"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

15/9/14

El marxismo argentino y la cuestión del capital monopolista

Karl Marx ✆ A.d. 
Juan Kornblihtt   |   Diferentes corrientes dentro del marxismo argentino coinciden en señalar como una de las causas fundamentales del mal desarrollo económico de la Argentina al hecho de que su inserción internacional se dio en la etapa del dominio del capital monopolista. Por lo tanto, atribuyen las limitaciones históricas del desempeño del capitalismo en la Argentina a una distorsión a la ley del valor por el creciente dominio de relaciones sociales extra económicas. En este artículo, realizaremos una crítica a los principales exponentes de esta posición a partir de retomar la perspectiva de un análisis de la competencia en los términos que Marx los desarrolló en El Capital.

El debate en torno al capital monopolista marca grandes líneas dentro del marxismo. Encontramos una tradición dominante para la cual el desarrollo del capital se divide en dos grandes etapas. La primera, correspondiente a la estudiada por Marx, estaría caracterizada por la libre competencia. La segunda sería la etapa del imperialismo y del capital monopólico. La principal característica de la etapa monopolista es la regulación de los precios por parte de los monopolios, lo que en cierta medida pondría fin a la competencia en términos económicos. Así, la disputa entre capitales ya no sería por la reducción del precio mediante el desarrollo de las fuerzas productivas, sino una lucha por el control de mercados. 

Esta posición llega a su máxima teorización a partir de la obra de Baran y Sweezy, en particular con su libro El Capital Monopolista (Baran, 1974). Pero aunque se ha convertido casi en lugar común dentro de la izquierda señalar a los monopolios como los principales responsables de los males del capitalismo, existe una extensa corriente de críticos a la idea de que el capitalismo se encuentra en una etapa regulada por el capital monopolista.

El debate, aunque tiene extensión a nivel internacional, como veremos, poco ha sido puesto de relieve en el estudio de la historia argentina. La idea de la existencia de una etapa dominada por el capital monopolista es aceptada por casi toda la izquierda local quienes lo han dado por cierto, realizando muy poco esfuerzo por comprobar lo. Los numerosos trabajos históricos escritos tanto desde el marxismo como desde otras teorías con intenciones críticas o izquierdistas (dependentismo y en menor medida desarrollismo) señalan la presencia temprana de una dinámica regida por los monopolios extranjeros sin aportar datos empíricos.

1. La competencia como caótico articulador de la sociedad

En contraposición con la visión liberal, Marx no consideraba a la competencia como un regulador democrático y eficaz. Sin embargo, coincidía en darle un carácter fundamental en la organización de la sociedad contemporánea. Lo específico del capitalismo en relación a los modos de producción previos es que las relaciones sociales de producción dejan de ser relaciones de sujeción personal directas y pasan a ser relaciones mercantiles indirectas. Cada individuo se comporta como productor independiente de mercancías. Para que esto ocurra, es necesaria la llamada acumulación originaria, por la cual se separa a los productores directos de sus medios de producción. El obrero es a su vez liberado de sus medios de vida y del dominio personal por parte del señor. Esta doble libertad es la que le permite al capital comprarle su única mercancía: la fuerza de trabajo. Mercancía capaz de agregar más valor que el contenido en su propia mercancía. Así se constituyen las clases fundamentales del capitalismo: burguesía y proletariado. Y de esta forma, surge la particular forma de apropiación del excedente por parte de la clase dominante: la plusvalía. La explotación bajo el capitalismo no se da por la fuerza extraeconómica, sino por la acción voluntaria de los individuos que compran y venden mercancías.

El capitalismo aparece así como un “enorme cúmulo de mercancías”. Por esa misma razón, la explotación no termina su ciclo en la compra de la fuerza de trabajo, y tampoco en la esfera de la producción. La plusvalía producida por la clase obrera no es apropiada en forma directa por los patrones. Estos están obligados primero a vender sus mercancías. Para hacerlo deben ofrecer una mercancía a menor precio que su rival. Esta dinámica, le permite obtener una proporción de ingreso por sobre el capital invertido mayor que sus rivales. Es decir una ganancia extraordinaria. Pero ese plus no puede ser eterno ya que sus competidores, al ver que su rival obtiene una tasa de ganancia mayor que la suya, invertirán sus capitales en esa rama o aumentarán su productividad. El resultado es una progresiva igualación de la tasa de ganancia. Este ciclo volverá a repetirse cuando un capital vuelva a lograr aumentar la productividad y abaratar sus costos y así obtener una ganancia mayor. La plusvalía se constituye así en la masa total de riqueza producida por la sociedad, pero su reparto adopta formas particulares dadas por la competencia. Los más productivos se apropian de una porción mayor, mientras los menos ceden una parte.

La competencia entonces no presupone la existencia de capitales iguales (o infinitesimales como sostiene la teoría de la competencia perfecta), sino una permanente diferenciación entre aquellos que alcanzan una ganancia extraordinaria y capitales que los corren desde atrás.2 A la vez, tampoco significa que el precio esté dado o sea externo a los capitales (como también presupone la teoría del equilibrio general y la figura del subastador walrasiano), sino que los capitales más productivos son los que ponen los precios, lo suficientemente altos para obtener una ganancia extraordinaria, y los suficientemente bajos como para desplazar a sus competidores.3

Esta dinámica impulsa que en forma permanente aumente su productividad, pero a la vez provoca que aquellos capitales que no logren alcanzar esa ganancia media se fundan. El resultado es una progresiva concentración (aumento de la escala del capital individual) y centralización del capital (cada vez menos capitales en menos manos). Este proceso es el que explica la búsqueda permanente de innovación por parte de los capitalistas. Pero así como explica el desarrollo, permite comprender las contradicciones fundamentales del sistema capitalista. El primer problema que aparece es la imposibilidad de planificar la producción. El mercado es anárquico, lo que implica que sólo se sabe si lo producido podrá ser vendido y en qué cantidad una vez que eso efectivamente ocurra. Esto lleva a un exceso de producción permanente. La siguiente contradicción es aún más profunda. La permanente búsqueda de aumentar la ganancia, como señalamos, obliga aumentar la productividad, es decir la extracción de la llamada “plusvalía relativa”. Esto implica una disminución de la proporción de capital variable, es decir fuerza de trabajo por sobre el capital constante (capital fijo, maquinaria, insumos). Este proceso, conocido como “aumento de la composición orgánica del capital”, lleva a una reducción de la fuente de plusvalía y, por lo tanto, a una tendencia a la caída de la tasa de ganancia. Esta combinación entre caída de la tasa de ganancia e incapacidad de controlar la producción trae como resultado crisis cíclicas de cada vez mayor envergadura.

En definitiva, para Marx, la dinámica de competencia atraviesa al conjunto de la reproducción del sistema capitalista, y por lo tanto es la clave de su propia superación. Por un lado, el desarrollo de la concentración y centralización de capital impulsa el desarrollo de las fuerzas productivas y además organiza en forma cada vez más socializada la producción (aunque restringiéndolo al interior de cada capital). Por el otro, es la causante de las crisis y por lo tanto de la debilidad de la burguesía en ciertos momentos históricos. Esta doble dinámica es la que le da fuerza estructural a la clase obrera: es a la vez sujeto de una producción cada vez más socializada y tiene la fuerza para aprovechar las contradicciones de la burguesía en la disputa por el poder.
 







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