"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

10/9/13

La alta burguesía ya no compite convencionalmente | La plusvalía no es una invención imaginaria ni visceral de Marx contra ningún capitalista

Estampilla de Mongolia, 1988
Manuel C. Martínez  |  Paradójicamente, después de Marx, el mercado perdió importancia científica, y el libre mercado está vedado para los países con factible desarrollo industrial. Desde hace muchas décadas, la burguesía empezó a convencerse de los aciertos contenidos en El Capital, y consecuencialmente decidió competir en otros escenarios distintos y fuera del mercado. Lo hizo luego de que Carlos Marx echara por tierra la argumentación burguesa acerca del origen comercial de la riqueza1 que con tanto énfasis y apologismo pregonó Adam Smith, y que los rezagados críticos de Economía Política siguen emulando, dígase rumiando.

Paradójicamente, la mayoría de los economistas marxistas han optado por demostrar de mil maneras que Marx tenía razón, en un intento por autoconvencerse a sí mismos-me incluyo aquí. Así de poderosa ha sido la mentira defendida por la literatura burguesa. Por su parte, los apologistas y tarifados posclásicos o economistas vulgares2 han negado rotundamente el esquema demostrativo del origen de la riqueza, de la ganancia, manejado por Marx en su Libro Tercero de El Capital. Por el contrario, connotados como Paul A. Samuelson-Nobel de Economía 1970-, Paul M. Sweezy, Claudio Napoleoni, etc., han hecho petulantes esfuerzos por ridiculizar los asertos de Marx, al punto de que hallaron contradicción entre los libros I y III de dicha obra, debido a que Marx descubrió el valor abstracto, en el Libro I, y el mismo valor concreto (ganancia), en el L. III, una determinante diferenciación que sólo macroeconómicamente podría entenderse, mientras que los economistas vulgares se hallan atascados en análisis microeconómicos que han vendido como Economía. La Macroeconomía la tratan como simples conglomerados contables o datos estadísticos3.

Así las cosas, desde la aparición de El Capital, autoconvencidos, los microeconomistas y técnicos de Economía (Ingenieros varios), sus contables, muchos sociólogos, politólogos y filósofos burgueses, sin revelarlo, cayeron en la cuenta de que el sistema capitalista no sobreviviría sin mercados, y de que estos deben crecer a la par con cada nuevo dólar de ganancia neta que los fabricantes burgueses vayan acumulando y compartiendo con terratenientes, con comerciantes y con banqueros involucrados en el PIB de cada año. Han sido los propios y aparentes negadores de Marx quienes comprendieron perfectamente que la plusvalía no es una invención imaginaria ni visceral contra ningún capitalista, sino una escondida realidad derivada de la contrata de unos obreros con pagas muy inferiores al valor de su producción personal y colectiva, fábrica adentro.

Ocurre que los dólares de la plusvalía insumen costes de conservación, o requieren una utilización productiva, y si se colocan en la banca, debe haber clientes que los reciban en préstamo a interés, y este prestatario deberá encontrar la forma de resarcir el préstamo y además con intereses y una ganancia personal, ambos con cargo a nueva plusvalía. Para ello deberá optar por invertirlos en comercio o en fabricación de esa plusvalía. La plusvalía del banquero, del primer fabricante, del comerciante y del nuevo fabricante exigirá las mismas condiciones, y así ad infinitum.

He aquí porqué es necesario contar con mercados infinitos: Ante aquella realidad, las estrategias ingenieriles para incrementar la productividad del capital variable y del rendimiento de los medios de producción sólo han acentuado esa necesidad de mercados, pero hay más: ante el despegue y despliegue de países que surgieron como clientes de fabricantes dedicados a la producción de medios de producción, a pesar de todas las trabas impuestas políticamente por los países proveedores de esos medios y prepotentes gracias a sus elevados desarrollos industriales, tales países clientelares también han necesitado mercados o dejado de ser mercado para terceros.

Desde hace muchas décadas, la competencia nacional entre fabricantes y vendedores de un mismo ramo se transformó en competencia internacional de todos los capitalistas de todos los ramos. Esta es la explicación, groso modo, del achicamiento del mercando en franca contradicción con mercados abiertos y cada vez con menor capacidad de absorción de un potencial de oferta que ha venido creciendo al infinito, que ha saturado los inventarios comerciales, que ha multiplicado el número de capitalistas en funciones. Achicamiento de un mercado que ya no es capaz de dar emplear más proletarios ni medios de producción, y por consiguiente, ya no puede seguir produciendo más plusvalía susceptible de ser capitalizada.

Como salida a esa crisis de mercado, surge la necesidad de detener la competencia, pero no mediante la competencia convencional, sino mediante tratados de comercio impuestos políticamente por los países industriales (ALCA, por citar un ejemplo conocido), mediante obtención de materias primas baratas, aunque no para incrementar ganancias, deducir costes de producción y competir, sino para frenar el potencial industrial de los países dotados naturalmente de esas materias primas y/o energéticos La industria armamentística no sólo garantiza un mercado alternativo, sino que en paralelo prevé y evita aquellos contramercados que pudieran reducir más aun el achicamiento mercantil que viene haciendo crisis desde hace más de 100 años.

Esa nueva competencia internacional e interindustrial explica las alianzas entre países muy potenciados y algunos de menor rango económico, esos subimperios que apoyan tales destrucciones de países potencialmente industrializables, a sabiendas de que el país vencedor y comandante, luego irá por ellos.

Téngase en cuenta que las materias primas y los energéticos comprables a precios razonables del mercado convencional, y sin presiones políticas, podrían ser perfectamente cargados a los precios de venta como costes de producción, pero esa vía convencional no solo encarecería los precios actuales, sino que dejaría, pues, en libertad a los países proveedores4. Paradójicamente, estamos ante un EE UU que en teoría aboga por un libre mercado, pero que es el primero en negarles esa posibilidad a los países emergentes y convertibles en nuevas potencias industriales.

Notas

1 Compárese: Carlos Marx, El Capital, con Adam Smith, La Riqueza de las naciones.
2 Así se les califica a los economistas empíricos cuya teoría no ofrece rigor científico alguno, son majaderos plagiarios de oficio de las imprecisiones investigativas de los economistas clásicos y pioneros más relevantes de la Economía Política quienes, sin embargo, no llegaron al fondo del valor.
3 La Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela, burguesa, mantiene un pensum de estudios de “Microeconomía”, y, no obstante, sus egresados podrían pensar que esos estudios los facultarían para entender y pronunciarse sobre aspectos macroeconómicos. Por supuesto, en esta escuela se deja a un lado el asunto de las relaciones de producción, una variable económica propia de la Economía Política Científica.
4 Un primer corolario sería: El ensayo socialista económico actual de Venezuela, con el fomento de empresarios deslastrados de los voraces apetitos lucrativos burgueses, está invitando a las empresas privadas para que reconsidere sus costes falsos (depreciaciones, publicidad, salarios poligerenciales, etc.) a fin de abaratar sus precios de venta, vender más y ganar más.

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