"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

1/11/15

Comunidad, sociedad burguesa y Estado en el pensamiento del joven Marx

El joven Karl Marx 
Daniel Álvaro  |  He aquí tres grandes nombres, tres figuras capitales del pensamiento del joven Marx: comunidad (Gemeinschaft, Gemeinwesen), sociedad civil o burguesa (bürgerliche Gesellschaft) y Estado (Staat) 1. Ninguna de ellas, sin embargo, le pertenece. Con esto tampoco decimos ni damos a entender que estas pertenezcan de hecho o de derecho a alguien más. No hay, en sentido estricto, propietario o autor de las citadas figuras. Como es sabido, se trata de tres nombres fundamentales del léxico filosófico-político de Occidente cuyos usos y significados han variado notablemente a lo largo de la historia y continúan haciéndolo aún hoy. Aun sin pertenecerle, es indudable que Marx ha dejado su marca de pertenencia estampada en estos nombres: marca imborrable junto a muchas otras marcas dejadas por tantos otros que lo precedieron y lo sucedieron en el tiempo. Cuando Marx comenzó a utilizarlos en sus primeros escritos de juventud cada uno de ellos remitía a una tradición de pensamiento por entonces hegemónica en la cual ya aparecen entrelazados y formando parte de una misma constelación conceptual. Esta tradición, de la que Marx se siente uno de sus herederos más fieles y a su vez más críticos, se corresponde ante todo con la filosofía hegeliana del derecho y del Estado moderno, así como también, y consecuentemente, con las derivas filosóficas neohegelianas, en particular, con aquella vinculada al pensamiento de Ludwig Feuerbach.

Aquí, concretamente, nos interrogamos sobre el significado y el valor específico que Marx asigna a cada una de estas tradicionales figuras y, asimismo, sobre cómo esta resignificación y esta revalorización operada por Marx afecta al sistema de relaciones lógicas y axiológicas que los conceptos de comunidad, sociedad civil o burguesa y Estado mantienen entre sí.

A tales fines, dividiremos nuestra exposición en dos momentos. Primero, y a modo de introducción, esbozaremos brevemente el contexto histórico, filosófico y político en el cual se insertan los textos de Marx a los cuales haremos referencia. En un segundo momento emprenderemos el análisis de algunos de los pasajes de la obra temprana de Marx donde, desde nuestro punto de vista, mejor se articulan los conceptos en cuestión. En simultáneo, intentaremos dar cuenta de los profundos cambios ocurridos al interior de la teoría marxiana de esta época, y de la correlación de los mismos con los sucesos concretos que tuvieron lugar en aquel momento.
Contexto histórico, filosófico y político: 1842-1844
En 1842, año en que aparecieron las primeras publicaciones polémicas del joven Marx, Alemania distaba de ser un Estado nacional unificado. Desde 1815 existían 39 Estados alemanes agrupados en la Confederación Germánica (Deutscher Bund), cuya órgano central era un Parlamento o Dieta Federal (Bundestag) con sede en Frankfurt, conformada a su vez por delegados de los Estados miembro y presidida por el representante del emperador de Austria. La hegemonía de esta laxa y débil unión fue disputada durante más de 50 años por el Imperio austriaco y el Reino de Prusia. En 1815, los monarcas de ambos Estados junto al zar Alejandro I de Rusia conformaron la denominada Santa Alianza, a la que se sumaría primero Inglaterra y luego Francia. Esta “santa jauría” (como la llama Marx en las primeras líneas del Manifiesto del partido comunista) fue el estandarte político y religioso de la Restauración europea, instaurada con el objetivo de garantizar el mantenimiento de los regímenes absolutistas preservándolos de cualquier posibilidad de desestabilización revolucionaria. Recordemos, pues, que el Reino de Prusia en el que Marx había nacido y en el que vivió durante la primera parte de su vida fue una monarquía autocrática hasta las revoluciones liberales de 1848. El período en el que Marx comienza a intervenir en los debates de la época a través de los artículos que escribe para las Anecdota philosophica (publicación editada en Suiza por Arnold Ruge en 1843) y la Gaceta Renana (periódico liberal publicado en Colonia entre enero de 1842 y marzo de 1843 en el cual Marx comenzó a trabajar como colaborador y terminó como director), estuvo marcado por la actitud reaccionaria de Federico Guillermo IV. Reacción que incluía una implacable censura a la prensa libre, razón por la cual Marx terminaría renunciando a su cargo en la Gaceta Renana. Atormentado por la presión y la represión, “harto de tanto brutal autoritarismo”, Marx escribe a Arnold Ruge a comienzos de 1843: “En Alemania ya no tengo nada que hacer. Aquí se adultera uno. […] Trabajo en varias cosas que aquí, en Alemania, no encontrarían censor ni editor ni posibilidad alguna de ver la luz”2 . Ese mismo año, tras un breve período en la ciudad de Kreuznach durante el cual contrae matrimonio y se dedica a estudiar en profundidad la filosofía del derecho de Hegel, Marx se radica en París para editar junto a Ruge una nueva revista cuyo primer y único número aparecerá en febrero de 1844: los Anales franco-alemanes. Además de “Sobre la cuestión judía” y la “Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel”, aparecieron en el número de los Anales, firmadas por Marx, tres cartas dirigidas a Ruge bajo el título “Una correspondencia de 1843”. Los dos célebres ensayos y las cartas mencionadas, sumados a un escrito redactado durante su estancia en Kreuznach y publicado por primera vez recién en 1927, “Crítica del derecho del Estado de Hegel (§§ 261-313)”, resumen en buena medida la posición filosófica y política de Marx en esos años decisivos.

Filosóficamente hablando, Marx era por entones un heredero crítico del sistema de pensamiento elaborado por Hegel en las primeras décadas del siglo. Desde los años ’20 la filosofía de Hegel fue considerablemente difundida en toda Alemania y en las décadas siguientes su fama se propagaría más allá de las fronteras nacionales. Tras su muerte en 1831, sus discípulos y seguidores quedaron enfrentados en dos escuelas contrarias: los llamados “hegelianos de derecha” o “viejos hegelianos” —quienes celebraban al tiempo que legitimaban el estado de cosas existente en Prusia a partir de una lectura profundamente conservadora de la filosofía de la historia de Hegel— y los “hegelianos de izquierda” o “jóvenes hegelianos” —quienes, por el contrario, concebían la historia según su propia interpretación de Hegel como un proceso dialéctico ininterrumpido, sometido a continua transformación y, por lo tanto, como un proceso no acabado y mucho menos realizado en la monarquía absoluta prusiana—. Los jóvenes hegelianos, entre quienes se encontraban David Strauss, Bruno Bauer, Ludwig Feuerbach, Max Stirner, Friedrich Engels y también, claro está, el propio Marx, partían de una interpretación crítica de la religión, y en particular del cristianismo, ya que la consideraban la fuente de la que emanaba la legitimidad del poder estatal. Si bien todos eran liberales y algunos de ellos demócratas declarados, sus envestidas críticas, al menos en aquel momento, raramente pasaban del plano teológico-filosófico. Desde un punto de vista político, Marx, en sintonía con la posición de Feuerbach —autor que como veremos más adelante ejerció una gran influencia en su pensamiento temprano—, comenzó su carrera política reivindicando la necesidad de implantar en Alemania un “Estado democrático” que sustituya al “Estado filisteo”, al “viejo Estado anquilosado de los servidores, en que el esclavo sirve silenciosamente y el amo del país y de sus habitantes domina en medio del mayor silencio posible por medio de un séquito sumiso y bien educado”3 . Rápidamente, el democratismo revolucionario que Marx había defendido en sus primeras publicaciones periodísticas fue cediendo lugar al revolucionarismo social que da el tono a los dos célebres ensayos publicados en los Anales y que desde entonces no hace más que pronunciarse hasta encontrar su forma más o menos definitiva en la proclama comunista del Manifiesto (1848).

En la Prusia de aquellos años, filosofía y política confluían en el nombre y en el legado de Hegel. La comprensión, la afirmación e incluso la crítica de la una y de la otra se medían fundamentalmente en relación a la interpretación de su obra. Al punto que su ciencia filosófica del derecho, que es también su filosofía política, se había convertido ni más ni menos que en la filosofía oficial del Estado prusiano. En los Principios de la filosofía del derecho (1821), obra correspondiente a un período de la vida del autor durante el cual ya es considerado el más alto representante de la filosofía en lengua alemana, Hegel habla del Estado como “espíritu real y orgánico de un pueblo” que “se revela y deviene efectivamente real en la historia universal como espíritu del mundo”. Ni que decir tiene que el Estado del que allí habla Hegel en sentido filosófico, en un sentido al que corresponde únicamente “un tratamiento científico objetivo” —advierte en el Prefacio a los Principios…—, es una proyección abstracta y a su vez fantástica del Estado de Prusia, de cuya presencia y lugar en el mundo hace una manifiesta apología.

Marx, al igual que el resto de los jóvenes hegelianos de Berlín y en buena medida influido por sus propias obras, era perfectamente conciente de que una crítica de la situación existente era por entonces inseparable de una crítica de la religión sobre cuyas bases descansaba la legitimidad del Estado monárquico. Ahora bien, lo que desde muy temprano diferencia a Marx del resto de sus colegas es su extrema sensibilidad para analizar problemas relacionados con la religión, pero también y sobre todo problemas sociales, políticos y económicos, intentando desmarcarse de la lógica especulativa a la que todo el resto sucumbía en sus respectivos análisis. Naturalmente, al subrayar esta diferencia no queremos decir que durante el período correspondiente a los textos que analizaremos aquí Marx haya vaciado sus argumentos de toda especulación o abstracción conceptual. Como veremos, al menos este Marx está lejos de ello. Sin embargo, no hay que perder de vista que estos primeros escritos afirman ya una fuerte crítica de la abstracción, que por lo demás no se agota en lo que habitualmente se identifica como crítica materialista del idealismo hegeliano, sino que tiende a ser una crítica general del modo en que la teoría se había relacionado hasta entonces con la praxis y con la realidad histórica por la cual aquella se encuentra condicionada y a la que a un mismo tiempo condiciona.

En este contexto, signado por cambios profundos en el modo de hacer, concebir y conjugar “filosofía” y “política” en la Alemania de la Restauración, han de situarse entonces las primeras aproximaciones de Marx a una serie de problemas o preguntas cuya importancia para el posterior desarrollo de su proyecto científico en particular y de la teoría sociológica en general hoy está fuera de discusión. ¿Qué hay con la comunidad? ¿Y con la sociedad? ¿Cómo se relacionan y en qué se diferencian estos conceptos? ¿Qué relación guarda cada una de ellos con la figura del Estado y con la vida política en general?
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