"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

5/5/15

A 197 años del nacimiento de Karl Marx

Karl Marx
✆ Robert Diedrichs 
“Es indudable que la incomparable grandeza de Marx estriba, entre otras cosas, en el todo inseparable que en él forman, completándose y ayudándose mutuamente, el pensador y el hombre de acción. Pero no menos indudable es que el luchador prevalecía en él, en todo instante, sobre el hombre de pensamiento”  |  Franz Mehring: ‘Marx. Historia de su vida’

Emilio Salgado & Jazmín Jiménez   |   Escribir un homenaje sobre el 197° aniversario del natalicio de Karl Marx, plasmar en algunas pocas palabras algo sobre una de las personalidades más interesantes de todos los tiempos, resulta una tarea compleja y emocionante. Por dónde empezar, el desafío se vuelve difícil a minutos de emprenderlo. Qué decir, qué destacar siendo toda su vida y obra tan rica –como dice Engels–, “sobre ese hombre a quién la clase obrera toda de Europa y América (hoy debemos afirmar mundial) debe más que a hombre alguno”. Como el motivo de la nota es su natalicio no podemos dejar de mencionar que Karl Marx llegó a este mundo un 5 de mayo de 1818 en Tréveris, una ciudad de lo que en ese entonces era la Prusia Renana, actualmente Alemania. Estudió jurisprudencia, historia y filosofía, allí se encontró con las ideas de Hegel, de quién hereda la dialéctica, para ponerla sobre sus pies. Elaboró su sistema de concepciones que constituyen el materialismo y el socialismo científico, tomando de forma genial las tres corrientes ideológicas de su siglo: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés.

Pero no podemos seguir con Marx, sin mencionar a Engels, su gran amigo y compañero desde 1844, quizá la amistad más conmovedora que conozcamos, una de colaboración plena en el más amplio sentido del término. Juntos tomaron parte activa en la vida de los grupos revolucionarios y sentaron las bases del socialismo científico. En 1847 ingresan a la Liga de los Comunistas y redactan el famoso Manifiesto, que aparece en febrero de 1848, cuando la última tanda de las revoluciones burguesas se extendía como un reguero de pólvora por el viejo continente. Cuando el proletariado se mostraba en Europa como la clase más numerosa y desposeída, la que podría barrer, incluso, al “nuevo orden establecido” por la burguesía. Como dice Lenin “en esta obra se traza, con claridad y brillantez geniales, una nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria universal del proletariado como creador de una nueva sociedad, la sociedad comunista”.

Cuando la revolución es derrotada, Marx es expulsado de varios países y en 1849 se instala en Londres donde pasará el resto de su vida en condiciones bastante duras. Aquí se concentrará en estudiar la economía política y desarrollará su teoría materialista. Su obra cumbre, El Capital, a la que con interrupciones le dedicará el resto de su vida, revolucionará la ciencia económica y política.

A fines de la década del 50 se recrudecen los movimientos democráticos, esto lo lleva nuevamente a una intensa actividad práctica y el 28 de septiembre de 1864 es uno de los fundadores de la "Asociación Internacional de los Trabajadores", conocida como la Primera Internacional, que unificó al movimiento obrero de distintos países. Indudablemente Marx fue el alma de esta organización, escribió gran parte de sus manifiestos, resoluciones y declaraciones.

En 1871, luego de la caída de la Comuna de París, a raíz de la escisión provocada por los bakuninistas (anarquistas), la I Internacional dejó de existir. Pero cumplió su misión histórica, dejando paso a una época de desarrollo incomparablemente más amplio del movimiento obrero, que pondría en pie partidos obreros socialistas de masas dentro de cada Estado nacional.

La salud de Marx se fue deteriorando, tras una intensa labor en la Internacional y en sus actividades teóricas. Continuó sus estudios e investigaciones para terminar El Capital, recopilando con este fin multitud de nuevos documentos, pero la enfermedad le impidió concluirlo. Y el 14 de marzo de 1883 Marx se quedó dormido para siempre.

El comunismo no surge de una idea

En 1883, tras la muerte de su amigo, Engels se ve obligado por primera vez a escribir solo un nuevo prólogo del Manifiesto Comunista y en él deja claro, con gran humildad, cuál es el gran aporte personal de Marx a la ciencia:
“La idea básica que atraviesa el Manifiesto –que, en cada época histórica, la producción económica, y la estructura social que se deriva necesariamente de ella, constituyen el fundamento de la historia política e intelectual de esta época; que, en consecuencia, (desde la disolución de la propiedad común originaria del suelo), toda la historia ha sido una historia de las luchas de clases, de las luchas entre clases explotadas y explotadoras, dominadas y dominantes, en diversos estadios de la evolución social; pero que esta lucha ha alcanzado ahora un estadio en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) ya no puede liberarse de la clase que la explota y oprime (la burguesía) sin liberar, a la vez, para siempre a toda la sociedad de la explotación, la opresión y las luchas de clases: esta idea básica pertenece única y exclusivamente a Marx”.
Lenin, por su parte, asegura que “el marxismo nos proporciona el hilo conductor que permite descubrir una sujeción a leyes en este aparente laberinto y caos, a saber: la teoría de la lucha de clases”. Ya en el prólogo de El Capital, Marx advierte sobre el propósito de su gran obra, “en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna"; es decir, conocer profundamente las relaciones de producción de la sociedad burguesa en su aparición, desarrollo y decadencia. Basándose en las leyes económicas del movimiento de la sociedad moderna, para Marx la transformación de la sociedad capitalista en comunista es una gran posibilidad.

A casi doscientos años del nacimiento de Marx, el trabajo se encuentra cada vez más socializado, base material para el socialismo. El capitalismo desarrolló de tal manera las fuerzas productivas que con ello ha reducido enormemente el tiempo social necesario para la producción de las mercancías. Ya en el Manifiesto Marx y Engels aseguraban que: “nunca supimos todo lo que podía dar el trabajo humano hasta que lo demostró la burguesía”. Pero bajo el capitalismo, este enorme avance histórico no libera a la mayoría de la sociedad del trabajo sino todo lo contrario: las jornadas laborales son cada vez más extensas, las condiciones de precarización laboral son moneda corriente, y la desocupación siempre está presente en la sociedad capitalista, como un factor que disciplina el nivel salarial de los que sí tienen trabajo.

Una minoría cada vez más ínfima de la humanidad es la que vive cada vez mejor. Porque se produce para la ganancia individual de los capitalistas –que compite con otros capitalistas– y no para las necesidades del conjunto de la sociedad.

Esta injusticia permanente genera una contradicción indisoluble para el sistema capitalista: la lucha constante de la clase obrera por sacudirse el yugo del capital. Por eso, hay una tarea que en el Manifiesto es parte del programa inmediato de la toma del poder por el proletariado, que es la “abolición de la propiedad privada de los medios de producción”. Como señala Riázanov,
“Marx extrae de la situación efectiva de la clase obrera todas las deducciones fundamentales del Manifiesto Comunista: organización de clase del proletariado, destrucción de la dominación de la burguesía, conquista del poder político por el proletariado, supresión del trabajo asalariado, nacionalización de todos los medios de producción”.
Sin temor a equivocarnos, afirmamos que más allá de los grandes cambios que vinieron con el siglo XX, la vigencia de la obra de Marx reside en que cada una de las conclusiones, a las que arribó junto a Engels, se verifican en la actualidad. En los últimos años observamos cómo una nueva crisis estalló en el corazón del capitalismo. Vimos las gigantescas manifestaciones en Grecia, España y Egipto; en Chile, los estudiantes copando las calles y perdiendo el miedo que la dictadura de Pinochet intentó dejar como herencia; en México, miles luchando contra un Estado ligado al narcotráfico que hace desaparecer a quienes se atreven a enfrentarlo; en Brasil, el pueblo saliendo contra el despilfarro mundialista mientras grandes masas siguen viviendo en favelas; en Argentina, los obreros de una gráfica toman la fábrica cuando los patrones la abandonan y estos sólo son apenas unos pocos ejemplos. Como vemos, en el siglo XXI al igual que en el siglo de Marx, las crisis capitalistas se siguen sucediendo y la lucha de clases continúa siendo el motor de la historia.
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