"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

14/4/15

La importancia del capítulo XXIV de El Capital para la historia latinoamericana

Eduardo Grüner   |   Quisiéramos comenzar citando textualmente un párrafo ya canónico, extraído del capítulo XXIV de El Capital de Marx. El párrafo dice así:
El descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de la producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria. Pisándoles los talones, hace su aparición la guerra comercial entre las naciones europeas, con la redondez de la tierra como escenario [1].
 La verdad es que este párrafo es extraordinario. En pocas líneas plantea, de manera ultra-condensada, prácticamente todos los temas que deberemos desplegar a continuación. Empecemos, entonces, por hacer el listado de esas cuestiones que está planteando el párrafo.

1.      La expansión colonial, y la consiguiente conquista –con superexplotación de sus habitantes incluida –de lo que a partir de entonces se transformará en la “periferia” (América, África, las Indias Orientales) son “factores fundamentales” de la acumulación originaria del capitalismo.
2.     Esta época caracteriza ya “los albores de la era de la producción capitalista”; es decir –como lo dirá Marx mismo más adelante– forma parte ya de la historia de ese capitalismo.
3.     El escenario de este “drama” es ya, desde el inicio, mundial (“…con la redondez de la tierra como escenario”).
4.     En parte como consecuencia de lo anterior, se desplegará sobre este escenario también otro “drama” que se intersecta con el de la colonización: el de la rivalidad entre las grandes potencias “centrales” por el control del nuevo mercado mundial.
5.     La “ideología dominante” –esa colonialidad del poder/saber, como la llama Quijano, que se conformará a partir del proceso de “mundialización” del capital y de “capitalización” del mundo– presentará al proceso de expoliación de la ahora periferia como una serie de “procesos idílicos” destinados a exportar la “civilización” a las sociedades “salvajes”.

Esta sola enumeración plantea un problema adicional, que ha motivado innumerables debates, y que está muy lejos de haber quedado resuelto: ¿Por qué el capitalismo emergió antes y justamente en Europa, y no en cualquier otra región, facilitando así la identificación “eurocéntrica” entre Europa y la “modernidad”? No hay un nítido consenso al respecto, aunque en términos generales se pueda apostar a que las hipótesis se terminen reduciendo, en definitiva, a variantes de dos propuestas básicas: la de Marx y la de Weber. O una combinación de ambas, como la ensayó en su momento Karl Löwith.

Lo importante es que el párrafo –así como el resto del razonamiento de Marx en este capítulo– permite apreciar hasta qué punto decisivo la construcción de eso llamado centro se hizo sobre los cimientos de la periferización del resto del mundo, y muy particularmente la de América. La paradoja es que, “dialécticamente”, esa “periferización” se llevó a cabo a costa de las lógicas no-capitalistas de las sociedades “pre-modernas”, que fueron incorporadas a la lógica de la producción de mercancías ya siempre como periféricas y subordinadas, como predestinados “perdedores” del tren de la Historia, según lo creía Hegel. Para una gran parte del mundo, pues, la incorporación violenta al capitalismo, lejos de representar un progreso, significó una monumental regresión tanto en el campo “económico” como socio-cultural (esta inferencia, desde luego, desmiente ciertas lecturas apresuradas que hacen de Marx un “pro-colonialista” objetivo).

Es imprescindible introducir en el análisis, asimismo, la variable clase. Dentro de la periferia, las clases coloniales fundamentalmente terratenientes, dominantes a nivel “local”, obtuvieron inmensas ganancias a costa de la superexplotación coercitiva de la fuerza de trabajo esclava o semi-esclava. Al revés, en las sociedades “centrales”, la mayoría de los habitantes rurales, progresivamente despojados de sus tierras y forzados a la proletarización, vieron seriamente afectada su calidad de vida y su seguridad económica. Aquí es importantísimo, pues, introducir la discusión de la perspectiva “clasista” en el análisis del capitalismo, ya que esta perspectiva, en opinión de muchos autores, es antagónica con teorías como la del sistema-mundo o las teorías post/de-coloniales. En nuestra opinión, por el contrario, ambas son estrictamente complementarias y perfectamente articulables.

Ahora bien, no cabe duda (y el cap. XXIV vuelve a certificarlo) que la línea divisoria entre esas clases pasa por la propiedad o no de los medios de producción. Pero la formulación precisa del concepto de explotación ha sido muy debatida. Como sabemos ya desde el capítulo I de El Capital, para Marx la ganancia del capitalista se genera en la esfera de (las relaciones de) producción, con la extracción de plusvalía no remunerada de la fuerza de trabajo, y se realiza en la esfera del intercambio, transformada en renta monetaria. ¿Pero es eso todo? Uno de los temas más complejos es el del rol cumplido por los mercados y las relaciones económicas internacionales en la determinación de aquellos excedentes de producto y de trabajo que, “expropiación” mediante, son los objetos de la “explotación” por parte de las clases (y, en el caso del colonialismo, de los “Estados-naciones”) dominantes. La clave de la “ganancia” capitalista es, pues, la explotación objetiva de una clase por otra. El “mercado” realmente decisivo para esta operación es, entonces, el mercado de trabajo. Sobre esto no hay discusión posible, al menos desde una perspectiva nítidamente “marxista”. El problema es cuánto peso efectivo le damos a la esfera de la circulación en tanto “contribuyente” a las relaciones de explotación. Del hecho de que las relaciones de producción sean correctamente tomadas como analíticamente anteriores y prioritarias respecto del mercado, no se deduce necesariamente que las relaciones de intercambio deban ser tomadas como meros epifenómenos secundarios: “Los economistas de esta convicción”, dice Bowles, “parecen haber pasado por alto la ironía de Marx, cuando este se refiere a la esfera de la circulación como el mismísimo Paraíso de los derechos naturales del hombre” [2]. Lo que significa esto es que, si tratamos de ir más allá de un “economicismo” marxista –que por cierto no es el de Marx– que por así decir congela a la “fábrica” como el locus exclusivo de la lucha de clases, e introducimos también otro tipo de variables “superestructurales” (políticas, culturales, etcétera), entonces podemos comprender que los mercados pueden ser también escenarios nada menores del conflicto de clases. Por ejemplo: especial pero no únicamente en el caso de las relaciones económicas internacionales, la formación de precios y el flujo de capitales en el mercado global pueden ser unos determinantes centrales de la tasa de explotación, así como del tamaño del producto excedente. Pero, obsérvese que, mientras a los precios de intercambio los fija, en última instancia, el capital “imperial” de manera unilateral, el “flujo de capitales” se produce en las dos direcciones. En el colonialismo “clásico”, y nuevamente ahora, en la etapa llamada de “globalización”, ese flujo es, a través de varias operaciones, más intenso desde la “periferia” al “centro” que viceversa.

Desde la perspectiva del sistema-mundo, pues, de esa “redondez de la tierra” de la que habla Marx, la lucha de clases no solamente no queda “secundarizada”, sino que se complejiza: las clases dominadas del país dominado están en lucha simultáneamente contra la fracción de su propia clase dominante que más se beneficia con la relación colonial y con las clases dominantes del “centro”, mientras otra fracción de las clases dominantes “periféricas” puede desarrollar conflictos secundarios con las clases dominantes “centrales” (conflictos que, en el siglo XIX, son el trasfondo de la mayoría de los procesos independentistas, que en muchos casos se llevaron a cabo en beneficio de otras clases dominantes “centrales”: las inglesas en lugar de las españolas, por ejemplo).

Siempre atendiendo al razonamiento del Cap. XXIV, comprobamos que hay una dialéctica compleja: es porque (y no a pesar de que) el sistema-mundo ya ha entrado en la fase avanzada de “acumulación originaria” de capital, que requiere de un “desarrollo desigual y combinado” de relaciones de producción: la esclavitud –o cualquier otra forma “extra-económica” de control de la fuerza de trabajo para la exacción del excedente– le era necesaria a ese proceso de acumulación para dotarse de una fuerza de trabajo lo suficientemente “masiva” como para producir, también “masivamente”, mercancías destinadas a un mercado ya tendencialmente mundial y en acelerada expansión.

Y si quisiéramos complejizar aún más la cuestión, podríamos introducir aquí la importante distinción que hace Istvan Meszáros entre capitalismo y Capital [3]. Este último, entendido como un metafórico “sociometabolismo” o “modo de reproducción económico-social”, no puede reducirse plenamente al primero, ya que implica a todos los niveles o registros del sistema de reproducción (el político, el ideológico-cultural, el institucional, el del desarrollo de la “sociedad civil”, el de lo que Meszáros llama “estructura de comando” del Capital, etcétera, etcétera), y no solamente las relaciones de producción estrictamente hablando. Por supuesto que no puede existir capitalismo plenamente desarrollado sin Capital. Pero el Capital excede las determinaciones específicas del capitalismo “plenamente desarrollado”.

O sea: no puede caber duda de que, por lo menos, el régimen colonial en América Latina pertenece por pleno derecho (más aún: es un factor esencial) a la historia del Capital en su fase acumulativa que daría como resultado el capitalismo “plenamente desarrollado”, y que el control de la fuerza de trabajo mediante relaciones de producción “no-capitalistas plenamente desarrolladas” fue una necesidad de esa fase acumulativa del Capital, además de ser el capítulo local del proceso mundial de separación entre los productores directos y los medios de producción que Marx, siempre en el capítulo XXIV, sindica como proceso fundacional del capitalismo; pero, nuevamente, “local” y “mundial”, en la lógica de la conformación del sistema-mundo, son dos caras de una misma moneda.

Ensayemos una suerte de resumen de lo que nos permite concluir el cap. XXIV hasta aquí. América Latina y el Caribe, a través del comercio colonial, el control de la fuerza de trabajo forzada, y otros mecanismos subsidiarios pero nada menores como el sistema de impuestos y el contrabando, proveyeron de materias primas y excedentes económicos a una economía-mundo europea cuya premisa era la acumulación de capital y la expansión de la ganancia empresarial. En el propio interior de América Latina, combinadamente, los intereses mercantiles y el muy capitalista principio de inversión con fines de rentabilidad constituyeron una poderosa palanca de re-estructuración radical de las economías regionales y urbanas, así como de la tecnología y las relaciones sociales de producción utilizadas para esos objetivos. Este proceso motivó el surgimiento de la producción de mercancías, el deterioro y a mediano plazo la destrucción de las “economías de subsistencia”, las impresionantes inversiones de capital en las minas, las plantaciones de azúcar y empresas por el estilo, el crecimiento urbano –donde, al igual que sucedió parcialmente en las minas, se desarrollaron bolsones relativamente importantes de trabajo asalariado–. Todos estos fenómenos convergen inequívocamente en una imagen que está lejos de ser “feudal” –como se debatía en los años 50 y 60–, sino que sigue una nítida lógica “burguesa”, si bien por supuesto en el contexto de su estatuto de periferia colonial, y donde se combinan desigualmente diferentes relaciones de producción bajo la hegemonía mundial de las relaciones capitalistas.

Finalmente, quisiéramos usar todo lo anterior para aludir una vez más a un debate recurrente a propósito de la teoría marxista –la de Marx– de la historia. Como es archisabido, esa teoría ha sufrido todo tipo de intentos de recusación. Demos dos ejemplos, no por conocidos menos pertinentes. Uno es el de la célebre secuencia de los modos de producción (“comunista” primitivo, antiguo-esclavista, feudal, capitalista) que muchas veces ha sido impugnado, y no sin ciertas razones, por reduccionismo “evolucionista” –por el intento de condensar la complejidad polifónica de los múltiples tiempos históricos en una secuencia lineal– y “etnocéntrico” –por el supuesto de que la historia en su conjunto necesariamente ha debido seguir una secuencia, aún cuando admitiéramos su linealidad, que en todo caso solo le corresponde al occidente europeo–.

Una consecuencia de este “evolucionismo etnocéntrico” también habría sido, según esta imputación, la de interpretar retroactivamente a los modos de producción no-capitalistas (o pre-capitalistas) con las herramientas teórico-analíticas adecuadas al capitalismo, extrapolándolas para otras formaciones históricas muy diferentes. Pero esta crítica –plausible en sus propios términos– no toma en cuenta suficientemente el hecho de que ya en los Grundrisse Marx analiza exhaustivamente un número de otros modos de producción (y sus correspondientes formaciones económico-sociales) que no pueden en modo alguno ser reducidos a los “tipos ideales” de la aludida secuencia, y que en muchos casos son asincrónicos con esos “modos” europeos. El caso paradigmático es, por supuesto, el del llamado modo de producción asiático (o “sociedad asiática de riego” o “despotismo asiático”), tal como se presentan en las antiguas China o India, y en los no tan antiguos (ya que sus caracteres centrales llegan hasta la conquista española, en los inicios mismos del capitalismo europeo) imperios azteca o incaico, y cuyas características formales recuerdan más que sugestivamente a las estructuras políticas despótico-burocráticas de los socialismos “reales” (y es por ello, claro está, que estos estudios fueron ocultados por la jerarquía de la URSS).

Y es en los propios Grundrisse donde –basándose justamente en sus análisis de los modos de producción extraeuropeos– Marx levanta muy serias dudas sobre aquella extrapolación de las categorías del capitalismo hacia otros modos de producción. En efecto, aunque su enunciado –más bien retórico, por otra parte– de que la anatomía del hombre explica la del mono suena a repetición de la fórmula previa acerca de la sociedad burguesa como base para entender la historia en su conjunto, tiene mucho cuidado en aclarar que si bien la sociedad más tardía puede proporcionar ciertas claves sobre el carácter de sus predecesoras, las categorías de aquella no pueden aplicarse de forma mecánica a estas. El ejemplo obvio (y el de más importancia, en vista del proyecto de Marx) es el del concepto moderno de “trabajo” que, pese a (y en cierto sentido debido a) su abstracción, es un producto de relaciones de producción históricamente particulares, y tiene validez plena solamente en el contexto de tales relaciones.

En los modos de producción precapitalistas, en efecto, la acumulación de riqueza (y menos aún de “capital”) nunca es un fin en sí mismo: no hay una lógica intrínseca a la actividad económica, sino que esta tiende a subordinarse a fines extra-económicos. Por lo tanto, componentes “superestructurales” (para el tipo ideal del modo de producción capitalista) como, digamos, la organización política en la antigua Atenas, o las relaciones de dominación “personalizadas” en el modo de producción feudal, o las estructuras de parentesco en la sociedad “primitiva”, pueden ser esenciales para la propia estructura de esos modos de producción. No son formas sociales en las que pueda aislarse analíticamente –como sí puede hacerse, repitamos, en términos estrictamente analíticos– la “base” de la “superestructura”: esta misma posibilidad metodológica es el efecto histórico de un modo de producción como el capitalista, que tiende a “autonomizar” (ficticiamente) la esfera de lo que los economistas llaman “economía”.

Y ello para no mencionar, asimismo, que en muchos de sus estudios históricos Marx no sólo admite sino que interpreta como rasgo constitutivo la existencia de relaciones de producción diferentes –vale decir, pertenecientes a épocas históricas distintas del supuesto continuum esquematizado en el “tipo ideal” evolutivo–, y aún contradictorios, bajo el dominio de un modo de producción “central”, como es el caso característico de la esclavitud en el ya “capitalizado” Sur norteamericano o en las sin duda protocapitalistas formaciones coloniales del Caribe anglosajón o francés, como acabamos de ver.

Pero, si esto es así, entonces la “acumulación originaria” de la que habla Marx en el Cap. XXIV, así como el rol decisivo que tiene en ella la explotación de las “periferias”, no es algo que ocurrió en los orígenes, sino que es algo que sigue ocurriendo, como lógica estructural del modo de producción capitalista. No podríamos decirlo más claramente que como lo hiciera Samir Amin hace ya más de cuatro décadas:
Cada vez que el modo de producción capitalista entra en relación con modos de producción precapitalistas a los que somete, se producen transferencias de valor de los últimos hacia el primero, de acuerdo con los mecanismos de la acumulación primitiva. Estos mecanismos no se ubican, entonces, sólo en la prehistoria del capitalismo; son también contemporáneos. Son estas formas renovadas pero persistentes de la acumulación primitiva en beneficio del centro, las que constituyen el objeto de la teoría de la acumulación en escala mundial [4].
El otro caso, también frecuentemente recusado, es el de las consideraciones de Marx sobre la cuestión nacional/colonial. También aquí Marx habría incurrido en pecado de evolucionismo etnocéntrico, dando por sentada una necesaria “evolución por etapas” que las sociedades “retrasadas” o aún “semifeudales” de la periferia deberían alcanzar antes de que sus rebeliones anti-coloniales o democrático-burguesas pudieran ser calificadas de progresivas para la causa internacionalista de la revolución proletaria (y, dicho sea entre paréntesis, Marx reasume, desde otro punto de vista, su posición en Las luchas de clases en Francia cuando afirma que, dada la dependencia de Francia respecto de su comercio exterior, el proletariado francés jamás podría aspirar a llevar a cabo su revolución dentro de los límites nacionales; posiblemente este sea uno de los primeros lugares en los que Marx, si se nos permite la reducción al absurdo, toma partido anticipadamente por Trotsky y contra Stalin en la famosa controversia sobre la “revolución en un solo país”).

Este “error” sería particularmente manifiesto en los famosos artículos sobre la colonización británica de la India, o en la “defensa” de la ocupación norteamericana del Norte de México, así como en los escritos sobre Latinoamérica o sobre personajes como Bolívar. Sería demasiado largo analizar aquí la no siempre evidente complejidad dialéctica de muchos de esos escritos. Pero aún admitiendo el “error”, y pasando por alto la escasez de información con la que pudo haber contado Marx sobre estas cuestiones, o la (¿por qué no?) inconsciente influencia que pudo haber recibido de las teorías evolucionistas en boga, también habría que recordar que ya a partir de la década de 1860 Marx cambia radicalmente su posición en por lo menos dos casos nada menores: el del movimiento revolucionario irlandés y el de las comunas rurales rusas.

¿A dónde nos conducen estos razonamientos? Ciertamente no a ensayar una defensa a ultranza y obcecada de cualquier cosa que haya dicho Marx, lo cual, ya lo hemos dicho, sería muy poco respetuoso hacia el espíritu insobornablemente crítico de nuestro autor. Simplemente a subrayar, una vez más, que lo que importa en él (y muy especialmente en sus estudios históricos concretos) es la extraordinaria riqueza de una lógica de pensamiento de la historia, que permite incluso hacer la crítica del propio Marx cuando éste, ocasionalmente, se aparta de esa lógica. Lo cual no es en absoluto el caso de, por ejemplo, el capítulo XXIV de El Capital, como hemos intentado mostrarlo. Por el contrario, en este y los otros estudios que hemos citado, Marx despliega un análisis en múltiples niveles articulados, desde el nivel teórico-estructural más general posible hasta el del detalle local y coyuntural más particularizado. Y, sobre todo, lo hace –como no nos cansaremos de repetir– no con fines puramente analíticos y didácticos (que por otra parte están profunda y ampliamente cubiertos) sino privilegiando su función de guía para la acción, y colocando por delante, como matriz de su propio pensamiento, el criterio político-ideológico, pero también filosófico, historiográfico y epistemológico de la praxis social-histórica.

Notas

[1] Marx, Karl (1987): El Capital Vol, III, México, Siglo XXI.
[2] Bowles, Samuel (1988): loc. cit., p. 444.
[3] Mészaros, Istvan (2002): Para Além do Capital, São Paulo, Boitempo Editorial, esp. pp. 94/132 (“A ordem da reprodução sociometabólica do capital”).
[4] Amin, Samir (1975): La Acumulación en Escala Mundial, Mexico, Siglo XXI, pp. 11/12.

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