"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

18/2/16

La teoría marxista de la plusvalía absoluta: una clave para entender las condiciones laborales en el período neoliberal

Karl Marx ✆ A.d. 
Consuelo Ahumada Beltrán   |   En el curso de los dos últimos decenios, las condiciones laborales y sociales de los trabajadores se han deteriorado de manera constante, como resultado de la puesta en práctica de las políticas derivadas de los planteamientos neoliberales. 1 Los programas de ajuste fiscal, que se aplican por doquier en América Latina como eje de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, han afectado negativamente la situación de los sectores laborales. Aunque este deterioro ha sido más notorio en los países subdesarrollados, también se ha presentado en las economías más industrializadas del mundo y ha sido uno de los rasgos más notorios del proceso conocido en términos generales como la globalización. En el presente trabajo se analizará la teoría marxista de la plusvalía, con el objeto de contribuir a la explicación de las condiciones laborales en el mundo actual. Se parte de la tesis de que en el período neoliberal, el capitalismo recurre fundamentalmente al alargamiento de la jornada de trabajo, es decir, al incremento de la plusvalía absoluta, con el objeto de contrarrestar la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. Por ello, el desarrollo tecnológico sin precedentes que se ha dado en los últimos tiempos no ha contribuido al mejoramiento de las condiciones laborales y sociales de la mayor parte de la población, sino que ha traído aparejado un deterioro, también sin precedentes, de dichas condiciones. La superexplotación de los trabajadores y su sometimiento a condiciones de vida y de trabajo equiparables a las de la época de la revolución industrial, son el resultado del modelo de acumulación vigente, que beneficia exclusivamente a las empresas multinacionales y al capital financiero, al servicio de los intereses de los países más poderosos del orbe.

El trabajo consta de tres partes. En la primera, se desarrollan los principales elementos de la teoría marxista de la plusvalía; en la segunda, se examina la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, formulada por Marx, y la tercera parte se centra en el análisis de los principales argumentos teóricos neoliberales y de las políticas derivadas de dichos argumentos, tendientes a modificar las condiciones laborales.
La teoría marxista de la plusvalía
Para entender el concepto de plusvalía, es necesario partir de un breve análisis de las condiciones de la producción capitalista y de la teoría del valor.
     1. El capitalismo y la teoría del valor
En la visión marxista, las relaciones sociales de producción de una sociedad dada constituyen la base de su estructura de clases. La propiedad privada de los medios de producción es entendida como la causa fundamental de desigualdad dentro de la sociedad capitalista. Por ello, la desigualdad es inherente al capitalismo mismo y la contradicción entre producción social y apropiación privada es la principal en la sociedad capitalista. En abierta crítica de la concepción liberal de la sociedad y del Estado, Marx afirma:
Decir que los intereses del capital y los intereses de los obreros son los mismos equivale simplemente a decir que el capital y el trabajo asalariado son dos aspectos de una misma relación. El uno se halla condicionado por el otro, como el usurero por el derrochador y viceversa (...) Incluso la situación más favorable para la clase obrera, el incremento más rápido posible del capital, por mucho que mejore la vida material del obrero, no suprime el antagonismo entre sus intereses y los intereses del burgués, los intereses del capitalista. Ganancia y salario seguirán hallándose, exactamente lo mismo que antes, en razón inversa. 2

En el primer tomo de El Capital, Marx aclara que, a diferencia de las sociedades anteriores, en la producción capitalista, tanto los medios de producción como el producto son propiedad del burgués y no del productor directo, es decir, del obrero. Por eso, desde el instante en que entra al taller del capitalista, el valor de uso de su fuerza de trabajo, y, por tanto su uso, o sea, el trabajo, le pertenece a éste. Cuando compra la fuerza de trabajo, “el capitalista incorpora el trabajo del obrero, como fermento vivo, a los elementos muertos de creación del producto, propiedad suya también” (T I, 147). Así, el trabajo resulta ser un proceso entre objetos comprados por el capitalista, pertenecientes a él.
El capital es trabajo muerto que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo...”, por ello, señala Marx, “el tiempo durante el cual trabaja el obrero es el tiempo durante el cual el capitalista consume la fuerza de trabajo que compró. Y el obrero que emplea para sí su tiempo disponible roba al capitalista” (T.I, 190).
Mediante el proceso de la producción, el capitalista persigue dos objetivos: el primero, producir un valor de uso que tenga un valor de cambio, lo que significa producir una mercancía. En segundo lugar, señala textualmente Marx, “producir una mercancía cuyo valor cubra y rebase la suma de valores de las mercancías invertidas en su producción, es decir, de los medios de producción y de la fuerza de trabajo. No le basta con producir un valor de uso, sino necesita un valor mayor” (T I, 148). Si el obrero requiriera de todo su tiempo para producir los medios de vida que son necesarios para su sostenimiento, no le quedaría ningún tiempo libre para trabajar gratuitamente al servicio de otro, sin lo cual no habría plusvalía ni existirían los capitalistas.

En la sección tercera del primer tomo de El Capital, Marx recoge el concepto de la teoría del valor, planteado por primera vez por los economistas clásicos, y señala que el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Para medirlo, se parte de las condiciones normales, es decir, las condiciones sociales medias de producción. Por ello, el valor de una mercancía no es el resultado de la acción del mercado, con su ley de la oferta y la demanda, sino del proceso productivo, que se genera dentro de unas relaciones sociales de producción específicas.

Pero el factor decisivo es el valor de uso específico de esta mercancía, que le permite ser fuente de valor, y de más valor que el que ella misma tiene, apunta Marx, diferenciando su teoría de la de sus antecesores. 
“El poseedor del dinero paga el valor de un día de fuerza de trabajo: le pertenece, por tanto, el uso de esta fuerza de trabajo durante un día, el trabajo de una jornada” (T.I, 155):
La fuerza de trabajo es en nuestra actual sociedad capitalista una mercancía; una mercancía como otra cualquiera, y sin embargo, muy peculiar. Esta mercancía tiene, en efecto, la especial virtud de ser una fuerza creadora de valor, una fuente de valor y, si se la sabe emplear, de mayor valor que el que en sí misma posee. 3
Este mayor valor que adquiere una mercancía en el proceso de producción capitalista, es lo que constituye la plusvalía. En términos más precisos, es el tiempo de trabajo excedente del obrero (surplus labour) después de producir el valor de su fuerza de trabajo. En palabras de Marx, es la materialización del tiempo de trabajo excedente, o el trabajo excedente materializado. La cuota de plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital o del obrero por el capitalista (T I, 175-176).

En cuanto al proceso de acumulación de capital, Marx señala que el burgués, que produce la plusvalía, es decir, que extrae directamente de los obreros trabajo no retribuido, materializado en mercancías, es el primero que se apropia de dicho excedente, pero no es, ni mucho menos, el único ni el último propietario de la plusvalía. Una vez producida, tiene que compartirla con otros capitalistas que desempeñan diversas funciones en el proceso productivo de la sociedad. Así, la plusvalía se divide en varias partes, correspondientes a diversas formas, tales como la ganancia, el interés, el beneficio comercial, la renta del suelo, etc. (T.I, 510).
     2) La jornada de trabajo
La suma del trabajo necesario y del trabajo excedente o, en otros términos, del período de tiempo en el cual el obrero repone el valor de su fuerza de trabajo y de aquel en el cual produce la plusvalía, constituye la magnitud absoluta de su tiempo de trabajo, o sea la jornada de trabajo, que es una cantidad variable (T.I, 187-188).

En el proceso de producción capitalista, señala Marx, el límite mínimo de la jornada de trabajo es la parte del día que el obrero tiene forzosamente que trabajar para obtener su salario. Pero por supuesto que su límite jamás puede reducirse a ese mínimo. El límite máximo está determinado por dos factores: el primero, la limitación física de la fuerza de trabajo, y el segundo, lo que él denomina “ciertas fronteras de carácter moral”: el obrero necesita una parte del tiempo para satisfacer necesidades espirituales y sociales. Se trata, entonces, de límites físicos y sociales, que dentro del capitalismo “tienen un carácter muy elástico y dejan el más amplio margen” (T I, 189).

Cuando alarga la jornada laboral, el capitalista está reafirmando el derecho que tiene como comprador de la fuerza de trabajo. “Matarse trabajando es algo que está a la orden del día, no sólo en los talleres de modistas, sino en mil lugares, en todos los sitios en que florece la industria”, señala el Doctor Richardson, citado por Marx, a propósito de las condiciones laborales en la industria fabril. 4

El desarrollo de la moderna industria trae entonces, como consecuencia, un alargamiento de la jornada laboral. En efecto, mientras las máquinas permanezcan inactivas, el capitalista está perdiendo, por cuanto durante ese tiempo éstas no representan más que un desembolso ocioso de ese capital. Sin embargo, “prolongando la jornada de trabajo por encima de los límites del día natural, hasta invadir la noche, no se consigue más que un paliativo, sólo se logra apagar un poco la sed vampiresa de sangre de trabajo vivo que siente el capital”, destaca Marx (T.I, 213).

Entonces, para vencer el obstáculo físico que representan los límites naturales de la fuerza de trabajo, al capitalista no le queda otra salida que relevar las fuerzas de trabajo recurriendo a diferentes métodos, como por ejemplo, estableciendo un régimen de turnos, de día y de noche, para lograr que los procesos de producción sean de 24 horas diarias. Marx nos deja ver que el propietario de la fábrica no se pregunta por el límite de vida de la fuerza de trabajo, por cuanto lo único que a él le interesa es movilizar y activar el máximo de fuerza de trabajo durante una jornada. Y para conseguir este rendimiento, “no tiene inconveniente en abreviar la vida de la fuerza de trabajo”, agrega (T I, 222).

Pero al alargar la jornada de trabajo, el capitalista no sólo empobrece la fuerza humana de trabajo, despojada de sus condiciones normales de desarrollo, sino que “produce, además, la extenuación y la muerte prematuras de la misma fuerza de trabajo. Alarga el tiempo de producción del obrero durante cierto plazo, a costa de acortar la duración de la vida” (Ibídem). También en su obra Salario, precio y ganancia Marx se refiere a la degradación a la que la explotación capitalista lleva a los obreros:
El hombre que no dispone de ningún tiempo libre, cuya vida, prescindiendo de las interrupciones puramente físicas del sueño, las comidas, etc., está toda ella absorbida por su trabajo para el capitalista, es menos todavía que una bestia de carga. Físicamente destrozado y espiritualmente embrutecido, es una simple máquina para producir riqueza ajena. 5
La obtención de plusvalía es, entonces, el objeto de la explotación capitalista. Marx señala que en las industrias en las que surgió el moderno régimen de producción, en las fábricas de hilados y tejidos de algodón, lana, lino y seda, es donde primero “se sacia el hambre del capital con la prolongación desenfrenada y despiadada de la jornada de trabajo” (T.I, 254)

Pero el progreso de la gran industria permite además emplear obreros sin fuerza muscular o sin un desarrollo físico completo, que posean, en cambio, una gran flexibilidad de movimiento. Recordemos que el trabajo incorpora a mujeres y a niños de ambos sexos. Tal como lo expresa gráficamente Marx,
Los trabajos forzados al servicio del capitalista vinieron a invadir y a usurpar, no sólo el lugar reservado a los juegos infantiles, sino también el puesto del trabajo libre dentro de la esfera doméstica y, a romper con las barreras morales, invadiendo la órbita reservada incluso al mismo hogar (T.I, 347).
El desarrollo de la maquinaria produjo la degeneración física de los niños y los jóvenes, así como una enorme mortalidad de niños obreros en edad temprana. En su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels documenta ampliamente esta situación. Refiriéndose a un informe de una comisión fabril de una ciudad de Inglaterra, presentado en 1833, señala lo siguiente:
El informe de la comisión central relata que los fabricantes comenzaban a ocupar ni- ños rara vez a los cinco años, a menudo a los seis, con suma frecuencia a los siete, y mayormente a los ocho o nueve años, que el tiempo de labor ascendía a menudo de 14 a 16 horas diarias (sin contar las horas libres para las comidas), que los fabricantes permitían que los capataces golpeasen y maltratasen a los niños y a menudo hasta ellos mismos se ocupaban de castigarlos (...) Pero ni siquiera este tiempo de trabajo tan prolongado satisfacía la codicia de los capitalistas. Se trataba de volver rentable por todos los medios posibles el capital invertido en edificios y máquinas, de hacerlo trabajar con la mayor intensidad posible. 6
En las condiciones de miseria impuestas por el nuevo régimen de producción, el trabajo de las madres fuera de casa produjo el consiguiente abandono y descuido de los niños, su alimentación inadecuada e incluso una elevada mortandad de niños pequeños por esta situación:
A menudo las mujeres retornan a la fábrica apenas tres o cuatro días después del alumbramiento y, como es natural, dejan en sus casas a su lactante; en sus horas libres deben correr de prisa a sus hogares para amamantar al niño y de paso comer algo ellas mismas. 7
Engels se refiere también a la depauperación moral y a la degeneración intelectual de los niños, convertidos en simples instrumentos para la fabricación de plusvalía. Entre otros muchos abusos, se cometía el de expedir certificados escolares a niños a los que no se les suministraba ninguna enseñanza, infringiéndose así la ley fabril. Más aún, en los inicios de la producción industrial, los capitalistas se robaban los niños en los asilos y orfelinatos para ponerlos a trabajar.

En lo que respecta a las condiciones laborales de los niños, en el primero tomo de El Capital, Marx también hace un extenso recuento de diversos autores de la época que documentan a fondo el problema. Pero no se queda sólo con narraciones de segunda mano, sino que introduce directamente en su relato a los diversos actores del proceso productivo en la moderna industria fabril: burgueses, inspectores, médicos y, por supuesto, obreros. Como lo señala el marxista norteamericano contemporáneo Marshall Berman, en un reciente trabajo denominado “La gente en El Capital”,
Muchas (de las voces de El Capital) pertenecen a trabajadores industriales y agrícolas, algunos de apenas diez años de edad, que se atreven a pararse ante las Comisiones de la Fábrica, frecuentemente asumiendo un alto riesgo personal, para hacer relatos sobre su trabajo y sus vidas. La mayor parte de estos obreros no se expresan en el lenguaje de la militancia o siquiera de la indignación moral; su postura general parece ser la de una resistencia estoica. No corresponden a la fórmula del Manifiesto Comunista, pero Marx los escucha con atención y deja que nos hablen extensa mente. Sus voces nos recuerdan las fortalezas humanas: su rechazo al engaño y la intimidación, su determinación de mirar las cosas de frente y de decir la verdad. Nos impresiona también su inteligencia austera, la forma como instintivamente captan las tecnologías complejas, los procesos industriales, la división del trabajo y las organizaciones en las cuales se mueven y viven. 8
Aparte de tan negativos efectos físicos y morales en los niños, convertidos por fuerza en obreros, la gran industria trajo el abaratamiento de la fuerza laboral del individuo. Ahora su valor no se determina ya por el tiempo de trabajo necesario para el sustento del obrero adulto, sino por el tiempo de trabajo necesario para el sostenimiento de la familia obrera, distribuyendo entre todos sus miembros el valor de la fuerza de trabajo de su jefe y, por tanto, depreciando el valor de la fuerza de trabajo. Así, “la maquinaria amplía, desde el primer momento, no sólo el material humano de explotación, la verdadera cantera del capital, sino también su grado de explotación (T.I, 347).

Por ello, señala Marx, la introducción de la maquinaria trae en sí una paradoja. Es, sin duda, el instrumento más formidable que existe para intensificar la productividad del trabajo y para acortar la jornada laboral, pero se convierte también en el medio más útil para prolongar esta jornada, haciéndola rebasar todos los límites naturales, y para convertir la vida del obrero y de su familia en tiempo de trabajo disponible para la explotación del capital (T.I, 355). Dentro del sistema capitalista, todos los métodos encaminados a incrementar la productividad se realizan a expensas del obrero y todos los medios que apunten al desarrollo de la producción se convierten en medios para esclavizar al que produce:
mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre fragmentario, lo rebajan a la categoría de apéndice de la máquina, destruyen con la tortura de su trabajo el contenido de éste, le enajenan las potencias espirituales del proceso del trabajo en la medida en que a éste se incorpora la ciencia como potencia independiente; corrompen las condiciones bajo las cuales trabaja; le someten, durante la ejecución de su trabajo, al despotismo más odioso y más mezquino; convierten todas las horas de su vida en horas de trabajo; lanzan a sus mujeres y a sus hijos bajo la rueda trituradora del capital (T.I, 589).
El alargamiento de la jornada de trabajo responde a la necesidad de contrarrestar el desgaste de la máquina, el cual tiene una doble causa: su uso y su inacción. Pero además del desgaste material, toda máquina está sujeta al llamado desgaste moral. Las máquinas pierden en valor de cambio en la medida en que aparecen otras máquinas que tienen un precio más bajo o que se construyen otras mejores (T I, 356). Lo cierto es que, entre más larga sea la jornada de trabajo, más corto será el período durante el cual la máquina reproduzca su valor total, y por lo tanto, menor será su riesgo de desgaste moral. En el tercer tomo de El Capital se afirma que la prolongación de la jornada de trabajo aumenta la ganancia, aunque el tiempo extra de trabajo se retribuya e, incluso, aunque se retribuya a un costo más alto que las horas normales de trabajo. De ahí que, como señala Marx, la necesidad creciente de aumentar el capital fijo sea en la industria moderna el principal incentivo que mueva a los capitalistas ambiciosos a prolongar la jornada de trabajo (T.III, 101).
3) Relación entre plusvalía absoluta y plusvalía relativa
¿Cómo hace el capitalista para incrementar la producción de plusvalía sin extender la jornada de trabajo? Mediante la reducción del tiempo de trabajo necesario para producir el salario. Esto quiere decir que una parte del tiempo que el obrero venía empleando para sí mismo se convierte en tiempo de trabajo invertido para el capitalista. Así, “lo que varía no es la longitud de la jornada de trabajo, sino su división en trabajo necesario y trabajo excedente” (T.I, 269). Esto corresponde a la plusvalía relativa, que Marx diferencia de la plusvalía absoluta de la siguiente manera:
La plusvalía producida mediante la prolongación de la jornada de trabajo es la que yo llamo plusvalía absoluta; por el contrario, a la que se logra reduciendo el tiempo de trabajo necesario, con el consiguiente cambio en cuanto a la proporción de magnitudes entre ambas partes de la jornada de trabajo, la designo con el nombre de plusvalía relativa (T.I, 271).
Y la relación entre una y otra forma de plusvalía la expresa en estos términos:
La producción de plusvalía absoluta es la base general sobre la cual descansa el sistema capitalista y el punto de arranque para la producción de plusvalía relativa. En ésta, la jornada de trabajo aparece desdoblada de antemano en dos segmentos: trabajo necesario y trabajo excedente. Para prolongar el segundo se acorta el primero mediante una serie de métodos, con ayuda de los cuales se consigue producir en menos tiempo el equivalente del salario. La producción de plusvalía absoluta gira toda ella en torno a la duración de la jornada de trabajo: la producción de plusvalía relativa revoluciona desde los cimientos hasta el remate los procesos técnicos del trabajo y las agrupaciones sociales (T. I, 457).
En desarrollo de su enfoque dialéctico, Marx señala que la plusvalía relativa
es absoluta en cuanto condiciona la prolongación absoluta de la jornada de trabajo, después de cubrir el tiempo de trabajo necesario para el salario del obrero. Y la plusvalía absoluta es relativa en cuanto se traduce en un desarrollo de la productividad del trabajo, que permite limitar el tiempo de trabajo necesario a una parte de la jornada (T.I, 458).
Sin embargo, agrega, esta identidad desaparece cuando se trata de reforzar, por todos los medios posibles, la cuota de plusvalía, que sólo se podrá aumentar prolongando de un modo absoluto la jornada de trabajo. La plusvalía relativa guarda entonces relación directa con la fuerza productiva del trabajo; se incrementa cuando ésta aumenta y disminuye cuando ella se reduce. Ello explica el afán y la tendencia constantes del capitalista a reforzar la productividad del trabajo, para de ese modo abaratar las mercancías y por consiguiente, el costo de la mano de obra.

Así, aunque la plusvalía relativa aumenta en razón directa al desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el valor de las mercancías disminuye en razón inversa a ese desarrollo (T. I, 275). Pero ello no quiere decir que al incrementar la productividad del trabajo se busque reducir la extensión de la jornada laboral. De acuerdo con Marx, en la producción capitalista, la economía del trabajo mediante el desarrollo de su fuerza productiva no persigue como finalidad acortar la jornada de trabajo. Se trata simplemente de reducir el tiempo de trabajo necesario para la producción de una determinada cantidad de mercancías (T.I, 276). Por ello, en el capitalismo, los inventos mecánicos no son más que un medio para incrementar la plusvalía.

La plusvalía sólo surge de la fuerza laboral, pero la masa de plusvalía está determinada por dos factores: la cuota de plusvalía y el número de obreros simultáneamente empleados. En ese sentido, explica Marx, la aplicación de maquinaria para la producción de plusvalía adolece de una contradicción inmanente, puesto que de los dos factores de la plusvalía que supone un capital de magnitud dada, uno de ellos, la cuota de plusvalía, sólo aumenta en la medida en que se disminuya el otro, el número de obreros. Esta contradicción se manifiesta cuando, al generalizarse el empleo de la maquinaria en una rama industrial, el valor de las mercancías producidas mecánicamente se convierte en valor social que regula todas las mercancías del mismo género; y tal contradicción es la que lleva a su vez al capitalista a prolongar violentamente la jornada de trabajo, para compensar la disminución del número proporcional de obreros explotados con el aumento, no sólo del trabajo excedente relativo, sino también del trabajo excedente absoluto (T.I, 359).

Marx señala que tan pronto como el movimiento creciente de rebeldía de la clase obrera obligó al Estado a acortar a la fuerza la jornada de trabajo, los capitalistas se dedicaron con todo ímpetu a producir plusvalía relativa, acelerando los progresos de la máquina.
     4) El salario
Del análisis anterior se deduce que, por muy favorables que sean para el obrero las condiciones en que venda su fuerza de trabajo, dichas condiciones llevan siempre consigo dos constantes: la necesidad de volver a vender dicha fuerza y la reproducción ampliada del capital. Como vemos, el salario supone siempre la entrega por parte del obrero de una cierta cantidad de trabajo no retribuido. Por eso, el aumento del salario solo representa, en el mejor de los casos, la reducción de la cantidad de trabajo no retribuido que el obrero está obligado a entregar. Pero, como señala el autor, esta reducción no puede jamás rebasar ni alcanzar siquiera el límite a partir del cual supondría una amenaza para el sistema capitalista (T.I, 563). Marx afirma que el salario es el precio de una determinada mercancía, que es la fuerza de trabajo, y se halla determinado por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier mercancía. Este precio se fija en la relación entre oferta y demanda. 9

El capitalismo puede mantener bajos los salarios gracias a la llamada superpoblación obrera o ejército industrial de reserva, una de las condiciones que le son inherentes a ese régimen de producción. David Ricardo se refirió a este fenómeno como redundant population y Marx lo explicó en los siguientes términos:
El movimiento general de los salarios se regula exclusivamente por las expansiones y contracciones del ejército industrial de reserva, que corresponden a las alternativas periódicas del ciclo industrial. No obedece, por tanto, a las oscilaciones de la cifra absoluta de la población obrera, sino a la proporción variable en que la clase obrera se divide en ejército activo y ejército de reserva, al crecimiento y descenso del volumen relativo de la superpoblación, al grado en que ésta es absorbida o nuevamente desmovilizada (T.I, 581).
Más adelante afirma:
La ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y la intensidad de la acumulación, mantiene al obrero encadenado al capital con grilletes más firmes que las cuñas de Vulcano con que Prometeo fue clavado a la roca. Esta ley determina una acumulación de miseria equivalente a la acumulación de capital (T.I, 589)
El descenso relativo del capital variable con respecto al capital constante, paralelo al desarrollo de las fuerzas productivas, lleva al incremento de la población obrera. La paralización de la producción dejará ociosa a una parte de ella y, de esa forma, empeorarán las condiciones del sector que trabaja, en la medida en que no tendrá más remedio que aceptar una baja de salarios, incluso por debajo del nivel medio. De ahí la importancia decisiva que tiene el desempleo dentro de la sociedad capitalista como factor que mantiene bajos los salarios e incrementa la ganancia.
Ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia 10
Esta ley formulada por Marx es esencial para entender el funcionamiento del capitalismo y el desarrollo de sus contradicciones. En la presente sección, nos referiremos en primer término a la relación entre capital constante y capital variable y a las causas que contrarrestan dicha ley. Seguidamente, analizaremos los rasgos generales del imperialismo, con base en los planteamientos de Lenin, con el objeto de entender cómo opera dicha ley bajo las condiciones del capital monopolista.
     1) Relación entre capital constante y capital variable
En el proceso de producción, Marx distingue dos tipos de capital: constante y variable. La parte de capital que se invierte en medios de producción, es decir, en materias primas e instrumentos de trabajo, no altera su valor en el proceso productivo, es la parte constante del capital o capital constante. El valor de los medios de producción se conserva al transferirse al producto, por lo que estos no pueden jamás añadir más valor que el que ellos mismos poseen, “independientemente del proceso de trabajo al que sirven” (T.I, 165). Por el contrario, tal como se vio en la primera sección cuando nos referimos a la teoría del valor, la parte de capital que se invierte en fuerza de trabajo sí cambia de valor en el proceso productivo mediante la generación de un remanente, la plusvalía. A ésta parte se le llama parte variable del capital o capital variable (T.III, 168).

Sin embargo, tal como ocurre con el valor de las materias primas, el valor de los medios de trabajo empleados en el proceso de producción puede cambiar, modificando también, por lo tanto, la parte del valor que transfieren al producto. Así por ejemplo, si, gracias a un nuevo invento se produce con menor costo maquinaria de la misma clase, la maquinaria antigua resultará más o menos depreciada, por lo que transferirá al producto una parte relativamente más pequeña de valor que el que le transferirá la nueva maquinaria (T.III, 169).

El incremento gradual del capital constante en proporción al variable tiene como resultado un descenso también gradual de la cuota general de ganancia, siempre y cuando permanezca invariable la cuota de plusvalía, o sea, el grado de explotación del trabajo por el capital. En el desarrollo de la producción capitalista, el capital variable decrece en términos relativos frente al capital constante y, por consiguiente, en proporción a todo el capital puesto en movimiento, lo que, en lenguaje marxista, representa un aumento de la composición orgánica de capital (T.III, 234). Por ello, entre menor sea la proporción del capital variable con respecto al capital constante, mayor será la composición orgánica de capital.

Con el avance del capitalismo, se presenta una utilización creciente de maquinaria y de diversas formas de capital fijo, por lo que el mismo número de obreros puede convertir en productos en el mismo tiempo, una cantidad cada vez mayor de materias primas, lo que trae consigo el abaratamiento progresivo de los productos. Cada uno de estos, considerado de manera individual, contiene ahora una suma menor de trabajo que en otras etapas anteriores de la producción, en que el capital invertido en trabajo representaba una proporción mucho mayor con respecto al capital invertido en medios de producción (T.III, 234). Esta tendencia se expresa en la reducción de la cuota general de ganancia, aunque incluso aumente el grado de explotación del trabajo, es decir, de la plusvalía. De esta forma, la cuota de ganancia disminuye, no porque el obrero sea menos explotado, sino porque se emplea menos trabajo como proporción del capital invertido.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que la baja de la cuota de ganancia no representa un descenso absoluto, sino puramente relativo de la parte variable del capital total, es decir, su descenso comparado con el del capital constante (T.III, 239). Se trata de una tendencia contradictoria, tal como lo destaca Marx a continuación:
El mismo desarrollo de la fuerza productiva social del trabajo se expresa, pues, a medida que progresa el régimen capitalista de producción, de una parte, en la tendencia al descenso progresivo de la cuota de ganancia y, de otra parte, en el aumento constante de la masa absoluta de la plusvalía o ganancia apropiada, de tal modo que, en conjunto, al descenso relativo del capital variable y de la ganancia corresponde un aumento absoluto de ambos. Este doble efecto sólo puede traducirse, como hemos dicho, en un aumento del capital total en una progresión más acelerada que aquella en que la cuota de ganancia disminuye (T. III, 244).
Con base en este análisis, Marx demuestra que no existe una relación de causalidad entre el incremento de los salarios y el descenso de la cuota de ganancia, y refuta este supuesto de la siguiente forma:
La tendencia a la baja de la cuota de ganancia lleva aparejada la tendencia al alza de la cuota de plusvalía, es decir, del grado de explotación del trabajo. No hay, pues, nada más necio que pretender explicar la baja de la cuota de ganancia por el alza de la cuota del salario, aunque excepcionalmente puedan darse casos de éstos (...) La cuota de ganancia no disminuye porque el trabajo se haga más improductivo, sino porque se hace más productivo (T.III, 262).
A este respecto, señala que en el caso de países con diverso grado de desarrollo capitalista y, por lo tanto, con una composición orgánica de capital diferente, la cuota de plusvalía, uno de los factores determinantes de la cuota de ganancia, puede ser más alta en un país en el que la jornada normal de trabajo sea más corta que en otro en el que sea más larga, en la medida en que en el primero de los dos la productividad sea mayor (T.III, 237-238).

Cuanto más se desarrolle el régimen capitalista de producción, mayor cantidad de capital será necesaria para emplear la misma fuerza de trabajo y absorber la misma masa de trabajo sobrante. Para mantener la cuota de ganancia, el capital tiene que incrementarse en la misma proporción. Por consiguiente, en la medida en que se desarrolla la producción, se incrementa también la posibilidad de una población obrera relativamente sobrante, pero no porque disminuya la capacidad productiva del trabajo social, sino, por el contrario, porque se incrementa (T. III, 244).

Al aumentar la productividad de la industria, disminuye el precio de cada mercancía. Esta contiene ahora menos trabajo, tanto pagado como no retribuido y, por lo tanto, se reduce la masa de ganancia que corresponde a cada mercancía. En la misma proporción en que ello sucede, aumenta su número. La masa de ganancia sigue siendo la misma, pero se distribuye de otro modo entre la suma de mercancías. Explica Marx que la masa de ganancia sólo puede aumentar, si se emplea la misma masa de trabajo, cuando aumente el trabajo no retribuido o, si el grado de explotación del trabajo sigue siendo el mismo, cuando aumente el número de obreros. O cuando ocurran ambos factores (T.III, 251).

Al estudiar el funcionamiento interno del régimen capitalista de producción, el autor concluye que no es un régimen absoluto, sino un régimen puramente histórico, un sistema de producción que corresponde a una cierta época limitada del desarrollo de las condiciones materiales de producción (T.III, 282).

Sin embargo, Marx deja en claro que la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia es apenas una tendencia que el capitalista logra contrarrestar y neutralizar recurriendo a las siguientes estrategias: 1) el aumento en el grado de explotación del trabajo; 2) la reducción del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo; 3) el abaratamiento de los elementos del capital constante; 4) la superpoblación relativa; 5) el comercio exterior y, 6) el aumento del capital por acciones.

A continuación, examinaremos brevemente cuáles son los rasgos centrales de la etapa del imperialismo o capital monopólico, cómo opera allí la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y cómo se contrarresta.
     2) El imperialismo
Marx no alcanzó a vivir el período del capital monopólico, característico del imperialismo. Sin embargo, sí vislumbró el predominio del capital financiero y, mediante su análisis teórico e histórico del capitalismo, demostró que la libre concurrencia engendra el proceso de acumulación y concentración acelerada de la producción.

Igualmente, después de observar las transformaciones económicas de finales del siglo XIX, pudo darse cuenta de que una parte del capital era empleada solamente como “capital productivo de interés”, o como capitales que sólo arrojaban grandes o pequeños intereses, los llamados dividendos (T.III, 262). Es por ello que, en su análisis, destaca el papel primordial que desempeña el comercio exterior para contrarrestar la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y se refiere a algunos de los efectos de la expansión comercial, entre los cuales está la ampliación de la escala de la producción, que permite abaratar los elementos del capital constante y los medios de subsistencia de primera necesidad en que invierten los obreros su salario. Mediante estos efectos, aumenta la cuota de ganancia, al elevarse la cuota de la plusvalía y reducirse el valor del capital constante. Veamos cuál es su explicación al respecto:
Los capitales invertidos en el comercio exterior pueden arrojar una cuota más alta de ganancia, en primer lugar porque aquí se compite con mercancías que otros paí- ses producen con menos facilidades, lo que permite al país más adelantado vender sus mercancías por encima del valor, aunque más baratas que los países competidores. Cuando el trabajo del país más adelantado se valoriza aquí como un trabajo de peso específico superior, se eleva la cuota de ganancia, ya que el trabajo no pagado como un trabajo cualitativamente superior se vende como tal. Y la misma proporción puede establecerse con respecto al país al que se exportan unas mercancías y del que se importan otras: puede ocurrir, en efecto, que este país entregue más trabajo materializado en especie del que recibe y que, sin embargo, obtenga las mercancías más baratas de lo que él puede producirlas. Exactamente lo mismo que le ocurre al fabricante que pone en explotación un nuevo invento antes de que se generalice, pudiendo de este modo vender más barato que sus competidores y, sin embargo, vender por encima del valor individual de su mercancía, es decir, valorizar como trabajo sobrante la mayor productividad específica del trabajo empleado por él. Esto le permite realizar una ganancia extraordinaria (T. III, 260).
Por otra parte, agrega Marx, los capitales invertidos en las colonias pueden arrojar cuotas más altas de ganancia, debido al bajo nivel de desarrollo de estos países y en relación con el grado de explotación del trabajo que se obtiene allí mediante el empleo de esclavos, entre otras formas de explotación. Sin embargo, como él lo dice, no se trata de que el capital no encuentre en términos absolutos ocupación dentro del país de origen, sino de que en el extranjero puede invertirse con una cuota más alta de ganancia.

En los comienzos del siglo XX, Lenin analizó a fondo el imperialismo como etapa monopólica del capitalismo, y señaló que éste surgió como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general:
Pero el capitalismo se ha trocado en imperialismo capitalista únicamente al llegar a un cierto grado muy alto de su desarrollo, cuando algunas de las propiedades fundamentales del capitalismo han comenzado a convertirse en su antítesis (...) Lo que hay de fundamental en este proceso, desde el punto de vista económico, es la sustitución de la libre concurrencia capitalista por los monopolios imperialistas. 11
Lenin caracterizó al imperialismo con cinco rasgos principales: 1) la concentración de la producción y del capital hasta un grado tan elevado del desarrollo, que se generan los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial para constituir el capital financiero, y la creación de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales como rasgo fundamental, a diferencia de la exportación de mercancías, característica del capitalismo de libre concurrencia; 4) la formación de asociaciones internacionales monopólicas de capitalistas, que se reparten el mundo y, 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. 12

Lenin demostró que en el contexto del imperialismo, el exceso de capital no se dedica a la elevación del nivel de vida de las masas en un país determinado, pues ello significaría la disminución de las ganancias de los capitalistas, sino al acentuamiento de tales beneficios mediante la exportación de capital al extranjero, a los países atrasados. En estos países, “el beneficio es ordinariamente elevado, pues los capitales son escasos, el precio de la tierra relativamente poco considerable, los salarios bajos, las materias primas baratas”, destacó 13 . La necesidad de la exportación de capitales se debe al hecho de que en algunos países el capitalismo ha “madurado excesivamente” y, en las condiciones creadas por un insuficiente desarrollo de la agricultura y por la miseria de las masas, no dispone de un terreno para colocar el capital de manera “lucrativa”.14  Se recurre a países en los cuales la composición orgánica de capital es menor y por lo tanto, la ganancia mayor.

Al examinar las condiciones del capitalismo de comienzos del siglo XX, Lenin destacó que en la época del monopolio, la utilización de las “relaciones” en las transacciones reemplaza a la competencia en el mercado. Por ello se vuelven muy corrientes los llamados préstamos condicionados, de manera que la exportación de capital al extranjero se convierte en un medio para estimular la exportación de mercancías. Así, en la negociación de un empréstito, se pone de presente la estrecha conexión existente entre las grandes firmas, los bancos y los gobiernos.

En lo que respecta a las prácticas comerciales características de la época imperialista, Lenin señala que los cartels han llevado al establecimiento de aranceles proteccionistas para los productos susceptibles de ser exportados. Los cartels y el capital financiero exportan a “precios tirados”, y ejercitan el dumping: en el interior del país, venden sus productos a un precio monopolista elevado, y en el extranjero los venden a un precio tres veces más bajo, con el objeto de arruinar al competidor y de ampliar hasta el máximo su propia producción15 .
La ideología neoliberal y la justificación del deterioro de las condiciones laborales
     1) Elementos teóricos
Al análisis científico del desarrollo del capitalismo y de sus contradicciones inherentes que hace el marxismo, se opone el pensamiento neoliberal en sus diversas expresiones16 . Uno de sus rasgos centrales es el subjetivismo, que sostiene que la experiencia privada del individuo es el único fundamento para conocer el mundo. En el campo de la economía, este enfoque fue recogido por primera vez en la teoría marginalista del valor desarrollada por Jevons, Menger y Walras en los años setenta del siglo XIX. Ellos sostuvieron que el valor de los bienes y servicios no podía ser calculado objetivamente porque dependía de las necesidades e intereses de los individuos particulares, quienes adoptan sus decisiones económicas de manera subjetiva. Resulta por lo menos paradójico que quienes se proclaman como herederos de los principios planteados por los economistas clá- sicos, rechacen la teoría del valor formulada inicialmente por éstos.

En su momento, Marx ya había refutado argumentos semejantes con los que se pretendía desconocer dicha teoría. En el primer tomo de El Capital, se refiere a Nassau W. Senior, destacado economista inglés de Oxford, quien en su obra Outlines of Political Economy, refuta la teoría ricardiana de la determinación de valor por el tiempo de trabajo y pretende descubrir que “el beneficio provenía del trabajo del capitalista y el interés de su ascetismo, de su ‘abstención’” (T.I, 187). Igualmente, cuestiona a los mercantilistas y a John Stuart Mill, quienes como “vulgarizadores de Ricardo”, pretenden derivar el remanente del precio de los productos después de cubrir su costo de producción, del hecho de que se vendan a un precio por encima de su valor.

El subjetivismo es también uno de los rasgos esenciales de las escuelas de Austria y de Chicago, las dos principales representantes del pensamiento neoliberal. Ludwig Von Mises, uno de los principales voceros de la primera, señala que nuestra clasificación del mundo se basa en ciertos conjuntos de percepciones mentales, un orden de cualidades sensoriales que no corresponden al mundo exterior. De la misma manera, la acción social es guiada por la opinión, que, a su turno, es establecida por los pensadores e intelectuales. Pero en lo que respecta al papel preponderante que desempeña el subjetivismo en la actividad económica y social, estos pensadores van incluso más lejos que los economistas de la Escuela de Chicago. En efecto, Milton Friedman sostiene que no es necesario verificar los supuestos iniciales de los que se parte en el análisis, en la medida en que las deducciones que se desprenden de ellos puedan ser demostradas satisfactoriamente. Von Mises descarta por completo la verificación empírica de dichos supuestos, señalando que sólo mediante la razón puede saberse si son correctos o no.

Para Frederick Hayek, otro de los representantes de la Escuela de Austria, la operación del mercado debe considerarse como un juego creador de riqueza, al cual él denomina catalaxia. En sus propias palabras,
Catalaxia es un término utilizado para describir el orden resultante del ajuste mutuo de varias economías particulares en el mercado (...) Catalaxia es un tipo especial de orden espontáneo producido por el mercado, por el conducto de personas que actúan de acuerdo a unas reglas de propiedad, infracción y acuerdo. 17
Este autor presenta el mercado como un sistema de información sin paralelo, en el cual los precios, los salarios y los beneficios son mecanismos que distribuyen entre los agentes económicos información que de otra manera no pueden conocer, por cuanto la mente humana no puede abarcar la totalidad de los hechos que son significativos desde un punto de vista económico. La intervención estatal es nociva, porque hace que la red de información del sistema de precios emita señales engañosas. Sin embargo, Hayek piensa que no es claro por qué, en forma constante, algunos son más afortunados que otros al prever el decurso de ese orden espontáneo. De todas maneras, cree que por el interés general, debe asumirse que el éxito pasado de algunas personas aumentará la posibilidad de que en el futuro ese buen resultado continúe, por lo que vale la pena inducirlos a que sigan obteniéndolo.

Los pensadores neoliberales sostienen que la mano invisible del mercado genera resultados que tienden a reproducirse a sí mismos. Así, por ejemplo, en la medida en que las personas escogen conforme a sus preferencias y ante la poca probabilidad que hay de que estas preferencias cambien muy rápidamente, los efectos económicos mismos permanecerán relativamente estables. Este análisis se aplica a los resultados del trabajo y, por ende, a la condición económica y social de las personas. Por ello, explica que las diferencias en los salarios se deben a la acción del mercado y a la elección de las personas.

A la mejor usanza neoliberal, estos pensadores ponen mucho énfasis en la armonía de intereses, resultantes de las economías de mercado. Las dos partes, en ambos lados del intercambio, se benefician mutuamente. Las personas ganan de acuerdo a lo que valen en el mercado y su valor depende en primera instancia de lo que cada uno haya invertido en sí mismo. Los pobres han escogido, de manera libre, invertir relativamente poco en su propia capacitación, y por eso merecen lo que ganan y ganan lo que merecen.

Por su parte, Milton Friedman afirma que el “sistema de precios” es el mecanismo que permite intercambios voluntarios entre las partes, “sin pedirles a las personas que se hablen entre sí o que simpaticen unas con otras”18 . Este sistema desempeña tres funciones en la actividad económica: transmite información, proporciona el incentivo para hacer el mejor uso posible de los recursos disponibles y determina la distribución del ingreso. Para acentuar aún más la naturaleza mágica del mercado, afirma que el sistema de precios funciona en forma tan eficiente que la mayor parte del tiempo las personas no son conscientes de ello. “Nunca nos damos cuenta de cómo trabaja de bien hasta cuando se impide su funcionamiento, e incluso entonces, rara vez reconocemos dónde se origina el problema”19 . Con esta visión del poder absoluto del mercado, los ideólogos neoliberales intentan proporcionarle una legitimación “científica” a la existencia de la desigualdad económica y social.

Para Friedman, la existencia de las grandes corporaciones, cuyo papel es preponderante en el capitalismo norteamericano de la década de los setenta, no cambia para nada la situación. Afirma que los monopolios de las industrias son poco importantes desde el punto de vista de la economía y cree que cuando las “condiciones técnicas” hacen que el monopolio sea el resultado lógico de la competencia de las fuerzas del mercado, un monopolio privado es siempre preferible a uno público o a uno sindical.

En estrecha conexión con la concepción neoliberal y con el auge del posmodernismo, como corriente que cuestiona los postulados y discursos teóricos que sustentan la modernidad, empezó a desarrollarse desde hace algunas décadas la noción de la llamada sociedad postindustrial. Según esta visión, el capitalismo de finales del siglo XX pasó de la producción de bienes a la producción de servicios y el mundo desarrollado se encuentra en una etapa de transición de una economía basada en la producción industrial a otra, en la cual la información y la investigación teórica sistemática entran a desempeñar un papel crucial y se convierten en motor del crecimiento, tal como lo señala el escritor inglés Alex Callinicos. 20 Se trata de una “sociedad del conocimiento”, dominada por una elite con un alto nivel de formación académica y profesional. En esta sociedad, supuestamente los conflictos de clase se han vuelto obsoletos, en la medida en que las clases mismas han dejado de existir.

En esa línea de análisis, autores como Manuel Castells se refieren al advenimiento de la economía informacional, que se refleja en varios rasgos: primero, las principales fuentes de productividad, y por ello de crecimiento económico, dependen cada vez más de la ciencia y la tecnología, lo mismo que de la calidad de la información y de la gerencia de los procesos de producción, distribución, comercio y consumo. Segundo, el cambio de la producción material a las actividades de procesamiento de información, tanto en términos de la proporción del PIB como del número de personas empleadas en tales actividades21 . En consecuencia con tales planteamientos, desde la óptica neoliberal se afirma que las naciones menos desarrolladas deben especializarse en la producción de manufacturas para el mercado mundial, aprovechando sus bajos costos laborales, mientras que los países industrializados se dedican a la investigación científica y a la innovación tecnológica.

Aparte de la legitimación de dicha división internacional del trabajo, los planteamientos del postindustrialismo tienen claras connotaciones políticas. De un lado, el supuesto de que la producción material y el interés en la ganancia han pasado a un segundo plano pretende ocultar la tendencia hacia la concentración y monopolización de los procesos productivos, que se ha acentuado de manera notoria en el mundo entero, en todas las esferas, durante las dos últimas décadas. Igualmente, se trata de minimizar la feroz contienda económica que libran los países industrializados por el control de las materias primas, los mercados e incluso los territorios. Pero de otro lado, al desconocerse la importancia de la producción industrial en el mundo actual, se busca descalificar y desmotivar por completo la lucha de la clase obrera y de los trabajadores en contra de las políticas neoliberales.

En su libro Contra el postmodernismo. Una crítica marxista, Callinicos hace un cuestionamiento de fondo de los supuestos en los que se basan los autores que plantean la idea de una sociedad postindustrial. Señala que si bien es cierto que a partir de la década del setenta se da un proceso de desindustrialización, se trató de un cambio relativo, por cuanto decreció la participación laboral en la industria, pero no el número absoluto de empleados del sector. De acuerdo con él, este paso sectorial de la manufactura a los servicios puede explicarse por el aumento creciente de la productividad del trabajo en la industria manufacturera, lo que significa que una proporción menor de la fuerza laboral puede producir una cantidad mayor de bienes. Pero ello no modifica en manera alguna el hecho de que la sociedad no puede sobrevivir sin dichos bienes. Señala igualmente que la transición de la producción industrial a los servicios no ha sido un proceso universal ni puede considerarse como una tendencia inevitable, correspondiente a una etapa de “madurez” del capitalismo. Para ilustrar esta afirmación, se refiere al ejemplo de la economía japonesa, que experimentó entre 1964 y 1982 una caída en la participación de los servicios en su PIB, del 51.7 por ciento al 48.8 por ciento, y un alza en la participación del sector manufacturero del 24.1 por ciento al 39.9 por ciento. 22

Para Callinicos, el empleo en el sector de servicios propiamente dicho no corresponde para nada a la elite de la sociedad del conocimiento, descrita por los defensores del postindustrialismo. Lo cierto es que en los Estados Unidos, el país de mayor desarrollo económico, el sector de los servicios es tan amplio, que incluye desde la programación de computadores y el procesamiento de datos hasta los oficios más variados, tales como los empleos en los establecimientos de comidas rápidas, en los cuales el salario es comparativamente muy bajo. Para ilustrar esta tendencia, el autor se refiere al caso de California, que a continuación transcribimos por considerarlo muy importante en lo que respecta a la tesis que hemos planteado en este trabajo en relación con el predominio de la plusvalía absoluta en la era neoliberal:

La desindustrialización, por lo demás, ha sido un doloroso proceso de resultados socialmente regresivos.
En ningún lugar del mundo se ilustra esto mejor que en California, la paradigmá- tica “sociedad postindustrial”, ubicada estratégicamente en el extremo este de la dinámica económica del Pacífico que, en 1985, tenía el 70 por ciento de su fuerza laboral empleada en el sector de servicios y que está idealmente conformada, gracias a Hollywood y a Silicon Valley para suministrar al mercado mundial recreación, información y entretenimiento. La recesión de 1979-82 eliminó casi que de tajo las industrias de automóviles, de acero y de llantas, al igual que otras empresas básicas, y una alta tasa de desempleo se combinó con la entrada, a menudo ilegal de emigrantes para producir un descenso radical en los salarios. Por consiguiente, hubo una expansión de las industrias intensivas en mano de obra mal remunerada, tanto en el sector de manufactura como en el de servicios. (...) 23
Resulta claro que, en todo caso, el proceso de desindustrialización relativa que han experimentado los países más desarrollados no ha traído los positivos resultados sociales y económicos que pronosticaron los teóricos del postindustrialismo. El deterioro constante de las condiciones laborales y sociales de importantes sectores de los inmigrantes y de la población nativa en los Estados Unidos y los países europeos, ha sido estudiado a fondo y documentado por diversos autores24 . Callinicos describe este proceso en los siguientes términos:
El resurgimiento en las ciudades más ricas de la tierra de los denominados “mé- todos sudorosos” (sweatshops) de explotación de la mano de obra, típicos del siglo XIX, hace parte de un conjunto más amplio de cambios, uno de cuyos rasgos más importantes y, por lo general, más ignorados por los teóricos parroquiales de la sociedad postindustrial, es el desarrollo de los nuevos países industrializados del Tercer Mundo. 25
El análisis anterior corrobora la validez de los planteamientos que hiciera Marx con más de un siglo de anterioridad, en torno a la naturaleza del proceso de producción y explotación capitalista. Su minucioso estudio demostró que la ganancia provenía principalmente de la explotación del trabajo asalariado y del incremento de la plusvalía, absoluta o relativa, y no del desarrollo tecnológico por sí sólo, tal como lo sostienen los defensores del postindustrialismo. En este sentido se manifiesta el norteamericano James A. Caporaso al señalar que
En el análisis marxista, el surgimiento de la moderna división del trabajo no es en lo fundamental un hecho técnico, ni se debe en primer lugar a la adquisición de nuevas técnicas o a la introducción de maquinaria al sitio de trabajo. Estos factores son importantes, pero ellos derivan del hecho social de que el excedente es producido en el nexo entre salario y capital y de que las presiones de competencia del mercado fomentan, o más bien requieren, de una continua acumulación. 26
     2) Las reformas neoliberales y la condición de los trabajadores
Entre finales de los ochentas y comienzos de los noventas, poco después de la crisis de la deuda externa, los países latinoamericanos adoptaron el modelo neoliberal, por imposición de los organismos financieros internacionales. Uno a uno fueron introduciendo reformas tendientes a consolidar la apertura a los mercados y al capital extranjero, reducir la función económica y social del Estado a favor del sector privado, recortar el gasto público y eliminar los subsidios sociales, y establecer las condiciones más propicias para la inversión extranjera.

Como resultado de la aplicación del nuevo modelo, los países latinoamericanos entraron en una crisis económica y social sin precedentes al finalizar el siglo. El derrumbe de los sectores productivos se reflejó en un incremento notorio del desempleo, del subempleo y de los niveles de pobreza en toda la región. Entre tanto, Estados Unidos resultó muy favorecido con todas estas políticas, que repercutieron en un crecimiento notorio de su economía durante la década pasada. La inversión extranjera en estos países se vio enormemente recompensada en los últimos años. En 1997 el capital privado internacional, fundamentalmente de ese país, invirtió 50.000 millones de dólares en toda América Latina, en tres sectores principales: el petróleo y la minería, los servicios, en especial los financieros, y las telecomunicaciones. En ese mismo año las operaciones de las compañías estadounidenses en la región generaron 20.000 millones de dólares de ganancias netas, lo que equivale a un 19.9 por ciento del total de ganancias netas obtenidas por las filiales en el extranjero de las compañías de los Estados Unidos, según cifras de la Oficina de Análisis Económico del Departamento de Comercio de ese país. 27 De otra parte, un estudio adelantado en el 2000 por la consultora internacional Arthur Andersen, basado en ochenta y siete firmas internacionales que operan en América Latina, muestra que la totalidad de ellas considera que esta región es el área de comercio más atractiva, aunque insiste en la necesidad de aumentar su competitividad eliminando todavía más las barreras proteccionistas. 28

Para analizar la incidencia de las reformas neoliberales en la condiciones de vida y de trabajo de los sectores laborales, nos referiremos, a continuación, a dos temas centrales, relacionados con la imposición del modelo neoliberal. El primero, los cambios en el proceso productivo y en las condiciones de trabajo, impuestos por los países capitalistas más desarrollados, con el objeto de contrarrestar el descenso de la tasa de ganancia, y el segundo, la especulación financiera y el incremento del endeudamiento externo y sus consecuencias para las condiciones laborales y sociales de los países subdesarrollados.
          a) La tendencia decreciente de la cuota de ganancia y los cambios en el proceso productivo y en las condiciones laborales
El llamado proceso de reestructuración económica global, expresado en el desplazamiento de operaciones manufactureras desde los países más industrializados hacia los menos desarrollados, que emprendieron las grandes multinacionales a partir de la década de los setenta, encuentra su explicación en la teoría marxista. Frente a la caída de la tasa de ganancia, los capitalistas recurrieron a una mayor exportación de capital hacia los países en los cuales aquella es mayor, debido a su menor composición orgánica de capital y a que los inversionistas disponen allí de una mano de obra abundante y barata.

La teoría de la nueva división internacional del trabajo, desarrollada por los alemanes Froebel, Heinrichs y Kreye29 dentro de la tradición marxista a comienzos de los ochenta, argumenta que los desplazamientos hacia estos países fueron motivados por la búsqueda de unas mejores condiciones de inversión, en una época en que en los países industrializados las ganancias se encontraban en declive y los costos laborales en ascenso. Esta reducción en las utilidades, expresión clara de la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, tuvo como antecedente el surgimiento de una fuerte competencia internacional, como resultado de la recuperación económica de los países de Europa Occidental y Japón después de la Segunda Guerra Mundial y del creciente avance tecnológico que se registró en el mundo capitalista. En estas condiciones, el predominio económico de los Estados Unidos, incuestionable en las décadas precedentes, se vio ahora amenazado y sus multinacionales empezaron a perder competitividad frente a las de sus rivales económicos. Harrison y Bluestone se refieren a la crisis que ello trajo para la economía norteamericana, en los siguientes términos:
Después de un cuarto de siglo de crecimiento sin paralelo a partir de la posguerra, las compañías estadounidenses se vieron sometidas a una competencia global sin precedentes hacia finales de los años sesenta. Como resultado de ello, las ganancias se vieron severamente reducidas (...) Estas (las compañías) empezaron a abandonar las empresas en los países del centro, a invertir en el exterior, a orientar el capital hacia operaciones abiertamente especulativas, subcontratar el trabajo con contratistas de bajos salarios, aquí y en el exterior, exigir reducciones de salarios a los empleados, y sustituir el trabajo de tiempo completo por el de tiempo parcial y por otras formas de trabajo contingente, y todo a nombre de la “reestructuración”. 30
Señala la teoría de la nueva división internacional del trabajo que el proceso de trasladar operaciones manufactureras a los países subdesarrollados requirió de tres condiciones previas: primero, la existencia de unas reservas prácticamente inagotables de mano de obra barata en estos países; segundo, la división y subdivisión del proceso productivo, el cual llegó a un punto tal que la mayor parte de las operaciones fragmentarias puede efectuarse con niveles mínimos de habilidad; y, tercero, el desarrollo del transporte y de las telecomunicaciones, lo que permite la producción total o parcial de los bienes en cualquier lugar del mundo. Estos factores explican la generalización de las zonas de producción para la exportación y de las maquilas a lo largo y ancho del Tercer Mundo, que se basan en la superexplotación de la fuerza laboral.

De conformidad con la nueva división internacional del trabajo y con los postulados que la sustentan en el contexto de la llamada globalización, a los países del Tercer Mundo les ha correspondido convertirse en plataformas exportadoras de productos semielaborados de poco valor agregado. Para ello, cada vez más se les exige que establezcan las condiciones más propicias con el fin de atraer el capital extranjero. La flexibilización de las condiciones laborales y de las normas ambientales, por lo tanto, busca ante todo que las multinacionales abaraten costos e incrementen sus ganancias, en un período de ardua competencia internacional.

Estas zonas de exportación o de libre comercio fueron instauradas por primera vez en el decenio de 1970, como una manera de atraer inversión extranjera a los países subdesarrollados. Se caracterizan por tener regulaciones sociales, laborales y ambientales muy laxas, una mano de obra muy barata e incentivos fiscales y financieros, que incluyen el otorgamiento de terrenos de manera gratuita o con un arriendo bajo, paraísos fiscales y eliminación de controles de cambio. Como bien lo señala Alexander Goldsmith,
Parte del paquete de ‘incentivos’ que el gobierno les ofrece a las multinacionales cuando crea las zonas de libre comercio es el derecho a arrasar el medio ambiente, a burlar los estándares básicos del bienestar social y el derecho a envenenar a los trabajadores. 31
La estrategia exportadora, impuesta a nuestras naciones por los países poderosos a través de organizaciones como el FMI y la OMC, busca ante todo perpetuar la dominación económica que éstos ejercen sobre aquellas a nivel global. Al mismo tiempo, incrementa el grado de vulnerabilidad de las economías de los países rezagados, al ponerlos a depender del comercio internacional, y a proseguir por una senda que va en sentido contrario a la recorrida por los países industrializados. Mientras el desarrollo de estos se forjó sobre la base de la protección del mercado interno por parte de los Estados nacionales, en los primeros la aplicación de las políticas neoliberales llevó a la destrucción de ese mismo mercado.

Dentro de este marco general, puede entenderse la razón por la cual la estrategia exportadora se convierte en la preferida por los gobiernos neoliberales en América Latina. Para el caso de Colombia, señalemos que, con el objeto de reducir los costos laborales, el gobierno de Pastrana creó las Zonas Económicas Especiales de Exportación (ZEEE), concebidas exclusivamente para los empresarios nacionales y extranjeros, cuyos proyectos de inversión asciendan a por lo menos dos millones de dólares. La inversión debe ser nueva; no se admite relocalización de la industria nacional, y el inversionista deberá adquirir el compromiso de que al menos el 80 por ciento de sus ventas o de sus servicios se destinará a la exportación. En contraprestación, las ZEEEs les ofrecen una serie de beneficios laborales, tributarios, crediticios y cambiarios, entre los cuales está una legislación laboral especial; las empresas de estas zonas podrán celebrar contratos de trabajo por jornadas limitadas, con un salario que compense la totalidad de los recargos, prestaciones y beneficios. Entre los beneficios tributarios se encuentra la exención del pago del impuesto de renta y complementarios sobre los ingresos obtenidos por ventas al exterior, la exención del impuesto de renta y remesas para los pagos y transferencias efectuados al exterior por concepto de intereses y servicios técnicos, y la exención de todos los derechos de importación para los bienes extranjeros32 .
          b) Especulación financiera, deuda externa y ajuste fiscal
La exportación de capitales, señalado por Lenin como uno de los rasgos distintivos del imperialismo, llegó a su mayor auge en la era neoliberal. A manera de ejemplo, en 1998 sólo un 2.5 por ciento de las transacciones del comercio mundial eran reales, en tanto que los flujos financieros puros representaban un 97.5 por ciento del total de las transacciones33 .Con la generalización de las políticas neoliberales, se intensificó la presión sobre los países del Tercer Mundo para que abrieran sus economías a los flujos internacionales de capitales. El FMI, con el respaldo del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, ha dirigido este esfuerzo, obligando a los gobiernos a que liberalicen las regulaciones en cuanto a la inversión extranjera directa y otros flujos de capital.

A partir de la segunda mitad de la década de los noventa, una vez que la banca internacional superó la crisis de la deuda externa latinoamericana mediante los procesos de renegociación y de reforma que tanto favorecieron a los acreedores, los empréstitos se redujeron de manera notoria para los países de la región y fueron reemplazados por financiación privada, que se desarrolla fundamentalmente mediante la llamada inversión de portafolio y se expresa por medio de bonos en el mercados de valores, más que de préstamos bancarios. Cerca del 70 por ciento de los flujos de capital hacia América Latina en ese período se dieron bajo esta modalidad, lo que representó un porcentaje tres veces superior al de la década precedente. Bajo las nuevas condiciones, los deudores no sólo asumen todos los intereses, sino también los riesgos de la tasa de cambio. 34

En medio del auge de la especulación financiera, la deuda externa de los países latinoamericanos ascendía a 760.000 millones de dólares a mediados del 2003. A pesar de los procesos de reestructuración, un buen nú- mero de estas naciones tiene pasivos públicos que superan el 50 por ciento de su Producto Interno Bruto y el 170 por ciento de sus exportaciones35 . Pero para los Estados Unidos y para el poderosísimo sector financiero internacional, el negocio de los empréstitos a la región fue y sigue siendo excelente. Endeudarse es percibido en esta época como símbolo de prestigio y como factor de confianza por parte de los países más poderosos y de sus grandes bancos y multinacionales.

La inversión de portafolio en América Latina se incrementó de manera notoria con la llamada Inversión Extranjera Directa (IED), realizada por las multinacionales en el marco de las políticas de privatización que se generalizaron en la década pasada. En la terminología de las instituciones financieras, esta modalidad incluye, por definición, la compra de empresas ya existentes, sin que se genere ninguna inversión productiva ni se creen bienes nuevos, como ha sucedido en la gran mayoría de tales procesos en nuestros países. Así se adelantó la privatización de las empresas estratégicas del Estado en toda la región. La política de invertir en compra de activos ya existentes en lugar de generar inversión productiva nueva es la mejor prueba en contra de la validez de los argumentos defendidos por los neoliberales desde la década de los ochenta, sobre la importancia de las reformas económicas como mecanismo para atraer capitales a estas latitudes, los cuales supuestamente iban a ser definitivos para incentivar sus sectores productivos y para generar empleo.

Los países de América Latina introdujeron medidas de liberalización de la cuenta de capitales durante la última década, las cuales, en combinación con otras políticas como la privatización de las empresas estatales, contribuyeron a crear un boom en los flujos de capital. Asimismo, se presionó a los gobiernos para que liberalizaran las regulaciones en cuanto a otros flujos de capital, tales como los mercados de acciones y bonos, así como los préstamos, tanto para el gobierno como para el sector privado. Con mucha frecuencia, estas medidas han sido incluidas en los paquetes de ajuste estructural impuestos a los países. Sólo en Latinoamérica, los ingresos por emisión de bonos se incrementaron de 7.2 billones de dólares en 1991 a 54.4 billones en 1997.36 A manera de ejemplo, anotemos que las bolsas latinoamericanas más importantes, las de Brasil, Chile, México y Argentina, generaban a finales de la década de los noventa altísimos rendimientos, superiores incluso a las de Nueva York o Madrid. Se destaca el caso de los dos últimos países, en donde la rentabilidad superaba el 20 por ciento anual, un factor que está muy ligado al derrumbe de sus economías en 1994 y 2001, respectivamente. 37

No podrían dejar de mencionarse de manera explícita los acuerdos con el FMI, suscritos por la mayor parte de los países de la región durante los últimos años. El objetivo central de tales acuerdos no es otro que profundizar las medidas de liberalización económica y comercial y adelantar un ajuste fiscal severo. Con la reducción del déficit fiscal, tendiente al logro del equilibrio de las finanzas del Estado, el Fondo busca ante todo garantizar y aumentar el flujo de capitales desde las naciones latinoamericanas a los países industrializados, en especial a los Estados Unidos. Se trata de que aquéllas cumplan con sus compromisos con la comunidad financiera internacional, sobre todo los relativos al servicio de la deuda externa, pero también con todos los demás rubros resultantes de la imposición de las políticas neoliberales. Como afirma Marcelo Torres,
El servicio creciente de la deuda externa pública y privada, más la factura por las crecientes importaciones y la repatriación de utilidades de las inversiones extranjeras, terminaron por conformar un grueso chorro de riqueza fluyendo hacia fuera, irremisiblemente perdido para nuestra economía. 38
Sin duda, una estrategia fundamental para profundizar las políticas de ajuste fiscal ha sido la disminución del ingreso de los trabajadores y por ello, buena parte de las llamadas reformas de “segunda generación” se orientan en ese sentido. Así, por ejemplo, por concepto de incrementos salariales por debajo de la inflación esperada, el gobierno colombiano pudo ahorrar cerca de un billón de pesos en el año 2000. 39

Al justificar la flexibilización laboral y las reformas que la promovieron en Colombia, el Banco Interamericano de Desarrollo insistió en argumentos como el de que los índices de rigidez del empleo eran muy altos, lo que según esta entidad convertía al país en uno de los de la región en donde resultaba más costoso contratar y despedir trabajadores. Se llegó a afirmar que la rigidez del trabajo era varias veces mayor que la de los Estados Unidos y los países europeos. Por ello, desde la óptica neoliberal se ha planteado que la solución al problema del desempleo está en reducir los costos de la mano de obra, e incluso en la completa eliminación de la legislación laboral para los trabajadores que ganen más de dos salarios mínimos y para todos aquellos que laboran en las zonas especiales de exportación. Por su parte, Fedesarrollo, emulando la práctica de los inicios de la producción fabril en el siglo XIX, llegó a plantear la necesidad de reducir el salario mí- nimo, por ser supuestamente el más alto de América Latina, al tiempo que propuso en el 2000 establecer un salario menor para las mujeres y los jóvenes, dos grupos de población muy afectados por el desempleo. 40
Conclusión
En su análisis del modo de producción capitalista, Marx explica el origen de la ganancia y la naturaleza misma de este régimen, recurriendo a la teoría de la plusvalía. La define como el tiempo de trabajo excedente del obrero después de producir el valor de su fuerza de trabajo. La cuota de plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital. La plusvalía producida mediante la prolongación de la jornada de trabajo es la plusvalía absoluta, mientras que la que se logra reduciendo el tiempo de trabajo necesario, con el incremento de la productividad, es la plusvalía relativa.

Sin embargo, la introducción de la maquinaria y de la tecnología trae en sí una paradoja. A pesar de ser el instrumento más formidable que existe para intensificar la productividad del trabajo y para acortar la jornada laboral, se convierte también en el medio más útil para prolongar esta jornada, haciéndola rebasar todos los límites naturales. El desarrollo del capitalismo lleva al incremento del capital constante con relación al capital variable y, por tanto, al incremento de la composición orgánica del capital. No obstante, la contradicción está en que la ganancia proviene del capital variable y no del capital constante. De esta forma, se materializa la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. Para contrarrestarla, el capitalista recurre a unas estrategias, que tienen que ver fundamentalmente con la reducción de los costos laborales y la búsqueda de mejores condiciones de inversión.

La generalización de las políticas neoliberales en el mundo entero, correspondiente a la época de la globalización, es el resultado de esta tendencia decreciente de la tasa de ganancia y de la crisis que se manifestó en la recesión de la década de los setenta. Los capitalistas actuales, al frente de las grandes empresas que se reparten el mercado mundial y en poder del gran capital internacional, recurren fundamentalmente al alargamiento de la jornada de trabajo, es decir, al incremento de la plusvalía absoluta, con el objeto de contrarrestar el descenso en la tasa de ganancia. Ello explica la generalización de las zonas de exportación en todos los confines terrestres.

Por ello, el desarrollo tecnológico sin precedentes que se ha dado en los últimos tiempos, lejos de contribuir al mejoramiento de las condiciones laborales y sociales de la mayor parte de la población, tal como lo pregonan los defensores de la globalización y del postindustrialismo, ha traído aparejado un deterioro de dichas condiciones en el mundo entero. La superexplotación de los trabajadores y su sometimiento a condiciones de trabajo cada vez más inhumanas, similares a las de los albores de la era industrial, y el incremento de la pobreza y la miseria en todo el orbe, son el resultado de un modelo de acumulación que beneficia exclusivamente a las empresas multinacionales y al capital financiero de los países más poderosos.

Marx señala que la plusvalía relativa es la forma más propia de incrementar la ganancia en el modo de producción capitalista, mientras que la plusvalía absoluta corresponde más a etapas precapitalistas. La prolongación de la jornada de trabajo, como rasgo distintivo de las condiciones laborales en el siglo XXI, muestra la tendencia regresiva del sistema de explotación del capitalismo y de su expresión actual, el neoliberalismo.

Como consecuencia de las políticas adoptadas y de las reformas emprendidas durante las dos últimas décadas, los países latinoamericanos experimentan una crisis económica y social sin precedentes. Ello corresponde a un proceso de recolonización por parte de los Estados Unidos, que se expresa en la intensificación de su injerencia y control sobre nuestras naciones, con el objeto de obtener ventajas que le permitan competir en mejores condiciones con los otros países más industrializados del mundo. La búsqueda de recursos, mercados y territorios se inscribe en esa competencia a muerte por la supremacía económica global, y el ALCA es una expresión clara de esa estrategia de recolonización frente a América Latina.

Sin embargo, como señala Marx, el capitalismo no es un régimen absoluto, sino un régimen puramente histórico, transitorio, un sistema de producción que corresponde a una cierta época limitada del desarrollo de las condiciones materiales de producción. Lo mismo puede decirse del modelo neoliberal que, pese a la fuerza con la que irrumpió y se instaló en el mundo entero, ya evidencia muestras claras de declive.

Por último, la explicación marxista de las leyes inherentes al capitalismo y de las contradicciones que lo llevan a sus crisis recurrentes, demuestra la vigencia de esta corriente científica para el análisis del neoliberalismo en los inicios del siglo XXI. Pero además, lo que es más importante aún, pone de presente también la vigencia de su poder transformador de la realidad.
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Torres, Marcelo, “Un balance sumario de la década neoliberal”, documento no publicado.
Notas
1 Este análisis está basado fundamentalmente en Carlos Marx, El Capital, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana, Cuba, 1980, tomos I y III. La mayor parte de las referencias corresponde
a estos dos textos.]
2
“Trabajo asalariado y capital”, en C. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1972, p. 81-86.
3 Introducción de Friedrich Engels a C. Marx, Trabajo asalariado y capital, Op. cit. p.67.
4 Dr. Richardson, “Work and Overwork”, en Social Science Review, 18 de julio de 1863 (citado por Marx en El Capital, Tomo I, p.212)
5 K. Marx, Salario, precio y ganancia, en K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, p. 225.
6 Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, Crítica, Grupo Editorial Grijalbo, Barcelona, Buenos Aries, México DF, 1978, p 404-405.
7 Ibídem, p.197.
8 Marshall Berman, “The People in Capital”, en Adventures in Marxism, Verso, Londres-Nueva York, 1999, p.83.
9 K. Marx, Trabajo asalariado y capital, Op. cit., p.73.
10 El Capital, Tomo III, Sección tercera.
11 V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, 1972, p. 111.
12 Ibídem, p. 113.
13 Ibídem, p. 77.
14 Ibídem, p. 78.
15 Ibídem, p. 147.
16 Para un análisis detallado de la ideología neoliberal, ver Consuelo Ahumada, El modelo neoliberal y su impacto en la sociedad colombiana, capítulo 3, El Áncora Editores, Bogotá, 1996.
17 Frederick Hayek, The Mirage of Social Justice, Chicago: University of Chicago Press, 1976, p. 108-109.
18 Milton y Rose Friedman,
Free to Choose. A Personal Stateman, Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1979, p. 13.
19 Ibídem.
20 Alex Callinicos, Contra el postmodernismo. Una crítica marxista, El Áncora Editores,
Bogotá, 1993, p. 22.
21 Manuel Castells, “The Informational Economy and the New International Division of Labor”, en The New Economy in the Information Age, Penn State: The Pennsylvania State University, 1993, p. 15-17.
22 Ibídem., p. 234.
23 Ibídem, p. 237. Para esta información, Callinicos se basa en P. Stephens, “Uneasy Realities Behind a Post-Industrial Dream”, FT, 15 de octubre de 1986.
24 Ver por ejemplo, Bennet Harrison y Berry Bluestone, The Great U-Turn: Corporate Restructuring and the Polarizing of America, Nueva York: Basic Books, 1988; Patricia Fernández Kelly y Saskia Sassen, “A Collaborative Study of Hispanic Women in the Garment and Electronic Industries”, Nueva York: Center for Latin American and Caribbean Studies, New York University, 1991; Vivian Forrester, El horror económico.
25 Callinicos, Op.cit., p. 238.
26 James A. Caporaso (comp), A Changing International Division of Labor, Boulder, CO: Lynne Rienner Publishers, 1987, p. 25.
27 “The Wall Street Journal Americas”, El Tiempo, julio 16 de 1998, p. 3B.
28 “Multinacionales, por qué no invierten en América Latina”, Portafolio, mayo 9 de 2000, p. 27.
29 Froebel, Folker, Jürgen Heinrichs y Otto Kreye, The New International Division of Labor, Cambridge, Cambridge International Press, 1980.
30 Harrison y Bluestone, Op. cit., p. vii y viii.
31 Alexander Goldsmith, “Seeds of Exploitation: Free Trade Zones in the Global Economy”, en Jerry Mander y Edward Goldsmith, The Case Against Global Economy, Sierra Club Books, 1996, p. 269.
32 “Lluvia de estímulos en zonas de exportación”, El Tiempo, febrero 25 de 2000, p. 1B- 6B.
33 Duncan Green, “The failings of the International Financial Architecture”, Nacla Report on the Americas, Vol. XXXIII, No.1, julio-agosto de 1999, p. 31.
34 Doug Henwood, “The Americanization of Global Finance”, Nacla Report on the Americas, Vol. XXXIII, No.1, julio-agosto de 1999, p. 13-23.
35 Datos de la CEPAL, citados en “La deuda ahorca la región”, Portafolio, agosto 3 de 2000,p. 32.
36 Duncan Green, “The failings of the International Financial Architecture”, Nacla Report on the Americas, Vol. XXXIII, No. 1, julio-agosto de 1999.
37 “Bolsas latinoamericanas: alta rentabilidad con un alto riesgo”, Portafolio, diciembre 15 de 1999, p. 19.
38 Marcelo Torres, “Un balance sumario de la década neoliberal”, documento no publicado.
39 “Diez años de reformas tributarias: tapando huecos”, documento de la Asociación Bancaria y las entidades financieras, La República, junio 18 de 2000, p. 8.
40 Intervenciones de Gustavo Márquez, representante del BID, y de Juan Luis Londoño, en el Seminario sobre empleo y políticas laborales, organizado por Fedesarrollo y el Banco de la República en Bogotá, el 9 de julio de 1999; “Se abren las apuestas por un nuevo salario mínimo”, Portafolio, julio 6 de 2000, p. 12.
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