"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

13/5/15

Sobre el trabajo de cuidado de los mayores y los límites del marxismo

Silvia Federici   |   No es innovación tecnológica lo que se necesita para afrontar la cuestión del cuidado de los mayores. Lo que se necesita es una transformación de la división social y sexual del trabajo y, por encima de todo ello, el reconocimiento del trabajo reproductivo como trabajo. Este es el eje de este artículo, que revisa los límites del marxismo y la izquierda radical, que cometen un grave error al ignorar esta cuestión crucial, de la que depende la posibilidad de crear una solidaridad generacional y de clase. Sin enfrentar esta tarea, resulta imposible avanzar hacia un mundo más igualitario y emancipado.

El «trabajo de cuidados», especialmente en lo relativo al cuidado de los mayores, se ha situado en los últimos años en el centro de la atención pública en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), como respuesta a las corrientes que han provocado la crisis de numerosas formas de asistencia y cuidados. La primera de estas tendencias ha sido y es el aumento, tanto en términos absolutos como relativos, de la población anciana y de la esperanza de vida, que, sin embargo, no ha conllevado un aumento de los servicios de asistencia a los mayores1. También se ha producido un importante aumento en el número de mujeres empleadas de manera asalariada fuera de los hogares, lo que ha provocado una reducción de la contribución de estas a la reproducción de sus familias2

A estos factores debemos añadir el continuo proceso de gentrificación y urbanización de las áreas proletarias, que ha destruido las redes sociales y los diversos modelos de apoyo mutuo en los que las personas mayores que vivían solas podían confiar, ya que contaban con que vecinos les proporcionaban alimentos, los ayudaban con las tareas domésticas, los visitaban para darles conversación... Como resultado de estas tendencias, para un gran número de personas mayores los efectos positivos del aumento de la esperanza de vida han perdido su significado o incluso se ven ensombrecidos por la perspectiva de la soledad, la exclusión social y el incremento de la vulnerabilidad frente a los abusos físicos y psíquicos. Teniendo esto en mente, en este artículo reflexionamos acerca del tipo de acciones que se pueden adoptar y por qué la cuestión del cuidado de los mayores se encuentra totalmente ausente de la literatura de la izquierda radical.

El principal objetivo de este análisis es lanzar un llamamiento a la redistribución de la riqueza social redirigiéndola al cuidado de los mayores y a la construcción de formas colectivas de reproducción social, que permitan que se proporcione este cuidado así como la cobertura de sus necesidades, una vez que las personas mayores ya no son capaces de hacerlo por sí mismas, y que esto no se lleva a cabo a costa de la calidad de vida de sus cuidadores. Para que esto suceda, el trabajo de cuidado de las personas mayores debe adquirir una dimensión política y posicionarse dentro de la agenda de los movimientos por la justicia social. También es indispensable una revolución cultural en el concepto de ancianidad, contra la degradada representación que se tiene de este sector, cuando por un lado se lo equipara con una carga fiscal para el Estado y, por otro, se actúa como si el envejecimiento fuese un aspecto «opcional» de la vida que podemos superar e incluso prevenir adoptando las tecnologías médicas adecuadas, así como los productos «que aumentan la expectativa de vida» desarrollados por el mercado3. En la politización del cuidado de los mayores se encuentra en juego no solo el destino de estos sino la insostenibilidad de los movimientos radicales, que cometen un grave error al ignorar esta cuestión crucial, clave en la posibilidad de crear una solidaridad generacional y de clase. Se trata de una solidaridad que durante años ha estado en la mira de una inagotable campaña en contra por parte de economistas políticos y gobiernos que identificaron los presupuestos destinados a estos trabajadores –que reciben debido a su edad pensiones y diferentes tipos de subsidios sociales– como bombas de relojería económicas y una pesada hipoteca para el futuro de los jóvenes.

La crisis del cuidado de los mayores en la era global

Silvia Federici 
En muchos aspectos, la actual crisis del trabajo de cuidado de los mayores no supone una novedad. Este trabajo siempre ha soportado una constante situación de crisis dentro de la sociedad capitalista, debido tanto a la devaluación que sufre el trabajo reproductivo en el mundo capitalista como a la visión que se tiene de las personas mayores como seres no productivos, en lugar de como depositarias de la memoria colectiva y de la experiencia, tal y como se las consideraba en las sociedades precapitalistas. Dicho de otra manera, el trabajo de cuidado de los mayores sufre una doble devaluación cultural y social. De la misma manera que el resto del trabajo reproductivo, esta labor no se reconoce como trabajo pero, al contrario de lo que ocurre con la reproducción de la fuerza de trabajo, cuyo producto tiene un valor reconocido, el cuidado de los mayores está estigmatizado como una actividad que absorbe valor pero que no lo genera. Por eso, los presupuestos destinados al cuidado de los mayores tradicionalmente se han desembolsado bajo un discurso mezquino que recuerda al predicado por las leyes de pobreza del siglo XIX: las tareas de cuidado de los mayores que ya no son capaces de valerse por sí mismos quedan, así, en manos de las familias y los parientes, con escaso apoyo externo, en la presunción de que las mujeres deben asumir esta tarea de una manera natural como parte de su trabajo doméstico.

Ha sido necesaria una larga e intensa lucha para forzar al capital a reproducir no solo la fuerza de trabajo «en uso», sino todo lo necesario para la reproducción de la clase trabajadora a lo largo de todo su ciclo vital, incluyendo la provisión de asistencia para aquellos que ya no forman parte del mercado laboral. Sin embargo, incluso el Estado keynesiano se quedó corto en relación con este objetivo. Ejemplo de esta cortedad de miras es la legislación sobre seguridad social aprobada en Estados Unidos en 1940 y laureada como «uno de los logros de nuestro siglo», y que tan solo respondía parcialmente a los problemas a los que se enfrentan los mayores, ya que ligaba el dinero recibido del Estado a los años de empleo remunerado y proporcionaba ayuda social solo a aquellos mayores en situación de extrema pobreza4.

El triunfo del neoliberalismo ha empeorado esta situación. En algunos países de la OCDE, durante los años 90 se dieron los pasos necesarios para el incremento de la financiación de los servicios de cuidados domiciliarios y para proporcionar formación y servicios a los cuidadores5. En Gran Bretaña, el gobierno ha aprobado el derecho de los cuidadores a exigir a los empresarios jornadas laborales flexibles, para así poder «conciliar» trabajo asalariado y trabajo de cuidados6. Pero el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la insistencia neoliberal en que la reproducción es responsabilidad personal de los trabajadores han disparado una tendencia opuesta que está ganando velocidad y que la actual crisis económica sin dudas acelerará.

La disminución de los presupuestos sociales para los mayores ha sido especialmente severa en EEUU, donde ha llegado al extremo de que los trabajadores a menudo ven empobrecida su situación económica al asumir el cuidado de los familiares dependientes. La transferencia de gran parte de los cuidados hospitalarios a los domicilios, tendencia política en auge, ha aumentado los problemas de estas familias, ya que, motivada meramente por razones financieras, se está llevando a cabo sin ningún tipo de consideración para con las estructuras requeridas para el reemplazo de los servicios que habitualmente proveen los hospitales. Tal y como lo describe Nona Glazer, este desarrollo no solo ha aumentado la cantidad de trabajo que los miembros de la familia, mayormente mujeres, deben realizar 7, sino que incluso se han transferido al hogar operaciones «peligrosas» e incluso «con riesgo para la vida» que en el pasado solo se podía esperar que fueran realizadas por enfermeras tituladas y en hospitales 8. Paralelamente a esto, los trabajadores de cuidados domésticos han visto duplicada su carga de trabajo y reducida la duración de las visitas9, lo que los obliga a limitar sus servicios al «mantenimiento de la casa y el cuidado corporal»10. Los centros de cuidado financiados por el Estado también se han visto «taylorizados», «mediante el uso de time-and-motion-studies [estudios de racionalización del tiempo de trabajo y de movimientos] para decidir a cuántos pacientes se espera que atiendan» 11.La globalización del cuidado de los mayores durante las décadas de 1980 y 1990 no ha solucionado esta problemática. La nueva división internacional del trabajo reproductivo que ha promovido la globalización ha transferido grandes cantidades de trabajo sobre las espaldas de las mujeres inmigrantes. Este desarrollo ha resultado ser muy beneficioso para los gobiernos, ya que les permite ahorrar miles de millones de dólares que de otra manera hubiesen tenido que pagar para proporcionar servicios de asistencia a los mayores. También ha permitido que muchas personas mayores que querían mantener su independencia y permanecer en sus hogares lo hiciesen sin caer en la bancarrota. Pero esta no puede ser considerada una «solución» al cuidado de los mayores a falta de una transformación social y económica de las condiciones de los trabajadores de cuidados y de los factores que motivan su «elección» de este trabajo. Es el impacto destructor de la «liberalización económica» y de los «ajustes estructurales» en sus países de origen el motivo por el cual millones de mujeres de África, Asia, las islas del Caribe y los antiguos países socialistas migran a las regiones más ricas de Europa, Oriente Medio y EEUU para servir como niñeras, trabajadoras domésticas y cuidadoras de los mayores. Para hacerlo, deben abandonar a sus propias familias, incluyendo niños y progenitores ancianos, y emplear a familiares o a otras mujeres con menos recursos y capacidad económica que ellas mismas para que las reemplacen en unas tareas de las que ya no se pueden hacer cargo12. Si tomamos como ejemplo el caso de Italia, se calcula que tres de cada cuatro badanti (como se llama a las cuidadoras de los mayores) tienen hijos, pero sólo un 15% tiene a sus familias con ellas13. Esto significa que la mayor parte de estas mujeres sufren fuertes estados de ansiedad, enfrentándose al hecho de que sus propias familias tienen que pasar sin el cuidado que ellas mismas les proporcionan a otras personas en todo el mundo. Arlie Hochschild habla, en este contexto, de «transferencia global del cuidado y las emociones» y de la formación de una «cadena global de cuidados»14. Pero una cadena a menudo se rompe: las mujeres inmigrantes se vuelven desconocidas para sus hijos, los acuerdos estipulados se rompen y los familiares pueden morir durante su ausencia.

No menos importante es que, debido a la devaluación del trabajo reproductivo y al hecho de que son inmigrantes, y a menudo sin papeles en regla y mujeres de color, las trabajadoras asalariadas son muy vulnerables ante un amplio abanico de chantajes y abusos: largas jornadas laborales, vacaciones no remuneradas ni prestación alguna, expuestas a comportamientos racistas y abusos sexuales. Tan mínima es la paga de las trabajadoras de cuidados en EEUU que al menos la mitad de ellas dependen de los vales de alimentos y de diferentes tipos de ayudas sociales para llegar a fin de mes15. De hecho, como ha señalado la Domestic Workers Union –principal organización de trabajadoras domésticas y de cuidados del estado de Nueva York y promotora de la Carta de Derechos de las Trabajadoras Domésticas [Domestic Workers Bill of Rights]–, las trabajadoras de cuidados viven y trabajan «a la sombra de la esclavitud»16.

También es importante señalar que la mayor parte de las personas mayores y sus familias no pueden permitirse contratar cuidadoras pagando los servicios con salarios que cubrirían realmente sus necesidades. Esto es especialmente cierto en el caso de personas mayores dependientes que requieren de cuidados durante todo el día. Según las estadísticas del Consejo Nacional de Economía y Trabajo de 2003, en Italia solo 2,8% de los ancianos recibe asistencia no familiar en su hogar; en Francia el porcentaje es el doble y en Alemania, el triple17.s muy baja. Un gran número de personas mayores viven solas, enfrentándose a dificultades que son aún más devastadoras cuanto más invisibles resultan. Durante el «verano caliente» de 2003, miles de personas murieron a lo largo de toda Europa por deshidratación, falta de comida y medicinas, o simplemente por el calor insoportable. Murieron tantas personas mayores en París, que las autoridades tuvieron que almacenar sus cuerpos en espacios públicos refrigerados hasta que sus familias los reclamaron.Cuando son los miembros de las familias quienes se hacen cargo de los mayores, las tareas suelen recaer en gran medida sobre las espaldas de las mujeres18, quienes durante meses, y a veces durante años, viven en el límite del agotamiento físico y nervioso, consumidas por el trabajo y la responsabilidad de tener que proporcionar cuidados y realizar tareas para las cuales a menudo no están preparadas. Muchas tienen trabajos fuera de casa que frecuentemente se ven forzadas a abandonar cuando aumenta el trabajo de cuidados. Particularmente estresadas se encuentran las mujeres pertenecientes a la «generación sándwich», quienes deben criar a sus hijos al tiempo que cuidan de sus padres19. La crisis del trabajo de cuidados ha alcanzado un punto tal que, en EEUU, en familias con bajos ingresos y/o monoparentales, adolescentes y niños, a veces no mayores de 11 años, administran terapias e inyecciones. Como ha informado The New York Times, un estudio de alcance nacional realizado durante 2005 reveló que «3% de los hogares con niños de entre 8 y 18 años incluyen niños cuidadores»20.

La alternativa, para aquellos que no pueden pagar ningún tipo de «cuidado asistencial», son los centros de día o residencias públicas, que de todas maneras, se parecen más a cárceles que a residencias para mayores. Habitualmente, debido a la falta de personal y de recursos económicos, estas instituciones suelen proporcionar cuidados mínimos. En la mayor parte de los casos, dejan a sus residentes durante muchas horas recostados en la cama sin que haya nadie cerca para cambiarlos de posición, ahuecarles y colocarles las almohadas, masajearles las piernas, cuidar de las heridas provocadas por las largas horas acostados o, simplemente, hablar con ellos, elementos básicos para mantener su sentimiento de identidad y dignidad y conservar el sentimiento de vitalidad y la sensación de ser valorados. En los peores casos, las residencias son lugares en los que se droga a las personas mayores, se las amarra a la cama, se las deja durmiendo sobre sus excrementos, sujetas a todo tipo de abusos psicológicos y físicos. Gran parte de esta realidad la han revelado los diferentes estudios, incluyendo uno del gobierno de EEUU de 2008, que relatan historias de abusos, negligencia y violaciones de las normas de sanidad y seguridad, en 94% de las residencias21_/sup_.La situación no es más alentadora en otros países. En Italia, las denuncias de abusos cometidos contra los disminuidos o los enfermos crónicos son muy frecuentes, así como los casos en los que se les deniega la asistencia médica necesaria22.

El cuidado de los mayores, los sindicatos y la izquierda

Los problemas descritos son tan comunes y apremiantes que se podría suponer que ocupan un lugar preeminente en la agenda política de los movimientos por la justicia social y de los sindicatos a escala internacional. Sin embargo, este no es el caso. A no ser que trabajen dentro de alguna institución, como es el caso de las enfermeras y auxiliares, las trabajadoras de cuidados son ignoradas por los sindicatos, incluso por los más combativos, como es el caso del Congress of South African Trade Unions (COSATU)23.

Los sindicatos negocian las pensiones, las condiciones económicas de la jubilación y la asistencia sanitaria, pero poco dicen en sus programas acerca de los sistemas de apoyo requeridos por las personas que están envejeciendo o de las necesidades de las trabajadoras de cuidados, remuneradas o no. En EEUU, hasta hace muy poco, los sindicatos ni siquiera habían intentado organizar a las trabajadoras de cuidados, y mucho menos si eran trabajadoras no remuneradas. Por eso, hasta el día de hoy, los trabajadores de cuidados que trabajan para individuos o familias se encuentran excluidos de la Ley de Estándares de Trabajo Justo (Fair Labor Standards Act), una legislación que data de los tiempos del New Deal y que garantiza el «acceso al salario mínimo, a las horas extra, a la negociación de derechos y a otros derechos laborales»24. Como ya se ha mencionado, de los 50 estados, solo el de Nueva York ha reconocido hasta ahora a las trabajadoras de cuidados como trabajadoras, con la aprobación, en noviembre de 2010, de la Carta de Derechos por la que el Sindicato de Trabajadoras Domésticas había luchado largamente. Pero EEUU no es un caso aislado. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) realizado en 2004, «los índices de sindicalización transnacional dentro del sector doméstico apenas alcanzan el 1%»25. Tampoco las pensiones son algo común a todas las trabajadoras, sino tan solo a aquellas que han trabajado a cambio de un salario, y desde luego no son un derecho reconocido a los familiares cuidadores no remunerados. Debido a que el trabajo de cuidados no es un trabajo reconocido como tal y a que el sistema de pensiones computa su retribución en función de los años cotizados según una base asalariada, las mujeres que han trabajado como amas de casa a tiempo completo a menudo solo pueden obtener una pensión dependiente de un marido asalariado y no tienen derecho a prestaciones de la seguridad social en caso de divorcio. Las organizaciones sindicales no han plantado cara a estas desigualdades, como tampoco lo han hecho los movimientos sociales ni las organizaciones marxistas, las cuales, pese a algunas excepciones, parecen haber borrado a los mayores de las luchas, a juzgar por la ausencia de referencia alguna a estos en los análisis marxistas actuales. La responsabilidad por este estado de cosas puede remontarse hasta el mismo Karl Marx. El cuidado de los mayores no es algo que se tenga en cuenta en su obra, pese a que la cuestión de los ancianos ha estado dentro de la agenda política revolucionaria desde el siglo XVIII y a que las sociedades basadas en el apoyo mutuo y las visiones utópicas de comunidades recreadas abundaron en su época (foueristas, owenistas, icarianos)26. Marx estaba preocupado por entender los mecanismos de la producción capitalista, las diferentes maneras o caminos que la clase obrera toma para enfrentarse a esta y las diferentes maneras que adoptan sus luchas. Dentro del desarrollo de su pensamiento, no tenía cabida la seguridad en la edad anciana ni el cuidado de los mayores. Si damos credibilidad a los informes de los contemporáneos de Marx, llegar a viejo era algo extraño entre los trabajadores fabriles y los mineros de esta época, cuya esperanza media de vida, en zonas industriales como Manchester y Liverpool, no sobrepasaba los 30 años27. Lo que es más importante, Marx no reconoció la centralidad del trabajo reproductivo ni en la acumulación capitalista ni en la construcción de la nueva sociedad comunista. Aunque tanto él como Friedrich Engels escribieron acerca de la dramática situación en la que vivían y trabajaban los obreros ingleses, Marx prácticamente naturalizó el proceso reproductivo sin siquiera esbozar o vislumbrar cómo debería ser su reorganización en una sociedad poscapitalista y/o durante el mismo desarrollo de la lucha. Por ejemplo, Marx describía el proceso de «cooperación» solo dentro del proceso de producción de mercancías, obviando las formas cualitativamente diferentes de cooperación proletarias dentro de los procesos de reproducción que más tarde Piotr Kropotkin denominaría «apoyo mutuo»28.

La cooperación entre trabajadores es, para Marx, un atributo fundamental de la organización laboral capitalista, «simple resultado del capital que los emplea simultáneamente», y que se da solo cuando los trabajadores «ya han dejado de pertenecer a sí mismos» y son únicamente funcionales para el aumento de la productividad y eficacia laboral29. Como tales, no dejan espacio para las habituales expresiones de solidaridad y para las muchas «instituciones y hábitos de ayuda mutua» –«guildas, sociedades, hermandades»– que Kropotkin encontraba presentes en las diferentes poblaciones industriales de su época30. Tal y como Kropotkin percibió, estas mismas formas de apoyo mutuo limitaban los efectos y el poder del capital y el Estado sobre las vidas de los trabajadores, evitando que innumerables trabajadores cayesen en una ruina más profunda y plantando las semillas de un sistema de seguro médico autogestionado, que garantizaba cierto tipo de protección contra el desempleo, la enfermedad, la vejez y la muerte31.

Típica de los límites de la perspectiva marxista es su visión utópica recogida en «Fragmento sobre las máquinas» de los Gundrisse (1857-1858), donde Marx proyecta un mundo en el que las máquinas se encargan de todas las tareas y los seres humanos solo las atienden, funcionando como sus supervisores. Esta visión omite que, incluso en los países más avanzados, gran parte del trabajo socialmente necesario consiste en las actividades reproductivas, y que este trabajo ha demostrado ser irreductible a la mecanización.

Las necesidades, los deseos y las capacidades de la gente mayor, o de las personas sin salario, tan solo pueden ser mínimamente tenidos en cuenta mediante la introducción de tecnologías. La automatización del cuidado de los mayores ya es un sendero bien desarrollado. Como ha demostrado Nancy Folbre (la más importante economista y teórica del cuidado de los mayores en EEUU), las industrias japonesas ya están bastante avanzadas en el intento de tecnificar este tipo de cuidados, como en general lo están en la producción de robots interactivos. Los robots enfermeros que bañan personas o que los «pasean para ejercitarlos» y los «robots de acompañamiento» (roboperros, ositos robóticos) ya se encuentran en el mercado, aunque a un costo prohibitivo32. También sabemos que para muchas personas mayores los televisores y las computadoras personales se han convertido en badantis subrogadas. Las sillas de ruedas eléctricas dirigidas electrónicamente mejoran la movilidad de aquellos que tienen suficiente capacidad de manejo de sus propios movimientos para dirigir los mandos.

Estos desarrollos científicos y tecnológicos pueden beneficiar en gran medida a las personas mayores si les resultan accesibles económicamente. La circulación del conocimiento que proveen pone de hecho gran cantidad de riqueza en sus manos. Pero esto no puede reemplazar el trabajo de los cuidadores, especialmente en el caso de las personas que viven solas y en el de las que sufren enfermedades o disminuciones. Como señala Folbre, la compañía robótica puede incluso incrementar la soledad de estas personas y su aislamiento33. Ningún automatismo puede hacerse cargo de los sentimientos –miedo, ansiedad, pérdida de identidad y de la propia dignidad– que la gente experimenta cuando envejece y pasa a depender de otros para la satisfacción incluso de sus necesidades más básicas.

No es innovación tecnológica lo que se necesita para afrontar la cuestión del cuidado de los mayores, sino un cambio en las relaciones sociales, mediante el cual la valorización económica deje de ser el motor de la actividad social y que impulse la reproducción social como un proceso colectivo. De todas maneras, esto no puede darse dentro de un marco de trabajo marxista, carente de una revisión amplia del significado del trabajo similar a la planteada por las feministas durante los años 70, como parte de los debates políticos sobre la función del trabajo doméstico y el origen de la discriminación de género. Las feministas han rechazado la centralidad que el marxismo ha asignado históricamente al trabajo asalariado y a la producción de mercancías como lugares cruciales en la transformación social, y criticaron la negligencia mostrada a la hora de tomar en cuenta la reproducción de los seres humanos y de la fuerza de trabajo. El aporte del movimiento feminista es haber mostrado no solo que la reproducción es el pilar central de la «factoría social», sino que es en el cambio de las condiciones bajo las cuales nos reproducimos donde radica el elemento esencial de nuestra capacidad para crear «movimientos que se (auto)reproduzcan»34. Obviar que lo «personal» es «político» mina en gran medida la fuerza de nuestras luchas.En este tema, los marxistas actuales no han avanzado mucho más que el propio Marx. Si tomamos como ejemplo la teoría marxista de la autonomía del «trabajo afectivo e inmaterial», se observa como todavía obvia la profusa problemática que el análisis feminista sobre el desarrollo reproductivo ha puesto al descubierto35. La teoría del «trabajo afectivo e inmaterial» afirma que en la fase actual del capitalismo, la distinción entre producción y reproducción se encuentra totalmente desdibujada, ya que el trabajo se ha transformado en la producción de los estados del ser, de los «afectos» y de lo «inmaterial» más que de objetos físicos36. En este sentido, el «trabajo afectivo» sería un componente más de todas y cada una de las formas de trabajo, más que de un tipo determinado de (re)producción. El ejemplo que habitualmente se da de los «trabajadores afectivos» ideales son las trabajadoras femeninas de los establecimientos de comida rápida, quienes deben voltear las hamburguesas de McDonald’s con una sonrisa, o la azafata que debe vender una sensación de seguridad a las personas a las que atiende. Sin embargo, este tipo de ejemplos son engañosos puesto que gran parte del trabajo reproductivo, como por ejemplo el cuidado de los mayores, necesita de un compromiso total para con las personas reproducidas, una relación que difícilmente puede ser concebida como «inmaterial».

Aun así, es importante reconocer que el concepto de «trabajo de cuidados» también es hasta cierto punto reduccionista. La expresión entró a formar parte del idioma común durante las décadas de 1980 y 1990 en conjunción con el surgimiento de un nuevo tipo de división del trabajo dentro del trabajo reproductivo, que contempla los aspectos físicos y los emocionales de manera separada. Las trabajadoras de cuidados remuneradas se han aferrado a esta distinción, en una búsqueda de especificación de las tareas que pueden esperar o demandar de ellas sus empleadores, y un reconocimiento de su trabajo como calificado. Pero esta distinción es insostenible, tal y como ellas mismas deben reconocer. Porque lo que diferencia la reproducción de los seres humanos de la producción de mercancías es el carácter holístico de muchas de las tareas involucradas en la reproducción. De hecho, al introducir una separación, nos sumergimos en un mundo de alienación radical, ya que a las personas mayores (o niños en muchos casos) se los alimentaría, lavaría, cepillaría el cabello, masajearía o medicaría sin consideración alguna hacia su estado emocional, su respuesta «afectiva» y estado general de bienestar. La teoría del «trabajo afectivo» ignora esta problemática, así como la complejidad comprendida en la reproducción de la vida. También sugiere que todas las formas de trabajo en el capitalismo «posindustrial» están cada vez más homogeneizadas37. Sin embargo, un vistazo a la organización del cuidado de los mayores, tal y como está constituido hoy en día, disipa esa ilusión.

Mujeres, ancianidad y cuidado de los mayores desde la perspectiva de las economistas feministas

Tal y como han afirmado las economistas feministas, la crisis del cuidado de los mayores, ya sea considerado desde el punto de vista de los mayores o desde el de las cuidadoras, supone esencialmente una cuestión de género. Aunque cada vez está más mercantilizada, la mayor parte de esta labor la llevan a cabo mujeres y generalmente en forma de trabajo no remunerado, lo que no les concede derecho a ningún tipo de pensión o ayuda económica social. Por esto, paradójicamente, cuanto más cuidan de otros las mujeres, menos reciben ellas mismas como contraprestación, puesto que dedican menos tiempo al trabajo asalariado que los hombres y gran parte de los sistemas de seguridad social se calculan en función de los años realizados de trabajo remunerado. También se ven afectadas por la devaluación del trabajo reproductivo las trabajadoras de cuidados, que conforman una «subclase» que hoy en día todavía debe luchar por ser reconocida como trabajadora. En resumen, debido a la devaluación del trabajo reproductivo, casi todas las mujeres se enfrentan al envejecimiento con menores recursos que los hombres, medido esto en términos de apoyo familiar, ingresos económicos y bienes disponibles. En EEUU, donde las pensiones y la seguridad social se cuantifican en función de los años dedicados al trabajo asalariado, las mujeres forman el sector más amplio de pobres y el mayor número de habitantes de las residencias subvencionadas para personas con rentas bajas, auténticos campos de concentración de nuestros días, precisamente porque han empleado tanto tiempo de sus vidas fuera de la fuerza de trabajo asalariada en actividades no reconocidas como trabajo.

La ciencia y la tecnología no pueden resolver este problema. Lo que se necesita es una transformación de la división social y sexual del trabajo y, por encima de todo ello, el reconocimiento del trabajo reproductivo como trabajo, lo que les permitiría a las mijeres reclamar un salario por estas tareas y a su vez facilitaría que los familiares que trabajan como cuidadores no se vean penalizados social ni económicamente por su trabajo38. El reconocimiento y la valorización del trabajo reproductivo también son indispensables para la superación de las divisiones existentes dentro del trabajo de cuidados, divisiones que enfrentan, por un lado, a los familiares que intentan minimizar sus gastos, y por el otro, a las trabajadoras de cuidados empleadas que afrontan las desmoralizadoras consecuencias de trabajar en el límite de la pobreza y de la devaluación de su labor.

Las economistas feministas que trabajan en este campo han articulado posibles alternativas a los sistemas actuales. En Warm Hands in Cold Age, Nancy Folbre, Lois B. Shaw y Agneta Stark desarrollan y argumentan las reformas necesarias para proporcionar seguridad a la población en fase de envejecimiento, especialmente a las mujeres mayores, mediante la toma de posición de una perspectiva internacional y evaluando a los países líderes en este tema39. La clasificación entre las naciones desarrolladas la encabezan los países escandinavos, que proporcionan un sistema de seguridad social casi universal. Al final de la clasificación sitúan a EEUU e Inglaterra, países en los cuales la asistencia a los mayores está ligada a la vida laboral asalariada. Pero en ambos casos existe un problema en la manera en que este tipo de políticas están diseñadas, ya que reflejan una división sexual del trabajo desigual, así como las expectativas tradicionales concernientes a los roles de las mujeres en la familia y la sociedad. Esta es el área crucial en la que se debe producir el cambio.

Folbre también llama a redistribuir los recursos desde el complejo militar-industrial y otras empresas destructivas hacia el cuidado de las personas mayores. Reconoce que esto puede parecer «ingenuo» y equivalente a un llamamiento a la revolución. Pero insiste en que debería situarse en «nuestra agenda», ya que lo que está en juego es el futuro de todos los trabajadores, sin olvidar que una sociedad ciega al tremendo sufrimiento que les espera a muchas personas al llegar a la vejez, como es el caso de EEUU hoy en día, es una sociedad abocada a la autodestrucción.

De todas maneras, no hay señal alguna de que esta ceguera vaya a disiparse en breve. En nombre de la crisis económica, los diseñadores de políticas apartan la mirada de esta problemática, blandiendo siempre la amenaza de rebajar el gasto social y recortar las pensiones estatales y los sistemas de seguridad social que incluyen los subsidios al trabajo de cuidados. La cantinela repetida una y otra vez es la obsesiva queja sobre la terquedad de una población envejecida pero más vital y energética, que se ha empeñado en vivir más tiempo, y que es la que está provocando la insostenibilidad de los presupuestos destinados a las pensiones públicas. Es posible que Alan Greenspan tuviera en mente a los millones de estadounidenses que han decidido vivir más allá de los 80 años cuando se asustó, tal como confiesa en sus memorias, al darse cuenta de que el gobierno de Bill Clinton había, de hecho, acumulado un superávit económico40. Pese a todo, incluso antes de la crisis, los diseñadores de políticas llevaban años orquestando una guerra generacional, alertando incesantemente de la bancarrota de la seguridad social a la que conduce el crecimiento de la población mayor de 65 años, y que lega una hipoteca mortal a las generaciones jóvenes. Ahora, en un momento en que la crisis se hace más profunda, el asalto a los presupuestos destinados a la asistencia y al cuidado de las personas mayores está destinado a aumentar, ya sea porque la hiperinflación diezma los ingresos fijos, por la privatización parcial del sistema de la seguridad social o por el aumento de la edad de jubilación. Lo que es seguro es que no hay nadie que esté reclamando un aumento del gasto en el cuidado de los mayores41. Por eso es necesario que los movimientos por la justicia social, incluidos los activistas y pensadores radicales, intervengan en este terreno para evitar un tipo de soluciones a la crisis a costa de los mayores, y para formular iniciativas capaces de reunir a los diferentes sujetos sociales implicados en la cuestión del cuidado de los mayores –trabajadoras de cuidados, familias de los ancianos y, sobre todo, los mismos mayores–, quienes hoy en día se encuentran situados en posiciones antagónicas. Ya existen ejemplos de este tipo de alianzas en algunas de las luchas que tienen lugar en relación con el cuidado de los mayores, en las que las enfermeras y los pacientes, las trabajadoras de cuidados asalariadas y las familias de sus clientes, se alían para confrontar conjuntamente al Estado, conscientes de que cuando las relaciones de reproducción se vuelven antagonistas, los que pagan el precio son tanto productores como reproducidos.

Mientras tanto, también está en camino la «producción de los comunes» (commoning) en el terreno del trabajo reproductivo y de cuidados. Por ejemplo, hoy en día, en algunas ciudades italianas ya se están desarrollando modelos de vida comunales basados en «contratos solidarios» impulsados por personas mayores quienes, para evitar ser institucionalizadas, agrupan sus esfuerzos y recursos cuando no pueden contar con sus familias o contratar un cuidador. En EEUU, las «comunidades de cuidados» las forman generaciones más jóvenes de activistas políticos, quienes aspiran a socializar y colectivizar la experiencia de la enfermedad, del dolor, la pena y del «trabajo de cuidados» involucrada en estas experiencias, comenzando a reclamar y redefinir en este proceso qué significa enfermar, envejecer, morir42. Estos esfuerzos deben expandirse. Son esenciales para la reorganización de nuestra cotidianidad y la creación de relaciones sociales de no explotación. Puesto que las semillas de un nuevo mundo no se plantarán online, sino que solo mediante la cooperación podremos desarrollarnos y reproducir nuestros movimientos, esta cooperación y reproducción deben comenzar por aquellos de nosotros que se enfrentan a los momentos de mayor vulnerabilidad de nuestras vidas sin los recursos y la ayuda que necesitan, lo que supone una forma oculta pero indudable de tortura en nuestra sociedad.

Notas

1. Laurence J. Kotlikoff y Scott Burns: The Coming Generational Storm: What You Need to Know About America’s Economic Future, mit Press, Cambridge, 2004.
2. Nancy Folbre: «Nursebots to the Rescue? Inmigration, Automation and Care» en Globalizations vol. 3 N o 3, 2006, p. 350.
3. Tal y como señalan Kelly Joyce y Laura Mamo, comandada por la búsqueda de beneficios y por una ideología que privilegia la juventud, se ha desarrollado una amplia campaña cuyo objetivo es asegurar un nicho de mercado propio al convertir a los mayores en consumidores, prometiendo «regenerar» sus cuerpos y retrasar el envejecimiento siempre y cuando utilicen los productos y las tecnologías farmacéuticas apropiadas. En este contexto, el envejecimiento se ha convertido casi en un pecado, que cometemos y predicamos en primera persona al no utilizar los beneficios de los últimos productos rejuvenecedores. K. Joyce y L. Mamo: «Graying the Cyborgs: New Directions in Feminist Analyses of Aging, Science, and Technology» en Toni M. Calasanti y Kathleen F. Slevin: Age Matters: Realigning Feminist Thinking, Routledge, Nueva York, 2006, pp. 99-122.
4. Dora L. Costa: The Evolution of the Retirement: An American Economic History, 1880-1990, The University of Chicago Press, Chicago, 1998, p. 1.
5. ocde Health Project: Long Term Care For Older People, ocde, París, 2005; Lourdes Benería: «The Crisis of Care, International Migration, and Public Policy» en Feminist Economics vol. 14 No 3, 7/2008, pp. 2-3 y 5.
6. En Inglaterra y Gales, donde se contabiliza un total de 5,2 millones de personas como cuidadoras no formales, desde abril de 2007 se les reconoce a los cuidadores de adultos el derecho a exigir jornadas laborales flexibles (ibíd.). En Escocia, el Community Care and Health Act de 2002 «introdujo cuidados personales gratuitos para los mayores» y también redefinió a los cuidadores como «cotrabajadores que reciben recursos más que consumidores (...) que deban estar obligados a pagar por los servicios». Fiona Carmichael et al.: «Work Life Inbalance: Informal Care and Paid Employment» en Feminist Economics vol. 14 No 2, 4/2008, p. 7.
7. N.Y. Glazer: Women’s Paid and Unpaid Labor: Work Transfer in Health Care and Retail, Tremble University Press, Filadelfia, 1993. Según diferentes encuestas, en eeuu, como consecuencia de estos recortes, entre 20 y 50 millones de personas proporcionan a sus familias el cuidado que tradicionalmente llevaban a cabo enfermeras y trabajadores sociales. Los cuidadores familiares suplen 80% de los cuidados a los enfermos y a los familiares dependientes, y la necesidad de sus servicios seguirá creciendo debido al aumento en la esperanza de vida y los adelantos de la medicina moderna, con su capacidad para prolongar la vida. Cada vez más enfermos terminales deciden permanecer en su hogar hasta que les llegue el final; los miembros de la familia y los amigos son los que al día de hoy ejercen de cuidadores informales para cerca de las tres cuartas partes de los enfermos o los dependientes mayores viviendo en comunidad durante estos años de su vida, según un informe de los Archivos de Medicina Interna de enero de 2007; v. Jane E. Brody: «When Families Take Care of Their Own» en The New York Times, 11/11/2008.
8. Como consecuencia de este «traspaso», según describe Glazer, el hogar se ha convertido en una fábrica médica, en la que se hacen diálisis y donde las amas de casa y sus apoyos deben aprender a insertar catéteres y sondas; además, está produciéndose todo un nuevo rango de equipo médico para uso doméstico. N.Y. Glazer: ob. cit., p. 154.
9. Ibíd., pp. 166-167 y 173-174.
10. Eileen Boris y Jennifer Klein: «We Were the Invisible Workforce: Unionizing Home Care» en Dorothy Sue Cobble (ed.): The Sex of Class: Women Transforming American Labor, Cornell University Press, Ithaca, 2007, p. 180.
11. N.Y. Glazer: ob. cit., p. 174.
12. Jean L. Pyle: «Transnational Migration and Gendered Care Work: Introduction» en Globalizations No 3, 2006, p. 289; Arlie Hochschild y Barbara Ehrenreich: Global Women: Nannies, Maids and Sex Workers in the New Economy, Holt, Nueva York, 2002.
13. Dario Di Vico: «Le badanti, il nuovo welfare privato. Aiutano gli anziani e lo Stato risparma» en Corriere della Sera, 13/6/2004, p. 15.
14. A. Hochschild: «Global Care Chains and Emotional Surplus Value» en W. Hutton y Anthony Giddens (eds.): Global Capitalism, The New Press, Nueva York, 2000; A. Hochschild y B. Ehrenreich: ob. cit., pp. 26-27.
15. En The New York Times, 28/1/2009.
16. La Carta de Derechos por la que luchó el sindicato de trabajadoras domésticas y de cuidados, aprobada en 2010 en el estado de Nueva York, fue la primera en el país que reconoció a las trabajadoras de cuidados como tales y que les reconoció los mismos derechos que tienen otras categorías de trabajadores.
17. D. Di Vico: ob. cit.
18. De todas maneras, según The New York Times, el número de hombres que se hace cargo de sus progenitores ya ancianos ha crecido de manera sostenida en eeuu.
19. Martin Beckford: «‘Sandwich Generation’: Families Torn Between Demands of Children and Parents» en Telegraph, 1/4/2009.
20. Pam Belluck: «In Turnabout, Children Take Caregiver Role» en The New York Times, 22/2/2009. Otros países en los que los niños han pasado a ser trabajadores de cuidados son Reino Unido y Australia, donde a menudo se les reconoce el derecho a participar en los «debates sobre el cuidado de los pacientes» y a exigir retribuciones económicas por su trabajo.
22. Sobre este tema, v. Francesco Santanera: «Violenze e abusi dovuti anche alla mancata applicazione delle leggi» en Prospettive Assistenziali No 169, 1-3/2010. El número 168 de la misma publicación está dedicado a las luchas contra la exclusión social, especialmente los casos de personas disminuidas o mayores.
23. Shireen Ally: «Caring about Care Workers: Organizing in the Female Shadow of Globalization», trabajo presentado en la International Conference on Women and Globalization, Centro para la Justicia Global, San Miguel de Alende, México, 27 de julio a 3 de agosto de 2005, p. 3.
24. E. Boris y J. Klein: ob. cit., p. 182.
25. S. Ally: ob. cit., p. 1.
26. Robin Blackburn: Banking on Death, or Investing in Life: The History and Future of the Pensions, Verso, Londres, 2002, pp. 39-41; Charles Nordhoff: The Communistic Societies of the United States [1875], Schocken Books, Nueva York, 1965. Como señala Blackburn, las primeras propuestas para el establecimiento de un sistema de pensiones para los ancianos datan de los tiempos de la Revolución Francesa. Thomas Paine desarrolló el debate en la segunda parte de Los derechos del hombre (1792), tal como también lo hizo su amigo Nicolas de Condorcet, quien proponía un sistema que cubriese a todos los ciudadanos. En la estela de estas propuestas, «La convención Nacional declaró el día diez de Fructidor como la Fête de la Vieillesse [fiesta de la vejez] y establecía también la creación de residencias para mayores en cada departamento (...) La Convención adoptó el principio de una pensión cívica para los más mayores en junio de 1794, solo unos meses después de la abolición de la esclavitud» (R. Blackburn: ob. cit., pp. 40-41). En época de Marx, las diferentes formas de retribución durante periodos de enfermedad, ancianidad y muerte, así como en caso de desempleo, eran cubiertas por las mutualidades obreras, organizadas por gremios y descriptas, en palabras de John Foster, como «la única institución social que se ha preocupado y hecho cargo de la situación de gran parte de los adultos de la clase trabajadora» (J. Foster: Class Struggle and the Industrial Revolution, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 1974, p. 216). Aunque el cenit del socialismo utópico se produjo durante la primera parte del siglo xix, hasta al menos 1860 continuaron los experimentos comunitarios, comprometidos con la protección de sus miembros frente a la pobreza y la incapacidad sobrevenida en la ancianidad, especialmente en lugares como eeuu. Un periodista contemporáneo, Charles Nordhoff, contabilizó al menos 72 organizaciones que funcionaban de acuerdo con principios cooperativos/comunales. Ver C. Nordhoff: ob. cit.
27. Wally Secombe: Weathering in the Storm: Working Class Families from the Industrial Revolution to the Fertility Decline, Verso, Londres, 1993, pp. 75-77.
28. Para un mayor conocimiento acerca del concepto de Kropotkin sobre el apoyo mutuo, v. en particular los dos últimos capítulos de la obra homónima: Mutual Aid: A Factor of Evolution, Freedom Press, Londres, 1902. [Hay edición en español: El apoyo mutuo: un factor en la evolución, Móstoles Madre Tierra, Madrid, 1989].
29. «Como obreros que cooperan a un resultado, como miembros de un organismo trabajador, no son más que una modalidad especial de existencia del capital para el que trabajan». La capacidad productiva que desarrollan «es la fuerza productiva del capital». K. Marx: Capital i, Penguin Classics, Londres, 1990, pp. 267-269. [Hay edición en español: El capital i, fce, México, df, 1959].
30. P. Kropotin: ob. cit., p. 208 y 221.
31. Ibíd., p. 230.
32. N. Folbre: ob. cit., p. 356.
33. Ibíd.
34. «Conceptualizamos como movimiento que se (auto)reproduce aquel movimiento que no surge y colapsa, y resurge y vuelve a colapsar, sino aquel que es capaz de mantener una continuidad frente a todas sus transformaciones» (Christoph Brunner: «Debt, Affect and Self-Reproducing Movements», entrevista a Christian Marazzi, George Caffentzis y Silvia Federici en Instituto Europeo para Políticas Culturales Progresivas (eipcp), 25/5/2012, http://eipcp.net/n/1339011680). El concepto de «movimientos autorreproductivos» se ha convertido en un grito de alarma para numerosos colectivos radicados en eeuu, que rechazan la separación –típica de las políticas izquierdistas– entre el trabajo político y la reproducción diaria de nuestras vidas. Para un desarrollo elaborado de este concepto, v. la colección de artículos publicados por el colectivo Team Colors en su blog In the Middle of the Whirlwind y el artículo publicado recientemente por Craig Hughes y Kevin Van Meter: «The Importance of Support, Building Foundations, Creating Community Sustaining Movements» en Rolling Thunder No 6, otoño de 2008, pp. 29-39.
35. Me refiero en particular a la teoría del «trabajo inmaterial» formulada por Antonio Negri y Michael Hardt en su trilogía que comienza por Imperio (Paidós, Barcelona, 2002), Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio (Debate, Barcelona, 2004) hasta Commonwealth: el proyecto de una revolución del común (Akal, Madrid, 2011).
36. Para leer más sobre este tema, v. la argumentación sobre la teoría del «trabajo inmaterial» de Negri y Hardt en el artículo de S. Federici: «On Affective Labor» en Michael A. Peters y Ergin Bulut (eds.): Cognitive Capitalism, Education and Digital Labor, Peter Lang, Nueva York, 2011, pp. 57-74.
37. A. Negri y T. Hardt: Multitud, cit.
38. Acerca de esta cuestión, v. Mariarosa Dalla Costa: «Women’s Autonomy and Remuneration for Carework in the New Emergencies» en The Commoner vol. 15, invierno de 2012.
39. N. Folbre, L.B. Shaw y A. Stark (eds.): Warm Hands in Cold Age. Gender and Aging, Routledge, Nueva York, 2007, p. 164.
40. A. Greenspan: The Age of Turbulence: Adventures in a New World, Penguin, Nueva York, 2007, p. 217.
41. Elizabeth A. Watson y Jane Mears: Women, Work and Care of the Elderly, Ashgate, Burlington, 2007, p. 217.
42. La organización de las «comunidades de cuidados» es el proyecto de algunos colectivos anarquistas, diy [Do It Yourself; hazlo tú mismo], en ambas costas de eeuu, que creen que estas comunidades son la precondición necesaria para la construcción de movimientos «autorreproductivos». El modelo de estos es el trabajo solidario llevado a cabo por Act Up como respuesta a la expansión del sida dentro de la comunidad gay durante los años 80, que frente a todas las previsiones marcó un importante punto de inflexión en el crecimiento de este movimiento. Se puede encontrar más información sobre las «comunidades de cuidados» en algunas páginas de internet (como la del Dicentra Collective de Portland, Oregón), así como una gran variedad de publicaciones producidas sobre esta materia. Sobre el mismo tema, v. C. Hughes y K. Van Meter: ob. cit., pp. 29-39.
http://nuso.org/

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