"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

12/10/13

El auge de la ecología-mundo capitalista | Las fronteras mercantiles en el auge y decadencia de la apropiación máxima - I & II

  • “Debemos reconocerle al materialismo su entusiasta esfuerzo por trascender el dualismo que postula dos mundos diferentes igualmente sustanciales y verdaderos, [y] anular este desga­rramiento en pedazos de lo que es originalmente Uno” | Hegel, 1971: 34
Jason Moore   |  El surgimiento del capitalismo en el «largo» siglo XVI (c. 1450-1640) marcó un punto de inflexión en la historia de la relación de la humanidad con el resto de la Naturaleza. A pesar de toda la atención prodigada en los años recientes al concepto de Antropoceno (Crutzen y Stoermer, 2000; Steffen, et al., 2007), las relaciones que produjeron la era de la humanidad como agente geológico, jamás se han perdido de vista. Pregunta a cualquier historiador y te contará que el acto de periodización de la historia conforman de manera decisiva la interpretación de los eventos. Si iniciáramos el reloj en 1784 con la invención de la máquina de vapor de James Watt, tendríamos un punto de vista muy diferente de la historia –y a su vez de las decisivas relaciones que forman los patrones modernos de la evolución, desarrollo cíclico y crisis global– del que tenemos si comenzamos con la revolución agrícola inglesa y holandesa, con la conquista de las Américas y el descubrimiento de la misma por parte de Colón o con los primeros signos de una transición epocal en la transformación
del paisaje. ¿Estamos realmente viviendo en el Antropoceno -con su retorno a un punto de vista curiosamente eurocéntrico de la humanidad y su confianza en nociones y recursos bien establecidos y consolidados además de su determinismo tecnológico o estamos viviendo en el Capitaloceno, una era histórica formada por unas relaciones que privilegian la acumulación interminable de capital? Según como uno responda a la pregunta, así se formulará la respuesta a la crisis del siglo XXI.

El concepto de Antropoceno apenas era conocido mientras yo escribía «La Naturaleza y la Transición del Feudalismo al Capitalismo» (Moore, 2003a). Pero sí apunté a su predece­sor –el concepto de sociedad industrial– como la fuente de nuestros problemas socio-ecoló­gicos. La industrialización –entonces como ahora– sigue siendo pobremente entendida, es­pecialmente en los estudios ambientales. Está claro que el auge de la industria a gran escala a lo largo del siglo XIX representó en efecto un punto de inflexión en la historia del capitalis­mo... ¡y ahí está precisamente la cuestión! Fue un punto de inflexión en un proceso histórico ya en marcha, no la culminación de un patrón de desarrollo premoderno. Para los materialis­tas históricos, nuestro método se mueve desde las relaciones que envuelven al cambio histórico hacia las consecuencias (y luego, por supuesto, en sentido contrario). El punto de inflexión de la llamada Revolución Industrial fue un conjunto globalizador de relaciones – relaciones de valor, como explicaré más adelante – que se formaron durante los tres siglos siguientes a 1450. Estas relaciones – en las que yo interpreto el valor «como una forma de organizar la naturale­za» – fueron las primeras en manifestarse y las que lo hicieron más espectacularmente, en dos campos: primero, en una serie extraordinaria y en cascada, de transformaciones de los paisajes y cuerpos en todo el mundo atlántico y más allá; y en segundo lugar en un conjunto emergente de ideas y perspectivas sobre la realidad que per­mitieron a los estados y capitales europeas ver el tiempo como lineal, el espacio como plano y homogéneo, y la «naturaleza» como algo externo a las relaciones humanas.

Mi objetivo en «La Naturaleza y la Tran­sición» se centró sobre el primero de estos campos. Es difícil sobreestimar la importancia como hito histórico de estas transformaciones en cascada, centradas en e influenciadas por las mercancías. Desde los albores del largo siglo XVI hasta el amanecer de la Revolución Indus­trial, podemos identificar lo siguiente:

1) La revolución agrícola de los Países Bajos (c. 1400-1600) (Brenner, 2001); 2) la revolución minera y metalúrgica centrada en las mer­cancías de la Europa Central (Nef, 1964); 3) los primeros signos de los nexos de la esclavi­tud moderna asociada al cultivo de la caña de azúcar en Madeira y luego en Santo Tomé (1452- 1520s, 1540s-1590s) (Moore, 2009, 2010d); 4) el surgimiento del noreste de brasileño como líder de la economía azucarera mundial, desplazan­do a Santo Tomé después de 1570, de lo cual se derivó la primera gran oleada de tala de selva atlántica de Brasil (Schwartz 1985; Dean, 1995); 5) el desplazamiento de la «frontera esclavis­ta» africana del golfo de Guinea a Angola y el Congo (Miller, 1988); 6) el ascenso del Potosí después de 1545, y su dramática reestructu­ración después de 1571, siguiendo los pasos del agotamiento de las minas de plata sajonas y bohemias (Moore, 2010e); 7) en el sureste asiático, la destrucción de los árboles de clavo, nuez moscada y macis, que resultaron bajas en la batalla de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales por el control del lucrativo comercio de las especias en las primeras décadas del siglo XVII; 8) el drenaje de los pantanos en Inglaterra, y de los humedales a lo largo de todo el mundo atlántico, desde Pernambuco hasta Varsovia, desde Roma a Gotemburgo; 9) el agotamiento relativo de los bosques mediterráneos, especial­mente por la industria naval, a comienzos del siglo XVII (Braudel, 1972; Moore, 2010a); lo que dio como resultado 10) la relocalización de los astilleros españoles a Cuba, donde un tercio de la flota fue construida hacia 1700 (Funes Monzote, 2008); 11) la aparición de centros astilleros im­portantes, y fronteras significativas para la ex­tracción de madera y «almacenes navales» en Norte América durante el siglo XVIII (Perlin, 1989; Williams, 2003); 12) el desplazamiento de las fronteras de los productos forestales de Polonia a Lituania y sur de Noruega en la década de 1570, seguido por movimientos de renova­ción en el interior de Danzig (de nuevo), Königs­berg, Riga y Viborg (Moore, 2010b); 13) el surgi­miento del granero del Vístula en la década de 1550, seguido del 14) agotamiento de la agricul­tura polaca de orientación mercantil y de la re­volución agrícola inglesa del siglo VXII, la cual hizo a Inglaterra el granero del norte de Europa por el 1700; 15) el desplazamiento del centro de la producción de cobre y hierro a Suecia, co­menzando a finales del siglo XVI, desplazando a los centros húngaros y alemanes que florecieron en el «primer» siglo XVI (Hildebrand, 1992); 16) las incursiones cada vez más amplias de las flotas pesqueras del arenque, bacalao y ballenas en toda la amplitud del Atlántico Norte Global (Richards, 2003); 17) el implacable avance de las fronteras del comercio de pieles en Norte América (McCracken, 1971); 18) la deforestación de Irlanda (McCracken, 1971); 19) las sucesivas revoluciones azucareras de las Indias Occiden­tales, desde Barbados en la década de 1640 a Jamaica y Santo Domingo, dejando un sendero de tumbas de africanos y paisajes desnudos a su paso (Watts, 1987); 20) la fuertemente desigual «cerealización» de las dietas de los campesinos – y la «carnificación» de las dietas de la aris­tocracia y de la burguesía – dentro de Europa; 21) el incremento de la producción mexicana de plata en el siglo XVIII (Studnicki-Gizbert and Schechter, 2010); 22) el relativo agotamiento de los bosques ingleses y las reservas de turba ho­landesas como energía barata (de Zeeuw, 1978; Perlin, 1989); y, quizás lo más significativo, 23) el «intercambio colombino» que hizo historia, al fluir las enfermedades del Viejo Mundo hacia el Nuevo Mundo, y los cultivos del Nuevo Mundo fluyeron al Viejo, como lo fueron la papa y el maíz (Crosby, 1972, 1986).

Estos son simplemente algunos de los episodios más obvios, hitos históricos, que movieron la Tierra, inmanentes al auge del ca­pitalismo: el listado está lejos de ser exhaustivo. Como explicaré, el movimiento de la Tierra no es sino un momento crucial en los más amplios procesos de conformación del medio ambiente (Moore, 2013a). Yo propongo que, si tomamos los «procesos de conformación del medio ambiente» como el análogo civilizatorio del proceso del trabajo (Braverman, 1974), esta lista sólo comprende la «ejecución» del movimiento de la Tierra y no sus concepciones: en la confor­mación de la guerra, la conformación del estado, la conformación del dinero, la conformación del mercado y así sucesivamente. En el núcleo de la alienación histórica del capitalismo entre la concepción y la ejecución de la conformación del medio ambiente, está la relación de valor, en la que las contradicciones antagónicas entre la generalidad y la particularidad socio-ecológica, la burguesía y el proletariado, el trabajo social abstracto y la naturaleza social abstracta, son unificadas dialéctica e históricamente.

Por razones que tienen mucho que ver con la influencia duradera del «modelo de los dos siglos» de modernidad – del que el Antropoce­no es simplemente vino viejo en botellas nuevas – la totalidad de esas transformaciones como expresión de una nueva cristalización humana/extra-humana queda mal entendida. Es por supuesto verdad que estos cambios – incluso si los reconocemos como hitos históricos – no dirán nada directamente sobre las nuevas rela­ciones de clase, capital, e imperio que emergió después de 1450. Pero la extraordinaria escala, alcance y velocidad de las tempranas transfor­maciones de la tierra y del trabajo (naturaleza humana y extra-humana) de principio de la modernidad pone en tela de juicio cualquier periodi­zación de la historia humana que comience con las consecuencias solas, en lugar de las relacio­nes constitutivas de un conjunto dado de natu­raleza humana y extra-humana. Tales conjuntos son numerosos, pero sobre el terreno recorrido por el Antropoceno, nosotros podemos empezar con esos grandes conjuntos que ocupan e in­dudablemente producen un tiempo histórico largo y espacios geográficos vastos – eso que llamamos civilizaciones, sistemas históricos, o modos de producción dependiendo del punto de vista que cada uno prefiera.

En lo que sigue, no reconstruiré esta historia – lo que he hecho en otros sitios, aunque de una manera fragmentaria – sino más bien intentaré excavar y mostrar las relaciones que impulsaron tal salto de época en los patrones de confor­mación del medio ambiente de la humanidad. Quiero resaltar mi camino desde la perspectiva de la crisis dual del binomio ecología/economía hacia una teoría unificada del capitalismo como ecología-mundo, uniendo la acumulación de capital, la búsqueda del poder y la producción de la naturaleza en una unidad dialéctica.

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El auge de la ecología-mundo capitalista | Las fronteras mercantiles en el auge y decadencia de la apropiación máxima - II

Debemos recordar los 23 puntos de las transformaciones de la tierra y el trabajo con las que comenzábamos el artículo. Mi deseo, en lo que sigue, es desarrollar las relaciones y condiciones subyacentes al origen del capitalismo desde una perspectiva ecológico-mundial. Podría comenzar por afirmar lo que puede ser obvio después de leer nuestro listado: las transformaciones del movimiento de la Tierra correspondientes al periodo 1450-1750 sobrepasaron la escala, la velocidad y la capacidad de las civilizaciones premodernas, frecuentemente por un orden de magnitud. Lo que le tomó a las centurias de civilización feudal lograr en regiones particulares – como sería la Europa del Este del Elba (Bartlett, 1993)- el orden capitalista emergente lo cumplió en unas cuantas décadas. ¿Cómo se explicaría este extraordinario cambio ecológico-mundial? Volvamos a la sobresaliente observación de Marx, que la fertilidad del suelo puede actuar como un incremento en capital fijo. El genio del capitalismo fue a privilegiar una forma mercantilizada de la naturaleza humana (la productividad del trabajo) como indicador de riqueza, y por lo tanto, tratar al resto de la naturaleza como una vasta zona de apropiación. Suelos, bosques, arroyos -¡por no hablar también de las sociedades campesinas del Nuevo y Viejo Mundo!- pueden ser movilizados al servicio del los proyectos de desarrollo de la productividad del trabajo y asimismo aumentar la masa de plusvalías.

Tal interpretación nos conduce directamen­te al valor como una manera de organizar la na­turaleza. Esta cuestión ha sido tratada teórica­mente (Burket, 1999) – pero casi nunca puesta a trabajar históricamente – en la ecología marxista. Aunque eliminada, aparentemente, de la cuestión del movimiento de la Tierra, la teoría del valor de Marx ilumina la lógica subyacente del la tendencia histórica del capitalismo hacia la simplificación radical de la tierra y el trabajo. Esta tendencia de simplificación radical ha sido identificada por los investigadores de historia ambiental (e.g. Worsters, 1990), pero mal reco­nocida como una consecuencia de la creación de mercados en lugar de una expansión de la repro­ducción de las relaciones de valor.



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Jason Moore escribe frecuentemente sobre la historia de la ecología-mundo capitalista, recursos naturales y sobre la agricultura, también sobre la crisis del siglo XXI. Muchos de sus escritos se pueden encontrar en su página web: www.jasonwmoore.com. También escribe regularmente en su blog: https://jasonwmoore.wordpress.com/

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