"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

23/12/15

El Capital en el Siglo XXI o la Economía Política del capitalismo rentista

Laurent Baronian   |   La evolución de la repartición de las riquezas en el mundo —calculada a partir de datos sobre ingresos y patrimonios en más de veinte países desde el siglo XVIII— constituye el objeto de El capital en el siglo XXI. Piketty analiza la dinámica del capital en un largo periodo para comprender por qué las desigualdades que se acrecentaron hasta inicios del siglo XX disminuyeron posteriormente, para aumentar de nuevo a partir de los años 1980. El autor concluye que no existe ningún proceso natural o espontáneo puede impedir que las tendencias desestabilizadoras y no igualitarias venzan durablemente las fuerzas que tendentes a la convergencia de los ingresos entre trabajo y capital así como entre las diferentes categorías de trabajo. Tras definir las nociones de ingreso, capital y ratio capital/ingreso y haber examinado las tasas de crecimiento demográfica y de la producción desde la revolución industrial, Piketty analiza sucesivamente la dinámica de la relación capital/ingreso, la estructura de las desigualdades en los ingresos del trabajo y en la propiedad e ingresos del capital. El libro termina con una serie de propuestas para regular “el capital del siglo XXI”; la más eficaz es un impuesto progresivo sobre el capital.  
         
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Por la variedad de datos que congrega, el libro devela la masa inédita de trabajos sobre las desigualdades de patrimonios y de ingresos a escala mundial. Piketty comenta esos hechos sociales cuantificados para ilustrar el “debate democrático” valiéndose de su condición de intelectual de nuevo tipo; dicho estatuto explica el sorprendente éxito del libro en Estados Unidos. No es el intelectual universal que denuncia la injusticia o la explotación en nombre de la razón. Tampoco es el específico que resiste a las formas de poder propias a su práctica como investigador, pues la ortodoxia económica se sustenta en las funciones académicas del autor. Se trata más bien de una extraña mezcla de ambos, producto de la dominación de la econometría en la investigación económica universitaria y del humanismo clásico de las grandes escuelas.1 En otras palabras, es un intelectual-experto que reanuda con la tradición universalista en nombre de la objetividad de los datos estadísticos. Al excesivo formalismo de la economía estándar, pero también a la teorización abstracta de los economistas clásicos y de Marx, Piketty opone los hechos expresados en datos estadísticos sobre los patrimonios y los ingresos. Con Piketty, ya no se trata de someter las hipótesis teóricas al criterio de falsificación como reclamaba Popper, sino de enriquecer los datos, afinar los modelos y reducir un poco más la capa teórica que ordena e interpreta la realidad económica.

Semejante confianza en la justicia de las cifras sería imposible sin la convicción de que no existe organización económica durable independientemente del sistema de mercado y de la propiedad privada. En efecto, Piketty no establece diferencia conceptual entre las sociedades agrarias tradicionales y el capitalismo globalizado. Las categorías de capital, ingreso y crecimiento califican diversas formas de relaciones económicas de la Antigüedad a nuestros días.2 De la misma manera, el autor trata las guerras y las crisis que sacudieron el siglo XX como tantos accidentes de la historia: choques políticos exógenos, ajenos a la dinámica de acumulación de capital.3 Sin embargo, aun limitándose a la Primera Guerra Mundial, un examen rápido de las circunstancias que originaron el conflicto muestra que éste derivó del agotamiento de posibilidades de acumulación en las naciones capitalistas. Por un lado, Inglaterra estaba siendo doblegada por las grandes potencias nacientes. Sufría de la creciente competencia de los productos estadounidenses y sobre todo alemanes, de tal modo que la parte esencial de sus exportaciones en víspera de la guerra se dirigían hacia países industrialmente atrasados. Por otro lado, la industria alemana —cuyo desarrollo desde 1870-1871 había sobrepasado a la inglesa— empezaba a estancarse por falta de colonias para desplegarse. Aun si no puede ser reducida a una guerra imperialista, la Primera Guerra Mundial fue el resultado de los esfuerzos de Alemania para establecer un nuevo orden económico mundial conforme a las exigencias de expansión de su industria.

Ahora bien, considerado desde el punto de vista de la historia de la economía política, el libro de Piketty destaca menos por estirar el capitalismo a todas las épocas de la historia que por haber representado el cambio de época del mismísimo capitalismo con dos pequeñas ecuaciones. Desde luego,  Piketty no anuncia nada nuevo al demostrar que el libre desarrollo del capitalismo acrecienta las desigualdades entre los detentores de capitales y los simples detentores de fuerza de trabajo. A decir verdad, sus ecuaciones nos dicen otra cosa: en ausencia de mecanismo de regulación, el capitalismo estimula más la concentración de riquezas en algunas manos que un crecimiento de ellas, engendra más patrimonio privado que una extensión de la producción social. De ahora en adelante, el sistema se desarrolla a costa del desenvolvimiento de las fuerzas creadoras de la sociedad que había engendrado desde hace dos siglos y medio. Las dudosas elecciones teóricas de Piketty, sus simplismos y sus tímidas rupturas con la economía estándar son solo medios para conformarse teóricamente a esa fase específica del capitalismo que el autor entiende como su esencia misma.

En su primera ecuación acerca de los ingresos del capital, Piketty define la tasa de ganancia como resultado de un supuesto rendimiento propio del capital, o sea de manera totalmente independiente de la relación capital-trabajo. Asimismo, esa tasa de ganancia se mantiene permanentemente al mismo nivel, mientras que debió haber disminuido conforme al aumento de la parte del capital en la producción. Esta extrañeza proviene de la concepción muy particular del capital del autor. Si, por un lado, Piketty se burla del fetichismo de las cifras de los economistas, por el otro lleva las categorías económicas de la teoría neoclásica a un grado absoluto de mistificación. Los neoclásicos conservaban al menos la relación capital-trabajo, definiendo uno y otro como factores de producción. Asimismo pensaban que, entre las diversas formas de capital, solo el bien de producción era fuente de rendimiento. Al contrario, para Piketty todas las fuentes de ingreso distintas del trabajo (acciones, obligaciones, vivienda, máquina) contribuyen a la tasa de rendimiento media del capital global.

Precisamente con esa última noción confusa del capital, Piketty concluye una relativa estabilidad de la tasa de ganancia en el largo periodo. Cuando disminuye la tasa de ganancia del capital productivo, el capital-dinero se redirige hacia mercados más o menos especulativos —tierra, bienes raíces, bolsa— de tal modo que el capital de la sociedad produce más o menos, en promedio, el mismo ingreso en todos los periodos de paz. Puesto que el capital de Piketty abarca tanto la riqueza inmobiliaria y financiera como los medios de producción, “las riquezas resultantes del pasado progresan mecánicamente más rápido, sin trabajar, que las producidas por el trabajo y a partir de las cuales es posible ahorrar.”4 No obstante, a la hora de justificar teóricamente el rendimiento del capital, Piketty no tiene reparo en definirlo como un factor de producción: “A partir del momento en que el capital tiene un papel útil en la producción, es natural que obtenga un rendimiento”.5 El autor sostiene esa definición pese a que, por lo demás, le parece natural que los activos que no desempeñan ningún papel en el proceso de producción gocen también de un rendimiento. El problema es que nada produce un rendimiento solamente porque es útil. La electricidad consumida en el proceso de producción, por ejemplo, es útil pero no produce ningún rendimiento económico. Si Piketty hubiese comprendido las implicaciones de la famosa controversia de Cambridge,6 habría sabido que su definición del capital presupone justamente el tipo de hipótesis extremadamente restrictivas, cuyo uso y abuso por la teoría económica él mismo critica.

En efecto, para conocer la tasa de ganancia del capital hay que conocer primeramente el monto del capital a que se aplicará esa tasa. El problema es que el capital se compone precisamente de una multitud de bienes de producción inconmensurables entre sí. Por consiguiente, el cálculo del monto global del capital presupone el conocimiento de la tasa de ganancia del capital, pues los precios de los bienes de producción que componen el capital son determinados por la tasa de ganancia. Fue precisamente ese razonamiento circular que los postkeynesianos de Cambridge Reino Unido denunciaban en los neoclásicos de Cambridge Estados Unidos. Piketty no se limita a sumar bienes de producción heterogéneos para definir el capital global. Agrega a ese capital las acciones y obligaciones, las viviendas individuales, los recursos naturales, las tierras.

Lo que Piketty llama “capital” designa en realidad el conjunto del patrimonio de la sociedad (público y privado). De ahí la confusión que comete entre capital financiero y capital productivo. Observa, por ejemplo, que cada habitante obtiene en los países ricos “en promedio 30 mil euros de ingreso anual y posee alrededor de 180 mil euros de patrimonio, de los cuales 90 mil son en forma de capital inmobiliario y 90 mil en acciones, obligaciones y demás participaciones, planes de ahorro o inversiones financieras”.7 ¿Qué representa el valor del capital en ese último caso? ¿Las inversiones productivas de las empresas o el valor de mercado de las acciones y obligaciones de las empresas cotizadas en los mercados financieros?Ahora bien, tras haber postulado un rendimiento permanente del capital (aproximadamente 5 %), Piketty añade: “a partir del momento en que el crecimiento es bajo, es casi inevitable que ese rendimiento del capital sea claramente superior a la tasa de crecimiento, lo que mecánicamente da una importancia desmedida a la desigualdad patrimonial resultante del pasado.”. Si Piketty se jacta de no teorizar más allá de lo que exigen los hechos, por otro lado violenta las pretendidas regularidades de la historia hasta que entren en silogismos ineptos.  La concentración de patrimonios y la creciente desigualdad de ingresos resultan de la diferencia entre la tasa de ganancia de capital y la tasa de crecimiento de la economía. Todo el razonamiento de Piketty admite que la tasa de ganancia del capital es independiente del crecimiento de la economía y que ese crecimiento solo engendra ingresos para el factor trabajo; tal es el contenido de su segunda ecuación. En efecto, Piketty cree constatar que la tasa de ganancia del capital es, en el largo plazo, constantemente superior a la tasa de crecimiento de la producción. Y puesto que la tasa de ganancia es también decretada estable en el largo plazo, todo ocurre como si la acumulación de capital se opusiese al crecimiento de la economía, absorbiendo permanentemente una parte creciente del ingreso en la forma de bienes de consumo duraderos (tierras, casas) o de inversiones financieras.

Dicha tendencia al aumento de las desigualdades —determinada por el alza de la relación capital/ingreso— es simultáneamente contrarrestada por la existencia de fuerzas que tienden hacia la convergencia de los ingresos. Ambas fuerzas no solo desempeñan funciones opuestas, sino que gozan de estatutos diferentes. Las fuerzas de convergencia nacen de la iniciativa del Estado que invierte en la calificación y la formación y que instituye políticas de difusión de conocimientos. Para Piketty, esas regulaciones favorecen la elevación de la productividad y la reducción de las desigualdades.8 Al contrario, las fuerzas que ensanchan las desigualdades de ingresos proceden del libre desarrollo del modo de producción capitalista en un contexto de débil crecimiento y de rendimiento elevado del capital (r>g). En efecto, para Piketty dicha fuerza “nada tiene que ver con una imperfección del mercado; muy por el contrario: cuanto más ‘perfecto’ sea el mercado del capital […] Más posibilidades tiene de cumplirse la desigualdad”.9

Por un lado, Piketty reprocha a Marx haber pasado “totalmente por alto la posibilidad de un progreso técnico duradero y de un crecimiento continuo de la productividad”. Marx habría sido doblemente víctima del hecho de la prisa de haber “fijado sus conclusiones desde 1848, es decir, antes de iniciar las investigaciones que podrían justificarlas”, así como de la falta “de datos estadísticos para precisar sus predicciones”.10 Pero por otro lado, Piketty no se cansa de repetir que, sin un impuesto mundial y progresivo sobre el capital, “los patrimonios del pasado adquieren naturalmente una importancia desproporcionada, pues basta un bajo flujo de ahorro nuevo para incrementarlos de manera y substancial”.11 No es todo: “Tomando en cuenta el crecimiento fuerte y estable de la relación capital/ingreso observada desde los años cincuenta, es natural preguntarse si este crecimiento proseguirá en las próximas décadas, y si la relación capital/ingreso durante el siglo XXI recuperará —o incluso sobrepasará— sus niveles de los siglos anteriores”.12 He aquí precisamente uno de los aspectos esenciales de la discusión acerca de la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia. Y si la producción capitalista resiste tan bien a los efectos de esa ley, es porque la compensa permanentemente con el aumento de la masa de ganancia (la parte de los ingresos del capital) resultante de la concentración del capital productivo. Pero a partir del momento  en que el “flujo de ahorro nuevo” no puede ser invertido en la esfera de la producción a la tasa de ganancia usual, es lanzado en la aventura especulativa y, de esta suerte, prepara las condiciones para una nueva crisis. Mientras no se distingan las ganancias del capital productivo de las financieras se podrá defender el contrasentido según el cual los ingresos del capital en general pueden “acrecentarse continua y substancialmente” y el alza de la relación capital/ingreso explicar la crisis financiera.13

La propuesta de Piketty consistente en desplazar el gravamen los ingresos derivados del capital al mismísimo capital expresa mucho más que una preocupación de eficacidad. Se trata de frenar el ritmo de acumulación de los patrimonios e incidentemente la alza de lo que Marx llama composición orgánica del capital (reflejada en la relación capital/ingreso). Keynes también deseaba limitar ese aumento, en la medida en que provocaba una disminución de la eficacidad marginal del capital. Propugnaba un estímulo de la inversión para favorecer el empleo y el aumento de la parte de los ingresos del trabajo. Piketty piensa solo en disminuir el volumen del capital porque el aumento de las desigualdades que resulta del alza de la relación capital/ingreso le parece la única contradicción inherente a la dinámica del capital.

Puesta su indiferencia teórica respecto a las formas de inversión, la tasa de ganancia (lo que Keynes llama “eficacidad marginal del capital”) no disminuye con la acumulación de capital. Por el contrario, la tasa de ganancia se acrecienta conforme lo hace el tamaño del capital, amén de la contratación de los servicios de los mejores consejeros jurídicos y financieros a fin de realizar inversiones financieras arriesgadas pero muy rentables. Por esa razón, Piketty estima inútil toda intervención directa del Estado en la actividad económica. Según él, la historia enseña que —con excepción de guerras y grandes crisis— la relación capital/ingreso siempre estuvo elevada y la tasa de ganancia siempre superior a la tasa de crecimiento. Por consiguiente, el Estado solo puede matizar la brecha entre los ingresos del trabajo y los del capital. Mientras Keynes instrumentalizaba al Estado para salvar al capital de sí mismo, Piketty busca salvar al capital de la sociedad en razón de su optimismo económico.

Laurent Baronian
Laurent Baronian es economista y filósofo, y es el autor de 'Marx and living labor' (Routledge, Londres, 2013).
Traducción del francés por Matari Pierre.
Notas
1 Instituciones elitistas de educación superior en Francia.
2 Allègre, G. et Timbeau, X., 2014, «La critique du capital au xxie siècle : à la recherche des fondements macroéconomiques des inégalités», Document de Travail 2014-06, OFCE, http://www.ofce.sciences-po.fr/pdf/dtravail/WP2014-06.pdf
3 T. Piketty, El capital en el siglo xxi, FCE, 2014, pp. 189 y 414.
4 Ibídem, pp. 415-416.
5 Ibídem, p. 465.
6 Controversia que opuso los post-keynesianos de Cambridge (Reino-Unido) a los neoclásicos de Cambridge (Estados Unidos). Tuvo por objeto la medida del capital y, por ende, la posibilidad teórica de determinar la tasa de ganancia de capital por la productividad del capital. Piketty reduce erróneamente la controversia de Cambridge a una disputa acerca de los determinantes del crecimiento económico.
7 Piketty, El capital en el siglo xxi, Op. Cit., p. 66.
8 Ibídem, pp. 87-88.
9 Ibídem, p. 43.
10 Ibídem, p. 24.
11 Ibídem, p. 41.
12 Ibídem, pp. 259-260.
13 Ibídem, p. 326.
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