"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

"Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal" Karl Marx

24/10/13

El 'efecto Foucault', entre el hombre nuevo y la crisis del marxismo

Michel Foucault ✆ Ivan Korsario 
Mariana Canavese  |  Entre la pluralidad de usos que encontraron las elaboraciones de Michel Foucault en la Argentina, una serie de apropiaciones se relaciona con Marx y el marxismo. Una aproximación a algunas de ellas transita necesariamente entre las primeras circulaciones de sus textos a fines de la década de 1950 y las lecturas situadas en los años setenta. Luego cristalizarán usos de las elaboraciones y la cita foucaultianas que, dentro de la problemática abierta por la llamada "crisis del marxismo", oscilan entre la aprobación y el rechazo. Indagamos especialmente algunos de esos usos, en el contexto de apertura democrática, de revisión de la experiencia de masas de los setenta y fuerte distensión de la presencia del discurso marxista en el campo intelectual. 

Intentamos, así, profundizar los matices que complejizan la división entre un marxismo ortodoxo y los nuevos aires de la teoría crítica marxista, exponer un problema de la recepción de ideas mediante diversos usos estratégicos de dichos discursos entre agentes político-intelectuales en un contexto específico, visualizar los modos en que esas lecturas se articularon con determinadas maneras de interpretar la política y la cultura locales. Los usos a los que se prestaron las
elaboraciones de Michel Foucault han sido (y son), en la Argentina al menos, heterogéneos; transitan múltiples disciplinas, se manifiestan en espacios diversos, provienen de distintas posiciones ideológicas. El propósito de estas páginas es explorar algunos de ellos, entre los que operaron hasta fines de la década de 1980 en relación con el marxismo y circularon por vías transdisciplinares; indagar en los debates despuntados, las condiciones de posibilidad de esas lecturas, los modos en que redefinieron modelos político-culturales. Se trata, más específicamente, de reconstruir algunas experiencias y lecturas clave que permiten avistar el núcleo de condensación de las apropiaciones locales de Foucault en diversos grados de elección con relación al corpus marxista. Entre esas articulaciones, se impone analizar el efecto Foucault1 en la coyuntura político-intelectual de la proclamada "crisis del marxismo", en el contexto de transición a la democracia y de revisión del militarismo de izquierda. En aquel momento, admisiones e impugnaciones de las elaboraciones foucaultianas tomaron forma en la emergencia de los señalamientos sobre las inconsistencias de algunos discursos marxistas y sus presupuestos filosóficos. Pueden advertirse allí usos signados por la pulseada Marx/Foucault que, entre la continuidad y la ruptura, encontraron en los estudios, conceptos y propuestas del francés un espacio para sortear o profundizar la distensión de la presencia del discurso marxista en el pensamiento local.

La elección de este problema se funda, por un lado, en lo heterogéneo de las apropiaciones que alumbra, hecho singular dentro del campo de la recepción de ideas alimentado por el mismo Foucault, que en el intento por eludir los encasillamientos brindaba argumentos para todos los contendientes, pero también núcleo que permite visualizar préstamos, deslizamientos y luchas por el sentido. Por otro lado, se asienta también en la relevancia de algunas de las elaboraciones que se producen entonces que, por ejemplo, contribuyen a pensar cómo se iluminará la cuestión fundamental del poder, punto ciego de los años setenta y automatizado en los noventa. Finalmente, y a modo de hipótesis general, el punto de partida es que las expresiones locales de ese diálogo equívoco entre Marx, el marxismo y Foucault componen una articulación significativa para el derrotero del campo político-intelectual local: las diversas prácticas de grupos de izquierda gestaron lecturas diversas de los textos de Foucault que formaron parte y abonaron un contexto de ruptura en el universo de las políticas emancipatorias argentinas.


En función de ello, primero trazamos las líneas generales de esa relación siempre cambiante de Foucault con Marx y el marxismo. Exponemos, luego, ciertas lecturas locales de Foucault desde el marxismo, de las primeras circulaciones de sus textos hacia fines de la década de 1950 a la asociación con el estructuralismo. Nos detenemos, finalmente, en algunas de las más significativas expresiones que desde la práctica teórica, pero también política, se producen en la problemática abierta por la "crisis del marxismo", entre su lectura como reemplazo de un marxismo en crisis y su recusación desde un marxismo renovado. De esas derivas -cuyas estelas intentamos reconstruir- quieren dar cuenta las páginas que siguen.


Foucault es, por estrategia asumida, resistente a la taxonomía; su misma posición disciplinar es ubicua, su propia enunciación es dispersa. Y así como mudan las formas en que se vincula con su "obra", también es versátil su relación con Marx y el marxismo: entre afirmaciones pasadas por propias aun cuando traigan una rica historia y, a la inversa, aseveraciones acerca de Marx y el marxismo en extremo sesgadas, hay una malla de exposiciones diversas que van de la aceptación al rechazo, del ocultamiento de ese referente a la pública manifestación de su estímulo. Recuérdese, por ejemplo, la pregunta acerca de qué diferencia podría haber entre ser historiador y ser marxista, antecedida de la siguiente afirmación:

Me sucede con frecuencia citar frases, conceptos, textos de Marx, pero sin sentirme obligado a adjuntar la pequeña pieza identificadora que consiste en hacer una cita de Marx, poner cuidadosamente la referencia a pie de página y acompañar la cita de una reflexión elogiosa. Mediaciones gracias a las cuales uno será considerado como alguien que conoce a Marx, que lo reverencia y se verá alabado por las revistas llamadas marxistas. Yo cito a Marx sin decirlo, sin ponerlo entre comillas, y como no son capaces de reconocer sus textos, paso por ser alguien que no lo cita. ¿Acaso un físico necesita citar a Newton o a Einstein cuando hace física?2
Piénsese, entonces, en el reconocimiento de la centralidad de la obra de Marx como innovadora de una práctica discursiva o en la recuperación de El capital para su análisis de las relaciones de poder, pero también en sus aserciones acerca de que "el marxismo no ha introducido ningún corte real" y que sus debates "son sólo tempestades en un vaso de agua".3 Así, aun cuando esos textos operaran en sus trabajos como instrumento o referencia tácita, e incluso cuando, lejos de sus usos doctrinarios y piadosos, Foucault reconociera su influjo, él mismo renegará y tomará distancia de ellos en un rechazo que va de la crítica teórica a Marx a la impugnación de los usos prácticos del marxismo. La analítica, ciertas observaciones, la metodología foucaultianas son pasibles, entonces, de ser leídas como críticas o respuestas tanto al análisis marxista, al marxismo en términos teóricos, como a la estrategia política socialista, al marxismo como realidad histórico-política.

Aunque los tomamos aquí en sentido amplio, ciertamente sería preciso diferenciar las críticas a Marx de las conducidas hacia los diversos marxismos. Si el juego se plantea de modo estructuralmente equívoco es porque, de un lado como del otro, es imposible comparar bloques monolíticos y excluyentes en sí; no hay un Marx/ismo, no hay un Foucault, y entonces mucho depende de los modos de lectura y los contextos que los estimulan, de los usos.


Ineludiblemente, esa misma cadencia de vaivenes y ambigüedades que caracterizó el trato de Foucault hacia Marx y el marxismo se vislumbra en sucesivas lecturas de su obra. Por un lado, Sartre lo ubicaba en las antípodas al sentenciar en Las palabras y las cosas "una ideología nueva, la última barrera que la burguesía puede aún levantar contra Marx".4 Por otro lado, Vigilar y castigar se podía interpretar como una analítica del poder en disputa con los aparatos ideológicos del Estado o bien como que "la institución disciplinaria no es el aparato ideológico del Estado, pero no por ello dejan de existir afinidades profundas entre ambos. Ante todo los dos son encarados de manera puramente material".5 En tanto, un marxista declarado como Étienne Balibar proponía que, de la ruptura a la alianza táctica, "en formas constantemente renovadas, un verdadero combate con Marx se extiende por toda la obra de Foucault y es uno de los resortes esenciales de su productividad";6 y también, que el de su par francés fue "uno de los últimos intentos para unificar el concepto de la política".7 Y otro marxista, como Poulantzas, afirmaba que "los análisis de Foucault [...] no sólo coinciden, a veces, con los análisis marxistas [...] sino que pueden enriquecerlos en muchos puntos".8 En otras regiones del mundo, por ejemplo en España, lecturas cardinales de las obras de Foucault implicaron una correlación indudable con Marx, entendiendo sus textos como intentos por "minar el orden burgués", como "nuevas contribuciones a la crítica de la economía política".9 También en la Argentina algunas problemáticas en que se inscribieron los usos de Foucault se articularon con Marx y el marxismo, operando a mitad de camino entre el campo intelectual y la arena política.


Psicología, estructuralismo y experiencia política de masas

Foucault no llega a la Argentina y se queda, no arraiga de una vez y para siempre, sino que arriba en distintas oportunidades. Y en cada acceso se producen niveles de permeabilidad de sus textos, entre la lectura canónica y el rumor intelectual, una serie de usos plurales producto de una circulación tanto académica como política y de su difusión mediática. Ejemplos de lecturas situadas de sus textos y mediaciones diversas son: la circulación de su primer libro a fines de los años cincuenta, en sintonía con el marxismo, la fenomenología y la psicología; la inscripción teórica estructuralista en la década de 1960; y la deriva cada vez más crítica de esa filiación en términos políticos, en el contexto de fuerte politización entre fines de los sesenta y la década de 1970.

Foucault llega a la Argentina por primera vez hace más de cincuenta años, de la mano de la psicología y la política. Muestra del cosmopolitismo y del encanto que provocaban las producciones intelectuales francesas, Enfermedad mental y personalidad será leído y citado en la Argentina incluso antes de su traducción y publicación en castellano por Paidós. Por caso, José Bleger (1922-1972), ni más ni menos que uno de los hacedores y exponentes del desarrollo psicoanalítico local, lo lee a fines de la década de 1950 en su versión francesa. Médico psiquiatra y psicoanalista, luego profesor en las universidades de Buenos Aires y Rosario, Bleger era entonces miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo y del Partido Comunista. En Psicoanálisis y dialéctica materialista,10 parte de un proyecto que buscaba la articulación entre marxismo y psicoanálisis, ya citaba aquella edición francesa. En el interior de esa propuesta de afinidad, que desató una fuerte polémica en la Comisión Nacional de Asuntos Culturales del Partido Comunista y llevó a que le recomendaran "una militancia más activa" para "superar debilidades ideológicas" y luego a su expulsión del Partido en 1961,11 anidaban algunas breves referencias dirigidas a ponderar los aportes de Foucault. Nunca precedidas de introducciones ni presentaciones, estaban ubicadas sin dudar dentro de ese encuentro entre psicoanálisis y marxismo, por ejemplo por medio de la alienación como análisis crítico de la sociedad. Luego también, en un clima todavía dominado por el existencialismo y la fenomenología, el tono humanista de Maladie mentale et personnalité y el énfasis en la psicología concreta12 le servían a Bleger para afirmar una psicología que estudiara seres humanos reales: "Como lo expresa Foucault, 'tratándose de los hombres, la abstracción no es solamente un error intelectual', porque trasciende como ideología no sólo al campo científico, sino también al campo político y social, como instrumento de dominio y control".13 Hay que decir, además, que aunque la publicación local de Enfermedad mental y personalidad en 1961 distara unos cuantos años de su edición en francés, esa versión argentina fue la primera traducción del primer libro de Foucault al castellano.14 De algún modo, esas referencias marcan un primer ingreso de Foucault en el ámbito de la psicología, y también de la filosofía, entre profesionales y estudiantes jóvenes. Enfermedad mental y personalidad entonces seduce, despierta interés y se hace espacio entre las novedades editoriales locales a tono con el clima de humanismo, renovación y fuerte expansión del psicoanálisis en la Argentina de los primeros años sesenta. Es cierto que para entonces no es más que una referencia entre otras, circunscripta, y abonada por esa comunicación de autopista entre París y Buenos Aires. Pero no deja de ser significativa la sintonía con el marxismo y el humanismo.


No habrá que esperar para que, en esa escena protagonizada primero por el existencialismo sartreano y más tarde también por el marxismo renovado por el althusserianismo que tendía puentes con novedades intelectuales como el estructuralismo y el psicoanálisis, la referencia foucaultiana llegue por una doble vía: sobre todo negativamente a partir de la crítica sartreana, pero también positivamente a través del reconocimiento de Louis Althusser y su inclusión dentro del frente estructuralista. De un lado, en el clima de radicalización y voluntarismo humanista de esos años, un libro como Las palabras y las cosas -frecuentemente abrigado como consumación del estructuralismo- no podía ser sino blanco de las críticas que resistían el avance estructuralista, exponente de una forma de conservadurismo que impedía pensar el cambio político-social. En los sesenta, pues, Foucault tenía poco que hacer entre los argentinos y las lecturas de su obra serán sobre todo críticas, a tono con el Sartre del entonces tantas veces invocado número 30 de L'arc que decía que Foucault sustituía "el cine por la linterna mágica, el movimiento por una sucesión de inmovilidades".15 No obstante, cada vez se sentirá más cerca el impacto del estructuralismo francés que, fuese como movimiento, como método o como ideología, venía acompañado por los nombres de Lévi-Strauss, Althusser, Foucault, Lacan, entre los más mencionados, en esa tendencia que hubo de ponerlos -partiendo del mismísimo Sartre- bajo una misma etiqueta.


Pues bien, promediados los sesenta, en el tránsito del existencialismo humanista al estructuralismo, la apuesta podía pasar de nociones como las de sujeto o historia a otras como las de discurso o estructura y las disciplinas sociales podían verse atraídas por el carácter científico que parecía brindarles el estructuralismo. Pero lo que especialmente estaba en juego y ganaba peso, más que el método, era la apuesta política que se adivinaba detrás: ese antihumanismo que recelaba de la conciencia y la voluntad colectiva, que inerte no podía explicar el cambio histórico.


En uno u otro caso el resultado era que, en tiempos del onganiato, entre la Noche de los Bastones Largos y el Cordobazo, Foucault ya tenía nombre propio, y ese nombre empezaba a hacerse espacio entre las noticias de diarios y revistas (Criterio, La opinión, Clarín y otros). Que Foucault había ido ganando un lugar en estas costas, que se trataba de una figura pública, de un autor que ameritaba la edición de una obra sobre su obra para los lectores argentinos, lo muestra la publicación en 1970 de Análisis de Michel Foucault.


El filósofo argentino José Sazbón (1937-2008), quien se había acercado a Foucault tiempo antes y directo del francés mediante suscripciones a Les Temps Modernes -la revista de Sartre-, compras en la librería Galatea y, poco más tarde, estadías en el exterior, organiza entonces desde el anonimato los Análisis.16 La antología reúne textos de Pierre Burgelin, Olivier Revault d'Allonnes, Michel Amiot, Sylvie Le Bon, Georges Canguilhem, Foucault y otros, publicados entre 1967 y 1968 en revistas francesas e inscriptos en los ecos desencadenados por Las palabras y las cosas. Esos Análisis constituyen la primera publicación íntegramente consagrada a Foucault en la Argentina. El mismo Sazbón ha dicho que no trataba con esta empresa de dar cuenta tanto de una inquietud intelectual como, sobre todo, de realizar una labor de difusión cultural.17 Y aunque todavía pareciera no implicar inevitables y estentóreas tensiones que condujeran a rechazarlo por su crítica al marxismo, e incluso cuando los artículos ahí reunidos den cuenta de lo sugestivo y brillante de aquel libro, predomina, sin embargo, la crítica: por ejemplo, mientras Amiot presenta un Foucault relativista cultural, Le Bon figura a un positivista inconsistente y Revault d'Allones, a un tecnócrata.


El diálogo crítico pero insoslayable que se entabla con los enunciados de Las palabras y las cosas desde el ámbito de la filosofía continúa durante los primeros años de la década de 1970. Por ejemplo, en la revista Stromata (antigua Ciencia y Fe) de la Facultad de Filosofía y Teología de la Universidad del Salvador. Allí, un profesor de la entonces flamante Universidad Nacional de Salta, Manuel Ignacio Santos, propone una reflexión filosófico-antropológica y, en la voluntad por pensar el espacio latinoamericano como ámbito para la emergencia del "hombre nuevo", discute aquella apuesta antihumanista; como si para establecer las coordenadas de un nuevo espacio antropológico fuese preciso saldar cuentas con Foucault, argumentando que el hombre no es una configuración reciente ni está a punto de desaparecer.18 El nombre de Foucault circulaba, entonces, a escala nacional como expresión de la tensión creciente entre el leitmotiv de la "muerte del hombre" y el nacimiento del "hombre nuevo".


Los anteriores son sólo algunos ejemplos de una apropiación de largo aliento de Foucault vinculada con el estructuralismo, inscripción que podía habilitar tanto un tímido acercamiento a ámbitos marxistas como también cierta distancia. Siguiendo las tesis de Oscar Terán, en aquel contexto en el que la política se convierte en la región dadora de sentido de las diversas prácticas, produciéndose pronto una ruptura -en la que el Mayo francés y el Cordobazo funcionan como acontecimientos divisorios-, el tránsito de una relación cultural-política a otra político-cultural, la presencia de Foucault podía ser expresión de esa bisagra. De un lado, encontraba lecturas abonadas por el contexto de modernización, de renovación de las disciplinas universitarias, de editoriales y revistas que trascendían el pequeño círculo de especialistas y se dirigían a estudiantes jóvenes y a la clase media intelectualizada; lecturas signadas por otras de mentores clave de varias generaciones. Del otro, se trata de una presencia que, con todo, permanece arrinconada en términos de la práctica política, formando parte de la tribu estructuralista, pero con la que se está obligado a establecer -si no un diálogo- una discusión forzada para estar a tono con la época. Pero habrá que esperar a que llegue el tiempo de la "crisis del marxismo" y su derrota político-militar para que esa crítica menor y cada vez más alimentada pase a ser en exceso significativa y el nombre "Foucault" remita a contenidos autorreferenciados, como si se tratara de una "única obra". Entonces, en sincronía con los debates europeos y entre los ecos locales de la proclamada "crisis", se evidencia el momento de mayor condensación de esas lecturas, tramado por continuidades y rupturas alrededor de ese vínculo tremendamente equívoco que habilitaba tanto la solidaridad como la polaridad.


Admisiones y recusaciones a partir de la "crisis del marxismo"

Se ha señalado que desde su origen el marxismo estuvo acompañado por recurrentes nominaciones de "crisis", que esas denuncias de esclerosis y las reconstrucciones teóricas posteriores no son sino una parte de su misma historia.19 Es claro que esos y otros recaudos no son sólo importantes sino también necesarios. Sin embargo, no nos interesa aquí tematizar esa noción ni seguir los indicios de críticas anteriores, sino circunscribir una problemática. Se trata, entonces, de retomar esa denominación desde los modos en que circuló en nuestro medio intelectual y las experiencias que trajo aparejadas. En términos generales, la pregunta es qué es lo que erupciona y qué implicaciones trae para la concepción de lo político. En términos específicos, rastreamos cómo y por qué emerge ahí el efecto Foucault, en relación con algunos casos repre­sentativos entre los intelectuales argentinos de izquierda.

En la Argentina, los debates sobre la "crisis del marxismo", alrededor de su estatuto epistemológico y acerca de las disyuntivas que abría en la izquierda esa comprobación histórica, ganan espesor en los años ochenta, pero se inscriben en el más amplio contexto de una crisis local de las últimas décadas. Esa nominación traduce entonces la constatación de una derrota histórica, en relación tanto con los totalitarismos que habían tenido lugar en nombre del socialismo -con el papel fundamental del estalinismo y sus efectos dogmáticos- como con las estrategias locales en el marco de la radicalización de la izquierda argentina. Fuese como crisis del pensamiento socialista clásico, en relación con los regímenes totalitarios, las doctrinas que sirvieron de inspiración y su fundamento científico;20 como crisis del "socialismo real", de aquello producido por el triunfo de la revolución (la burocracia, el terror, el gulag), fracaso que se expresaría a su vez como crisis en la teoría;21 o como crisis de la modernidad, etc., ahí mismo Foucault podía ser blanco de disputa o un simpatizante del campo de análisis marxistas.22


Ahora bien, en la Argentina de la última dictadura militar, del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 al camino electoral que concluyó con la asunción de Raúl Alfonsín como presidente en diciembre de 1983, en un campo minado por la persecución, la desaparición, el exilio y el ostracismo interno, las elaboraciones de Foucault se habían difundido en reductos culturales, en grupos de estudio y reuniones en bares, en fotocopias. Pero también en libros, revistas y charlas institucionales. Por ejemplo, a fines de la década de 1970, un marxista como Enrique Eduardo Marí (1928-2001) ofrecía ya en la Alianza Francesa de Buenos Aires alguna charla sobre Vigilar y castigar. Ese libro podía encontrar en los tempranos ochenta un destino arraigado en el terrorismo de Estado y el aniquilamiento físico. No obstante, desde la filosofía del derecho penal, en un análisis agudo y pionero en la aplicación del discurso foucaultiano, Marí exponía una lectura atenta al carácter específico del pensamiento de Foucault: en La problemática del castigo recuperaba la originalidad de Bentham ante la idea extendida del "panóptico de Foucault", se ocupaba de la concepción del castigo en el radical inglés y de su lectura por Foucault. Acuciado por el ejercicio del castigo "como una reminiscencia de barbarie escondido en la ideología de la 'seguridad nacional' y otros eufemismos", este abogado y filósofo señalaba la diferencia que implica que en el castigo-suplicio se inscriba el dolor "al cuerpo del supliciado en un ceremonial público en el que la justicia se manifiesta en su fuerza [...] Nada de dolores hurtados al oído público ni de cuerpos 'desaparecidos' a la mirada".23 La claridad con que encontraba en ese Foucault la comprensión del castigo como una función social compleja, sus efectos para pensar las prácticas punitivas y la irrupción de una nueva tecnología del poder, una historia política de los cuerpos y su disciplinamiento, lo acompañarán en los años siguientes. No hay en Marí rivalidades entre marxismo y foucaultismo sino una avenencia para alumbrar otros campos del pensamiento.24


Con el ocaso de la dictadura y el despertar de la primavera democrática, la crisis se hará visible, pública y de efectos a gran escala. Un dato quizás anecdótico da cuenta de ese hecho y traza el mapa de los usos que vendrán: es justamente en relación con Foucault que Marí participa poco antes, en 1982, en la obra colectiva El discurso jurídico. El comentario de ese libro que Terán escribe para Punto de Vista es el puntapié inicial de una polémica con José Sazbón que cristaliza posiciones en esa pulseada entre marxismo y foucaultismo en el contexto de la crisis. Pues bien, las expresiones locales de ese cataclismo y de las tensiones con las que Foucault podía calzar ahí enfrentan a fragmentos de esa izquierda en un momento de transición en que la teoría condensaba pasiones: de un lado, un marxismo que entendía que ese paradigma en crisis bien podía ser relevado por el foucaultiano, o al menos juzgaba que esa crisis traía una ampliación del horizonte cultural; de otra parte, quienes salían a defender que el marxismo aún podía hacer inteligible el mundo, sostenían la vigencia del paradigma teórico y buscaban su reconstrucción; y entre ellos una gama de matices dentro de los cuales los análisis de las luchas en torno a las contradicciones de clase se podían conjugar, a veces más, otras menos, con modos de pensar la aparición de nuevas prácticas y actores sociales.


Una primera serie de usos que tiene lugar en esa coyuntura de la década de 1980 comparte la posibilidad de transitar la crisis de la mano de Foucault: esas experiencias podían implicar una mención entre otras o una referencia central en la ruptura con la situación anterior; podían conducir a pensar cómo atravesar la crisis camino a la democracia o a la espera del regreso de la política. Así, desde el exilio o en el país,25 apropiaciones de la cita y las elaboraciones foucaultianas aparecían en reflexiones que se relacionaban con los problemas que presentaba ese momento argentino de los primeros ochenta, enfrentándose, por ejemplo, a las interpretaciones leninistas de la toma del poder y el tradicional hincapié en el Estado o al economicismo marxista. Foucault podía servir para tramar diálogos desde las reflexiones sobre la violencia y la experiencia autoritaria de los años setenta, pero también en relación con la transición a la democracia.26 De un lado, en ese contexto en el que ya se observaba la participación ciudadana y el gobierno representativo pero también la continuidad del proyecto neoliberal imperante durante la dictadura, cuando en varios sectores comenzaba a resistirse la idea de que lo que había ocurrido era una "guerra revolucionaria perdida", en espacios de cultura socialista se planteaba inevitable la revalorización y el giro hacia la democracia.27 Entre los modos de pensarla se postulaba para la izquierda la necesidad de "articular productivamente a su tradicional cultura contestataria una [nueva] cultura del orden" que permitiera dirimir democráticamente los conflictos. En el orden social así entendido, Foucault podía más claramente convocar a pensar el conflicto (Schmitt, Nietzsche, Foucault contra los contractualistas) en un contexto en el que el interés estaba en el consenso; pero su lectura abrigaba también un análisis de la concertación.28 Un ejemplo de la apropiación en función de la idea de pacto político se relaciona con el Grupo de Discusión Socialista, formado en 1980 por exiliados argentinos residentes en México durante la última dictadura. Desde allí se planteaba una lectura de Foucault, no desde su insistencia en "(re)pensar la política con arreglo a las categorías de la guerra" o su alusión "a la conveniencia de invertir el clásico apotegma de Clausewitz y afirmar, entonces, que la política 'es guerra continuada con otros medios'", sino desde su revisión y cuestionamiento de esa equivalencia entre política y guerra. Se pasaba luego, recuperando los temas de la subjetividad y de la relación entre ética y política, a postular esta última como un pacto social cuya condición es que "exista, si no una cultura, al menos una voluntad democrática sólidamente enraizada en los actores sociales".29 Años después se esgrimía la crítica a la posición del Grupo de Discusión Socialista de apoyo a la recuperación de las islas Malvinas iniciada por la Junta Militar en 1982 y la nueva concepción expresada por algunos de sus miembros en 1984, luego de la derrota y de la reinstauración de la democracia, negando entonces la guerra para dar paso al pacto político. El filósofo León Rozitchner leía una utopía en ese pensar que la democracia en la Argentina podía responder a aquella condición -el pacto no podía ser sólo voluntarista o propuesto como una conducción puramente formal-, y apuntaba al tránsito del Grupo de Discusión Socialista entre 1982 y 1984 como al de un pensamiento en crisis y un racionalismo abstracto que excluía la realidad de las fuerzas presentes.


Antes eran la política y la ética y la subjetividad las excluidas para hacer predominar la pura fuerza -afirmaba Rozitchner-. Ahora es la guerra la excluida, y aparece un pacto puramente formal, de una subjetividad recuperada sólo en su conciencia racional y voluntaria, que acata a la ley y olvida las pulsiones del cuerpo que la mueven. Que olvida que la conciencia es conciencia de un cuerpo, y que éste se prolonga en la materialidad de un cuerpo colectivo, del cual debe sacar fuerza.30

El tránsito de una continuidad con quiebres en relación con el marxismo, inscripto en las nuevas circunstancias de la política, los intelectuales y su vínculo en el contexto de redemocratización argentina, se torna más evidente en tres casos que respiran el mismo aire en distintos recorridos. No se trata en ellos del reemplazo de un sistema por otro sino, por el contrario, de lo atractivo que podía resultar entonces, justamente, la inexistencia de un Sistema-Foucault. Una breve referencia a cada uno de ellos parecería indicar que no era sólo en la práctica teórica donde se manifestaba la presencia de Foucault, sino que en la práctica política partidaria empezaba a ser consumido y era un insumo para considerar las opciones que se presentaban.

Por un lado, una experiencia tiene lugar en el itinerario de algunos militantes jóvenes de izquierda en los primeros años ochenta en su relación con el Partido Comunista. Por ejemplo, para el historiador Javier Trímboli, militante en la Federación Juvenil Comunista entre 1982 y 1987, Foucault fue un puntal tras la decisión de romper con el Partido, puesto que desde una lectura crítica cuestionaba temas ligados a éste y a la práctica de la militancia y abonaba una reflexión orientada hacia los límites explicativos con que se topaba la noción de "estructura económica". Ese Foucault permitía escrutar y tematizar una lógica distinta de funcionamiento del poder que, alejándolo de su función estatal, habilitara el pensamiento sobre cómo construir entonces una sociabilidad de base. Pero también facilitaba ese tránsito y le proporcionaba herramientas al postular la inevitable construcción de toda identidad: que en el origen no está el secreto de lo que será, que no hay una verdad elemental que defender ni una identidad esencial a la que responder. Entonces, al tiempo que horadaban esas ideas foucaultianas -la verdad como producción, el poder desgranado sin implicar determinaciones en última instancia como la economía ni unidades terminales como el Estado-, era posible abrirse a la idea de consenso gramsciana.31 Gramsci y Foucault llegaban ahí juntos, como lecturas críticas del estalinismo. Foucault inauguraba, por otra parte, el acceso a Nietzsche. Y operaba, en fin, como lectura de ariete y de transición, no entrañando necesariamente el abandono de Marx sino el inicio de su relectura desde nuevos territorios.


Por otro lado, Hugo Vezzetti hace sus primeras lecturas de Foucault a partir de su experiencia como psicólogo del Hospital Neuropsiquiátrico Borda, entre 1967 y 1976. Militante en Vanguardia Comunista, miembro de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (apba) y, con la democracia, decano normalizador de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), publica a Foucault en la Revista Argentina de Psicología, se reúne en un grupo de lectura de Las palabras y las cosas en la apba y dicta un seminario en La Escuelita en 1982.32 También aquí, Foucault acompaña el tránsito de la puesta en crisis de su formación marxista por lo que había significado el fracaso de la izquierda. Todavía en los años de la dic­tadura, Vezzetti escribe y publica La locura en la Argentina. El libro es un síntoma, una formación de compromiso, donde Foucault -inscripto en un corpus historiográfico y abordado como historiador de la sociedad- participa de una lectura pensada todavía desde el marxismo.33 Testimonio claro del impacto que le había producido especialmente Historia de la locura, Vezzetti no niega allí la determinación económica, pero tampoco se concentra en ella sino en la constitución del aparato sanitario y de higiene pública en relación con la modernización y la expansión del aparato productivo y el control de la población trabajadora.34 En ese vínculo tramado entre nacionalismo, inmigración y locura se expresa la sintonía que encuentra esta experiencia con el modo en que Foucault pone en relación locura con marginalidad, sinrazón y pobreza.


Es en el marco del fracaso de la politización de izquierda y del desgajamiento de la confianza revolucionaria donde se entiende la posibilidad de una sutura que algunos encuentran en el rechazo de la lectura teleológica de la historia y en la consideración de la "gubernamentalidad" sin desestimar las relaciones económicas sino pensándolas enlazadas con otros factores. Como reemplazo de un marxismo en crisis, entre la derrota de la experiencia revolucionaria y la transición a la democracia, el efecto Foucault era indicativo de una búsqueda de apertura del marxismo ortodoxo hacia el pluralismo metodológico. En ese sentido, el tránsito paradigmático en este conjunto de apropiaciones es el del filósofo e historiador de las ideas Oscar Terán (1938-2008). A comienzos de los ochenta, Terán ya intervenía buscando inscribir al pensador francés en una operación que sorteara el instrumentalismo y el determinismo economicista, ponderar el poder como productor, la ruptura desde Nietzsche con el sujeto trascendental kantiano y el rol de las nociones de discontinuidad y de pluralidad en el quebrantamiento de monismos reduccionistas.35 Con todo, eso no le impedía detenerse, por ejemplo, en los límites con que tropieza la afirmación foucaultiana "de privilegiamiento de los contrapoderes locales cuando se trata de plantear una transformación radical de la entera situación político-social".36 También desde el exilio mexicano, en junio de 1983, Terán firmaba la presentación a la antología América Latina: Positivismo y Nación, un texto colmado de tácitas referencias foucaultianas ("disciplina", "dispositivos microscópicos", "mirada arqueológica", "caja de herramientas" y otras) en yuxtaposición con algunos manifiestos conceptos gramscianos.37 Incluso, iba un poco más allá en el uso de Foucault como mediación del marxismo y del marxismo como caja de herramientas, dando el puntapié inicial de aquella polémica en las páginas de Punto de Vista: en "¿Adiós a la última instancia?", leía tanto una expresa impronta althusseriana como "la irrupción de lineamientos postestructuralistas" en la reflexión jurídica. Y encontraba la ocasión para señalar la inoperancia teórica de la "última instancia", y para preguntar: "¿No habrá llegado también para el pensamiento argentino de izquierda la oportunidad de reclamar el derecho al postmarxismo?".38 Poco después ya exponía su inquietud sobre diversos usos de enunciados foucaultianos que, en torno a los nuevos sujetos sociales, podían "desembocar en una postulación de sustitución de las figuras predominantes del guerrero y el trabajador [...] por la figura del marginal, que asumiría sobre sí todas aquellas funciones de recomposición negadas a las figuras anteriores"; no obstante, ahí mismo seguía rescatando la utilidad de Foucault para pensar "un orden democrático que potencie la diferencia [...] sin que ésta lleve a la implosión autoritaria".39 De algún modo, el tránsito iniciado en el cuestionamiento de aquella filosofía de la historia devenía en una propuesta de valoración de las virtudes de la joven democracia o, al menos, en una advertencia sobre la asimilación de la modernidad a las técnicas de dominación y control. Ese tránsito expresaba también el pasaje desde un Foucault susceptible de una estrategia que advirtiera la "insuficiencia de las respuestas del marxismo" pero sin abandonar del todo ese terreno, hacia otra interpretación que compartía las críticas hacia el pensador francés por "abstraer, con una parcialidad temeraria, progresos culturales y morales [concretados] en las instituciones de los Estados de derecho y dentro de los marcos de la democracia llamada formal".40 Terán, que valoraba las mieles de la primavera democrática, optaba por permanecer en el reborde interno -ése que permitía imaginar una izquierda intersticial- de un Foucault que más allá podía expresar la condición posmoderna. Hacia fines de la década de 1980 se refería con un tono fundamentalmente incómodo a un Foucault conducido a "agotarse en propuestas puramente negativas traducidas, eso sí, en brillantes redescripciones del pasado", y denunciaba a quienes 
pretenden con inmoderado afán imitativo imponer en los análisis históricos una temática masiva de los micropoderes antes de cuestionarse seriamente respecto de los aspectos fuertemente centralizadores del Estado argentino desde el siglo xix [...] Ahora que la distancia posibilitada por la vida, los libros y la muerte permite un acercamiento menos deslumbrado y más productivo a la prosa no sin belleza del autor de La historia de la locura".41

Sin embargo, en esa misma coyuntura, hay posiciones encontradas con las antes citadas, que tras las huellas del materialismo histórico y desde un marxismo renovado apuntan a disputar la ascendencia de aquellos usos locales de Foucault. Exponente de esta segunda serie de usos, José Sazbón, aquel joven influido por Sartre y Lukács y receptor también del estructuralismo que había preparado los Análisis de Michel Foucault veinte años atrás, en 1989, en pleno apogeo mundial de la "crisis del marxismo", discutía su alcance y entendía ese sacudón sísmico postulando que el concepto de "crisis" es inherente a la biografía intelectual del propio Marx: "La unidad incuestionada de un marxismo carente de tensiones no puede existir sino como un paradigma evanescente".42 Docente, investigador, editor y traductor, a principios de la década, desde su exilio en Maracaibo y en el marco de una relectura crítica del estructuralismo y el postestructuralismo, analizaba detenidamente el proyecto arqueológico de Foucault y concluía: "La arqueología señala el fin del proyecto totalizador y, tal vez, el comienzo de un pensamiento histórico de la dispersión, de las ruinas del sentido, de los contornos abandonados que ninguna síntesis podrá suturar".43 Un par de años después, ante aquellas afirmaciones de Terán en Punto de Vista, respondía rescatando la vigencia del marxismo, cuestionando incisivamente aquel destierro de la "última instancia" y recelando del "pluralismo de las determinaciones múltiples":

Los sintagmas "metafísica de la presencia", "macropoderes", "diseminación", "descentramiento del sujeto", ninguno de ellos menos enigmático que "última instancia" pero que Terán, con razón, no se cree obligado a descifrar, ya que son célebres dentro del "porfiado universo discursivo" de Foucault, Derrida y Lacan [...] Lo que [Terán] consigue es trasladar el absoluto eficaz de la última instancia a un "constitutivismo sin sujeto" que filtraría "todo objeto social por los desfiladeros del discurso y del poder".44

Poco asiduo a las polémicas, lo animaba en esas páginas la evidencia de un movimiento que no sólo comprometía a la "última instancia" sino a la teoría marxista en conjunto, a la cual creía fructífero acoplar a tiempos renovados:
Donde su derecho es dudoso y su libertad algo desenvuelta -aducía refiriendo a Terán- es en la instrumentación de esa opción [el postmarxismo] para desfigurar una teoría, un método y una práctica intelectual cuyas posibilidades de libre ejercicio restituido comienzan a vislumbrarse en el país como un efecto más de la recuperación de la sociedad civil frente al autoritarismo clasista del discurso y del poder [...] Mientras estos funerales ocurren en las páginas de Punto de Vista, fuera de ellas y de sus fronteras el difunto "reclama su derecho" con una energía que debería hacer meditar sobre "la oportunidad" de su lápida.45
Foucault aparecía aquí como emergente de la corriente postestructuralista, como una expresión del repudio virulento del marxismo.46 En un sentido afín, también en el interior de una marcada permanencia en el campo marxista, el historiador Horacio Tarcus percibía críticamente el efecto Foucault de fines de los años ochenta: "La crisis de la militancia llevó a que se revalorizaran los espacios de la vida cotidiana y de la autonomía individual. El discurso de Foucault, que revaloriza los micropoderes y la diseminación del poder en los distintos aspectos de lo cotidiano y de la vida social, acompañó este proceso de huida de lo público".47 Tiempo después, y ciertamente filiado en el marxismo británico, Tarcus reunía junto con Roy Hora las páginas del debate europeo que en los setenta y ochenta había apuntado desde el marxismo hacia el análisis foucaultiano del poder. Aquella primera compilación local de artículos críticos de Foucault desde el marxismo apuntaba a sus usos dentro de una recepción que se juzgaba complaciente y atada a una moda intelectual más, e intentaba mostrar cómo no sólo desde Foucault se tenían cosas para decir sobre Marx sino también desde el marxismo sobre Foucault.48 Desde la resistencia a aceptar el eclipse de Marx y a Deleuze y Foucault como las únicas estrellas en el firmamento -lo cual no necesariamente implicaba resistirse a la recepción misma de Foucault-, y aun alentando un intercambio y ponderando la exploración foucaultiana del poder, se suscribía ahí críticamente a una posible conciliación entre Marx, o el marxismo, y Foucault.  Concluían distinguiendo dos campos pero sopesando problemas que podían ser comunes:
La ausencia de una reflexión sobre la articulación entre la microfísica del poder, el Estado y las clases no constituye una virtud sino por el contrario una debilidad del análisis foucaultiano. Por ello, la articulación de estos aspectos que señalaron un campo de conflictividad más amplio que el que el marxismo estaba acostumbrado a privilegiar, con los que surgen de poner en relación estas formas locales de poder con las clases y el Estado sigue siendo un problema de relevancia teórica y política de primer orden, y constituye un desafío que es necesario afrontar tanto para quienes intentan abordarlo desde una perspectiva foucaultiana como para quienes se proponen encararlo desde las tradiciones marxistas.49
Una tercera serie de usos, finalmente, parecería no encontrar sino una natural continuidad teórica y política. Desde esta perspectiva se habilitaban vías de interpretación que, lejos del cuestionamiento al marxismo o de la crítica cáustica al foucaultismo, optaban por concebir una articulación evidente entre Marx y Foucault. Juan Carlos Marín, por ejemplo, reproducía en La silla en la cabeza un diálogo con Tomás Abraham, Alejandro Russovich, Roberto Jacoby y Alicia Páez, entre otros, originado en una reunión en el Colegio Argentino de Filosofía, en Buenos Aires, el 26 de junio de 1986. Bajo la reflexión de que en aquel encuentro habían "creído hablar del mismo Foucault por el solo hecho de nombrarlo", Marín -que conducía en la carrera de Sociología de la uba un seminario a partir de Vigilar y castigar- incorporaba a la desgrabación de esa conversación informal fragmentos de textos de Foucault con el propósito de completar sus argumentaciones. No hay muchas charlas que se hayan visto compelidas a publicarse para explicitar una posición. En ésta, según se transcribía, un asistente, gesticulando el hecho, había asegurado que muchos marxistas "han comido mierda"; con el prístino saber del barrio, Marín rebatía que si a él se refería estaba dispuesto a partirle la silla en la cabeza. Por anecdótico, el hecho no deja de hablar de una rivalidad de época: el argumento materialista frente a la querella de las interpretaciones. En la confrontación teórica, llamando a recuperar un campo crítico y contestatario para enfrentar los efectos de la dictadura, Marín conceptualizaba el cuerpo como territorialidad en la que se manifiesta la lucha de clases. Si el marxismo había prestado más atención a las clases -y al modo de producción- que a la lucha, Foucault venía a dar centralidad a la forma que asume ese enfrentamiento social -la política-. Desde ahí, se sumaban la concepción productiva del poder, la relevancia de la subjetividad para el desarrollo de la conciencia de clase y la idea de la necesaria reproducción ampliada de la aplicación del panoptismo para la acumulación capitalista:
Es obvio que se está nutriendo de una de las sugerencias teóricas más ricas y fructíferas de Marx. Pero al mismo tiempo le mete contenido, y no al estilo mecanicista de la gran mayoría de los marxistas [...] Esa capacidad que tiene Foucault de haber logrado entender cuál era la lógica de la acumulación capitalista en relación con el tratamiento de los cuerpos [...] pero Cristo, parecería que estuviéramos leyendo la Contribución a la crítica de la economía política.50
Podría aventurarse que, lejos la "crisis", Foucault parecía aquí un camarada más que, parafraseando a Lenin, podía contribuir al análisis concreto de una situación concreta. En esa línea, Marín leía en Foucault las ejemplificaciones del operador que procesa lo social argentino, el terror, condición del disciplinamiento que configura un nuevo modelo de acumulación.51

Las obras de Michel Foucault y su propia dispersión enunciativa fueron interpretadas (ampliándolas y reduciéndolas) de muy diversas maneras: identificando concepciones estructuralistas, una evidente influencia de Marx o una rebeldía marxista, un nietzscheanismo contemporáneo, el posmodernismo o el postestructuralismo. La relación entre los textos de Foucault y la política y la teoría marxistas ha sido planteada tanto como un rechazo de la tradición marxista como tomando de ella contribuciones que abonarían sus áreas de análisis. Con todo, desde dentro del marxismo ese vínculo no ha podido negarse. No hay dos campos antagónicos, y por eso mismo las apropiaciones han sido fluidas y equívocas. En este caso se hace manifiesta la importancia de los usos y patente que el prisma es local.


Siguiendo algunas lecturas y casos procuramos presentar en estas páginas las líneas de la reconstrucción de un tramo de la recepción argentina de las obras de Foucault articulado alrededor de una problemática común: el (in)tenso enlace con Marx y el marxismo. Intentamos, también, sentar algunas ideas de una indagación en progreso sobre un amplio arco de apropiaciones que, entre la correlación lisa y la escisión llana, se abre a otras lecturas y al cual se accede desde sitios heterogéneos.


En ese terreno híbrido y barroso hemos tratado de dar cuenta de cómo, en el espacio que los años ochenta abren a los recomienzos y a las nuevas ideas, las elaboraciones foucaultianas contribuyeron en unos casos a superar los límites que parecía imponer el marxismo clásico, en otros a repensar los modos de hacer política, incluso a abonar lecturas descreídas, y siempre a tensar el campo intelectual local de la nueva izquierda, de la juventud de izquierda independiente y del marxismo renovado.


Las líneas de lectura aquí tratadas no pretenden, obviamente, agotar un espectro de apropiaciones sin duda complejo. Sin embargo, permiten esbozar algunas conclusiones preliminares. Todas ellas tienen algo que decir sobre el contexto argentino y la izquierda local en los años setenta y ochenta.52 Por ejemplo: que el nombre "Foucault" produjo aquí efectos significativos atado a coyunturas que autorizaban una incorporación selectiva de algunas de sus elaboraciones, contribuyendo a brindar complejidad a la división entre un marxismo ortodoxo y los nuevos aires de la teoría crítica marxista; que en esa coyuntura las representaciones sobre Foucault abonaron el cuestionamiento de unas prácticas político-culturales y la configuración de otras a partir de apropiaciones teóricas ni coherentes ni unívocas que, en muchos casos, estaban precedidas por una práctica política que venían luego a poner a prueba; que esas lecturas circularon entre la introducción mecánica y su aceptación creativa, y entre la veneración y la descalificación, dando cuenta de la capacidad del nombre Foucault para operar en la cultura en general; que entre tanta heterogeneidad, fuese en relación con un análisis sobre el poder que ya no proponía encontrarlo en la cumbre sino buscarlo en la llanura, fuese en la empatía que podía correr entre las relaciones de poder analizadas y teorizadas por Foucault y la teoría de la explotación en el modo de producción capitalista, un punto de partida parecería común: la inquietud política signada por el propósito de escapar a la dominación.


En otros términos, podría decirse que Foucault pudo ser, en pocos años, un filósofo estructuralista en tiempos de la radicalidad del cambio, un historiador del castigo, un pensador crítico que sin embargo habilitaba usos y abusos del panoptismo haciendo que las escalas menores y los dispositivos de poder comenzaran a circular como el aire que se respira. Pero también se supo agrupar bajo ese nombre tanto al pensador de una nueva radicalidad política contra la dominación y afincada en la diferencia que reclamaba ese momento democrático como al antiprogresista que no permitía valorar la democracia porque no veía en las instituciones de la modernidad más que exclusión y control social. En un sentido más general, seguramente haya operado como denominación teórico-práctica que soportó, no sólo la crisis de la política radical, sino su tránsito; como pensador de ruptura usado por y contra el marxismo; como caja de resonancia de las torsiones que trazaron el campo político-intelectual; al fin, como una suerte de significante vacío que podía ser colmado de acuerdo a las necesidades que imponía la coyuntura. Quizás como quería el Foucault de Diálogo sobre el poder cuando decía:

Me gustaría escribir libros-bomba, es decir, libros que sean útiles precisamente en el momento en que uno los escribe o los lee. Acto seguido, desaparecerían. Serían unos libros tales que desaparecerían poco tiempo después de que se hubieran leído o utilizado. Deberían ser una especie de bombas y nada más. Tras la explosión, se podría recordar a la gente que estos libros produjeron un bello fuego de artificio. Más tarde, los historiadores y otros especialistas podrían decir que tal o cual libro fue tan útil como una bomba y tan bello como un fuego de artificio.53
Notas

1 No corresponden aquí las asociaciones que puedan trazarse entre el uso de la expresión "efecto Foucault", el péndulo de Foucault por el cual el físico Jean Bernard Léon Foucault comprobó en el siglo xix la rotación de la Tierra y la novela de Umberto Eco, en la que algunos creyeron ver una referencia al filósofo francés. En lo que nos concierne, tomamos la frase "efecto Foucault" para dar cuenta, más corrientemente, de los efectos de lectura, los usos, el impacto y las transformaciones que produjeron las elaboraciones de Michel Foucault en el contexto argentino. En un sentido también general, Margareth Rago usaba el giro en "O efeito-Foucault na historiografia brasileira", Tempo Social, vol. 7, Nº 1-2, octubre de 1995, pp. 67-82. Hay que señalar que la locución fue utilizada en las ciencias sociales anglosajonas para señalar el impacto de las elaboraciones de Foucault en la renovación de los estudios sobre las prácticas de gobierno. Es el caso, por ejemplo, de Graham Burchell, Colin Gordon y Peter Miller, quienes editaron en 1991 el volumen The Foucault Effect; sin contar cantidad de seminarios, congresos y demás actividades que echaron mano de la expresión.
2 Michel Foucault, "Entrevista sobre la prisión: el libro y su método", en J. Varela y F. Álvarez-Uría (comps.), Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1992 [1975], pp. 102-103.
3 Remitimos, entre otros, a Michel Foucault, "Las redes del poder", Fahrenheit450, Nº 1, noviembre-diciembre de 1986, pp. 13-19 [conferencia en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Bahía, 1976]; M. Foucault, La arqueología del saber, México, Siglo xxi, 1997 [1969], pp. 3-29; M. Foucault, Las palabras y las cosas, México, Siglo xxi, 1993 [1966], pp. 256-257.
4 "Ils'agitdeconstitueruneidéologienouvelle,ledernierbarragequelabourgeoisiepuisseencoredressercontre Marx." Jean-Paul Sartre, "Jean-Paul Sartre répond", L'arc, Nº 30, 1966, pp. 87-88.
5 Guillaume Le Blanc, "Ser sometido: Althusser, Foucault, Butler", en T. Lemke etal., MarxyFoucault, Buenos Aires, Nueva Visión, 2006, pp. 41-60.
6 Étienne Balibar, "Foucault y Marx: La postura del nominalismo", en É. Balibar etal., MichelFoucault,filósofo, Barcelona, Gedisa, 1995, p. 49.
7 Bruno Fornillo, Mariana Canavese y Alejandro Lezama, "Un diálogo con Étienne Balibar", ElRodaballo, Nº 14, invierno de 2002, pp. 102-106.
8 Nicos Poulantzas, Estado,poderysocialismo, México, Siglo xxi, 1983, p. 75.
9 Julia Varela, "Nota a la edición castellana", en J. Varela y F. Álvarez-Uría (comps.), Espaciosdepoder, Madrid, La Piqueta, 1981, p. 7. Es el caso de sus tres principales introductores en España, Miguel Morey, Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría. Para los dos últimos, por ejemplo, "la historia de Foucault es la historia de Marx, de Nietzsche, Durkheim y Weber, corregida y afinada para comprender el presente [...]. La obra foucaultiana se inscribe en el interior de la ruptura epistemológica marxiana que considera la teoría como un instrumento de intervención en la vida social [...]. La teoría, para Foucault, surge pues como una necesidad de comprender las zonas problemáticas en donde se fragua la dominación, la violencia y, por tanto, el sufrimiento y las resistencias de los grupos sociales". Fernando Álvarez-Uría y Julia Varela, "Prólogo", en J. Varela y F. Álvarez-Uría (eds.), Saber y verdad, Madrid, La Piqueta, 1985, pp. 16-22.
10 José Bleger, Psicoanálisisydialécticamaterialista.Estudiossobrelaestructuradelpsicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1958. Es evidente que Bleger leyó Maladie mentale et personnalité para la exposición "Divisiones esquizoides en psicopatología", en el simposio sobre esquizofrenias que se realizó en Buenos Aires en 1957.
11 Horacio Tarcus (dir.), Diccionariobiográficodelaizquierdaargentina, Buenos Aires, Emecé, 2007, p. 74.
12 En ese libro, Foucault recorre el problema de la patología mental y señala: "La patología mental debe liberarse de todos los postulados abstractos de una 'metapatología'; la unidad que asegura entre las diversas formas de la enfermedad es siempre artificial; es el hombre real quien sustenta su unidad de hecho [...] Es necesario, pues, dar crédito al hombre mismo y no a las abstracciones sobre la enfermedad; analizar la especificidad de la enfermedad mental, encontrar las formas concretas que puede tomar en la vida psicológica de un individuo y luego determinar las condiciones que han hecho posibles esos diversos aspectos y restituir el conjunto del sistema causal que los ha fundamentado". Michel Foucault, Enfermedad mental y personalidad, Buenos Aires, Paidós, 1961, pp. 24-25.
13 José Bleger, Psicologíadelaconducta, Buenos Aires, Eudeba, 1965 [1963], p. 16.
14 Maladiementaleetpersonnalitése edita en París a pedido de Althusser, en 1954. Es sabido que este texto nunca estuvo entre los favoritos de su autor, y que, todavía más, descreyendo de él terminó por modificarlo transformándolo en la versión conocida como Maladie mentale et psychologie, que aparentemente tampoco habría sido de su agrado (en ambos casos, Foucault mismo se opuso a la reedición de esos escritos). Maladie mentale et personnalité se convirtió así, en 1962, en Maladie mentale et psychologie, libro en el que Foucault echa mano de su, para entonces ya publicada, Folie et déraison. La traducción de Maladie mentale et personnalité fue realizada en Argentina por Emma Kestelboim y publicada en la "Biblioteca del hombre contemporáneo" de Paidós. Circuló desde los primeros años sesenta en nuestro país. Pero también en el exterior: todavía en los ochenta, el filósofo catalán Miguel Morey, por ejemplo, seguía citando Maladie mentale de acuerdo a la edición argentina. Véase su Lectura de Foucault, Madrid, Taurus, 1983.
15  "Maisilremplacelecinémaparlalanternemagique,lemouvementparunesuccessiond'immobilités." Sartre, "Jean-Paul Sartre", pp. 87-88.
16 Sobre el hecho de que Sazbón no firmara en este volumen hay que señalar que fue una práctica habitual en él la de convocar, más que seudónimos, los nombres de amigos y familiares (en este caso su mujer, Berta Stolior, figura como traductora), con el propósito de no repetirse; pero quien traducía todos los textos era José mismo.
17 Comunicación personal con José Sazbón, 2008.
18 M. I. Santos, "Búsqueda de un nuevo espacio para la emergencia del hombre", Stromata, año xxix, Nº 3, julio-septiembre de 1973, pp. 215-239. Santos es conocido por su análisis de las posiciones del filósofo peruano Augusto Salazar Bondy en la polémica con Leopoldo Zea.
19 José Sazbón, "'Crisis del marxismo': un antecedente fundador", en J. Sazbón, Historia y representación, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2002, pp. 17-49. Y Elías José Palti, "Crisis de las ideas e ideas de la crisis: el marxismo como laboratorio", en E. J. Palti, Verdades y saberes del marxismo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005, pp. 13-22. En ambos textos, además, a esos señalamientos se suman otros, como las advertencias sobre la polisemia de la noción "crisis del marxismo".
20 Emilio De Ípola, "Cultura, orden democrático y socialismo", Laciudadfutura, Nº 1, agosto de 1986, pp. 33-35.
21 Oscar del Barco, "Presentación", en O. del Barco (dir.), Lacrisisdelmarxismo, México, Universidad Autónoma de Puebla, 1979, pp. 9-18.
22 El corazón conflictivo de una articulación Marx-Foucault se encontraba de algún modo amalgamado alrededor de los dichos del pensador francés (o, mejor, de las lecturas que se habían hecho de ellos) acerca de las nociones de "dialéctica" y "totalidad", de la visión sustancialista de la historia así como del esquema de determinaciones base- superestructura; de la confrontación entre una concepción represiva del poder erigida alrededor de la dominación estatal y otra productiva y microfísica; de la recusación de una distinción ciencia-ideología al modo del antihumanismo althusseriano como de la supresión de la preeminencia que el humanismo sartreano había otorgado a la acción voluntaria del sujeto.
23 Enrique Eduardo Marí, Laproblemáticadelcastigo, Buenos Aires, Hachette, 1983, pp. 164-165.
24 Forma parte de las limitaciones de este artículo la imposibilidad de referir aquí a otras zonas y figuras en la recepción de Foucault. En este recorte, dejamos fuera aspectos que no son menos importantes pero que requerirían un tratamiento aparte: por ejemplo, el hecho de que Vigilar y castigar animara una serie de trabajos sobre el control social y las instituciones de encierro en la historiografía argentina, en la teoría crítica del derecho y en las ciencias sociales en general. Estas producciones, en buena parte, se multiplican ya entrados los años noventa.
25 Tomamos aquí, sin diferenciarlas, las producciones de argentinos en el exilio y en el país en tanto, en ambos casos, aludimos a elaboraciones que apelan a una problemática común que se dirige territorialmente a la Argentina.
26 Foucault podía incluso ser usado para discutir la validez del principio de obediencia debida como eximente de responsabilidad y para salirse de una perspectiva que se presentaba como la "única" posible tras los sucesos de la Semana Santa de 1987. Parafraseándolo se decía: "Todo, como la casa, está ya en orden: lo aberrante y lo atroz están siendo domesticados. La racionalización de lo abominable es, sin duda alguna, un hecho de nuestra historia". Alejandro Katz, "Un hecho de nuestra historia", La ciudad futura, Nº 5, junio de 1987, p. 7.
27 El socialismo aparecía ahora como "profundización" de la democracia. Norbert Lechner, "De la revolución a la democracia", La ciudad futura, Nº 2, octubre de 1986, pp. 33-35.
28 Véanse De Ípola, "Cultura, orden democrático", pp. 33-35, y Remo Bodei, "Las dos caras de la democracia", La ciudad futura, Nº 3, diciembre de 1986, p. 18. Recuérdese que, poco después, entre otros señalamientos acerca de las posibilidades y los problemas de las reflexiones teóricas sobre la democracia, Lechner señalaba el énfasis en el consenso y el descuido del conflicto: "El pensamiento renovador [...] primordialmente preocupado por la concertación de un orden viable y estable, tiende a soslayar el conflicto mismo. El énfasis en el compromiso- acertado a la luz de la experiencia histórica- corre el peligro de impulsar una 'neutralización' despolitizadora de los conflictos sociales, forjando una visión armoniosa y, por tanto, equivocada de la democracia". Lechner, "De la revolución", p. 35.
29 Emilio De Ípola y Juan Carlos Portantiero, "Crisis social y pacto democrático", Punto de Vista, año vii, Nº 21, agosto de 1984, pp. 17-19.
30 León Rozitchner, Las desventuras del sujeto político, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1996 [1984], pp. 146-148.
31 Comunicación personal con Javier Trímboli, 2009.
32 La experiencia de "La Escuelita" tuvo lugar durante la dictadura ofreciendo cursos que, entre otros, dictaban Beatriz Sarlo y Francisco Liernur (muchos de sus docentes se integrarían a la Facultad de Arquitectura de la uba con el retorno de la democracia). Luego, Vezzetti introducirá a Foucault en sus clases en la Facultad de Psicología de la uba.
33 Comunicación personal con Hugo Vezzetti, 2010.
34 Hugo Vezzetti, LalocuraenlaArgentina, Buenos Aires, Folios, 1983. Un adelanto del libro se publicó en la Revista Argentina de Psicología, en 1980.
35 Oscar Terán, "Presentación de Foucault", en O. Terán (comp.), Eldiscursodelpoder, México, Folios, 1983, pp. 11-50.
36 Ibid., p. 48.
37 "Junto con el 'consenso espontáneo que las grandes masas de la población dan a la dirección impuesta a la vida social por el grupo social dominante' -como dice el Gramsci de los Quaderni-, surge igualmente 'el aparato de coerción estatal que asegura legalmente la disciplina de aquellos grupos que no consienten ni activa ni pasivamente'. No obstante, consenso y coerción, saber y poder, no deben ser concebidos como capas exteriormente superpuestas, sino como flujos fusionados que circulan con distintas intensidades por el conjunto de la sociedad." Oscar Terán, "América Latina: Positivismo y Nación", en O. Terán (comp.), América Latina: Positivismo y Nación, México, Katún, 1983, p. 8.
38 Oscar Terán, "¿Adiós a la última instancia?", PuntodeVista, año vi, Nº 17, abril-julio de 1983, pp. 46-47.
39 Norberto Soares, "Michel Foucault: El pensador de nuestros días" [entrevista con Oscar Terán, Enrique Marí y Tomás Abraham], Tiempo argentino, 22 de julio de 1984, pp. 4-5.
40  Oscar Terán, De utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual, Buenos Aires, Siglo xxi, 2006, pp. 26, 56 y 59.
41  Oscar Terán, reseña de Foucault, de David Couzens Hoy, La ciudad futura, Nº 12, septiembre-octubre de 1988, p. 32.
42  José Sazbón, "Una lectura sinóptica de las 'crisis'" [1989], en Sazbón, Historia y representación, p. 53.
43  José Sazbón, Historia y estructura, Maracaibo, Universidad de Zulia, 1981, p. 87.
44  José Sazbón, "Derecho de réplica: una invitación al postmarxismo", Punto de Vista, año vi, Nº 19, diciembre de 1983, pp. 36-37.
45 Ibid., pp. 37-38.
46 Esbozar las líneas del movimiento inverso que tiene lugar por entonces desde fuera del marxismo, esto es, el rechazo de Marx mediante el encomio de Foucault, por ejemplo por Tomás Abraham, excede las intenciones de este artículo.
47 Horacio Tarcus, "Sin complejo de culpa", Nuevo Sur, año 1, Nº 212, 12 de noviembre de 1989, p. 23.
48 Bajo el título "Polémica Cacciari/Foucault", los artículos "Poder, teoría y deseo", donde Massimo Cacciari presenta una crítica a Deleuze y a Foucault, y "Lo que digo y lo que dicen que digo", texto de Foucault tomado de la revista española El viejo topo (y claramente titulado así por ella), fueron publicados en el segundo número de la revista Zona erógena (1990). Esa publicación independiente de estudiantes de Psicología -editada desde 1989 por Fernando Urribarri- también respiraba (otros) aires foucaultianos.
49 Roy Hora y Horacio Tarcus, "Foucault y el marxismo", en H. Tarcus (comp.), Disparen sobre Foucault, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1993, pp. 29-30. Tarcus recordaba que el libro mismo tardó en venderse, no tenía lectores:"Los que leían a Foucault no querían críticas; a quienes no les gustaba Foucault, no necesitaban leer ese libro". Comunicación personal con Horacio Tarcus, 2008.
50 Juan Carlos Marín, La silla en la cabeza. Michel Foucault en una polémica acerca del poder y el saber, Buenos Aires, Nueva América, 1987, p. 36.
51 Ese uso de Foucault que podría refrendar las teorías del poder de los grupos armados se manifestaba también -en apariencia invertido- cuando se proponía a la jp como su precursora. En ese sentido, es sintomático el comentario de José Pablo Feinmann a fines de los años ochenta, acerca de que las formulaciones de Foucault ya las escribía la generación de jóvenes peronistas de los setenta en estado práctico. Así, recordaba al pasar un texto publicado en Envido en 1973, "escrito tres meses antes que la primera de las seis conferencias pronunciadas por Foucault en Río de Janeiro, La verdad y las formas jurídicas". No importa si en la forma de un pensamiento colonizado o adelantado, en todo caso-también lo reconocía Feinmann- habla de una problemática compartida alrededor de la construcción del poder, de la verdad como práctica y conquista política, como enfrentamiento. Colonialidad o no, a sabiendas o no, ahí también aparecía un Nietzsche foucaultiano. De nuevo, poco importa, y menos en un trabajo sobre este autor, si todo estaba en sí en la jp; lo que amerita mención es esa maleabilidad en la inscripción de Foucault que hacia fines de los años ochenta empieza a ser evidente. José Pablo Feinmann, "Política y verdad. La constructividad del poder", en Saúl Sosnowski (comp.), Represión y reconstrucción de una cultura: El caso argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1988, pp. 79-81.
52 En los años de la posdictadura, pero especialmente a partir de fines de los ochenta, el interés por Foucault se amplía notablemente en un vasto sector del campo intelectual, sus ideas se incorporan con fuerza al ámbito universitario y en la prensa nacional llega a afirmarse que el pensador francés es una marca intelectual de época y que "su discurso ha invadido la Argentina". Véase Raquel Ángel, "La moda Foucault", Nuevo Sur, año 1, Nº 212, 12 de noviembre de 1989, p. 22.
53 Michel Foucault, Estética, ética y hermenéutica, Barcelona, Paidós, 1999, p. 72.

Bibliografía

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◆ El que busca, encuentra...

Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profano, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocasKarl Marx

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