"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

2/9/13

Rusia: entre Marx y el opio del pueblo

Siamak Khatami  |   Para la gente que no estaba familiarizada con el funcionamiento de una bolsa de valores en un país capitalista, una acción de una empresa era un trozo de papel sin valor, mientras que dos botellas de vodka sí que tenían un valor determinado que todos conocían.

Un famoso líder ruso una vez escribió que en cuanto se acerca la campaña electoral para el Parlamento en Rusia,
«todos los partidos burgueses, todos los que mantienen los privilegios económicos de los capitalistas, se anuncian del mismo modo que capitalistas individuales anuncian sus productos. Miren los anuncios comerciales de cualquier periódico, y verán que los capitalistas piensan los nombres más fantásticos para sus productos, los cuales alaban de la manera más extraordinaria, sin detenerse en ninguna mentira o fabricación.... Los nombres de algunos partidos se han escogido explícitamente con propósito de anunciarlos más efectivamente, y sus `programas' a menudo se escriben solo para cegar al público».
Esta frase, aunque puede ser muy contemporánea, no es nada menos que escrita por Vladimir I. Lenin, el 10 de mayo de 1912, y reproducido en «Las Obras Completas de Lenin», publicadas por la Editorial Progreso, en Moscú, en 1975. En resumen, tanto los anarquistas como los bolcheviques estaban de acuerdo en que las elecciones en un sistema capitalista multipartidista, eran poco más que «el opio del pueblo»,
impidiendo que la gente se despertara y viera la verdadera situación que atravesaba el país, una situación en que todo el sistema político estaba diseñado por, y para el beneficio de, la burguesía y los capitalistas, y para perpetuarles a ellos en el poder.

Es diferente la situación de Rusia hoy? ¡No! Además, todos hemos oído las críticas que se hacen más a menudo de la situación en Rusia: Que Putin quiere concentrar todo el poder en sus manos, que hay un nivel de corrupción demasiado alto en Rusia, que no hay suficiente libertad de expresión en aquel país, que las diferencias entre clases han aumentado radical- mente, etc.


La vuelta de Rusia a las prácticas más salvajes del sistema capitalista, empezó con Yeltsin, el líder que, junto con Gorbachov, es considerado como uno de los dos responsables máximos del derrumbe de la antigua URSS. Destruyeron todas las bases que mantenían firmes el sistema soviético, sin que existiera absolutamente ninguna alternativa lista para sustituirlo. De ahí vino a existir un «agujero negro» tanto político como económico del que se aprovecharon los rusos que tenían acceso a dinero y poder para convertirse en oligarcas, y los capitalistas extranjeros, en su mayoría norteamericanos y europeos, para expoliar Rusia tanto como podían.

Gorbachov puede tener su parte de culpa por la desaparición de la URSS, pero la implantación del más salvaje de los modelos capitalistas en Rusia es responsabilidad de Yeltsin. Fue él quien tuvo la «genial» idea de distribuir acciones en todas las empresas públicas del país entre el público. ¿El problema? Que de una sociedad que apenas ha salido de un sistema socialista no se puede esperar que sepa del funcionamiento de una sociedad capitalista con un mercado desarrollado de valores.

Bajo estas condiciones, los que tenían más acceso a dinero y poder, las élites, los que ahora se conocen como oligarcas, se hicieron con todas esas acciones que se habían distribuido entre el público, ¡por precios que equivalían a poco más que el coste de comprar un par de botellas de vodka! Para la gente que no estaba familiarizada con el funcionamiento de una bolsa de valores en un país capitalista, ¡la impresión era de haber obtenido dos botellas de vodka gratis! Para esa gente, una acción de una empresa, era un trozo de papel sin valor, mientras que dos botellas de vodka sí que tenían un valor determinado que todos conocían.

Para las élites que se habían hecho con todos esos «trozos de papel sin valor», era solo cuestión de esperar un poco para que aquellas empresas empezaran a revalorizarse, y al cabo de poco tiempo, teníamos una sociedad rusa bajo el control de lo que ahora se conoce como un grupo de oligarcas. Pero ellos tampoco estaban solos -Yeltsin también dejó la vía completamente libre para los inversores extranjeros-, lo que significó que, más pronto que tarde, la economía rusa estaba bajo la dominación de dos grupos: de un lado, los oligarcas; de otro lado, el gran capitalismo internacional. Los dos grupos actuaban, y actúan, solo en beneficio suyo propio, lo que ha dejado una sociedad rusa radicalmente dividida, entre un pequeño grupo de élites y la inmensa mayoría de la gente que en vez de vivir, tiene que sobrevivir. La clase «media» brilla cada vez más por su ausencia.

El sistema de partidos políticos que ha emergido en Rusia después de la caída de la URSS también está hecho para servir los intereses fácticos dominantes de la nueva superestructura del poder que domina la estructura política del país. Hay un partido, que puede cambiar e incluso crearse cada ciertos años como «el vehículo de turno para ganar votos para los poderes fácticos». Luego hay una «oposición leal» a los poderes fácticos, cuyo elemento más conocido es el Partido Liberal Democrático, que ni es liberal ni democrático, sino fascista, racista y populista, y dirigido por Vladímir Zhirinovsky, que la manera más suave que tengo para llamarle sería con el término «desequilibrado».

El Partido Comunista de la Federación de Rusia, el heredero del Partido Comunista de la Unión Soviética, también sigue existiendo, pero las autoridades intentan por todos los medios marginalizarlo. Un intento en el que las potencias extranjeras y sus medios de comunicación también ayudan -todos esperaban, al principio, que el único apoyo popular del Partido Comunista viniera de un grupo reducido de viejos nostálgicos de la antigua Unión Soviética y, en cuanto fallecieran esos «viejos nostálgicos», el comunismo también iba a morir en toda Rusia-. Ahora ya vemos que no ha sido así -ni mucho menos-, y hoy en día hay muchos jóvenes rusos que se identifican como «rojos». Ese grupo también se ha convertido en una base firme de apoyo al Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR).

Ha sido una sorpresa agradable para mí ver el aumento de popularidad del PCFR entre la juventud rusa, porque creo que entre «el partido de turno sirviendo los intereses de los poderes fácticos», por un lado, y partidos sin importancia pero de corte liberal, o incluso partidos malignos como el Liberal Democrático, por otro lado, hace falta un partido como el PCFR como esperanza de que, en el futuro, las cosas puedan cambiar de verdad en Rusia, y que el país pueda reencontrar el sitio que tenía como gran potencia en el mundo y, a la vez, desafiar a las grandes potencias capitalistas.

Los propósitos del PCFR incluyen la nacionalización de los recursos naturales, la agricultura y la industria a gran escala en Rusia, convirtiendo el sistema en uno de economía mixta que, a la vez, anima el crecimiento de empresas pequeñas y medianas en el sector privado. Es lo que llaman un «socialismo moderno para Rusia».

El programa del PCFR incluye entre sus puntos principales los siguientes: Parar la paulatina desintegración de todo el sistema en Rusia, restaurando a la vez beneficios para familias numerosas, y mejorar el sistema de escuelas y viviendas públicas para familias jóvenes; nacionalizar los recursos naturales y los sectores estratégicos de la economía rusa; retorno a Rusia, desde bancos extranjeros, de las reservas financieras del Estado; terminar con el fraude en las elecciones; diseñar una serie de medidas para combatir la pobreza e introducir controles de precios sobre los productos básicos necesarios para vivir; devolver al Estado la responsabilidad en los sectores de vivienda, electricidad y agua, aumentar las viviendas públicas y parar los desahucios; priorizar la deuda doméstica sobre la deuda extranjera -con la dependencia sobre potencias extranjeras que conlleva-; basar la política exterior en el respeto mutuo entre países y una restauración voluntaria de la unión entre estados.

En el último punto que hemos mencionado, es obvio que el PCFR tiene una preferencia por recrear la Unión Soviética -aunque sea de manera voluntaria- entre los nuevos países que han emergido de la antigua URSS. En cuanto a una política exterior basada en el respeto mutuo entre países, para mí es obvio que eso es, precisamente, lo que quiere también Putin -y la causa de muchos de los conflictos con EEUU-, puesto que el Gobierno norteamericano quiere imponer su preponderancia sobre todos los demás países y solo quiere que todos los demás digan «sí, señor» a las «órdenes» del presidente de los EEUU.

Para que veamos un cambio de verdad en el escenario socioeconómico de Rusia, es necesario e imprescindible que tenga éxito un partido como el PCFR. De momento, ya ha atravesado un camino significativo, desde un punto en el que todos los demás deseaban su eliminación total hasta un punto en el que incluso ha aumentado el número de escaños en las elecciones parlamentarias. El día que veamos el PCFR en el Kremlin, ese será el día que podremos celebrar la posibilidad de efectuar el cambio socio-económico que Rusia necesita.

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