"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

11/9/15

El teórico olvidado | David I. Rosenberg y su estudio pionero de El Capital

“La lectura sistemática de El Capital nos aleja del ‘placer’ por las verdades absolutas y abstractas”   –  David I. Rosenberg

Fernando Castellá   |   El año 2008, crisis económica con epicentro en Estados Unidos mediante, volvió a convertir a Marx en un fenómeno editorial. Desde entonces comenzaron a aparecer distintos companions para leer El Capital, como la propia Guía de El Capital, de David Harvey. No obstante, el destacable objetivo de ayudar y acompañar a diversos públicos en la lectura de la gran obra de Marx tiene otros antecedentes notables, como el de David I. Rosenberg, una rara avis de la economía política marxista soviética, cuya principal obra, Comentarios a los tres tomos de El Capital, editada en 1931, era ya una rareza bibliográfica en la URSS de los ‘60 [1]. Entre los ríos de tinta, polémicas interminables e interpretaciones políticas en respuesta a intereses diversos –a veces antagónicos– que han emergido desde la primera edición de El Capital, desde los debates e interpretaciones que atravesaron a la generación de marxistas de la II Internacional, pasando por el revisionismo, y su antagonista –la crítica y recuperación revolucionaria que encarnaran Lenin y la III Internacional–, incluyendo a pensadores, filósofos, economistas y políticos de la talla de Luxemburgo, Rubin, Kautsky, Hilferding, Lukács, Althusser, Mandel o Sartre, llegando hasta la más reciente actualidad, resulta llamativa la ausencia del nombre de Rosenberg. Trataremos, en lo que sigue, de aproximarnos al pensamiento de este teórico olvidado.
Un personaje enigmático
La historia de David Iohelevich Rosenberg es, en principio, similar a la de muchos marxistas de Europa del Este de principios del siglo XX: nacido en 1879, en Lituania, murió en 1950, en la URSS. En 1904 se unió al Bund (el partido de los socialistas judíos de Lituania, Polonia y Rusia, en el antiguo Imperio ruso) para sumarse al Partido Comunista en 1920. Sufrió deportaciones, persecución y cárcel, como tantos en su época. Nada parece sobresalir en su biografía, excepto por el hecho de que fue un destacado economista teórico extrañamente desconocido tanto en el siglo XX como en la actualidad, pionero en el estudio del método de investigación que desarrollara Marx para concebir El Capital. Rosenberg tuvo acceso a la célebre “Introducción” a los Grundrisse [2], aquella en la que Marx trabaja por única vez, aunque incluso bajo la forma de un borrador, las cuestiones de método científico de investigación en economía política, algo así como su herencia epistemológica.

Rosenberg editó su obra principal, los Comentarios a los tres tomos de El Capital, en 1931, siendo profesor de la Universidad Estatal de Moscú. Se incorporaría a la Academia de Ciencias recién en 1939. Se conoce muy poco sobre su vida y, si bien para la realización de este artículo no encontramos biografías sobre el autor, todo parece sugerir que su recorrido teórico y político se mantuvo relativamente al margen de los centros del poder político soviético en años de estalinismo.

En su trabajo abundan comentarios y citas de Luxemburgo, Lenin, Plejanov, Bujarin, Renner, Kautsky, Engels, etc. Considerando su condición de teórico oficial y de docente universitario, en su estudio sobresale la ausencia de toda apología estalinista, tanto a la figura del propio Stalin como a la de la URSS en general. Es probable que el camino alternativo elegido por Rosenberg para estudiar El Capital, priorizando una cierta dosis de honestidad intelectual y pensamiento crítico propio por sobre la presión del aparato de un partido cada vez más burocratizado, sea lo que explique que recién se lo reeditara en 1961 en la URSS. Vale traer a cuento una aclaración que, en su propia introducción, parece reflejar el interés de fondo que animaba al ignoto Rosenberg hacia 1931:

Debemos enorgullecernos de que en la URSS la economía política marxista se haya convertido en una ciencia oficial, explicada en todos nuestros centros de estudio; pero, al mismo tiempo, no debemos ocultarnos un serio peligro que puede sobrevenir en esta situación. Estamos hablando del peligro de vulgarizar las ideas de El Capital, al convertirlas en monedas de baja ley que, como es sabido, se borran y pierden su peso (Comentarios, p. 19).

La puerta de entrada al “laboratorio de Marx”, en la “Introducción” a los Grundrisse

En sus Comentarios…, Rosenberg se plantea el objetivo de acompañar a aquel lector que se proponga hacer un estudio pormenorizado de la obra, “de principio a fin” y “sistemáticamente”, recomendaciones que no se cansa de remarcar. Esta forma de estudiar El Capital, razona Rosenberg, es inseparable de toda posibilidad de comprensión cabal del texto y, por esa vía, del pensamiento científico de Marx. Por el contrario, todo intento de abordaje parcializado o “a saltos” conspira contra la propia naturaleza del texto y su conexión lógica interna. En la introducción, nuestro autor aclara que no se trata de una exposición, porque para eso ya existe El Capital, sino de una suerte de guía para no perderse en el desarrollo de las determinaciones que van apareciendo en la obra, en su concatenación lógica y en su propia necesidad. Esta peculiar forma de acercarse al pensamiento de Marx es uno de los aspectos más fuertes del libro: además de la bastante elaborada introducción metodológica, el libro está compuesto por tres tomos –uno por cada tomo de El Capital–, cada uno de los cuales tiene comentarios y desarrollos sobre todas las secciones, todos los capítulos y aún, con abundante detalle, sobre todos los apartados dentro de cada capítulo. El ordenamiento interno está concebido de manera tal que cada capítulo cuenta con dos introducciones breves para situar al lector –“orden de la investigación” y “objeto de la investigación”– y, en la mayoría de los capítulos, también con una conclusión alusiva al conjunto de los contenidos que se vienen elaborando. Al avanzar sobre la obra de Rosenberg, da la impresión de estar acompañando al propio Marx en los fundamentos lógicos y teóricos de su obra, en la razón de ser de su particular estructuración.

Una doble intención atraviesa, entonces, el trabajo de Rosenberg: por un lado, darle uso y divulgar el nuevo universo que abre la “Introducción” a los Grundrisse con el conjunto de su desarrollo epistemológico; por otro, una búsqueda explicativa, notablemente pedagógica, con la condición de no salirse nunca del texto estudiado ni de infringir la máxima marxiana: “En la ciencia no hay caminos reales, y sólo tendrán esperanzas de acceder a sus cumbres luminosas aquellos que no teman fatigarse al escalar por senderos escarpados” (El Capital, edición francesa de 1872, México, Siglo XXI, p. 21).

Apoyado en los elementos de método que la “Introducción” aporta como novedad, Rosenberg trabaja la relación presente, aunque no explícita, en El Capital, entre lo abstracto y lo concreto; lo lógico y lo histórico; la inducción y la deducción; y el análisis y la síntesis. Veamos algunos de los planteos más interesantes.
El método de Marx
Rosenberg parte de considerar que lo específico del pensamiento dialéctico, del cual se apropia Marx, es la ausencia de toda verdad abstracta: por el contrario, sostiene que ésta es siempre, necesariamente, concreta. Armado con esta definición, y haciendo propia la lucha política de Marx contra la economía política clásica, cuya operación ideológica consistía en considerar a lo histórico concreto y determinado como algo ahistórico universal y natural (para el caso, las determinaciones específicas del modo de producción capitalista), Rosenberg plantea que Marx es quien descubre el carácter histórico de la economía política, pero no en el sentido tradicional de “ciencia descriptiva”, sino en el hecho de que su objeto de estudio –toda formación económica– está históricamente condicionado, por lo que, a su vez, todas las categorías y leyes que emergen de cada formación también están históricamente condicionadas. Esta idea central, que apunta a destruir el prejuicio sobre la dialéctica como una disciplina “mística”, es la que Mandel va a rescatar del olvido y reivindicar en El Capital, cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx. Es esta esencia de la dialéctica marxista la que el idealismo –“kantiano” o “metafísico”, según Rosenberg–, no puede captar: “Bajo el concepto de lo abstracto, los idealistas entienden lo apriorístico, pero no proveniente de la experiencia, e identifican lo concreto con la realidad dada en la experiencia” (p. 51). Esta especificidad del método de Marx lo vuelve, además, objetivo y no arbitrario.

En lo relativo al método de análisis, Rosenberg toma una definición de Marx en Teorías sobre la plusvalía, que explica la diferencia entre el método analítico de la economía clásica y el dialéctico. Mientras el primero se esforzó, por ejemplo, por reducir a su unidad interna a las diversas formas externas, de apariencia independiente entre sí, en que se presenta la riqueza –intereses, rentas, títulos–, restringiendo a una sola categoría, la de la ganancia, todas las formas de renta. El segundo, marxista, está interesado no sólo en reducir las distintas formas fenoménicas a su unidad, sino también, y sobre todo, en develar la génesis completa de estas formas, es decir, colaborar en la comprensión del “verdadero proceso de formación y desarrollo de las formas, en sus diversas fases” (citado por Rosenberg, p. 60). El primer camino se encuentra con un límite: el origen de la ganancia, en cuanto tal, sigue siendo un enigma. El segundo, por su parte, avanza sobre lo descubierto, reduciendo lo reducido –la ganancia– a su fuente única y universal: la plusvalía, el trabajo excedente.

Finalmente, respecto del también largamente debatido camino de ascenso de lo abstracto a lo concreto, analizado por Ariane Díaz, Rosenberg plantea que “el punto final del análisis es el inicio de la síntesis, con la ayuda de la cual nos ‘elevamos de lo abstracto a lo concreto’”. Con la metáfora del ascenso por escalones se ilustra el ascenso desde la mercancía con la cual inicia la obra, mediante cuyo análisis salen a la luz el valor de uso y el valor, y aún el trabajo abstracto, para comenzar a partir de ahí un proceso de síntesis, o de reproducción parcial de lo concreto mediante el pensamiento, hasta alcanzar la forma más desarrollada del valor, la forma de dinero. Momento en el que comienza nuevamente un procedimiento de análisis, en este caso sometiendo al dinero; se descomponen sus funciones, para nuevamente “fundir el análisis con la síntesis” y reproducir intelectualmente la forma de dinero en toda su concreción. En el “ADN” de El Capital se encuentra este procedimiento de ascenso, combinando análisis con síntesis (o reproducción de lo real por el pensamiento), desde las formas más simples y abstractas, hasta las más concretas.

Rosenberg pone un ejemplo más sobre el “edificio teórico” que se va conformando, en este caso en relación al tipo de capítulos, y su vínculo con cada sección. Por caso, el capítulo sobre la jornada de trabajo es un ejemplo de capítulo histórico-descriptivo concreto; mientras que el capítulo sobre la producción de plusvalía absoluta representa el segundo tipo de capítulos, los teórico-abstractos. Si el capítulo sobre la jornada de trabajo lo consideráramos al margen de la sección de la cual forma parte, “La producción de plusvalía absoluta”, sólo reflejaría una descripción histórica de la lucha de clases inglesa por la duración de la jornada de trabajo. En cambio, como eslabón de dicha sección, representa un momento concreto, una forma concreta de expresarse lo que abstractamente se había descubierto respecto de la plusvalía absoluta, es decir, la posibilidad de reproducir lo concreto, descubierto hasta ese momento, por el camino del pensamiento, y comprenderlo. Lo mismo ocurre con los capítulos histórico-descriptivos sobre la cooperación, la manufactura y la gran industria: son formas más concretas de las cuales el pensamiento puede dar cuenta, en tanto forman parte de la sección sobre la plusvalía relativa, y suceden a su análisis abstracto. De lo contrario, dichos capítulos representarían una mera descripción técnica-organizativa del proceso material de trabajo.

Acerca del profuso debate en torno a la naturaleza lógica o histórica de El Capital, Rosenberg lo zanja acudiendo al ejemplo El Capital comercial, aquel que surge, históricamente, antes que El Capital industrial, aunque “dentro del sistema capitalista el papel decisivo lo desempeña éste y no aquél”, situación que nos lleva a concluir que “teóricamente, El Capital comercial, el cual depende del industrial, debe ser deducido de éste, como hace Marx, y no al revés”. Esta peculiar distribución de las categorías, considera Rosenberg, donde a veces el proceso histórico coincide con el despliegue lógico de El Capital y a veces no, no representa una ruptura entre ambos órdenes del pensamiento, sino que, por el contrario, permite comprender científicamente el proceso histórico y, por ello, representarlo teóricamente.
Una prudente distancia contra la vulgarización estalinista
En una época en la que la propaganda estalinista ya se había apoderado plenamente del aparato estatal, con la supuesta realización del paraíso socialista en sus “nueve décimas partes”, según la fórmula de Stalin, resulta destacable un apartado del libro de Rosenberg en el que explícitamente se enfrenta con una corriente que, al interior de la URSS y representada por Bujarin, bregaba por la futura desaparición de la economía política como ciencia –y no sólo de la economía política–, en tanto a ésta le correspondería solamente el estudio del capitalismo, motivo por el cual su razón de ser en una economía socialista “tendiente al comunismo puro” se volvería superflua. Rosenberg, apoyado en Lenin y en el Anti-Dühring de Engels, defiende la tesis de que la economía política es la ciencia que estudia las “condiciones y formas bajo las que se produce y cambian lo producido las diversas sociedades humanas y bajo las cuales, por lo tanto, se distribuyen los productos en cada caso concreto” (citado por Rosenberg, p. 33), es decir, una economía política en sentido amplio, que “todavía está por crearse”, y que necesita seguir desarrollándose, dirá, en esta etapa de lucha entre dos sistemas, el capitalista y el socialista, y aún en la sociedad comunista.

El caso de Rosenberg parece ser el de un teórico que quedó “a mitad de camino”: como intentamos demostrar en este artículo –un primer análisis de su obra– realizó un estudio pormenorizado, preciso y de características notablemente pedagógicas sobre El Capital, sin hacer mayores menciones a la situación política concreta que atravesaba la URSS entonces. Sin ir más lejos, tres años antes de la edición de sus Comentarios…, en 1928 Ostrovitianov y Lapidus editaron La economía política y su relación con la teoría de la economía soviética y Economía política, los libros que serían la base sobre la cual redactarían, junto a otros, el apologético y acrítico Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la URSS, en 1951. Más allá de estas virtudes, también hay que señalar que a diferencia de Isaak Rubin, quien terminó su vida en Siberia y ejecutado, lo mismo que Evgeni Pashukanis [3], David Rosenberg concluyó sus días como un burócrata de la Academia de Ciencias, sin producir nada significativo hasta su muerte.

Es imposible pensar la historia de manera contrafáctica e imaginar qué recorrido podría haber seguido la economía política soviética como ciencia, alternativo al límite torpe que impuso el Manual. Lo que sí es posible considerar, por la negativa, es el evidente freno al desarrollo que constituye la burocratización y degeneración de un estado obrero: la economía política, como disciplina científica, al igual que el resto de las ciencias, vio abortado su potencial en la URSS a medida que se fue profundizando la degeneración estalinista. Por otro lado y como contracara de esto, lo que resulta evidente es que El Capital de Karl Marx continúa siendo una construcción intelectual que, por un lado, se trascendió a sí misma y, por otro, ha abierto caminos que aún, más que entonces, necesitan ser transitados.

Notas
[1] En este artículo trabajamos sobre la edición cubana de 1979 a cargo de Ernesto Chávez Álvarez y traducido por Julio Travieso Serrano. Hasta donde pudimos averiguar, no existen otras traducciones de la obra. Serrano introdujo el texto de Rosenberg en la Facultad de Economía de la UNAM, donde tuvo circulación, y fue reeditado.
[2] Los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) tuvieron una suerte editorial dispar. Hasta 1939, cuando el Instituto Marx-Engels-Lenin los edita por primera vez en Moscú, solo había circulado la “Introducción”, editada por Karl Kautsky en 1903 en la Die Neue Zeit (Los nuevos tiempos). Rosenberg trabaja sobre dicha introducción y la aprovecha para elaborar uno de los primeros estudios metodológicos sobre El Capital. Para un estudio pormenorizado sobre la intrincada historia de los Grundrisse, ver “Difusión y recepción de los Grundrisse en el mundo”, de Marcello Musto.
[3] Rubin y Pashukanis, dos de los principales intelectuales de la vieja guardia, economista y jurista respectivamente, terminaron ejecutados por las purgas estalinistas.
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