"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

9/4/15

Cultura y Revolución | En el cincuentenario de la muerte de Marx

Karl Marx ✆ A.d. 
Mijail Lifshits   |   El 14 de marzo de 1883 murió un hombre a quien le estuvo destinado gozar de un privilegio peculiar: ser odiado por todas las fuerzas dominantes de la vieja sociedad. Muchas fechas memorables han atraído la atención pública en los últimos años. Nunca como hoy se habían celebrado tantos jubileos. Nunca la memoria de los grandes pensadores y artistas del pasado había estado tan indisolublemente vinculada con las luchas del presente. En este entrelazamiento de la historia y la contemporaneidad, se expresa la exigencia de nuestra época de llegar a determinadas conclusiones con respecto al ciclo de desarrollo histórico representado por hombres como Spinoza y Goethe, Hegel y Wagner.

La burguesía ha instituido festejos en honor de estas personalidades, ha puesto en funcionamiento todos sus medios de propaganda con el fin de demostrar que la reacción cultural de nuestros días constituye el desarrollo superior de sus ideas. Ministros y diputados han salido de sus oficinas gubernamentales y se han levantado de sus sillones parlamentarios para pronunciar discursos solemnes en honor de la “conciliación de las contradicciones” hegeliana o del “renuncia” goetheana. Pero en honor del gran líder del proletariado Karl Marx, las clases pudientes de su tierra natal organizaron festejos de género muy diferente. 

El homenaje de sangre y fuego que dedicaron a su memoria muestra mejor que nada la significación histórica de la personalidad de Marx, y su diferencia con respecto a los pensadores de avanzada de épocas anteriores. Por diferentes que sean los hombres que puedan ser vinculados a esta aristocracia del espíritu, una cualidad común los une: todos se rebelaron contra las condiciones de vida existentes, señalaron sus rasgos negativos y condenaron su irracionalidad y su estrechez. Sin embargo, cada uno de ellos, en mayor o menor grado, atravesó por una crisis interna y una ulterior renuncia. Tras un periodo de “tormenta e ímpetu”, sobrevino un momento de arrepentimiento en el que la razón soberana se inclino ante el orden natural de la vida y se postró frente a la inexorable de las circunstancias.

Existe una vieja y superficial manera de explicar toda “conciliación con la realidad” que se sustenta en la referencia a la cobardía y al servilismo. Tanto lo uno como lo otro juegan un papel importante de la historia. Pero en relación con grandes inteligencias y naturalezas fuertes como, por ejemplo, la de Hegel, semejante argumento no es capaz de explicar nada. En estos casos, la renuncia es, antes bien, un resultado de la “falsedad del principio”, como en cierta ocasión se expresara Marx, que ellos enarbolaron, falsedad que ha de ser comprendida con sentido histórico; una consecuencia del carácter limitado del peldaño de desarrollo de la ciencia y la vida representado por ellos.

Ya en su “Discurso del Método”, Descartes había comparado la sociedad con una ciudad cuyas edificaciones han sido erigidas de forma espontánea y desordenada, y al revolucionario, con un hombre que se propone reconstruirla después de derribarla desde sus cimientos. Es cierto, dice Descartes, a quien habitualmente se considera un racionalista, que una casa construida con arreglo a un plan único es más bonita y más cómoda. Pero en relación con toda una ciudad, semejante reconstrucción provocaría un desorden aún mayor que el existente. “Los grandes cuerpos son difíciles de levantar una vez caídos y de sostener cuando van a caer; estas caídas tienen que ser muy violentas. Las imperfecciones de esos cuerpos son más soportables que sus cambios…”.1

De aquí se deduce que, independientemente de cuál sea el plan de los hombres, el elemento irracional es más racional que su propia razón. “Por eso los grandes caminos que avanzan entre montañas, a fuerza de frecuentarlos, llegan a parecernos tan llanos y tan cómodos, que creeríamos loco al que en vez de seguirlos quisiera ir más recto al punto de llegada, saltando por las rocas y descendiendo por los precipicios.”2

En estas palabras va implícita una idea que encontraría una formulación precisa en la obra de Leibniz: entre todas las posibles combinaciones de hechos, la mejor es la que se establece de forma natural, “nuestro mundo es el mejor de los mundos posibles”.

Tal es el punto de vista de estos racionalistas que hacen una auténtica apología de lo irracional y consiguen demostrar que la racionalidad del orden universal existente radica en su origen espontáneo, que el mal no es sino una sombra en la belleza del bien y que ese “algo inatrapable” (je ne sais quoi) que constituye el fundamento de toda la perfección y toda la armonía del mundo debe buscarse justamente en los oscuros impulsos que anidan hondo en la sociedad y en la conciencia humana.

La variante política de esta idea general que conduce a la justificación del poder fuerte, cualquiera sea su índole, proviene de Maquiavelo y de Hobbes. Este último mostró muy poca preocupación por la moral señorial y por los restantes atributos estéticos de la exaltación nietzcheana contemporánea de la fuerza. Su filosofía está impregnada de una ironía misantrópica. Con tenebrosa sonrisa, aconseja a los gobernantes oprimir con pulso firme a la raza humana, a esos sucios y vanidosos yanoos que describiera Jonathan Swift. El poder de un canalla en el trono es la mejor solución posible. A propósito, tampoco entra en contradicción con las leyes de la naturaleza el hecho de que el pueblo ajusticie a sus gobernantes.

Traducción del ruso por Rubén Zardoya Loureda
Publicado originalmente en la Revista Contracorriente. Año 5 – 1999



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