"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

1/6/15

Arte y enajenación en la Estética de Marx

El marxismo dará la salud y la paz a los enfermos
[Fragmento] ✆ Frida Kahlo
Francisco Lugo   |   En las once Tesis sobre Feuerbach, Karl Marx apuntó por un lado sus diferencias con el idealismo alemán, pero también la herencia del mismo en su pensamiento filosófico. El materialismo de Ludwig Feuerbach vio en el pensamiento religioso el reflejo psíquico del ser humano en la realidad exterior, negando así la concepción metafísica de la realidad, que antepone la realidad del pensamiento a la realidad de la materia; pero dejó intacta la concepción idealista de la actividad humana: la concepción idealista del trabajo. “El defecto fundamental de todo materialismo anterior –incluyendo el de Feuerbach– es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto [objekt] o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo” (Karl Marx, Tesis sobre Feuerbach, I). 

Esta concepción del trabajo es una concepción abstracta del mismo, ajena a la actividad real, en la medida en que la actividad está para el idealismo esencialmente en el pensamiento. Para Marx, en cambio, la actividad es esencialmente material; es en su materialidad que la actividad transforma la realidad.

De tal Marx  expresa en su pensamiento filosófico la necesidad de la clase obrera de la sociedad capitalista de transformar la realidad revolucionariamente, introduciendo en el materialismo la herramienta conceptual del idealismo hegeliano: la dialéctica; reconociendo a la realidad material su naturaleza dinámica y activa. “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” (Ibid., XI).

En los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844, como lo señala Adolfo Sánchez Vázquez (Las Ideas Estéticas de Marx), el joven Marx se interesó conceptualmente en el arte como actividad humana práctica: como trabajo. Su interés se distinguió del de la estética idealista en la medida en la que el arte, como actividad humana, no es tanto la manifestación sensible de la idea absoluta, sino una clase característica de trabajo que, al estar libre de una finalidad utilitaria intrínseca, tampoco está intrínsecamente unido a la enajenación del sujeto humano. 

La actividad del ser humano se distingue de la actividad del resto de los seres surgidos de la naturaleza no sólo por transformar a la naturaleza sino por transformarse a sí mismo. Esto se hace tanto más evidente puesto que el ser humano no sólo crea objetos conforme a las leyes de la utilidad sino también conforme a las leyes de la belleza, y no lo hace por capricho ni por instinto, sino para objetivarse en el mundo: para reconocerse en el mundo de objetos por él construidos como un ser histórico y socialmente existente. Mientras que la relación de otros seres con la naturaleza está dictada por la naturaleza misma, el ser humano puede elevarse por encima de la burda necesidad para reconocerse como humano. El ser humano crea objetos que no sólo son útiles sino también agradables, y por este medio se hace más humano. “A diferencia del animal que se relaciona de un modo unilateral con el mundo –en forma inmediata, forzosa e individual–, el hombre se halla en una relación múltiple, mediata y libre” (ASV, Op. Cit., p.50).

Si la objetivación del sujeto supone su enajenación para la estética idealista, en tanto que el idealismo entiende al sujeto como un sujeto abstracto (como idea absoluta), para el materialismo histórico de Marx el ser humano –como ser humano concreto– se encuentra consigo mismo en los objetos y en la naturaleza. Para Hegel, si bien el arte es un medio por el que la idea absoluta –la entelequia de la historia humana– se da a conocer al ser humano, y por medio de éste a sí misma, como tal es inferior a la filosofía, pues en ésta la idea absoluta no tiene necesidad de objetivarse, es decir, de enajenarse. Según el marxismo, empero, la objetivación del sujeto en la actividad humana práctica –en el trabajo– no lo enajena esencialmente, sino sólo en la forma actual en la que el trabajo existe bajo las relaciones de producción de la sociedad de clases. “Produce belleza [el trabajo], pero tulle y deforma a los obreros” (Karl Marx, Op. Cit., p.77). Así, las relaciones sociales que reducen la actividad del ser humano a la supervivencia apropiándose del valor excedente de su trabajo, haciendo de éste una mercancía, no tienen una existencia estrictamente necesaria sino histórica, y son, por lo demás, contingentes.

“La obra de arte es un objeto en el que el sujeto se expresa, exterioriza y se reconoce a sí mismo. A esta concepción del arte, sólo se ha podido llegar al ver en la objetivación del ser humano una necesidad que el arte, a diferencia del trabajo enajenado, satisface positivamente” (ASV, Op. Cit., p.52). La relación del ser humano con el mundo exterior es enriquecida por su capacidad de asimilar el mundo estéticamente, no por su capacidad de asimilarlo teóricamente; en su trabajo artístico el ser humano se refleja a sí mismo no sólo como ser natural sino como ser humano. Incluso frente a la misma naturaleza puede el ser humano reconocerse como tal cuando se apropia de ella estéticamente; la apreciación estética humaniza a la naturaleza. El arte no es, por lo tanto, un accesorio de la civilización sino el objeto que satisface una determinada necesidad del contexto social de los seres humanos; el ser humano no se limita a humanizar sus necesidades naturales sino que desarrolla históricamente necesidades propiamente humanas más allá de las necesidades meramente utilitarias que satisface por medio de la ciencia. 

El ser humano expresa en el arte la necesidad de elevarse social e históricamente por encima de la necesidad natural; necesidad de afirmarse en los objetos exteriores que está presente también en otras formas de la producción humana –en otros modos de trabajo– pero que es tanto más nítida y explícita en el trabajo artístico. Los objetos producidos por el ser humano son conductos mediante los cuales se realiza más plenamente su esencia humana; “el hombre es un ser natural humano, o, lo que es lo mismo, un fragmento de naturaleza que se humaniza, sin romper con ella, superándola” (Ibid., p.56) al actuar sobre ella –humanizándola en los objetos que produce–  y también al actuar sobre sí mismo –superando su vida instintiva–  a través de la sensibilidad humana que recrea en los objetos. 

La primera función del trabajo es, por supuesto, hacer frente a la naturaleza, es decir, a la necesidad natural del ser humano, y es ésta su función predominante. Pero “…el hombre produce también sin la coacción de la necesidad física, y cuando se halla libre de ella es cuando verdaderamente produce” (Karl Marx., Op. Cit., p.81). La necesidad natural aparece inevitablemente como un límite relativo a la necesidad humana de objetivarse, que sólo parcialmente es satisfecha por el trabajo cuando éste está gobernado por fines utilitarios. “Pero el hombre necesita, a su vez, llevar el proceso de humanización de la naturaleza, de la materia, hasta sus últimas consecuencias. Por ello tiene que asimilar la materia en una forma que satisfaga plena, ilimitadamente, su necesidad espiritual de objetivación” (ASV, Op. Cit., p.66). Para satisfacer la necesidad que el ser humano ha producido en sí mismo al objetivarse aun en una medida limitada, éste desenvuelve plenamente su capacidad en una actividad humana práctica libre de una finalidad utilitaria. Aunque el ser humano está limitado por su necesidad natural, tampoco puede producir objetos sin reconocerse en ellos, generando en él mismo la necesidad de hacer productos en los cuáles pueda objetivarse plenamente: productos artísticos.

Como producto social, el arte, en tanto que está libre de una finalidad utilitaria, debe emerger sobre el excedente de la producción. Donde no existe este excedente o es muy magro, el arte se ve constreñido en sus medios para poder existir. El grado de acumulación que una sociedad requiere para dar a luz a su producción artística depende del desarrollo relativo de sus medios de producción social. “Desbordando las exigencias prácticas, en el seno mismo del objeto útil, el artista prehistórico adorna los huesos de reno o mamut haciendo estrías que se alternan simétricamente, es decir, introduciendo temas decorativos” (Ibid., pp.71-72). El trabajo social humano se eleva de lo útil a lo estético históricamente; objetivándose en el trabajo, el ser humano rebasa la utilidad para volver a sus productos objetos artísticos. Y entre más desarrolla una sociedad sus medios de producción mayor se vuelve el diferenciamiento del arte y de lo útil. 

En todos los objetos producidos por el ser humano se revela su mundo interior y sobre la base de la producción social éste se libera para expresarse en los objetos artísticos. Libre en alguna medida de la necesidad natural, la sensibilidad del ser humano se humaniza y percibe las cualidades de los objetos como cualidades estéticas; “gracias a su sensibilidad estética, el hombre puede “humanizar” también una realidad que él no ha transformado materialmente y dotarla de una nueva significación integrándola en su mundo” (Ibid., p.80). La naturaleza y el objeto sólo se humanizan en la sensibilidad humana y ésta sólo se humaniza a través de los objetos estéticos. La condición de esta mutua significación entre el sujeto y el objeto es el ser social de lo humano; esta particular apropiación de la naturaleza sólo puede construirla el ser humano asociándose con otros seres humanos. “El artista tiende a realizar plenamente la objetivación del ser humano” (Ibid., p. 85), no obstante, dentro de los límites históricos de la sociedad de clase, el arte sigue en alguna medida ligado a la utilidad; el arte es en la sociedad capitalista una mercancía mediante la cual enfrenta el artista su necesidad natural particular y cuyo valor es determinado por la clase  burguesa dominante, que lo condiciona ideológicamente. Así, incluso el arte se enajena relativamente, aunque tiende a superar estos límites históricamente determinados. Pero sólo un cambio en las relaciones sociales puede liberar plenamente tanto  al trabajo como al arte.
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Carmen Bohórquez: István Mészáros, ahora y siempre — Red 58
István Mészáros: Reflexiones sobre la Nueva Internacional — Rebelión
Ricardo Antunes: Sobre "Más allá del capital", de István Mészáros — Herramienta
Francisco Farina: Hasta la Victoria: István Mészáros — Marcha
István Mészáros in memoriam : Capitalism and Ecological Destruction — Climate & Capitalism.us