"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

22/4/14

Mercado, planificación, ‘el socialismo posible’ | La propiedad desde Marx hasta hoy

Karl Marx ✆ A.d.
Jesús P. García Brigos, Rafael Alhama Belamaric, Roberto Lima Ferrer & Daniel Rafuls Pineda  |  Al margen de diferencias en matices, a la situación encontrada en la obra internacional valdría aplicarle mutatis mutandi la consideración siguiente del argentino Atilio Borón: “Sea por ignorancia o por un arraigado prejuicio, lo cierto es que la flagrante deformación de lo que Marx dejó prolijamente escrito en buen alemán ha potenciado los gruesos errores interpretativos de una legión de críticos de la teoría marxista”. Concluimos, entonces, con una nueva cita del libro de Lukács, en este caso extraída de su capítulo dedicado al marxismo de Rosa Luxemburgo. Allí el teórico húngaro, con razón, afirma:
“… no es la primacía de los motivos económicos en la explicación histórica lo que constituye la diferencia decisiva entre el marxismo y el pensamiento burgués, sino el punto de vista de la totalidad. La categoría de totalidad, la penetrante supremacía del todo sobre las partes, es la esencia del método que Marx tomó de Hegel y brillantemente lo transformó en los cimientos de una nueva ciencia”  (Lukács, 1971: 27).
Esta primacía del principio de la totalidad es tanto más relevante si se recuerda la fragmentación y reificación de las relaciones sociales característica del pensamiento burgués. El fetichismo propio de la sociedad capitalista tiene como resultado, en el plano teórico, la construcción de un conjunto de “saberes disciplinados” como la economía, la sociología, la ciencia política, la antropología cultural y social, que pretenden dar cuenta, en su espléndido aislamiento, de la supuesta separación y fragmentación que existe, en la sociedad burguesa, entre la vida económica, la sociedad, la política y la cultura, concebidas como esferas separadas y distintas de la vida social, cada una reclamando un saber propio y específico, e independiente de las demás. En contra de esta operación, sostiene Lukács, “la dialéctica afirma la unidad concreta del todo”, lo cual no significa, sin embargo, hacer tabula rasa con sus componentes o reducir “sus varios elementos a una uniformidad indiferenciada, a la identidad” (Lukács, 1971).

Lukács está en lo cierto cuando afirma que los “determinantes sociales y los elementos en operación en cualquier formación social concreta son muchos, pero la independencia y autonomía que aparentan tener es una ilusión, puesto que todos se encuentran dialécticamente relacionados entre sí”. De ahí que nuestro autor concluya que tales elementos “solo pueden ser adecuadamente pensados como los aspectos dinámicos y dialécticos de un todo igualmente dinámico y dialéctico”. (Kosík, 2 1967: 25-67).

El reclamo de la atención a la totalidad, lamentablemente a veces por no haber sido atendido, es válido para cualquiera de los problemas particulares que enfrentamos en la actualidad.

En el tema de la propiedad la no atención a este reclamo objetivo, ni siquiera por los que se declaran partidarios de su validez, es quizás la causa esencial del constante “resurgir” y no “resolver”, de los debates acerca del socialismo de mercado, del papel del mercado en su relación con el Estado, de los “mecanismos de retribución”, las posibilidades de “combinar planificación y mercado” en pro de objetivos socialistas, y de otros muchos, de importancia teórica, pero sobre todo de trascendencia decisiva en el enfrentamiento práctico de la construcción socialista.

Es en estos aspectos del sistema de la propiedad que se cimentan mayormente los debates, y los riesgos de las acciones en la práctica. Tras la no atención a la totalidad que existe “objetiva e independiente de nuestra conciencia”, se precipitan las respuestas pragmáticas, con implementaciones en su esencia fragmentadas y fragmentadoras, que se expresan en comportamientos “de sentido común”, “realistas”, pero preñados de riesgos, como cuando se promueve acrítica y como acto de fe la búsqueda del “socialismo posible” en nuestras condiciones, concepto que ahora se introduce en el debate político público cubano, pero es tan viejo al menos como la obra de 1983 del británico Alec Nove a la que nos hemos  referido en páginas anteriores, La economía del socialismo posible, con su propuesta del “socialismo que se puede concebir alcanzar dentro de la reproducción de una generación o durante los cincuenta años más próximos”.

En el contexto de los debates que tuvieron lugar en las últimas décadas muy importante fue la crítica de Ernst Mandel en su artículo “En defensa de la planificación socialista”, 1986, seguida de la réplica de Nove El mercado en el socialismo (1987), y la vuelta a la carga de Mandel con El mito del socialismo de mercado, 1988. Intervinieron en esos debates con importantes argumentos P. Auerbach, M. Desai y A. Shamsavari, en La transición del capitalismo realmente existente, 1988, obra en la cual destacan cómo en el mundo real no ha existido una relación mutuamente excluyente, sino una conexión dialéctica simbiótica entre planificación y mercado.

En los planteamientos de Auerbach, Desai y Shamsavari la planificación tiene un papel intrínseco inevitable en el socialismo, no solo como respuesta a los “fallos del mercado” como sugieren los partidarios del socialismo de mercado, lo cual de hecho ocurre en el capitalismo realmente existente, especialmente mostrado, según ellos , en la experiencia japonesa. Según refiere Makoto Itoh:
(…) La planificación de las inversiones y las investigaciones por las empresas, lo mismo que ayudan a coordinar la actividad de estas entidades en el futuro —se está refiriendo a empresas capitalistas—, permanece como una actividad relevante en el socialismo. Formas más innovadoras de planificación económica involucrarían la reconfiguración del trabajo para satisfacer las necesidades y los deseos de la población, lo que es ahora llamado “planificación del poder humano” (manpower planning). La realización del potencial humano es, por supuesto, el arma mayor y más valiosa en el arsenal socialista.
A pesar de sus conclusiones acerca de la necesidad de la “planificación del poder humano”, que sugieren una interesante posibilidad de futuro, la mayoría de los comentarios de estos autores no son favorables al socialismo, al mismo tiempo que no examinan a profundidad los argumentos a favor del socialismo de mercado. Así están de nuevo sobre este tema los trabajos de Diane Elson, ¿Socialismo de mercado o socialización del mercado? (1988), quien comparte la visión de Mandel acerca de una alternativa ente el mercado y la planificación burocrática, apoya la idea de Nove en relación con el papel de los mecanismos de precios como instrumento de coordinación para las economías socialistas, pero argumentando que ello tiene que ser socializado, y presta especial atención al proceso de reproducción de la fuerza laboral, incluso desde el trabajo doméstico, con un marcado enfoque feminista.  Muy importante para profundizar en este debate es la obra también referida en páginas anteriores, Comparando sistemas económicos. Una aproximación desde la economía políticas, de A. Zimbalist, H. J. Sherman y S. Brown. Más recientes son los trabajos a favor y en contra del mercado, compilados por P. K. Bardham y J. E. Roemer en el libro Market Socialism; the Current Debate (1993),10 y, de insoslayable consulta, la obra de David Mc Nally Contra el mercado. Economía Política, socialismo de mercado y la crítica marxista (1993),11 que somete a rigurosa crítica las concepciones de Elson y otros, y en sus conclusiones plantea algo de importancia cardinal en los momentos actuales cuando afirma que:
“(…) no es la supervivencia de varios mecanismos de mercado en una sociedad que se está moviendo dejando atrás el capitalismo, sino si el mercado puede ser el principal regulador de una economía socialista, si los seres humanos son capaces de regular sus relaciones económicas de modo diferente a la ciega y elemental tiranía de las cosas. La elección se plantea entre la socialización de la vida económica (y la subordinación de los mercados a la regulación social) o la regulación del mercado y sus sistemáticamente antisociales efectos.”



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