"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

11/1/15

Para una historia de la historia marxista

Karl Marx ✆ Renato Couto 
Josep Fontana   |   Uno de los mayores problemas que hay para definir qué sea una historia legítimamente marxista es el de que, por principio, debe ser una historia que vaya más allá de las codificaciones más o menos dogmáticas que forman lo que la mayoría entiende por “marxismo”, con el agravante adicional de que, a diferencia de lo que sucede con la política o la economía, no se contaba hasta hace pocos años con textos publicados de Marx que expusieran con claridad sus ideas acerca de la historia, aunque, paradójicamente, éstas constituyesen una de las bases fundamentales de lo que se denominaba materialismo histórico. El núcleo inicial de estas ideas lo elaboraron Marx y Engels en Bruselas entre el verano de 1845 y el otoño de 1846, y las consignaron en el extenso texto de La ideología alemana, que decidieron no publicar y que no se editó hasta 1932 (y en una edición satisfactoria hasta 1965). Aunque Engels dijera más tarde que el libro reflejaba que sus conocimientos de historia económica eran todavía precarios, la verdad es que contenía planteamientos que hubiera sido útil que se divulgasen con anterioridad como la afirmación de que las abstracciones teóricas, “por ellas mismas y separadas de la historia real, no tienen ningún valor”. 1

La primera ocasión en que dieron a conocer algo acerca de su visión de la historia fue en la publicación del Manifiesto comunista de 1848, con la afirmación de que “La historia de todas las sociedades que han existido hasta hoy es la historia de luchas de clases”. 

El momento revolucionario que esperaban que se produjera en 1848 se frustró, y Marx dedicó al análisis de lo que había ocurrido Las luchas de clases en Francia, publicado en 1850, y El 18 Brumario de Luis Bonaparte, publicado en 1852, que comenzaba con una afirmación contundente: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, en las condiciones elegidas por ellos, sino en unas condiciones directamente dadas y heredadas del pasado”. 2

Aunque hay en El 18 Brumario elementos interesantes acerca de la concepción de la historia, no se trata propiamente de una investigación histórica, sino de un análisis político de actualidad. Y aunque sabemos que las reflexiones de Marx en este campo siguieron madurando, su plena dedicación en los años centrales de su vida a desentrañar el funcionamiento de la economía capitalista de su tiempo dio lugar a que estas reflexiones no se publicasen, como ocurrió, por poner un ejemplo, con las referidas a las formaciones económicas precapitalistas que desarrolló en las Grundrisse, que permanecerían inéditas hasta la segunda mitad del siglo XX. 3

En 1859, en cambio, Marx publicó en el prefacio de su Contribución a la crítica de la economía política una formulación esquemática, que quedaría como texto canónico, citado e 4 interpretado una y otra vez, que, lamentablemente, se convirtió en aquello mismo que Marx y Engels habían condenado en La ideología alemana, una “abstracción teórica” que condicionaba el estudio de la realidad. Esta formulación contenía elementos innovadores, junto a otros que eran residuos de la concepción histórica de la escuela de la ilustración escocesa, como la sucesión de “los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno”, que iba a llevar a debates y confusiones inacabables.

Foto: Josep Fontana
La adopción que muchos hicieron como guía interpretativa de un texto como este, contrasta con la riqueza de matices que encontramos en la práctica del propio Marx, como puede verse en el capítulo veinticuatro del volumen primero de El Capital, sobre “La llamada acumulación originaria”, que es posiblemente la mejor muestra que tenemos del Marx historiador, donde al estudiar la expropiación de los campesinos y la génesis de un mercado interno para el capital industrial, nos muestra cómo detrás de este proceso no hay solamente las consecuencias inevitables de la evolución económica, sino, para comenzar, la coerción ejercida por las clases dominantes a través del estado, con el fin de forzar a los campesinos a someterse al “sistema del trabajo asalariado” mediante la aplicación de leyes brutales. Con lo cual se ha conseguido que “aparezcan en un polo las condiciones de trabajo como capital y en el otro polo seres humanos que no tienen que vender más que su fuerza de trabajo”, en un esfuerzo que no cesa hasta haber logrado que la clase trabajadora acepte esas condiciones como leyes naturales, “por educación, tradición y costumbre”. 5

La dedicación de Marx al estudio del capitalismo realmente existente prosiguió hasta el fin de su vida. Cuatro años antes de su muerte, en 1879, escribía a Danilson que no podía terminar el volumen segundo de El Capital antes de que concluyese la crisis por la que estaba atravesando la economía inglesa: “Hay que observar el curso real de los acontecimientos hasta que lleguen a su maduración antes de poder consumirlos productivamente, con lo cual quiero decir ‘teóricamente’”. Lo que significa que el viejo Marx no se consideraba en posesión de un 6 juego de herramientas teóricas sobre el capitalismo que le permitiese juzgar lo que sucedía sin  seguir con la práctica de “observar el curso real de los acontecimientos”.

Menos aún podía pensarse en la existencia de una “teoría marxista de la historia”, que se pretendería desarrollar más adelante sobre la base del prefacio a la Contribución. Hubiera bastado con prestar atención a algunas cartas que muestran un Marx real lleno de dudas y de vacilaciones. Como ha dicho Kiernan, la concepción de lo que pudiera entenderse como una historia marxista padeció del hecho de que no se hubiesen publicado la mayoría de los textos que mostraban cómo había evolucionado el pensamiento de Marx después de la Contribución. 7

Sabemos de sus dudas, por ejemplo, por la carta que escribió a Engels el 25 de marzo de 1868 en que le explicaba que la lectura de los libros de Maurer sobre las instituciones de los germanos le había hecho reflexionar sobre la supervivencia de las formas precapitalistas en un entorno capitalista, lo que le llevó posteriormente a matizar en la traducción francesa de El Capital lo que sobre la expropiación de los campesinos había dicho en el capítulo 24 de la edición alemana, reduciendo su aplicación al ámbito de la Europa occidental, que habría seguido el modelo inglés, y dejando entender con ello que había otras vías posibles de evolución. Una idea que amplificará a fines de 1877 en una carta al director de una revista rusa, que no llegó a enviar, en que precisaba que en el capítulo 24 no había pretendido otra cosa que “trazar el camino por el cual surgió el orden económico capitalista en la Europa occidental del seno del régimen económico feudal”.



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