"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

15/11/14

Fernández Buey y la recuperación del marxismo crítico en Cuba

Francisco Fernández Buey ✆ Joan Picornell 
Jorge Luis Acanda González   |   Mi intención es la de destacar su contribución a la recuperación del marxismo crítico en Cuba. Alguien podría tachar mi objetivo como un despropósito, teniendo en cuenta dos circunstancias. Una, que en mi país, hasta hoy, nunca se ha publicado ningún texto suyo. La segunda, que cabría esperar que no podría hablarse de “recuperación del marxismo crítico” en un país en el cual, desde hace más de medio siglo, el marxismo ha sido declarado por el Estado como ideología oficial. Ante tales objeciones quiero avanzar ahora dos argumentos. El primero, que en esta época globalizada e “internetizada”, la difusión de un pensamiento no depende ya exclusivamente de los rumbos que tome en uno u otro país la labor de las editoriales, y que el efecto de llamada de una obra provoca que los lectores interesados busquen canales alternativos para saciar su interés. Y ciertamente la obra de Fernández Buey atrajo la atención de aquellos que, en Cuba, siguieron interesándose por el marxismo crítico pese a todos los obstáculos acumulados.

Mi segundo argumento engarza con el primero justamente en esa idea sobre los obstáculos acumulados. Tal vez sin él saberlo, la obra de Fernández Buey sirvió para muchos cubanos – entre ellos yo mismo – como un referente para rescatar toda una tradición del pensamiento marxista crítico y revolucionario. Una tradición que, por diversas circunstancias que pasaré a explicar a continuación, había sido relegada precisamente por los propios aparatos de producción ideológica de un Estado que, como ocurrió en todos los países del así llamado “socialismo real”, había convertido en dogma santificado la versión achatada, economicista y mecanicista del pensamiento de Marx producida por el stalinismo y que había sido bautizada bajo el nombre de “marxismo- leninismo”.

Para comprender el significado que ha tenido la obra de Fernández Buey para la intelectualidad revolucionaria en Cuba en las dos últimas décadas, es preciso conocer los derroteros que ha tomado el marxismo en mi país. Ya desde fines del siglo XIX existió un marxismo en Cuba, pero muy primitivo. El escaso desarrollo del proletariado en Cuba, y la necesaria subordinación de la cuestión clasista a la tarea de la independencia, llevaron a que su presencia en el panorama nacional fuera apenas una curiosidad. Hacia inicios de la década de 1920 se produjo una crisis estructural profunda. El patrón de acumulación existente, basado en el predominio de la agricultura de plantación y la exportación de azúcar hacia un solo mercado en constante ampliación (en este caso el de los Estados Unidos), había agotado sus potencialidades, propiciando la ruptura del inestable equilibrio social predominante. Comenzó una etapa de cambio en nuestra historia. Una nueva generación apareció en el espacio público, dispuesta a expresar su inconformidad con los cánones establecidos (tanto en lo político como en lo artístico, en lo moral, etc.). No puede olvidarse la influencia que ejercieron procesos actuantes en esa etapa histórica como la Revolución Mexicana, la Revolución de Octubre y el movimiento de revuelta estudiantil latinoamericano. Entre 1923 y 1933 Cuba vivió lo que los historiadores han llamado, con razón, “la década crítica”. Su impacto sobre todas las esferas de la sociedad cubana se deja sentir todavía hoy. Podemos datar en esos años el inicio de una segunda etapa en la historia del marxismo cubano. La crisis económica y política generó el desarrollo del movimiento obrero y del sindicalismo, lo que permitió que las pequeñas agrupaciones políticas de ideología marxista se unificaran y fundaran en 1925 el Partido Comunista de Cuba, que rápidamente se afilió a la III Internacional. Pero también llevó a que un sector de la joven intelectualidad se interesara por la ideología marxista y se vinculara con el movimiento obrero, con el partido comunista y con el movimiento revolucionario que entonces comenzaba y que encontró su punto de eclosión con el derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado en 1933. La incorporación de esos jóvenes intelectuales marcó un punto de giro en el marxismo cubano. Hasta ese momento el marxismo había despertado el interés sólo de obreros y artesanos, personas sin una formación académica. Su influencia había estado limitada sólo a pequeños sectores de la clase obrera, y la membresía de las organizaciones que se autodenominaban “socialistas” reflejaba esto. Súbitamente, un grupo de jóvenes estudiantes universitarios (aunque también algunos jóvenes profesionales), procedentes – por su origen de clase – de la burguesía criolla, enrolados en los movimientos políticos revolucionarios de aquellos años, se proclamaron marxistas y se acercaron al partido comunista y sus organizaciones afines, trayendo consigo una percepción de la realidad, unas inquietudes espirituales y formas de pensar y actuar con las que los comunistas tradicionales no habían interactuado nunca y para las que, evidentemente, no estaban preparados. En esos años irrumpió en la vida política y espiritual del país una nueva generación de luchadores políticos que proclamaron al marxismo como su doctrina y que se dispusieron a pensar la realidad cubana desde una plataforma teórica que vinculara lo mejor de la tradición marxista internacional con lo mejor de la tradición del pensamiento político revolucionario cubano. Un resultado inédito hasta ese momento en la historia nacional. La labor de aquel grupo marcó de forma decisiva no sólo la producción del pensamiento marxista del país, sino también la praxis política revolucionaria. Pero la relación de este grupo con el movimiento comunista organizado distó mucho de ser apacible. Las diferencias de apreciación sobre las características del movimiento revolucionario de la década de los años 30 y sobre las estrategias a instrumentar, así como el dogmatismo imperante en el partido comunista y su obediencia estricta a las directivas emanadas de la Komintern, condujeron a que, ya para finales de esa década, se abriera un cisma en el marxismo cubano, una división dramática en dos grandes grupos, tan divorciados en sus referentes políticos y teóricos y en sus líneas de acción política que sus relaciones llegaron a ser escasas cuando no francamente hostiles. La alianza del Partido Comunista (para entonces Partido Socialista Popular) con la dictadura de Fulgencio Batista en 1938 y el Pacto Soviético-Alemán de 1939 marcaron puntos de ruptura en el marxismo criollo. Desde entonces, hasta que el triunfo del movimiento revolucionario dirigido por Fidel Castro en enero de 1959 trastocara todas las coordenadas de la vida nacional, el marxismo cubano reprodujo la división (ya existente desde hacía mucho tiempo a nivel internacional) entre un marxismo dogmático, mecanicista, subordinado a las orientaciones provenientes de Moscú, y otro marxismo que se encarnaba en formas de pensamiento y praxis políticas con un carácter mucho más creador y autóctono.

A partir de enero de 1959, se abrió una nueva realidad para el desarrollo del pensamiento marxista en Cuba. Sus etapas van a coincidir – como no podía ser de otro modo – con las propias etapas de la revolución. Se pueden destacar tres períodos: el primero trascurre durante la década de los años 60 y finaliza hacia 1971; el segundo abarca desde esa fecha hasta mediados de los años 80, y el tercero comenzó hacia 1985, cuando el inicio de la Perestroika soviética (y la cadena de acontecimientos que trajo aparejada, que condujeron entre 1989 y 1991 a la desaparición de los regímenes del comunismo de Estado en Europa Oriental y la desintegración de la Unión Soviética) y del llamado “Proceso de Rectificación” en Cuba generaron una nueva realidad.

Recordemos que el proceso que dio lugar a la victoria de 1959 no estuvo conducido por un partido marxista, ni fue expresamente movido por ideas marxistas. Fue, en sentido inverso, la revolución la que asumió las ideas del marxismo. La presencia hegemónica del marxismo se introdujo, de manera progresiva aunque vertiginosa, en los cuatro primeros años que siguieron a la toma del poder. Y esta conversión del marxismo en referente hegemónico se produjo en un contexto internacional caracterizado por el auge de una oleada revolucionaria mundial, las disensiones al interior del campo socialista y por las primeras muestras de agotamiento de la institucionalidad política y el doctrinarismo implantado en los países del socialismo histórico. La revolución cubana fue y se comprendió a sí misma como una herejía, y la herejía le dio alas al pensamiento social contra la visión dogmática y sectaria, que también trató de imponerse en Cuba desde entonces. Esos años de los 60’s se caracterizaron por el debate, la diversidad de opiniones y la libertad creativa. No existió un patrón único de enseñanza, interpretación y utilización del marxismo. Se desarrolló una aguda confrontación entre el marxismo dogmático, que copiaba los patrones provenientes de la Unión Soviética, y un marxismo creador, generador de una experimentación no convencional y una reflexión no ortodoxa. Fueron variados los escenarios del debate, desde los de la creación artística y literaria hasta los de la economía. La confrontación entre los dos grupos, portadores cada uno de una visión radicalmente diferente e incluso antagónica sobre el marxismo, explica la contradictoriedad de la política editorial y de los procesos de enseñanza y difusión del marxismo en ese período. Junto con la publicación de figuras importantes del marxismo que habían sido satanizadas por el dogmatismo (A. Gramsci, G. Lukacs, K. Korsch, H. Marcuse, I. Deutscher, N. Poulantzas, G. Della Volpe, L. Colleti, A. Labriola, M. Godelier, L. Althusser) se hicieron también tiradas masivas de los manuales soviéticos sobre filosofía y economía política. En esos años, del marxismo español sólo alcanzó difusión entre nosotros la obra de Adolfo Sánchez Vásquez (que nos llegó, por supuesto, vía México)1. El nombre de Manuel Sacristán comenzó a hacerse conocido tras la publicación en La Habana, en 1973, de su Antología de textos de Antonio Gramsci.

Pero el desarrollo del marxismo crítico se cortó abruptamente en 1971. Las serias deficiencias estructurales del modelo económico implantado en la segunda mitad de los años 60 obligaron a la dirección política cubana a efectuar un giro importante en muchos campos de la vida social. A partir de 1971 se abrió una nueva etapa en la historia de la Revolución, con cambios que tuvieron un carácter multilateral. El marxismo dogmático (sobre todo de procedencia soviética) se apoderó de todo el campo, monopolizando la esfera académica y de la enseñanza. Comenzó una etapa contradictoria en la vida de la sociedad cubana. En esos años se registraron notables avances en la economía, en la política social, en los servicios de salud y educación, en el bienestar material, etc. Pero también se hicieron fuertes la burocratización, la formalización y la ritualización, el seguidismo, el reino de la autocensura, el unanimismo y otros males. Un “marxismo-leninismo” esclerosado, empobrecedor, dominante, autoritario, exclusivista, fue impuesto y difundido sistemáticamente. Se excluyó toda utilización o incluso referencia a los autores del marxismo crítico. Esa exclusión alcanzó a Adolfo Sánchez Vázquez y a Manuel Sacristán. Las críticas del primero al materialismo metafísico presente en la obra de Lenin Materialismo y Empiriocriticismo y su revalorización del tema de la utopía, y el conocido texto de Manuel Sacristán sobre el Anti-Dühring de F. Engels, condujeron a que ambos autores fueran catalogados como “revisionistas”. Por otro lado, la adopción de la estrategia del “euro-comunismo” (fundada en el rechazo al principio de la dictadura del proletariado) por los partidos comunistas de España, Francia e Italia llevó a que toda la producción teórica proveniente de aquellos países fuera rechazada en forma apriorística.

La tercera etapa comenzó casi imperceptiblemente en los años 85-86. El comienzo de la Perestroika y la Glasnost en la Unión Soviética, y el ya visible agotamiento de las estructuras económicas y también políticas y sociales de nuestra sociedad abrieron este período. La desaparición del “campo socialista” determinó el derrumbe de los paradigmas del marxismo y del socialismo soviéticos. Fue una etapa de crisis para nuestro país y nuestra revolución. Crisis ideológica, económica y política. Y fue en el contexto de estas crisis que tenemos que abordar la significación de la obra de Fernández Buey.

La difusión del marxismo en Cuba durante los años 70 y 80 devino en un proceso de vulgarización y empobrecimiento. Gramsci señaló que la teoría marxista tiene que enfrentar dos retos, simultáneos y contradictorios entre sí. Por un lado tiene que penetrar en la conciencia cotidiana de las masas populares para romper con el “sentido común” existente. Por el otro, tiene que convertirse en “alta cultura”, tiene que enfrentar en su campo a las producciones teóricas de la filosofía burguesa y derrotarlas, para poder ser adoptada por los sectores intelectuales como fundamento conceptual de su actividad creadora. En la década de los años 60, esas tareas pudieron realizarse adecuadamente, con mayores o menores sobresaltos. Pero posteriormente la creatividad y el desarrollo teóricos fueron yugulados y la vulgarización y el adoctrinamiento se convirtieron en los objetivos principales. Para el momento en que comenzó la gran crisis del pensamiento marxista y del comunismo como ideal, el marxismo en Cuba – precisamente por repetir los dogmas economicistas y mecanicistas provenientes de los aparatos ideológicos de la Unión Soviética – había perdido ambas batallas: no logró evitar la recomposición del sentido común y perdió su papel referente necesario y fundamento conceptual de la producción intelectual de alto nivel.

A partir de 1959, el pensamiento marxista en Cuba tuvo que imponerse una marcha forzada para ponerse a la altura de una revolución que lo había tomado por sorpresa y lo rebasaba por la izquierda. El sentimiento de triunfo predominante en los primeros años, y la sucesión de victorias frente al imperialismo, facilitó la difusión del marxismo a nivel de masas, y su conversión en religión popular. Pero no era bastante. El marxismo como intuición política necesitaba el desarrollo conceptual. Ante nuestro marxismo se levantaba un reto a vencer en poco tiempo, si quería profundizar y garantizar la hegemonía que comenzaba a alcanzar: pensar la revolución de una manera diferente a la establecida por el marxismo dogmático, generar una teoría de la transición que rompiera con el economicismo y la estadolatría y avanzara a un primer plano, con todas sus implicaciones, una concepción renovada del poder, la política y la cultura. Sólo un marxismo crítico podía emprender esa tarea, y eso era precisamente lo que nos faltaba en aquellos años difíciles del trienio 1989-1991, cuando todas las certezas se destruyeron y la ofensiva del pensamiento neo-conservador lo inundó todo. Aquel “marxismo-leninismo” entronizado por ucase en el mundo académico cubano, se demostró incapaz de enfrentar el avance arrollador del pensamiento burgués, precisamente por su propia esencia vulgarizada. Sólo algunos pequeños núcleos habían continuado el cultivo de la esencia crítica del marxismo. Fueron esos grupos los que comenzaron una labor muy importante para demostrar al mundo intelectual cubano que existía otro marxismo, con una elevación teórica suficiente no sólo para explicar la insolvencia histórica del comunismo de Estado, sino también para buscar nuevas vías revolucionarias para continuar la lucha contra el capitalismo. Ha sido en este contexto que la obra de Fernández Buey se convirtió en un referente muy importante para los marxistas cubanos.

Fueron diversos los campos en los que se ocupó el pensamiento de este marxista. Pero hay un elemento central en su obra que explica el porqué de la atracción que ejerció y aún ejerce sobre muchos en mi país: el suyo fue siempre un marxismo libertario, centrado en el estudio de los procesos de producción de la subjetividad humana. Después de varias décadas de predominio de un marxismo vulgar que llevó el objetivismo hasta la exasperación, los textos de Fernández Buey que nos iban llegando de manera aleatoria apuntaban en una dirección que permitía asimilar creadoramente las nuevas formas de lucha y las nuevas formas de expresión de la subjetividad social sin tener que abandonar para ello el fundamento que proporciona el paradigma de la producción ni la centralidad del concepto de lucha de clases.

Uno de los objetos preferentes de estudio de Fernández Buey fue la obra de Antonio Gramsci. La recuperación en Cuba del pensamiento del comunista italiano constituyó un momento de gran importancia para la reconstrucción del pensamiento crítico y revolucionario en nuestro país. 2 Y en esa tarea fue importante el aporte que a los estudios gramscianos realizaron tanto Fernández Buey como otro estudioso español: Rafael Díaz Salazar. Tanto El proyecto de Gramsci – de este último – como Ensayos sobre Gramsci y Leyendo a Gramsci (ambos de Fernández Buey) representaron importantes instrumentos para los cubanos que emprendimos el estudio de los Cuadernos de la Cárcel.

En mi opinión, de los diversos temas en los que concentró su labor creadora, hay tres que han concentrado mayoritariamente la atención en mi país: la reflexión sobre un comunismo ecológicamente fundamentado, el tema de la utopía y la cuestión de la relación entre democracia y socialismo. Es este último punto el que entronca su pensamiento con la obra de Gramsci y con los principales desafíos que la revolución cubana ha venido enfrentando desde inicios de los años 90 y que se han profundizado en la actualidad, y donde por lo tanto reside lo que, para mí, constituye lo más importante de la herencia teórica de Fernández Buey para el pensamiento revolucionario cubano. A lo largo de estas casi tres décadas, el desafío ha sido el mismo: reconstruir la hegemonía de la revolución. A diferencia de otros muchos países, la tarea en Cuba no es la de hacer una revolución anti-capitalista, sino salvar la revolución ya existente, la de impedir que la deriva economicista y autoritaria que arrastró a otros experimentos socialistas nos conduzca a la restauración del capitalismo.

Ya está clara para todos en Cuba la necesidad de reestructurar nuestro sistema de relaciones sociales. En semejantes situaciones, la propuesta de las ideologías clásicas de la modernidad ha consistido en colocar en un primer plano, como centro organizador de toda la vida social, a una de estas dos instituciones totalizadoras y homogeneizadoras: el mercado o el Estado. El neoliberalismo nos propone el modelo del mercado, que implica un proyecto moral y cultural signado por un mundo de valores caracterizado por la expropiación del espacio público y la privatización de la vida. Esta propuesta sólo nos puede llevar a desmantelar nuestro socialismo y comprometer nuestra independencia nacional, por lo que en esencia no puede constituir una salida válida. Los procesos anticapitalistas ocurridos al este del Elba buscaron otra opción en un socialismo centrado en la apoteosis del Estado como único espacio donde cualquier relación social podía admitirse. La historia ha demostrado la incapacidad del socialismo estadólatra como alternativa viable a los retos emanados del propio desarrollo de la globalización capitalista y del desarrollo de la modernidad. Aquel socialismo no pudo estructurar una combinación adecuada entre participación, eficiencia, autonomía y equidad, los cuatro componentes esenciales de cualquier proyecto revolucionario de construcción social. Sólo interpretando a la revolución como construcción de una hegemonía de sentido inverso a la del capital es que los cuatro conceptos mencionados más arriba pueden entenderse en un sentido verdaderamente liberador. Se trata de un enfoque alternativo, pero no por exclusión de los otros dos, sino por ser más abarcador, pues permite plantearnos la política y la economía desde una perspectiva más amplia. No como dos formas diferentes y separadas de actividad humana, sino como dos modos interpenetrados de existencia del todo social. Frente a los análisis estrechamente sectorialistas y cerrados de la política y la economía (que precisamente por la estrechez de su enfoque no nos permiten entender ni a la una ni a la otra), la interpretación presente en la obra de Fernández Buey nos propone una perspectiva que nos permite mirar a nuestra sociedad como totalidad orgánica. Se trata de una manera diferente de pensar y de proyectar la revolución y el socialismo. Diferente de como se había hecho tradicionalmente desde la chatura de un marxismo ramplonamente economicista y empedernidamente estadolátrico. Una concepción que no se agotaba en los términos estrechamente políticos de toma del control de las instituciones públicas represivas, ni en los estrechamente económicos de estatalización de los medios de producción, sino en los términos verdaderamente políticos y económicos de socialización del poder y socialización de la propiedad. Que comprende a esta transformación, por verdaderamente política y económica, como complejo proceso socio-cultural de creación de un modo de vivir y de pensar raigalmente nuevos, de construcción de una hegemonía de signo radicalmente diferente. Y que ve la garantía de ello en la creación de una cultura y una sociedad civil desenajenantes y liberadores.

El voluntarismo extremo llevó a la economía cubana a una situación sumamente desfavorable para enfrentar las imposiciones del mercado mundial capitalista. Pero no es reproduciendo los experimentos de supuestos “socialismos de mercado” como podrá realizarse ese “perfeccionamiento” socialista que proclaman los documentos rectores del partido comunista de Cuba. Por supuesto que es necesario desarrollar la base material del país, pero sin olvidar que ha de tratarse de la base material para el desarrollo de un sistema de relaciones sociales desenajenante. Una base material que interpele la subjetividad de cada individuo de tal forma que lo movilice para su participación creadora en la construcción de una nueva cultura material de vida. Cualquier intento de perfeccionar el socialismo necesariamente tiene que implicar la creación de múltiples estructuras organizativas dentro de la vida cotidiana que posibiliten a millones de personas ejercer el uso creativo de su razón creadora. Sólo desde esa perspectiva de verdadera democracia es que podrá salvarse el socialismo cubano.

En mi opinión, la atracción que ha ejercido y ejerce el legado teórico de Fernández Buey para los cubanos reside precisamente en su contribución a esta interpretación. Su obra constituye una importante ayuda para enfrentar el desafío que se alza ante Cuba: entender la necesidad de realizar una revolución en la revolución. Y sólo en la medida en que logremos hacerlo, seremos capaces de recuperar la hegemonía que posibilite la continuación del proyecto humanista y liberador que está en el fundamento de las luchas de mi pueblo.

Referencias

ACANDA, J. L. Sociedad Civil y Hegemonía. La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello. Cátedra de Estudios Antonio Gramsci, 2002.
DÍAZ-SALAZAR, R. El proyecto de Gramsci. Prólogo de Francisco Fernández Buey. Barcelona: Anthropos; Madrid: Hoac, 1991. (Pensamiento Crítico/ Pensamiento Utópico; 58).
FERNÁNDEZ BUEY, F. Ensayos sobre Gramsci. Barcelona: Materiales, 1978.
________. Leyendo a Gramsci. Barcelona: El Viejo Topo, 2001.
GRAMSCI, A. Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1973.
SANCHEZ VÁSQUEZ, A. Las ideas estéticas de Marx. Ensayos de estética y marxismo. México: Ediciones Era, 1965.
________. Filosofía de la praxis. México: Grijalbo, 1967.
SACRISTÁN, M. La tarea de Engels en el Anti-Dühring. Prólogo. In: ENGELS, F. Anti-Duhring. Mexico: Grijalbo, 1964.

Notas

1 En esos años se publicó en Cuba Las ideas estéticas de Carlos Marx, y circuló y se leyó mucho la primera edición mexicana de Filosofía de la Praxis.
2 Me he ocupado de explicar la importancia de la recuperación de la herencia teórica de Gramsci para el marxismo cubano en otros lugares. Al respecto ver el capítulo final de Acanda, 2002.

El anterior ensayo es un capítulo del libro "Encontros com Paco Buey", de Artemis Torres & Márcia Cristina Machado Pasuch (organizadoras), editado por la Universidade Federal de Mato Grosso (Brasil)

Jorge Luis Acanda González  es doctor en Ciencias Filosóficas por la Universidad de Leipzig (Alemania, 1988) y profesor titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana; miembro del Tribunal Permanente de Grado Científico de Filosofía de la Academia de Ciencias de Cuba, vicepresidente de la Cátedra Gramsci del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana ‘Juan Marinello’; miembro del Comité Académico de la Maestría en Filosofía de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana; profesor visitante de varias Universidades latinoamericanas y europeas; miembro del grupo de Investigaciones “Análisis de la realidad actual” del Centro de Estudios del Consejo de Iglesias de Cuba; es autor de numerosos artículos, estudios y libros en ámbitos filosóficos y de la tradición marxista.



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