"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

10/3/15

‘Hegemonía y estrategia socialista’: Treinta años de una teoría política postmarxista

José Ramón Martín Largo   |   Hace unos días, en una conversación televisiva con Pablo Iglesias, explicaba Chantal Mouffe cuál fue la acogida que recibió este libro en el momento de su publicación en Londres, allá por 1985: ferozmente crítica por parte de los marxistas ortodoxos, que encontraron su contenido “pequeñoburgués” y “revisionista”, en contraste con la muy favorable recepción que el mismo tuvo entre los nuevos movimientos sociales. Éstos últimos vieron en el libro una puerta abierta a su incorporación, en calidad de protagonistas, a un proyecto emancipador, mucho más allá del papel subordinado y contingente que el pensamiento marxista tradicional les había adjudicado. Hegemony and socialist strategy. Towards a radical democratic politics fue publicado en el ámbito anglosajón por la editorial Verso, convirtiéndose pronto en obra de referencia para la izquierda inglesa y norteamericana, y dos años después, traducido al castellano y publicado en Buenos Aires por Fondo de Cultura Económica, inició su influyente andadura en Latinoamérica. De la vigencia de este libro, ahora también en Europa, da fe el hecho de que sea uno de los fundamentos sobre los que Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón vienen construyendo su teoría política. Hegemonía y estrategia socialista apareció en un momento en el que se apreciaba una creciente quiebra entre las realidades contemporáneas del capitalismo y lo que la tradición marxista podía legítimamente ofrecer, en el campo teórico y político, en respuesta a aquéllas. 

Esas nuevas formas adoptadas por la sociedad capitalista, que a principios de los años ochenta exhibían ya los signos de una pujante ofensiva neoconservadora, habían puesto de manifiesto los límites del rico y creativo período vivido por los diversos pensamientos de izquierda de los años sesenta, desde la obra de Althusser hasta el renovado interés por la de Gramsci, pasando por la Escuela de Frankfurt. A partir del Mayo del 68 francés y de la aparición de una respuesta juvenil en Estados Unidos contra la guerra de Vietnam, algunos de los sectores menos tradicionalistas de la izquierda empezaron a incorporar a su proyecto a los novedosos movimientos sociales, en especial los llegados desde el feminismo y la ecología. El campo teórico de la izquierda, sin embargo, quedaba intacto, dominado por un economicismo que consideraba a la lucha de clases como el motor de la Historia y al proletariado como sujeto de la misma y de su futura e inevitable transformación revolucionaria. En este marco, los nuevos movimientos sociales no pasaban de ser aliados estratégicos, compañeros de viaje subordinados a un sistema de ideas y a una praxis cuyo protagonismo correspondía a la clase trabajadora. El libro de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, fundador de una teoría política postmarxista en la que las categorías clásicas habían sido deconstruidas, vino a cambiar todo esto, abriendo el campo de acción de la izquierda a una pluralidad de sujetos políticos llamados a alcanzar la hegemonía y a hacer posible una radicalización de la democracia.

Situar este libro de difícil lectura en un contexto que permita entender el mismo, y a la vez la novedad radical de sus propuestas, exige atender al estado del pensamiento heterodoxo de matriz marxista que alentaba ya en el momento de su publicación. En este punto Laclau y Mouffe hacen referencia a dos obras de Alain Touraine y André Gorz que aparecieron en 1980: El postsocialismo, del primero; y, del segundo, Adiós al proletariado. Acerca de las tesis de Gorz, creador de lo que se ha llamado la ecología política y al que ya nos hemos referido aquí, Laclau y Mouffe afirman que no ha ido “lo suficientemente lejos en la ruptura con la problemática tradicional”. Y añaden que “puesto que atribuye a la ‘no-clase de los no-trabajadores’ el privilegio que niega al proletariado, no hace en realidad otra cosa que invertir la posición marxista. Es siempre el lugar o el nivel de las relaciones de producción el que es determinante; incluso cuando, como en el presente caso, es por la ausencia de inserción en el mismo que se define el sujeto revolucionario”. De modo semejante, el debilitado y dividido proletariado que en nuestro capitalismo postindustrial ya no puede hacerse cargo de las tareas históricas que le asignaba el marxismo clásico, es simplemente sustituido en la obra de Touraine por un movimiento social destinado a desempeñar en “una sociedad programada” el papel que se atribuía a los trabajadores. A juicio de Laclau y Mouffe el realineamiento de la izquierda en un nuevo escenario económico y político reclamaba un cuestionamiento en profundidad del conjunto de la teoría política de tradición marxista.

A fin de realizar ese cuestionamiento nuestros autores se sirven de diversos instrumentos teóricos tomados del postestructuralismo, de Lacan y Derrida, y, más allá de ellos, de la peculiar lectura que hacen de la obra de Antonio Gramsci, cuyo concepto de “hegemonía” es aquí formulado de manera original a la luz de la deconstrucción y la teoría lacaniana. Dicha hegemonía representa un lugar central en el pensamiento de Laclau y Mouffe, uno de cuyos análisis se centra en su genealogía, desde la socialdemocracia rusa y los austromarxistas hasta el propio Gramsci. El arsenal de conceptos de éste (guerra de posición, bloque histórico, voluntad colectiva, liderazgo intelectual y moral) constituye “el punto de arranque” de la obra.

Lo que tenían en común las reelaboraciones del concepto de hegemonía mencionadas más arriba era el análisis desde una perspectiva que quería ser ortodoxa de una realidad concreta, económica y social, que no lo era: la Rusia desindustrializada, agrícola y semifeudal; la diversidad de un Imperio Austrohúngaro en el que convivían el capitalismo avanzado con otras formas de economía basadas en la artesanía y en la pura subsistencia; y el desigual desarrollo capitalista italiano, sometido a un fuerte contraste entre el norte y el sur e irreductible, por ello, a toda teoría unificada. El “esencialismo” de la izquierda tradicional, según los autores del libro, ha tenido durante décadas el propósito de dar a la realidad una construcción ideal que coincidiera, en abstracto, con los principios de la ortodoxia. Los resultados de semejante planteamiento están hoy a la vista, y son causa de la necesidad que Laclau y Mouffe observaron de “revisitar –reactivar– las categorías marxistas”, lo que implicaba “deconstruir aquéllas, desplazar algunas de sus condiciones de posibilidad y desarrollar otras nuevas”.

El libro se interroga acerca de la cuestión de qué tiene que ocurrir para que una realidad hegemónica resulte posible. Condición inherente a ello es que una fuerza social particular, no determinada de antemano, “asuma la representación de una totalidad que es radicalmente inconmensurable con ella”. No se trata, pues, de aplicar al campo de lo social un esencialismo previo ni ninguna otra clase de determinismo histórico, ni tampoco de localizar entre los agentes que coexisten en la sociedad a uno que sea expresión directa de un discurso hegemónico, sino de que uno de esos agentes tome sobre sí discursivamente el papel de establecer una hegemonía, la cual tendrá que articularse con otras en un contexto antagónico que no tiene fin. Ese contexto es el de la democracia radical, de la que el socialismo es sólo un componente más.

Conquistar la hegemonía en ese espacio antagónico supone discutir al adversario los así llamados “significantes flotantes o vacíos” que configuran en toda sociedad el discurso del poder político. Estos significantes son variables y su naturaleza depende de los consensos en los que se configura una sociedad: la democracia, los servicios públicos, la patria, el futuro de los hijos, la libertad, el bienestar, los derechos civiles, la igualdad, la comunidad, la justicia. Resulta de ello que la proliferación de un discurso que se opone al del poder establecido sirviéndose de los mismos significantes que éste dice representar –los que componen el imaginario social–, pero confiriéndoles otro sentido, reconfigura el escenario de la cosa pública abriéndolo a nuevas posibilidades. “Un sistema plenamente logrado, que excluyera a todo significante flotante, no abriría el campo a ninguna articulación; el principio de repetición dominaría toda práctica en el interior del mismo, y no habría nada que hegemonizar”. La disputa por la hegemonía, dentro del campo plural de la democracia, tiene lugar porque lo social presenta un carácter incompleto y abierto, o lo que es lo mismo: porque existen a la vez una presencia de fuerzas antagónicas y una inestabilidad de las fronteras que las separan.

Muchos de los espacios que se abren a una posible articulación hegemónica son producto del cambio que puede operarse entre las relaciones de subordinación y las de opresión. Laclau y Mouffe ponen un ejemplo: el del feminismo. Durante siglos las mujeres han vivido su subordinación sin ser capaces de articular un discurso hegemónico y colectivo que la pusiera fin. Es a partir de los últimos años del siglo XVIII, tras la Revolución francesa, cuando empieza a establecerse la conciencia de que la subordinación femenina es de hecho una opresión. Momento inaugural de esa conciencia es la publicación en 1792 de Vindication of the rights of women, el libro de Mary Wollstonecraft que determinó el nacimiento del feminismo. Este momento en el que una relación subordinada –no antagónica– empezó a ser interpretada como una opresión frente a la que era posible establecer un discurso y rebelarse fue posible por el desplazamiento que se produjo de los valores de la democracia al ámbito de las relaciones entre los géneros. La igualdad ha sido contemplada desde entonces como un valor positivo y por tanto deseable, ampliamente compartido, una positividad que hoy sigue vigente y extendiéndose a nuevos dominios, por ejemplo al de los derechos de los inmigrantes. “Pero para poder ser movilizado de tal modo era preciso primero que el principio democrático de libertad e igualdad se hubiera impuesto como nueva matriz del imaginario social”. Articulaciones así que interrumpen el discurso de la subordinación para convertirlo en antagonismo son las que están en el centro de las luchas por la hegemonía.

A las mutaciones así acontecidas les dan Laclau y Mouffe el nombre de “revolución democrática”, tomando la expresión de la obra de Tocqueville. “Con ella designaremos el fin del tipo de sociedad jerárquica y desigualitaria, regida por una lógica teológico-política” que fue hegemonizada por la invención de la cultura democrática. Frente al proyecto de reconstrucción de una sociedad jerárquica manifestado hoy por el capitalismo, la alternativa de la izquierda debe consistir en “ubicarse plenamente en el campo de la revolución democrática. La tarea de la izquierda no puede por tanto consistir en renegar de la ideología liberal democrática sino al contrario, en profundizarla y expandirla en la dirección de una democracia radicalizada y plural”.

Puede que algunos echen de menos en esta teoría política la parte de utopía que tenía la izquierda ortodoxa. Sin embargo, tal noción, como horizonte último y clausura de la Historia no tiene sentido concebible en la sociedad humana, en la que no hay atisbo de que las luchas sociales puedan prescribir. El territorio social es, en efecto, el lugar del antagonismo, cuya resolución opera indefinidamente en “momentos” que tendrán un sentido progresista en la medida en que actúen los sujetos que lo constituyen. El pensamiento de la izquierda sólo es posible a partir de la presencia de este imaginario como conjunto de significaciones simbólicas. Así, la utopía es presentada de otro modo: no como terminación, sino como condición previa. “Sin ella”, escriben Laclau y Mouffe, “sin la posibilidad de negar un cierto orden más allá de lo que está permitido cuestionarlo en los hechos, no hay forma alguna de constitución de un imaginario radical democrático o de ningún otro tipo”. De hecho toda puesta en práctica de lo que los autores llaman “una política democrática radical” debe evitar los dos extremos representados “por el mito de la Ciudad Ideal y por el pragmatismo de los reformistas sin proyecto”.

Decían en 2004 los autores de Hegemonía y estrategia socialista en el prefacio a la segunda edición española de su libro que, al revisarlo, les sorprendió “lo poco que teníamos que poner en cuestión respecto de la perspectiva intelectual y política” en él planteada. Desde que apareció el libro, y hasta entonces, se habían sucedido el fin de la Guerra Fría y la desintegración del bloque soviético, a lo que habría que añadir la consolidación del neoliberalismo y las drásticas transformaciones producidas en la estructura social de los países avanzados, las cuales estaban en la raíz de nuevos paradigmas en la constitución de identidades sociales y políticas. Para cuando escribían esas notas, Laclau daba los últimos toques a otro libro no menos influyente: La razón populista, que publicó en Argentina Fondo de Cultura Económica en 2005. Ernesto Laclau, que desarrolló la mayor parte de su actividad académica en la Universidad de Essex y que escribió muchas de sus obras en inglés, murió en Sevilla el año pasado sin llegar a ver el nacimiento de Podemos, movimiento social entonces y hoy partido con cuyos principios teóricos tiene algo que ver. La que fue su compañera no sólo intelectual, Chantal Mouffe, sigue hoy felizmente en activo y sabemos que está redactando un libro junto a Íñigo Errejón. El que hemos comentado aquí es un clásico al que le ha llegado la hora de ser tan leído y debatido entre nosotros como lo ha sido en los países anglosajones y en Latinoamérica. Con demasiada frecuencia, y no con menos ligereza, suele decirse de un libro que es imprescindible. Éste lo es.
http://www.larepublicacultural.es/

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