"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

16/11/15

Pasado, presente y futuro del marxismo

Karl Marx & Friedrich Engels ✆ Cássio Loredano
Paul Mattick   |   Según las ideas de Marx, los cambios en las condiciones sociales y materiales modifican la consciencia de las personas. Esa idea también es aplicable al marxismo y a su desarrollo histórico. El marxismo comenzó siendo una teoría de la lucha de clases basada en las relaciones sociales específicas de la producción capitalista. Pero su análisis de las contradicciones sociales inherentes a la producción capitalista se refiere a la tendencia general del desarrollo capitalista, mientras que la lucha de clases es un asunto de la vida cotidiana y se ajusta por sí misma a las condiciones sociales. Estos ajustes también tienen su reflejo en la ideología marxiana. La historia del capitalismo es también la historia del marxismo. El movimiento obrero fue anterior a la teoría de Marx y constituyó la base real para el desarrollo de esta. El marxismo llegó a ser la teoría dominante del movimiento socialista porque era capaz de revelar convincentemente la estructura explotadora de la sociedad capitalista y a la vez desvelar las limitaciones históricas de este modo de producción particular.

El secreto del vasto desarrollo capitalista la explotación cada vez mayor de la fuerza de trabajo era también el secreto de las dificultades diversas que apuntaban a su colapso final. Mediante métodos de análisis científico, Marx fue capaz en El capital de ofrecer una teoría que sintetizaba la lucha de clases y las contradicciones generales de la producción capitalista. La crítica de Marx a la economía política tenía que ser por fuerza tan abstracta como la economía política misma. Solamente podía referirse a la tendencia general del desarrollo capitalista, no a sus múltiples manifestaciones concretas en un momento dado. Como la acumulación del capital es a la vez la causa del desarrollo del sistema y la razón para su declive, la producción capitalista procede como un proceso cíclico de expansión y contracción. Ambas situaciones implican condiciones sociales diferentes y, por tanto, reacciones diferentes del trabajo y del capital. Ciertamente, la tendencia general del desarrollo capitalista supone dificultades cada vez mayores para escapar de un periodo de contracción mediante una expansión ulterior del capital, e implica así una tendencia al colapso del sistema. Pero no se puede decir en qué momento concreto de su desarrollo el capital se desintegrará por la imposibilidad objetiva de continuar su proceso de acumulación.

La producción capitalista, que implica la ausencia de cualquier tipo de regulación social consciente de la producción, encuentra una cierta regulación ciega en el mecanismo de oferta y demanda del mercado. Este último se adapta a su vez a las necesidades expansivas del capital, determinadas por el grado variable en que es explotable la fuerza de trabajo y por la alteración de la estructura del capital debida a su acumulación. Las entidades concretas que intervienen en este proceso no son empíricamente observables, de manera que resulta imposible determinar si una crisis concreta de la producción capitalista será más o menos larga, más o menos devastadora para las condiciones sociales o si resultará la crisis final del sistema capitalista desencadenando su resolución revolucionaria por la acción de una clase obrera resuelta.

En principio, cualquier crisis prolongada y profunda puede abrir paso a una situación revolucionaria que podría intensificar la lucha de clases hasta el derrocamiento del capitalismo, en el supuesto, claro está, de que las condiciones objetivas trajeran consigo una disposición subjetiva a cambiar las relaciones sociales de producción. En los inicios del movimiento marxista esta posibilidad parecía real, a la vista de un movimiento socialista cada vez más poderoso y una extensión progresiva de la lucha de clases en el sistema capitalista. Se pensaba que el desarrollo de este sería paralelo al desarrollo de la consciencia de clase proletaria, al ascenso de las organizaciones de la clase obrera y al reconocimiento cada vez más generalizado de que había una opción alternativa a la sociedad capitalista.

La teoría y la práctica de la lucha de clases se veían como un fenómeno unitario, debido a la expansión intrínseca y a la autorrestricción paralela del desarrollo capitalista. Se pensaba que la explotación cada vez mayor de los trabajadores y la progresiva polarización de la sociedad en una pequeña minoría de explotadores y una gran mayoría de explotados elevaría la consciencia de clase de los trabajadores y también su inclinación revolucionaria a destruir el sistema capitalista. Claro está que las condiciones sociales de entonces tampoco permitían prever otra evolución, ya que el progreso del capitalismo industrial iba acompañado de una miseria creciente de las clases trabajadoras y una agudización visible de la lucha de clases. De todas formas, esta era la única perspectiva en la que cabía pensar a partir de aquellas condiciones que, por lo demás, tampoco revelaban otra posible evolución.

Aun interrumpido por periodos de crisis y depresión, el capitalismo ha podido mantenerse hasta hoy basándose en una expansión continua del capital y en su extensión geográfica mediante la aceleración del incremento de la productividad del trabajo. El capitalismo demostró que no solo era posible recuperar la rentabilidad temporalmente perdida, sino incrementarla suficientemente para continuar el proceso de acumulación y mejorar simultáneamente las condiciones de vida de la gran mayoría de la población trabajadora. El éxito de la expansión del capital y la mejora de las condiciones de los trabajadores llevaron a que se cuestionara cada vez más la validez de la teoría abstracta del desarrollo capitalista elaborada por Marx. De hecho, la realidad empírica parecía contradecir las expectativas de Marx respecto al futuro del capitalismo. Incluso quienes defendían su teoría no llevaban a cabo una práctica ideológicamente dirigida al derrocamiento del capitalismo. El marxismo revolucionario se volvió una teoría evolucionista que expresaba el deseo de superar el sistema capitalista por medio de la reforma constante de sus instituciones políticas y económicas. De forma abierta o encubierta, el revisionismo marxista llevó a cabo una especie de síntesis del marxismo y la ideología burguesa como corolario teórico a la integración práctica del movimiento obrero en la sociedad capitalista.

De todas formas, lo anterior puede no ser demasiado importante, porque en todas las épocas el movimiento obrero organizado ha integrado solamente a la fracción más minoritaria de la clase obrera. La gran masa de trabajadores se adapta a la ideología burguesa dominante y —sujetos a las condiciones objetivas del capitalismo— solo potencialmente constituye una clase revolucionaria. Puede transformarse en clase revolucionaria en circunstancias que hagan desaparecer los obstáculos que impiden su toma de consciencia, ofreciendo así a la fracción con consciencia de clase una oportunidad para transformar lo potencial en real mediante su ejemplo revolucionario. Esta función del sector obrero con consciencia de clase se perdió con su integración en el sistema capitalista. El marxismo se transformó en una doctrina cada vez más ambigua que servía a propósitos distintos a los contemplados en sus orígenes.

Todo esto es historia, en concreto la historia de la II Internacional, cuya orientación aparentemente marxista resultó tan solo la falsa ideología de una práctica no revolucionaria. Esto no tiene nada que ver con una "traición" al marxismo; por el contrario, fue el resultado del rápido ascenso y del poder cada vez mayor del capitalismo, que indujo al movimiento obrero a adaptarse a las condiciones cambiantes de la producción capitalista. Como un derrocamiento del sistema parecía imposible, las modificaciones del capitalismo determinaron los cambios del movimiento obrero. Como movimiento de reformas, este tomó parte en la reforma del capitalismo, basada en el aumento de productividad del trabajo y en la expansión competitiva imperialista de los capitales organizados en un ámbito nacional. La lucha de clases se convirtió en colaboración de clases.

Bajo estas nuevas condiciones, el marxismo, que ni era rechazado del todo ni reinterpretado por completo hasta convertirlo en su misma negación, adoptó una forma puramente ideológica que no afectaba a la práctica procapitalista del movimiento obrero. Como tal ideología, podía coexistir con otras en la búsqueda de lealtades. Ya no representaba la consciencia de un movimiento obrero destinado a derrocar la sociedad existente, sino una visión del mundo supuestamente basada en la ciencia social de la economía política. Así se convirtió en objeto de preocupación de los elementos más críticos de la clase media, aliados de la clase obrera, aunque no pertenecientes a la misma. Esto solo era la forma concreta que adoptaba la división ya consumada entre la teoría de Marx y la práctica real del movimiento obrero.

Es verdad que las ideas socialistas fueron propuestas por primera vez y principalmente —aunque no solamente— por miembros de la clase media exasperados por las condiciones sociales inhumanas de los comienzos del capitalismo. Esas condiciones y no el nivel de su inteligencia fue lo que movió su atención hacia el cambio social y, consiguientemente, hacia la clase obrera. No es sorprendente así que las mejoras del capitalismo hacia el cambio de siglo entibiaran su agudeza crítica, tanto más cuando la misma clase obrera había perdido la mayor parte de su fervor oposicionista. El marxismo se convirtió así en preocupación de intelectuales y tomó un carácter académico. Ya no se le consideraba principalmente como un movimiento de trabajadores, sino como un tema científico sobre el que discutir. No obstante, las disputas sobre los distintos problemas planteados por el marxismo sirvieron para mantener la ilusión del carácter marxiano del movimiento obrero, hasta que esta ficción se desvaneció ante las realidades de la I Guerra Mundial.

Esta guerra, que representó una crisis gigantesca de la producción capitalista, hizo renacer momentáneamente el radicalismo en el movimiento obrero y en la clase obrera en su conjunto. En esa medida fue señal de un retorno a la teoría y a la práctica marxista, aunque solo en Rusia la agitación social llevó al derrocamiento del régimen atrasado, capitalista y semifeudal. No obstante, esta era la primera vez que un régimen capitalista había sido derrocado por la acción de su población oprimida y la determinación de un movimiento marxista. El marxismo muerto de la II Internacional parecía listo para ser reemplazado por el marxismo vivo de la III Internacional. Y como fue el partido bolchevique bajo la dirección de Lenin el que llevó a Rusia a la revolución social, fue la particular interpretación leniniana del marxismo la que se convirtió en el marxismo de esta fase nueva y "superior" del capitalismo. Con bastante propiedad, este marxismo fue transformado en el "marxismo-leninismo" que dominó el mundo de posguerra.

No es este el lugar para contar una vez más la historia de la III Internacional y el tipo de marxismo que trajo consigo. Esa historia está muy bien escrita en innumerables textos que culpan de su colapso a Stalin o, remontándose más atrás, al mismo Lenin. En definitiva, lo que ocurrió fue que la idea de la revolución mundial no pudo ser llevada a la práctica y la revolución rusa se mantuvo como revolución nacional, vinculada a las realidades de sus condiciones socioeconómicas propias. En su aislamiento, no podía ser juzgada como revolución socialista en el sentido marxiano, ya que faltaban todas las condiciones necesarias para una transformación socialista de la sociedad: el predominio del proletariado industrial y un aparato de producción que, en manos de los productores, no solo fuera capaz de acabar con la explotación sino de llevar a la sociedad más allá de los límites del sistema capitalista. Tal como fueron las cosas, el marxismo solo pudo proporcionar una ideología sostenedora, aun de forma contradictoria, al capitalismo de Estado. Lo que había ocurrido en la II Internacional, volvió a darse en la III. El marxismo, subordinado a los intereses específicos de la Rusia bolchevique, solo pudo funcionar como ideología para cubrir una práctica no revolucionaria y, finalmente, contrarrevolucionaria.

A falta de un movimiento revolucionario, la gran depresión que afectó a la mayor parte del mundo, no dio pie a insurrecciones revolucionarias, sino al fascismo y a la II Guerra Mundial. Esto significó el eclipse total del marxismo. Las consecuencias desastrosas de la nueva guerra trajeron consigo una oleada fresca de expansión capitalista a escala internacional. No solo el capital monopolista salió fortalecido del conflicto; también surgieron nuevos sistemas de capitalismo de estado por la vía de la liberación nacional o la conquista imperialista. Esta situación no implicó un resurgimieno del marxismo revolucionario sino una "guerra fría", es decir, la confrontación de los sistemas capitalistas organizados de forma distinta en una lucha continua por las esferas de influencia y por el reparto de la explotación. En el lado del capitalismo de estado, esta confrontación se camufló como movimiento marxista contra la monopolización capitalista de la economía mundial; por su parte, el capitalismo de propiedad privada no podía ser más feliz señalando a sus enemigos del capitalismo de estado como marxistas o comunistas, resueltos a llevarse por delante todas las libertades de la civilización junto con la libertad para amasar capital. Esta actitud sirvió para adherir firmemente la etiqueta de "marxismo" a la ideología del capitalismo de estado.

De esta manera, los cambios sucesivos provocados por toda una serie de depresiones y guerras no llevaron a una confrontación entre el capitalismo y el socialismo, sino a una división del mundo en sistemas económicos más o menos centralmente controlados y a un ensanchamiento de la brecha entre los países desarrollados bajo el capitalismo y las naciones subdesarrolladas. Ciertamente, esta situación suele verse como una división entre países capitalistas, socialistas y del "tercer mundo", simplificación que confunde las diferencias mucho más complejas entre estos sistemas económicos y políticos. El "socialismo" suele concebirse como una economía controlada por el estado en un marco nacional, en el que la planificación sustituye a la competencia. Tal tipo de sistema no es ya un sistema capitalista en el sentido tradicional, pero tampoco es un sistema socialista en el sentido que el término tenía para Marx, de asociación de productores libres e iguales. En un mundo capitalista y por lo tanto imperialista, ese sistema de economía controlada por el estado solo puede contribuir a la competencia general por el poder económico y político y, como el capitalismo, ha de expandirse o contraerse. Ha de hacerse más fuerte en todos los órdenes para limitar la expansión del capital monopolista que de otra manera lo destruiría. La forma nacional de los regímenes llamados socialistas o de control estatal no solo los pone en conflicto con el mundo capitalista tradicional, sino también entre ellos, ya que han de dar consideración prioritaria a los estratos dirigentes privilegiados y de nueva creación cuya existencia y seguridad se basan en el estado-nación. Esto genera el espectáculo de una variedad "socialista" de imperialismo y de la amenaza de guerra entre países nominalmente socialistas.

Tal situación hubiera sido inconcebible en 1917. El leninismo (o, en frase de Stalin, "el marxismo de la época del imperialismo") esperaba una revolución mundial sobre el modelo de la revolución rusa. Igual que distintas clases se habían unido en Rusia para derribar la autocracia, también a escala internacional las naciones en diversas fases de desarrollo podrían luchar contra el enemigo común, el capital monopolista imperialista. E igual que la clase obrera bajo dirección del partido bolchevique transformó en Rusia la revolución burguesa en revolución proletaria, así la Internacional Comunista sería el instrumento de transformación de las luchas antiimperialistas en revoluciones socialistas. En aquellas condiciones, era concebible que las naciones menos desarrolladas pudieran eludir un desarrollo capitalista de otra manera inevitable, para integrarse en un mundo socialista emergente. Como esta teoría estaba basada en el supuesto del triunfo de revoluciones socialistas en las naciones avanzadas, no pudo probarse que fuera correcta o equivocada, ya que las revoluciones esperadas nunca llegaron a producirse.

Lo que hace al caso son las inclinaciones revolucionarias del movimiento bolchevique antes e inmediatamente después de su toma del poder en Rusia. La revolución se hizo en nombre del marxismo revolucionario, como derrocamiento del sistema capitalista e instauración de una dictadura para asegurar el avance hacia una sociedad sin clases. Sin embargo, ya en esta etapa, y no solo por las condiciones concretas existentes en Rusia, el concepto leninista de reconstrucción socialista se alejaba del marxismo originario y se basaba en las ideas surgidas en la II Internacional. Para esta, el socialismo se concebía como consecuencia inmediata del propio desarrollo capitalista. La concentración y la centralización del capital implicarían la eliminación progresiva de la competencia capitalista y, con ello, de su carácter privado, hasta que el gobierno socialista, surgido del proceso democrático parlamentario, transformara el capital monopolista en monopolio estatal, instaurando así el socialismo mediante decreto gubernamental. Para Lenin y los bolcheviques esto era una utopía irrealizable y también una excusa idiota para abstenerse de cualquier actividad revolucionaria. Pero para ellos la instauración del socialismo también era un asunto gubernamental, aunque llevado a cabo por medio de la revolución. Diferían de los socialdemócratas respecto a los medios para alcanzar un objetivo por lo demás común: la nacionalización del capital por el estado y la planificación centralizada de la economía.

Lenin también mostró su acuerdo con la afirmación grosera y arrogante de Kautsky según la cual la clase trabajadora por sí misma es incapaz de generar una consciencia revolucionaria, de forma que esta ha de ser introducida en el proletariado por la intelectualidad de la clase media. La forma organizativa de esta idea era el partido revolucionario como vanguardia de los trabajadores y como condición imprescindible para el éxito de la revolución. En este marco conceptual, si la clase obrera es incapaz de hacer su propia revolución, será menos capaz aun de construir una sociedad nueva, tarea que queda así reservada para el partido dirigente, poseedor del aparato de estado. La dictadura del proletariado aparece así como la dictadura del partido organizado como estado. Y como el estado tiene el control de toda la sociedad, también ha de controlar las acciones de la clase obrera, incluso ejerciendo ese control supuestamente en su favor. En la práctica, el resultado fue el ejercicio totalitario del poder por parte del gobierno bolchevique.

La nacionalización de los medios de producción y el dominio autoritario del gobierno ciertamente diferenciaban el sistema bolchevique del capitalismo occidental. Pero esto no alteraba las relaciones sociales de producción, que en ambos sistemas se basaban en el divorcio de los trabajadores de los medios de producción y en la monopolización del poder político en manos del estado. Ya no era un capital privado sino el capital controlado por el estado el que se enfrentaba a la clase obrera y perpetuaba el trabajo asalariado como forma de actividad productiva, permitiendo la apropiación de plusvalía a través de la institución estatal. El sistema expropió el capital privado, pero no abolió la relación capital-trabajo en la que se basa la forma moderna del dominio de clase. Solo era cuestión de tiempo el surgimiento de una nueva clase dominante cuyos privilegios dependerían precisamente del mantenimiento y la reproducción del sistema de producción y distribución controlado por el estado como única forma "realista" de socialismo marxiano.

Sin embargo, el marxismo, como crítica de la economía política y como lucha por una sociedad sin clases ni explotación, solo tiene significado en el marco de las relaciones de producción capitalistas. El fin del capitalismo implicaría a su vez el fin del marxismo. Para una sociedad socialista, el marxismo no sería más que algo de la historia, como todo lo demás en el pasado. Ya la descripción del "socialismo" como sistema marxista niega la autoproclamada naturaleza socialista del sistema de capitalismo de estado. La ideología marxista solo funciona en este sistema como intento de justificar las nuevas relaciones clasistas como requisitos necesarios para la construcción del socialismo y así ganar la aquiescencia de las clases trabajadoras. Como en el viejo capitalismo, los intereses específicos de la clase dominante se presentan como intereses generales.

A pesar de todo ello, el marxismo-leninismo era originariamente una doctrina revolucionaria, ya que se proponía sin ningún género de duda la realización de su propia idea de socialismo por medios directos y prácticos. Esta idea no implicaba más que la formación de un sistema capitalista de estado. Esa era la concepción habitual del socialismo a comienzos de siglo, de manera que no se puede hablar de una "traición" bolchevique de los principios marxistas de la época. Por el contrario, el bolchevismo hizo realidad la transformación del capitalismo de propiedad privada en capitalismo de estado, lo cual era también el objetivo declarado de los revisionistas y reformistas marxistas. Pero estos ya habían perdido todo interés en actuar según sus creencias aparentes y prefirieron acomodarse en el status quo capitalista. Los bolcheviques hicieron realidad el programa de la II Internacional por medio de la revolución.

Sin embargo, una vez en el poder, la estructura de capitalismo de estado de la Rusia bolchevique determinó su desarrollo ulterior, ahora generalmente descrito con el término peyorativo de "estalinismo". Que adoptara esta forma concreta se explicaba por el atraso general de Rusia y por su situación de cerco capitalista, que exigía la centralización máxima del poder y sacrificios inhumanos por parte de la población trabajadora. Bajo condiciones distintas como las existentes en las naciones de mayor desarrollo capitalista y relaciones internacionales más favorables, se decía, el bolchevismo no tendría que adoptar por fuerza los métodos drásticos que se había visto obligado a utilizar en el primer país socialista. Quienes mostraban una disposición menos favorable hacia este primer "experimento en socialismo" afirmaban que la dictadura del partido tan solo era expresión del carácter todavía "semiasiático" del bolchevismo, y que no podría repetirse en las naciones más avanzadas de occidente. El ejemplo ruso fue utilizado para justificar las políticas reformistas como única forma de mejorar las condiciones de vida de la clase obrera en occidente.

Por otra parte, las dictaduras fascistas de Europa occidental pronto demostraron que el control del estado por un partido único no tenía por qué restringirse a la situación rusa, sino que era aplicable a cualquier sistema capitalista. Podía servir tanto para mantener las relaciones de producción existentes como para su transformación en capitalismo de estado. Por supuesto, el bolchevismo y el fascismo siguieron siendo distintos en cuanto a estructura económica, aunque políticamente llegaron a ser indistinguibles. Pero la concentración de control político en las naciones capitalistas totalitarias implicaba una coordinación central de la actividad económica para los objetivos específicos de las políticas fascistas y, de esta manera, una aproximación al sistema ruso. Para el fascismo esto no era un objetivo, sino una medida temporal, análoga al "socialismo de guerra" de la I Guerra Mundial. Sin embargo, era la primera indicación de que el capitalismo occidental no era inmune a las tendencias al capitalismo de estado.

Con la deseada pero a la vez inesperada consolidación del régimen bolchevique y la coexistencia —relativamente tranquila hasta la II Guerra Mundial— de los sistemas sociales en conflicto, los intereses rusos exigieron la utilización de la ideología marxista no solo para objetivos internos sino también externos, para asegurar el apoyo del movimiento obrero internacional a la existencia nacional de Rusia. Por supuesto, esto implicó solo a una parte del movimiento obrero, pero esa parte pudo romper el frente antibolchevique que incluía a los viejos partidos socialistas y los sindicatos reformistas. Como esas organizaciones ya se habían deshecho de su herencia marxista, la supuesta ortodoxia marxista del bolchevismo se convirtió prácticamente en la única teoría marxista como contraideología opuesta a todas las formas de antibolchevismo y a todos los intentos de debilitar o destruir el estado ruso. No obstante, al mismo tiempo se intentaba asegurar la coexistencia mediante concesiones al adversario capitalista y se mostraban las ventajas mutuas que podían obtenerse del comercio internacional y otros tipos de colaboración. Esa política de dos caras servía al único objetivo de preservar el estado bolchevique y asegurar los intereses nacionales de Rusia.

El marxismo fue así reducido a un arma ideológica que servía exclusivamente los intereses de un estado concreto y un solo país. Ya privada de aspiraciones revolucionarias internacionales, la Internacional Comunista fue utilizada como instrumento de política limitada para los intereses especiales de la Rusia bolchevique. Pero, ahora, esos intereses cada vez incluían en mayor medida el mantenimiento del status quo internacional para asegurar el del sistema ruso. Si al principio había sido el fracaso de la revolución mundial el que había inducido la política rusa de atrincheramiento, la seguridad rusa exigía ahora la estabilidad del capitalismo mundial y el régimen estalinista se esforzaba en contribuir a ella. La difusión del fascismo y la gran probabilidad de nuevos intentos de encontrar soluciones imperialistas a la crisis mundial ponía en peligro no solo la coexistencia sino también las condiciones internas de Rusia, que exigían cierto grado de tranquilidad internacional. La propaganda marxista dejó a un lado los problemas del capitalismo y el socialismo y en forma de antifascismo concentró su ataque en una forma política particular de capitalismo que amenazaba desencadenar una nueva guerra mundial. Esto implicaba, por supuesto, la aceptación de las potencias capitalistas antifascistas como aliados potenciales y la defensa de la democracia burguesa contra los ataques desde la derecha o desde la izquierda, tal como ilustró lo ocurrido durante la guerra civil en España.

Ya antes el marxismo-leninismo había asumido la función puramente ideológica que caracterizaba el marxismo de la II Internacional. No se asociaba ya con una práctica política cuyo objetivo final fuera el derrocamiento del capitalismo, aunque solo propusiera como socialismo la patraña del capitalismo de estado; ahora se contentaba con su existencia en el seno del sistema capitalista, de la misma forma que el movimiento socialdemócrata aceptaba como inviolables las condiciones dadas en la sociedad. El reparto del poder a escala internacional presuponía lo mismo a nivel nacional y el marxismo-leninismo fuera de Rusia devino un movimiento estrictamente reformista. Solo los fascistas quedaron como fuerzas realmente aspirantes al control completo sobre el estado. No hubo ningún intento serio de impedir su ascenso al poder. El movimiento obrero, incluida su ala bolchevique, confiaba únicamente en procesos democráticos tradicionales para hacer frente a la amenaza fascista. Esto significaba una pasividad total y una desmoralización progresiva y aseguró la victoria del fascismo como única fuerza dinámica operante en la crisis mundial.

Por supuesto, no es solo el control ruso del movimiento comunista internacional a través de la III Internacional lo que explica su capitulación al fascismo, sino también la burocratización del movimiento que concentró todo el poder decisorio en las manos de políticos profesionales que no compartían las condiciones sociales del proletariado empobrecido. Esta burocracia se encontró en la posición "ideal" de ser capaz de expresar su oposición verbal al sistema y, a la vez, participar en los privilegios que la burguesía otorga a sus ideólogos políticos. Estos no tenían una razón perentoria para oponerse a las políticas generales de la Internacional Comunista, que coincidían con sus propias necesidades inmediatas como líderes reconocidos de la clase obrera en una democracia burguesa. La apatía de los trabajadores mismos, su falta de disposición para buscar una solución propia independiente a la cuestión social también explica esa situación y su evolución final al fascismo. Medio siglo de marxismo reformista bajo el principio de liderazgo y su acentuación en el marxismo-leninismo produjeron un movimiento obrero incapaz de actuar basándose en sus propios intereses, incapaz así de inspirar a la clase obrera en su conjunto para que intentara impedir el fascismo y la guerra mediante una revolución proletaria.

Como en 1914, el internacionalismo y con él el marxismo, quedaban otra vez ahogados en la marea nacionalista e imperialista. Las políticas coyunturales se basaban en las exigencias de las alianzas imperialistas cambiantes, que llevaron primero al pacto Hitler-Stalin y luego a la alianza antihitleriana entre la URSS y las potencias democráticas. El resultado de la guerra, predeterminado por su carácter imperialista, dividió el mundo en dos grandes bloques que pronto volvieron a enzarzarse en una pugna por el control mundial. El carácter antifascista de la guerra implicaba la restauración de regímenes democráticos en los países derrotados y con ello la vuelta a la luz de los partidos políticos, incluso los de connotación marxista. En el Este, Rusia restauró su imperio y le añadió esferas de intereses y un jugoso botín de guerra. El hundimiento del dominio colonial creó las naciones del "tercer mundo", que adoptaron el sistema ruso o una economía mixta de tipo occidental. Surgió un neocolonialismo que sometió a las naciones "liberadas" a un control más indirecto pero igualmente efectivo de las grandes potencias. Pero la expansión de los regímenes de capitalismo de estado parecía la difusión mundial del marxismo y la lucha contra ella se presentaba como lucha contra un marxismo que amenazaba las libertades (indefinidas) del mundo capitalista. Estos tipos de marxismo y antimarxismo no tenían conexión alguna con la lucha entre trabajo y capital concebida por Marx y por el movimiento obrero originario.

En su forma actual, el marxismo ha sido un movimiento regional más que internacional, como apunta su debilidad en los países anglosajones. El resurgimiento de partidos marxistas en la posguerra se dio sobre todo en naciones como Francia e Italia, que habían de hacer frente a dificultades económicas concretas. La división y la ocupación de Alemania impidió la reorganización de un partido comunista de masas en la zona occidental. Los partidos socialistas finalmente repudiaron su propio pasado, todavía teñido de ideas marxistas, y se convirtieron en partidos burgueses o "populares", defensores del capitalismo democrático. Sigue habiendo partidos comunistas legales o ilegales en todo el mundo, pero sus posibilidades de influir en el rumbo político son más o menos nulas por el momento y en el futuro previsible. El marxismo como movimiento revolucionario de los trabajadores se encuentra actualmente en su momento histórico más bajo.

Lo sorprendente es la respuesta sin precedentes del capitalismo al marxismo teórico. El nuevo interés en el marxismo en general y en la "economía marxista" en particular se circunscribe casi exclusivamente al mundo académico, que es prácticamente el mundo de la clase media. Hay una enorme producción de literatura marxista. La "marxología" ha resultado ser una nueva profesión y hay escuelas marxistas de economía "radical", historia, filosofía, sociología, psicología y así sucesivamente. Quizá todo eso no sea más que una moda intelectual, pero aunque solo fuera eso, el fenómeno sería indicio del presente estado de decadencia de la sociedad capitalista y de su pérdida de confianza en el futuro. En el pasado la integración progresiva del movimiento obrero en la estructura social del capitalismo implicó la acomodación de la doctrina socialista a las realidades de un capitalismo en auge. Parece ahora que, de manera inversa, hubiera múltiples intentos de utilizar los hallazgos teóricos del marxismo para propósitos capitalistas. Este intento de reconciliación desde ambos lados, al superar al menos en parte el antagonismo entre la teoría de Marx y la teoría burguesa refleja la crisis tanto del marxismo como de la sociedad burguesa.

Aunque el marxismo abarca la sociedad en todos sus aspectos, presta atención sobre todo a las relaciones sociales de producción como fundamento de la totalidad capitalista. Siguiendo la concepción materialista de la historia, el marxismo se centra en las condiciones económicas y por tanto sociales del desarrollo capitalista. Hace ya mucho que la concepción materialista de la historia fue plagiada por la ciencia social burguesa, pero hasta hace poco no se sacó partido de su aplicación al capitalismo. Es el mismo capitalismo el que ha forzado a la teoría económica burguesa a considerar la dinámica del sistema capitalista y de esta manera a emular en cierta forma la teoría marxista de la acumulación y sus consecuencias.

Hay que recordar aquí que la trasformación del marxismo de teoría revolucionaria a teoría evolucionista radicó —en lo teórico— en la cuestión de si la teoría de la acumulación de Marx era también una teoría de la necesidad objetiva de colapso del capitalismo. El ala reformista del movimiento obrero afirmaba que no había razón objetiva para la decadencia y destrucción del sistema, mientras que la minoría revolucionaria mantuvo la convicción de que las contradicciones intrínsecas del capitalismo llevan inevitablemente a su fin. Basando esta convicción en las contradicciones en la esfera de la producción o en la esfera de la circulación, la izquierda marxista insistía en la certeza del colapso final del capitalismo, en forma de crisis cada vez más devastadoras que traerían consigo una disposición subjetiva del proletariado a acabar con el sistema por medios revolucionarios.

La negación por parte de los reformistas de los límites objetivos del capitalismo hizo que dejaran de prestar atención a la esfera de la producción y comenzaran a atender más a la de la distribución. De esta manera se olvidaron de las relaciones sociales de producción para centrarse en las relaciones de mercado, que constituyen el único interés de la teoría económica burguesa. Los trastornos del sistema se consideraban ahora generados por las relaciones de oferta y demanda que causaban innecesariamente periodos de sobreproducción por una falta de demanda efectiva debida a salarios injustificadamente bajos. El problema económico se reducía a la cuestión de una distribución más equitativa del producto social, lo que superaría las fricciones sociales dentro del sistema. Ahora se decía que, a todos los efectos prácticos, la teoría económica burguesa era de mayor relevancia que el enfoque de Marx. Por lo tanto, el marxismo no debía ser ingenuo y tenía que acudir a las modernas teorías del mercado y de precios para ser capaz de adoptar un papel más eficaz al orientar las políticas sociales.

Se propugnaba ahora la existencia de leyes económicas que operarían en todas las sociedades y que no habrían de ser objeto de la crítica marxista. La crítica de la economía política solo se ocuparía de las formas institucionales bajo las cuales las leyes económicas eternas se afirmarían por sí mismas. Cambiar el sistema no cambiaría las leyes económicas. No se podrían negar las diferencias entre el enfoque burgués y el enfoque marxiano de la economía, pero habría también similitudes que ambas partes tendrían que reconocer. Se decía ahora que el mantenimiento de la relación capital-trabajo —o sea, el trabajo asalariado— en las sociedades socialistas autoformadas, su acumulación de capital social, su aplicación del llamado sistema de incentivos, que dividía la fuerza de trabajo en varios escalones de ingreso, e incluso otras cosas, eran necesidades inalterables que las leyes económicas obligaban a cumplir. Estas leyes exigirían la aplicación de los instrumentos analíticos de la economía burguesa para que pudiera llevarse a cabo la consumación racional de una economía socialista planificada.

Esta clase de marxismo "enriquecido" por la teoría burguesa pronto vino a encontrar su complemento en el intento de modernizar la teoría económica burguesa. Esta teoría había estado en crisis ya desde la gran depresión que sobrevino a las postrimerías de la I Guerra Mundial. La teoría del equilibrio de mercado no podía ni explicar ni justificar la prolongada depresión y así perdió su valor ideológico para la burguesía. Sin embargo, la teoría neoclásica vino a tener una especie de resurrección en su modificación keynesiana. Había que aceptar que el mecanismo hasta entonces admitido del mercado y del sistema de precios ya no funcionaba, pero ahora se decía que podía lograrse su funcionamiento con un poco de ayuda del estado. El desequilibrio debido a la falta de demanda podía ser contrarrestado por el impulso estatal de la producción para el "consumo público", no solo en el supuesto de condiciones estáticas sino también en condiciones de desarrollo económico, equilibrando la situación por medio de medidas monetarias y fiscales adecuadas. La economía de mercado, ayudada por la planificación gubernamental, superaría así la susceptibilidad del capitalismo a las crisis y depresiones y permitiría, en principio, un crecimiento constante de la producción capitalista.

Recurrir al estado y a su intervención consciente en la economía y prestar atención a la dinámica del sistema hizo disminuir la aguda oposición entre las ideologías del laissez-faire y de la economía planificada. Este fenómeno era paralelo a una convergencia visible de los dos sistemas, en la que cada uno influía sobre el otro, en un proceso quizás destinado a combinar los elementos favorables de ambos en una síntesis futura capaz de superar las dificultades de la producción capitalista. De hecho, el prolongado auge económico tras la II Guerra Mundial pareció materializar estas expectativas. Sin embargo, a pesar de la continua disponibilidad de intervenciones estatales, a la expansión capitalista sucedió una nueva crisis, igual que en el pasado. La "sintonización precisa" de la economía y el "tira y afloja" (trade-off) entre inflación y desempleo no fueron capaces de prevenir un nuevo declive económico. La crisis y los medios diseñados para enfrentarla han resultado ser igualmente perjudiciales para el capital. La crisis actual se acompaña así de la bancarrota del neokeynesianismo, igual que la gran depresión marcó el fin de la teoría neoclásica.

La crisis actual ha puesto de manifiesto como nunca los aspectos contradictorios de la teoría económica burguesa. Por otra parte, el empobrecimiento duradero de la "teoría económica" mediante su formalización cada vez mayor ya había sembrado la duda en muchos economistas académicos. El cuestionamiento actual de casi todos los supuestos de la teoría neoclásica y de sus herederos keynesianos ha llevado a algunos economistas —representados notablemente por los llamados neorricardianos— a un retorno poco entusiasta a la economía clásica. Al mismo Marx se le considera un economista ricardiano y como tal encuentra cada vez más favor en el intento de los economistas burgueses de integrar su "obra precursora" en su propia especialidad, la ciencia económica.

Sin embargo, el marxismo no significa ni más ni menos que la destrucción del capitalismo. Incluso como disciplina científica, no ofrece nada a la burguesía. Y, a pesar de todo, como alternativa frente a la desacreditada teoría social burguesa puede servir a esta proporcionándole algunas ideas útiles para su rejuvenecimiento. Al fin y al cabo, se aprende del adversario. Además, en su forma aparentemente "realizada" de los "países socialistas", el marxismo apunta soluciones prácticas que podrían ser también útiles en las economías mixtas, por ejemplo, un incremento aún mayor de las regulaciones estatales estabilizadoras. Las políticas de rentas y salarios, por ejemplo, se acercan bastante a las medidas similares de los sistemas de economía de control central. Por último, en vista de la ausencia de movimientos revolucionarios, la investigación marxiana de tipo académico no ofrece ningún riesgo, en la medida que queda restringida al mundo de las ideas. Quizá parezca extraño, pero es la falta de ese tipo de movimientos en un periodo de turbulencia social lo que convierte al marxismo en una mercancía con la que puede comerciarse y en un fenómeno cultural que muestra la tolerancia y la imparcialidad democrática de la sociedad burguesa.

No obstante, la súbita popularidad de la teoría de Marx refleja la crisis del capitalismo que es ideológica además de económica. En ese sentido, afecta sobre todo a los responsables de fabricar y distribuir las ideologías, o sea, a los intelectuales de clase media especializados en teoría social. Su clase en conjunto puede sentirse en peligro por el curso del desarrollo capitalista, con su decadencia social visible, y así buscan sinceramente alternativas a los dilemas sociales que también les afectan. Podrían actuar así por motivos que aun siendo oportunistas están necesariamente ligados a una actitud crítica hacia el sistema existente. En ese sentido, el "renacimiento marxiano" actual podría ser preludio de un retorno del marxismo como movimiento social de importancia teórica y práctica.

Por el momento hay pocas pruebas de una reacción revolucionaria a la crisis capitalista. Si diferenciamos la "izquierda objetiva" en la sociedad, es decir, el proletariado como tal, y la izquierda organizada, que no es estrictamente proletaria, solamente en Francia y en Italia puede hablarse de fuerzas organizadas que podrían desafiar el dominio capitalista, suponiendo que tuvieran tales intenciones. Pero los partidos comunistas y los sindicatos de esos países se transformaron desde hace mucho en partidos puramente reformistas, confortablemente instalados en el sistema capitalista y dispuestos a defenderlo. Que tengan gran audiencia en la clase obrera indica también la falta de disposición o interés en el derrocamiento del sistema capitalista de los mismos trabajadores y, claro está, su deseo inmediato de encontrar acomodo en él. Sus ilusiones concernientes al carácter reformable del capitalismo apoyan el oportunismo político de los partidos comunistas.

Con la ayuda del autocontradictorio término de "eurocomunismo", estos partidos intentan diferenciar sus actitudes actuales de las viejas políticas, es decir, dejar claro que su objetivo tradicional —el capitalismo de estado—, aunque olvidado hace mucho, ha sido definitivamente abandonado en favor de la economía mixta y la democracia burguesa. Esta es la contrapartida natural a la integración de los "países socialistas" en el mercado capitalista mundial. También es un punto de partida para asumir mayores responsabilidades en los países capitalistas y en sus gobiernos, y una promesa de no alterar el grado limitado de cooperación alcanzado por las potencias europeas. Ello no implica una ruptura completa con la parte del mundo donde impera el capitalismo de estado, sino el reconocimiento de que esta parte tampoco está actualmente interesada en la extensión del capitalismo de estado por medios revolucionarios, sino en su propia seguridad en un mundo cada vez más inestable.

En el momento actual del desarrollo del capitalismo la posibilidad de revoluciones socialistas es más que dudosa, pero todas las actividades obreras en defensa de los intereses de clase propios de los trabajadores llevan consigo un carácter potencialmente revolucionario. En periodos de estabilidad económica relativa la lucha de los trabajadores acelera por sí misma la acumulación del capital al forzar a la burguesía a adoptar medios más eficientes para incrementar la productividad del trabajo. Como ya se dijo, los salarios y los beneficios pueden crecer a la vez sin alterar la expansión del capital. Sin embargo, la depresión trae consigo el final del crecimiento simultáneo (pero desigual) de beneficios y salarios. La rentabilidad del capital ha de restaurarse para que el proceso de acumulación pueda reanudarse. La lucha entre trabajo y capital implica ahora la misma existencia del sistema, ligada a su continua expansión. Las luchas económicas ordinarias por mayores salarios adquieren implicaciones revolucionarias objetivas, ya que una clase puede tener éxito solo a expensas de la otra.

Por supuesto, los trabajadores pueden estar dispuestos a aceptar dentro de unos límites una menor proporción en el reparto del producto social, aunque solo sea para evitar los sufrimientos de la confrontación abierta con la burguesía y su estado. La experiencia previa hace que la clase dominante espere actividades revolucionarias y que, en consecuencia, se dote de armamento. Pero el apoyo político de las grandes organizaciones obreras también es necesario para prevenir revueltas sociales de gran alcance. Cuando una depresión prolongada amenaza al sistema capitalista, es esencial que los partidos comunistas y otras organizaciones reformistas ayuden a la burguesía a superar sus condiciones de crisis. Han de hacer lo posible por impedir actividades de la clase obrera que puedan retrasar la recuperación capitalista. Sus políticas oportunistas adquieren un carácter abiertamente contrarrevolucionario en cuanto el sistema se encuentra amenazado por demandas obreras que no pueden ser satisfechas en el marco de un capitalismo agobiado por la crisis.

Claro está que las economías mixtas no se trasformarán por propia voluntad en sistemas de capitalismo de estado. Y aunque los partidos de izquierda han descartado por el momento sus objetivos de capitalismo de estado, esto podría no impedir revueltas sociales de escala suficiente como para anular los controles políticos de la burguesía y de sus aliados en el movimiento obrero. Si tal situación se diera, la identificación actual del socialismo con el capitalismo de estado y una recuperación forzada de las tácticas bolcheviques originarias por parte de los partidos comunistas podrían desviar hacia el capitalismo de estado cualquier sublevación espontánea de los trabajadores. Igual que las tradiciones de la socialdemocracia en los países centroeuropeos impidieron que las revoluciones políticas de 1918 se convirtieran en revoluciones sociales, así las tradiciones leninistas podrían impedir la realización del socialismo en favor del capitalismo de estado.

La introducción del capitalismo de estado en los países de capitalismo avanzado como resultado de la II Guerra Mundial muestra que este sistema no tiene por qué quedar circunscrito a las naciones de capitalismo subdesarrollado, sino que puede existir en todas partes. Tal posibilidad no fue prevista por Marx, para quien el capitalismo sería reemplazado por el socialismo, no por un sistema híbrido que contiene elementos de ambos dentro de las relaciones de producción capitalistas. El fin de la economía competitiva de mercado no tiene por qué ser el fin de la explotación capitalista, que también puede tener lugar en el marco del sistema de planificación estatal. Esta situación históricamente nueva indica la posibilidad de un desarrollo caracterizado por un monopolio estatal de los medios de producción, no como periodo de transición al socialismo sino como forma nueva de producción capitalista.

Las acciones revolucionarias implican una ruptura general de la sociedad que escapa al control de la clase dominante. Hasta ahora, tales acciones solo han ocurrido en momentos de catástrofe social tales como situaciones de derrota bélica y turbulencia económica asociada. Eso no significa que tales condiciones sean un requisito absoluto para la revolución, pero sí indica la extensión de la desintegración social necesaria para que se desencadenen revueltas sociales. La revolución implica la rebelión de la mayoría de la población activa, cosa que no se produce por adoctrinamiento ideológico sino como resultado de la pura necesidad. Las actividades resultantes producen su propia consciencia revolucionaria, en concreto la comprensión de lo que hay que hacer para no ser destruido por el enemigo capitalista. Pero por el momento, el poder político y militar de la burguesía no está amenazado por disensiones internas y los mecanismos para orientar la economía tampoco están agotados. Y a pesar de la competición internacional cada vez mayor por las ganancias decrecientes de la economía mundial, las clases dominantes de los distintos países todavía se apoyarían unas a otras para suprimir los movimientos revolucionarios.

Los obstáculos enormes interpuestos en el camino a la revolución social y a una reconstrucción comunista de la sociedad fueron terriblemente subestimados por el movimiento marxista originario. Por supuesto, la flexibilidad y la capacidad de adaptación del capitalismo frente a condiciones cambiantes solo podía descubrirse al intentar destruirlo. Pero a estas alturas debería estar claro que las formas que adoptó la lucha de clases durante el ascenso del capitalismo no son adecuadas para su periodo de declinación, en el que la única posibilidad es su derrocamiento revolucionario. La existencia de sistemas de capitalismo de estado también muestra que no puede alcanzarse el socialismo por medios que ya fueron insuficientes en el pasado. De todas formas, esto no demuestra el fracaso del marxismo sino tan solo el carácter ilusorio de muchas de sus manifestaciones, como reflejos de las ilusiones creadas por el desarrollo del capitalismo mismo.

Hoy igual que ayer, el análisis de Marx de la producción capitalista y de su evolución peculiar y contradictoria por medio de la acumulación es la única teoría que ha sido confirmada empíricamente por el desarrollo capitalista. Hablar del desarrollo del capitalismo solo es posible en los términos marxianos. Por ello el marxismo no puede desaparecer mientras exista el capitalismo. Las contradicciones de la producción capitalista, aun modificadas en gran medida, también existen en los sistemas de capitalismo de estado. Como todas las relaciones económicas son relaciones sociales, las relaciones clasistas que siguen existiendo en esos sistemas implican el mantenimiento de la lucha de clases, aunque, en principio, solo en una forma unilateral bajo el dominio autoritario. La integración inevitable y progresiva de la economía mundial afecta a todas las naciones independientemente de su estructura económica concreta y así resta base a los intentos de encontrar soluciones nacionales a los problemas sociales. De manera que, mientras haya explotación clasista, habrá oposición marxista, aunque toda la teoría marxista haya sido suprimida o sea usada como falsa ideología para apoyar una práctica antimarxiana.

Ciertamente, son los pueblos los que hacen la historia, por medio de la lucha de clases. La decadencia del capitalismo —indicada por la concentración del capital y la centralización cada vez mayor del poder político, y también por la anarquía cada vez mayor del sistema, a pesar y a causa de todos los intentos de organización social más eficiente— podría resultar muy prolongada. Lo será a menos que lo acorten las acciones revolucionarias de la clase obrera y de todos los que no sean capaces de asegurar su existencia en un marco de empeoramiento de las condiciones sociales. Pero actualmente el futuro del marxismo es muy oscuro. La superioridad de las clases dominantes y de sus instrumentos de represión ha de ser contrarrestada por un poder mayor que el que las clases trabajadoras han sido hasta ahora capaces de generar. No es inconcebible que esta situación se prolongue y condene así al proletariado a sufrir penalidades aun mayores por su incapacidad para actuar en función de su propio interés de clase. Además, no puede descartarse que la resistencia del capitalismo lleve a la destrucción de la sociedad misma. Como el capitalismo sigue siendo susceptible de crisis catastróficas, las naciones tenderán como en el pasado a recurrir a la guerra para salir de las dificultades a costa de otras potencias capitalistas. Esta tendencia incluye la posibilidad de una guerra nuclear y, a juzgar por la perspectiva actual, la guerra parece incluso más probable que una revolución socialista internacional. Las clases dominantes son muy conscientes de las consecuencias de un conflicto nuclear, pero solo pueden intentar prevenirlo mediante el terror mutuo, o sea, por la expansión competitiva del arsenal nuclear. En la medida que solo tienen un control muy limitado de sus economías, tampoco ejercen un control real de sus asuntos políticos, y sus intenciones de evitar la destrucción mutua, sean cuales fueren, no afectan demasiado la probabilidad de su ocurrencia. Esta terrible situación impide cualquier confianza similar a la del pasado en la certeza y éxito de la revolución socialista.

Como el futuro permanece abierto, aun determinado por el pasado y por las condiciones inmediatas dadas, los marxistas han de actuar en el supuesto de que el camino al socialismo no está aún cerrado y que todavía hay una posibilidad de superar el capitalismo antes de su destrucción. El socialismo aparece ahora no solo como objetivo del movimiento obrero revolucionario, sino como única alternativa a la destrucción total o parcial del mundo. Esto requiere, por supuesto, el surgimiento de movimientos socialistas que reconozcan las relaciones de producción capitalistas como origen de la miseria social cada vez mayor y del riesgo de evolución hacia un estado de barbarie. Sin embargo, después de más de un siglo de agitación socialista, esto parece una esperanza baldía. Lo que una generación aprende, la siguiente lo olvida, empujada por fuerzas que escapan a su control y por tanto a su comprensión. Las contradicciones del capitalismo, como sistema de intereses privados determinados por necesidades sociales, no solo se reflejan en la mente capitalista sino también en la consciencia del proletariado. Ambas clases reaccionan al resultado de sus propias actividades como si estas se debieran a leyes naturales inalterables. Sujetos al fetichismo de la producción de mercancías, perciben el modo de producción capitalista, históricamente limitado, como una situación eterna a la que todos han de adaptarse. Por supuesto, como esta percepción errónea asegura la explotación del trabajo por el capital, es fomentada por los capitalistas como ideología de la sociedad burguesa y el proletariado es adoctrinado con ella.

Las condiciones capitalistas de producción social fuerzan a la clase trabajadora a aceptar su explotación como único medio de ganarse la vida. Las necesidades inmediatas del trabajador solo pueden satisfacerse mediante el sometimiento a esas condiciones y a su reflejo en la ideología dominante. Generalmente, la aceptación de unas conlleva la de la otra, como ideología representativa del mundo real, que solo puede ser cuestionado mediante el suicidio. El alejamiento de la ideología burguesa no cambiará la posición del trabajador en la sociedad y en el mejor de los casos es un lujo en el contexto de sus condiciones de dependencia. Independientemente del grado en que el trabajador pueda emanciparse ideológicamente, a efectos prácticos debe proceder siempre como si se hallara sometido a la ideología burguesa. Sus pensamientos y sus acciones serán necesariamente discrepantes. Quizá comprenda que sus necesidades individuales solo pueden asegurarse mediante las acciones colectivas de clase, pero de todas formas se verá forzado a atender a sus necesidades inmediatas como individuo. El doble carácter del capitalismo como producción social para la ganancia privada reaparece en la ambigüedad de la posición del trabajador como individuo y como miembro de una clase social.

Es esta situación y no alguna incapacidad condicionada para trascender la ideología capitalista la que hace a los trabajadores reacios a expresar y actuar en función de sus actitudes anticapitalistas que complementan su posición social como asalariados. Aunque perciben perfectamente su posición de clase, incluso cuando no le prestan atención o la niegan, también se dan cuenta del enorme poder dispuesto contra ellos, que amenaza destruirles si se atreven a cuestionar abiertamente las relaciones clasistas del capitalismo. Es también por esto por lo que, cuando intentan obtener concesiones de la burguesía, optan por métodos reformistas, no revolucionarios. Su falta de consciencia revolucionaria no expresa más que las relaciones reales de poder social que evidentemente no pueden modificarse a voluntad. Un cauto "realismo" —es decir, un reconocimiento del campo limitado de actividades que son factibles— determina sus pensamientos y acciones y halla su justificación en el poder del capital.

Cuando no va acompañado de la acción revolucionaria de la clase obrera, el marxismo solo es una comprensión teórica del capitalismo. No es la teoría de una práctica social real, empeñada y capaz de cambiar el mundo, sino que funciona como una ideología anticipatoria de tal práctica. Sin embargo, su interpretación de la realidad, aun siendo correcta, no repercute de ninguna manera importante en las condiciones existentes en un momento dado. Simplemente describe las condiciones reales en las que se halla el proletariado, dejando su cambio a las acciones futuras de los trabajadores mismos. Pero las propias condiciones en las que se encuentran los trabajadores les someten al dominio del capital y a una oposición impotente, ideológica cuando más. Su lucha de clase en el contexto del capitalismo ascendente fortalece a su adversario y debilita su propia inclinación a la oposición. El marxismo revolucionario no es entonces una teoría de la lucha de clases como tal, sino una teoría de la lucha de clases en las condiciones específicas de decadencia del capitalismo. No puede funcionar eficazmente en las condiciones "normales" de la producción capitalista, sino que ha de esperar su ruptura. Solo cuando el cauto "realismo" de los trabajadores se convierte en falta de realismo y el reformismo en utopismo —es decir, cuando la burguesía ya no es capaz de mantenerse a sí misma más que a costa de un empeoramiento continuo de las condiciones de vida del proletariado— pueden las rebeliones espontáneas transformarse en acciones revolucionarias con poder suficiente para echar abajo el régimen capitalista.

Hasta ahora, la historia del marxismo revolucionario ha sido la historia de sus derrotas, que incluyen los éxitos aparentes que culminaron en el surgimiento de los sistemas de capitalismo de estado. Es evidente que en sus orígenes el marxismo no solo subestimó la resistencia del capitalismo, sino que al hacerlo sobrestimó la capacidad de la ideología marxiana para repercutir en la consciencia del proletariado. El proceso de cambio histórico, a pesar de que ha sido acelerado por la dinámica del capitalismo, es exageradamente lento, sobre todo cuando se compara con la vida de las personas. Pero la historia de los fracasos también es la historia de las falsas ilusiones que se pierden y de la experiencia que se gana, si no para el individuo, sí al menos para la clase. No hay razón para suponer que el proletariado no puede aprender de la experiencia. Pero, dejando estas consideraciones aparte, las circunstancias lo obligarán a encontrar la forma de asegurar su existencia fuera del capitalismo, cuando ya no pueda asegurarla dentro de él. Las características concretas de esa situación no pueden determinarse a priori, pero una cosa sí es segura: que la liberación de la clase trabajadora del dominio capitalista solo puede conseguirse mediante la propia iniciativa de los trabajadores y que tal socialismo solo podrá realizarse eliminando la sociedad de clases mediante el fin de las relaciones capitalistas de producción. La realización de ese objetivo será a la vez la verificación de la teoría marxiana y el fin del marxismo.
[1978]
Nota editorial
Foto: Paul Mattick
Paul Mattick nació en la Pomerania alemana (ahora polaca), en 1904, y murió en Cambridge, Massachusetts, en 1981. Delegado de los aprendices en el consejo obrero de la fábrica Siemens de Berlín, participó en la izquierda espartaquista y en la fundación del Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD). En 1926 emigró a EEUU, donde fue activo en los Industrial Workers of the World y en el movimiento de desempleados durante la gran depresión de los años treinta. Autor de numerosos artículos y libros y editor entre 1934 y 1943 de Living Marxism, International Council Correspondence y New Essays, publicaciones de la izquierda consejista en las que también escribieron Karl Korsch y Antonie Pannekoek, en los últimos años de su vida tuvo su único trabajo académico, como profesor visitante de la universidad danesa de Roskilde. 1

Mattick publicó en alemán y en inglés y muchas de sus obras fueron traducidas a otros idiomas. La dinámica del capitalismo y los ciclos de auge económico y depresión, la relación entre organizaciones obreras y movimiento espontáneo de los trabajadores y la historia del marxismo revolucionario son los temas principales de la producción de Mattick. Varios libros de Mattick se han publicado en castellano, en muchos casos retraducidos de otros idiomas: Crisis y teoría de la crisis 2, Crítica de los neomarxistas 3 , Integración capitalista y ruptura obrera 4 y Rebeldes y renegados 5 . Algunas de estas versiones han perdido bastante de la fluidez y claridad que al menos en inglés suelen tener los textos de Mattick. De la que algunos consideran su obra principal, Marx and Keynes 6, existe una edición mexicana 7. Varios artículos de autores consejistas están recopilados en el libro Crítica del bolchevismo 8, que incluye un ensayo de Mattick sobre "Lenin y su leyenda".

"Pasado, presente y futuro del marxismo" (Marxism: yesterday, today, and tomorrow) es un texto póstumo de Mattick, publicado en 1983 como epílogo del libro Marxism: last refuge of the bourgeoisie? 9 , cuya edición final corrió a cargo de Paul Mattick hijo. En "Pasado, presente y futuro del marxismo" Mattick revisó a grandes trazos la historia del movimiento obrero y a la vez la historia del capitalismo desde los tiempos de Marx. El texto hace referencia a infinidad de hechos, ideas y autores, muchas veces sin mencionarlos siquiera por su nombre. Probablemente lo que intentaba el autor era definir un marco general en el que se hiciera inteligible la historia de un movimiento que había intentado acabar con el capitalismo y que un siglo después apenas si contaba con fuerzas para interrogarse sobre su propia derrota. El texto, fechado en 1978, contiene muchas referencias a los países del Este que han quedado desfasadas tras el hundimiento del bloque soviético. Pero las líneas maestras de su argumentación no están de ninguna manera en contradicción con lo ocurrido. Paul Mattick ya negaba el carácter socialista de la Unión Soviética en los años treinta, cuando aun el grueso del movimiento comunista no había comulgado ninguna de las ruedas de molino, a cual más gruesa, que luego le serían servidas por los países del llamado "socialismo real".

Quienes estén interesados en esa historia y en los temas nucleares del marxismo la irracionalidad del sistema capitalista, la relación del pensamiento con la realidad material de quienes piensan, la revolución, sintonizarán rápidamente con el texto de Mattick.
Notas
1. R. A. Gorman: Biographical dictionary of neo-marxism. Westport, Connecticut: Greenwood Press, 1985, pp. 287-288.
2. Barcelona: Península, 1977 (trad. del alemán de G. Muñoz)
3. Barcelona: Península, 1977 (trad. del alemán de G. Muñoz)
4. Barcelona: Laia, 1978 (trad. del francés de L. Riera).
5. Rebeldes y renegados: la función de los intelectuales y la crisis del movimiento obrero. Barcelona: Icaria, 1978 (trad. del italiano de G. Eguillor).
6. Marx and Keynes: the limits of the mixed economy, Boston: Porter Sargent, 1969
7. Marx y Keynes: los límites de la economía mixta. México DF: Era, 1975.
8. A. Pannekoek, K. Korsch, P. Mattick: Crítica del bolchevismo (recop. y trad. de F. Fernández Buey). Barcelona: Anagrama, 1976.
9. Armonk, NY/Londres: M. E. Sharpe/Merlin Press, 1983.

El presente ensayo se publicó originalmente en Collective Action Notes y posteriormente en los Cuadernos de Relaciones Laborales, de la Universidad Complutense, Madrid, N° 11, 1997, pp. 325-348.

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