de dichos autores en torno a la guerra civil, además de los mensajes que intercambiaron en 1865, tras la reelección de Lincoln como presidente de Estados Unidos.

Blackburn, quien es autor de diversos ensayos sobre la esclavitud y editor de la New Left Review, ha desenterrado del olvido la breve correspondencia entre Marx y Lincoln, mantenida poco antes de que éste fuera asesinado, y se ha servido de ella para analizar los puntos de contacto entre ambos personajes en lo relativo a la esclavitud y, de un modo más amplio, al mundo del trabajo. A ello se refieren los discursos pronunciados por Lincoln que figuran en este volumen, así como los artículos, igualmente incluidos aquí, que Marx, a veces en colaboración con Friedrich Engels, escribió para Die Presse en 1861 y 1862. Como explica la introducción, norte y sur de Estados Unidos representaban dos visiones económicas contrapuestas, llamadas, por la lógica expansionista de cada una de ellas, a hacerse frente.

Citando a Marx, Blackburn anota que “la expansión territorial del norte y el noroeste era el reflejo del trascendental proceso de industrialización capitalista”. Frente a ello, “el sur podía hablar del ‘Rey Algodón’, pero la verdad era que el crecimiento sureño en absoluto tenía una base tan amplia como en el norte”. Con los estados esclavistas amenazando a Washington de secesión y una guerra a las puertas, Marx, a diferencia de gran parte de la izquierda europea, supo apreciar en el bando federal unos principios progresistas y democráticos con los que simpatizó de inmediato, y que de ninguna manera, por su propia naturaleza, podían ser compartidos por los estados del sur. Estos requerían con carácter de urgencia una expansión del modelo esclavista que chocaba con la moral y con los intereses económicos del norte. Había tres motivos para ello: “En primer lugar, su agricultura [del sur] era extensiva, así que los colonos andaban permanentemente en busca de nueva tierra. En segundo lugar, los estados esclavistas necesitaban mantener su poder de veto en el Senado, y para este fin necesitaban acuñar nuevos estados [en virtud del mandato constitucional que asignaba dos senadores a cada nuevo estado creado en la Unión]. En tercer lugar, la numerosa clase de inquietos jóvenes blancos impacientes por hacer fortuna persuadió a los líderes de la sociedad sureña de que debían encontrarles una salida externa si no querían que terminaran causando problemas en casa”. Los estados sureños ambicionaban los extensos territorios situados al oeste, incluyendo Texas y Nuevo México, e incluso California, pero también al sur, sin exceptuar Cuba y varios pequeños países centroamericanos, como Honduras y Guatemala, a los que esos “inquietos jóvenes blancos” del sur realizaron expediciones de conquista con diverso éxito.

En el centro de este conflicto territorial, económico y político se encontraban quienes eran virtualmente sus protagonistas, que no tenían derecho ni a voz ni a voto. Pues los esclavos, en efecto, eran los que mantenían vivo el modelo de economía y de expansión de los estados del sur, lo que implicaba de hecho que la desaparición del estatus de esclavo acarrearía también la de la sociedad sureña. “Como se ve”, escribe Marx
“todo el movimiento reposaba (y reposa todavía), sobre el problema de los esclavos. Es cierto que no se trata directamente de emancipar, o no, a los esclavos en el seno de los estados esclavistas existentes; se trata, antes bien, de saber si veinte millones de hombres libres del norte van a dejarse dominar más tiempo por una oligarquía de trescientos mil propietarios de esclavos”.
Paralelamente a los artículos al respecto que Marx escribía desde Londres para Die Presse, los acontecimientos se sucedían en Estados Unidos, ante todo uno: la elección de Lincoln como presidente, cuyas ideas sobre la esclavitud eran bien conocidas, lo que motivó que de inmediato diversos estados esclavistas se declararan en abierta secesión. Desde la perspectiva sureña (y por un tiempo también desde la de la prensa europea, sobre todo la inglesa), el conflicto se presentó exclusivamente como de naturaleza nacional, referido al derecho del sur a la autodeterminación. A ello se había referido Lincoln ya en 1854, cuando las circunstancias no eran ni de lejos tan graves, en su llamado “discurso de Peoria”, pronunciado en esta ciudad de Illinois. Allí afirmó que 
“la doctrina del autogobierno es correcta, absoluta y eternamente correcta. Pero no tiene una aplicación justa como aquí se pretende. O tal vez debería decir que la justa aplicación depende de si un negro es o no es un hombre. (…) Cuando el hombre blanco se gobierna a sí mismo, tenemos el autogobierno, pero, cuando se gobierna a sí mismo y también gobierna a otro hombre, eso es algo más que autogobierno, eso es despotismo”.
Parece que en un principio la actitud de Lincoln hacia el esclavismo de los estados del sur fue extremadamente cautelosa (lo que Marx le reprochó), seguramente porque confiaba en ganar para su causa a los estados fronterizos, o al menos mantenerlos neutrales. Muy otra fue su actitud cuando el sur inició su rebelión armada y atacó posiciones federales, lo que indicaba que el propósito de los confederados no era sólo el de conservar a sus esclavos, sino también el de imponer su modelo esclavista al democrático norte. Dos ejemplos pueden ilustrar el pensamiento de Lincoln acerca de la cuestión esclavista. En el primero de ellos, tomado de un discurso efectuado en 1858, afirmó: “No estoy, y nunca he estado, a favor de convertir a los negros en votantes o jurados, ni de autorizarlos a ocupar cargos ni a casarse con la gente blanca”. Pero tras dos años de guerra, al poner su firma a la proclama de emancipación de los esclavos, exige que estos “sean en adelante libres y que el gobierno ejecutivo de Estados Unidos reconozca y mantenga la libertad de tales personas”, al tiempo que anima a los ex esclavos a incorporarse “al servicio armado”. Se trata, como puede verse, de dos declaraciones bien diferentes, aunque la segunda no ponga en cuestión las premisas de la primera.

La evolución del pensamiento de Lincoln acerca del esclavismo, y en general a la gente de color, le llevó a desestimar su proyecto de “colonización”, el cual consistía en devolver a los negros a África, a medida que se familiarizaba con sus ideas y tomaba contacto con los dirigentes de la comunidad negra. En este cambio desempeñó al parecer un papel relevante el concepto de “trabajo no correspondido” que dichos líderes esgrimían para que los negros permanecieran en Estados Unidos, pues su trabajo, aunque esclavo, había contribuido a engrandecer el país. Malamente podría recompensárseles con el exilio a África. Igualmente, en el último año de su vida, Lincoln frecuentó al líder abolicionista negro Frederick Douglass, quien más tarde escribió sobre él: “Visto desde una genuina perspectiva abolicionista, el señor Lincoln resultaba lento, frío, insulso e indiferente, pero si lo medimos por el sentimiento de su país, un sentimiento que él estaba obligado a consultar como hombre de Estado, era ágil, entusiasta, radical y decidido”. Y no cabe dudar, por otra parte, del interés que el industrializado norte, y Lincoln como representante del mismo, tenían en ese nuevo ejército de trabajadores libres que esperaban incorporar a su modelo económico.

Marx y Engels esperaban de la victoria de la Unión algo más que el fin de la esclavitud, por memorable que esto fuera. También esperaban que los trabajadores “defendieran nuevos derechos políticos y sociales”, escribe Blackburn. Y añade: “Si los libertos pasaban simplemente del trabajo esclavo al trabajo asalariado, si se les negaba el derecho a votar, a organizarse, o a recibir una educación, entonces el término ‘emancipación’ sería una pantomima”. A la victoria del norte, que debía representar un paso delante de los trabajadores de todo el mundo en materia de derechos, habían contribuido los negros escapados de las plantaciones del sur, y también muchos europeos progresistas, en especial alemanes que se exiliaron tras los acontecimientos revolucionarios de 1848, entre ellos algunos comunistas que prestaron su experiencia al ejército federal y a los que se debe la información que Marx y Engels emplearon al redactar sus artículos. Lo que explica, dicho sea de paso, que estos sean de lo mejor que se publicó en Europa acerca del conflicto americano. Así, el libro que nos ocupa, además de ser un valioso testimonio de la peripecia política de Lincoln, y del difícil equilibrio que debió mantener entre sus ideales y la prudencia a la que estaba llamado en el ejercicio de sus funciones, viene a ser también una atractiva muestra de lo que podía dar de sí el Marx periodista, nunca demasiado alejado de sus preocupaciones en el terreno económico y social.
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