"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

3/5/14

El papel de la personalidad de Lenin en la revolución bolchevique

Lenin ✆ Nikolay Fechin 
Iñaki Gil de San Vicente  | El noventa aniversario de la revolución bolchevique facilita y exige a la vez un sinfín de investigaciones teóricas orientadas a la mejora de la praxis revolucionaria mundial. De entre las muchas cuestiones históricas que se han de rescatar de la mentira, ahora vamos a centrarnos en dos ellas: ¿debemos hablar de revolución rusa, de 1917, de octubre o de revolución bolchevique? Y ¿qué papel jugó la personalidad de Lenin en todo ello, o más aún, qué personalidad tenía Lenin? Sobre esta segunda parte disponemos de multitud de hagiografías stalinistas destinadas a borrar todo aquellos que contradecía directa y esencialmente al nuevo régimen burocrático, y que era prácticamente todo. También tenemos las innumerables mentiras burguesas al respecto. Pero de entre las muy contadas descripciones objetivas disponibles destaca la de Krúpskaya, su libro sobre su vida con Lenin, y especialmente la nota que vamos a usar en este breve texto. Hay que decir que la propia Krúpskaya ha sido rebajada, menospreciada y maltratada por las versiones burguesas y stalinistas, todas ellas patriarcales aunque en diverso grado, cuando realmente tanto el bolchevismo como las aportaciones innegable de Lenin al marxismo hubieran sido imposibles sin la titánica militancia integral de esta
revolucionaria intachable que merece ser reconocida como una de las artífices imprescindibles para el triunfo de la revolución bolchevique y para la creación histórica del bolchevismo.

1. Por qué hablar de revolución bolchevique

Sin mayores precisiones, hay que decir que se empezó a hablar de “leninismo” una vez muerto Lenin, aunque ya al final de su vida comenzó tímidamente el proceso de su mitificación, proceso que dio un salto con su muerte. Veremos en el capítulo siguiente que opinaba sobre esa y otras cuestiones su compañera Krúpskaya. De “bolchevismo” se empezó a hablar antes, cuando la fracción bolchevique o “mayoritaria” en la dirección de la socialdemocracia rusa, empezó a entrar en colisión con las otras fracciones, con los mencheviques en especial, y con el resto de partidos y organizaciones no bolcheviques. De bolchevismo, que concitaba todo lo abominable y aborrecible que se puedan imaginar las mentes de bien, las personas que se comportan “como dios manda” y, más tarde, del “leninismo”, se empezó a hablar de la misma forma en que antes, estando vivo Marx, se empezó a hablar de “marxismo”, al igual que de “trotskismo” estando vivo Trotsky y de “luxemburguismo”, pero una vez asesinada esta revolucionaria ejemplar, admirada por Lenin y excomulgada por Stalin. Podríamos extender este comentario a los “ismos” añadidos a Stalin, Mao, Gramsci, Pannkoek en menor medida, Mariátegui, Che Guevara, Castro, etc.

El objetivo común de la creación artificial e interesada de un “ismo” es el de anular el proceso complejo de formación del pensamiento de la persona mitificada para lo bueno o para lo malo, o del grupo de personas que ha construido ese movimiento, en nuestro caso el bolchevismo y los bolcheviques. Toda formación de un programa, de una teoría y de una estrategia tiene siempre sus fases, etapas ascendentes o descendentes, contradicciones, paradojas, lagunas, vacíos, crisis, retrocesos, estancamientos o saltos bruscos adelante que abren una nueva etapa total o parcial en su pensamiento tras una dolorosa autocrítica anterior. Todo “ismo” anula la dialéctica del pensamiento colectivo e individual y su movimiento permanente, con lo que anula las importantes y frecuentemente decisivas raíces que se habían anclado y emergido luego gracias a pensamientos y teorías anteriores. De este modo, el nuevo “ismo” es descontextualizado, reducido a una lista de axiomas.

Aunque parezca una disputa bizantina e intranscendente, es necesario aclarar por qué aquí se prefiere el concepto de revolución bolchevique a los de “revolución de octubre”, “revolución de 1917”, “revolución rusa” u otros. Hablar de “revolución rusa”, pese a que se aclare el año de 1917 e incluso que hagan alusiones a febrero y octubre, y hasta se aclare la relación entre la revolución de 1905 y la de 1917, pese a estas precisiones, sin embargo, hablar de “revolución rusa” no concreta el tema crucial: el papel decisivo del bolchevismo. Rusia era una parte del imperio zarista, de esta cárcel de pueblos, mientras que la “revolución bolchevique” fue en la práctica --y sigue siéndolo en la teoría-- un acto consciente que infunde pavor y pánico en la burguesía mundial, que anula toda la argumentación reformista en cualquiera de sus formas y que plantea exigencias ineludibles, como veremos, a la lucha revolucionaria mundial en todos los tiempos.

Hablar “del 17” o otra expresión similar, es decir, poner un nombre cronológico y temporal a una revolución --que es un proceso con un salto cualitativo-- es detener su evolución, su dialéctica interna, en un momento e instante precisos, con los riesgos muy claros de petrificar el tiempo, el cambio y la transformación, la lucha de sus contrarios. Otro tanto hay que decir con respeto a “revolución de octubre”, cambiando el año por el mes; sin embargo, en el caso que tratamos, hablar de “octubre” es algo más correcto ya que especifica que el cambio cualitativo revolucionario se produjo no en febrero de 1917 sino en octubre, planteando así una serie de reflexiones teóricamente imprescindibles.

Por el contrario, “revolución bolchevique” hace referencia a un proceso ascendente en el que se mantienen una serie de constantes que estructuran el hilo rojo de la praxis comunista desde finales del siglo XIX hasta comienzos la primera mitad de la década de 1920, y que luego va renaciendo periódicamente en situaciones concretas. Unas constantes que también van variando en su forma externa, que van enriqueciéndose y ampliándose, que se concretan en respuesta a las transformaciones objetivas y subjetivas de las contradicciones que minan el capitalismo. La enorme capacidad del bolchevismo para comprender los cambios sociales y adaptarse a ellos, y a la vez, mediante esa adaptación incidir de inmediato sobre ellos, reorientándolos y abriendo nuevas expectativas de transformación, esta capacidad innegable fue decisiva para hacer que la revolución de febrero de 1917 pudiera culminar en la revolución de octubre de ese año.

Sin la corrección estratégica y táctica del bolchevismo, que era una parte de la totalidad del proceso, éste no hubiera llegado a su salto y cambio cualitativo en octubre, quedándose en una bella y brillante erupción revolucionaria fracasada en su objetivo histórico esencial e integrada en la lógica de la modernización del capitalismo ruso mediante la desvirtuación de sus contenidos revolucionarios. Si hubiera fallado la parte bolchevique de la totalidad del proceso abierto en febrero de 1917, éste mismo proceso se hubiera hundido, implosionado o degenerado desde su interior por la acción reformista burguesa de los mencheviques y socialrevolucionarios de derechas, por los errores del los socialrevolucionarios de izquierda, por la inutilidad estructural del anarquismo y por la agresión contrarrevolucionaria del imperialismo apoyada por las clases dominantes rusas. El bolchevismo no fue algo “externo” a la “revolución rusa” o “del 17” o “de octubre”; fue un componente esencial de la totalidad concreta del proceso revolucionario, una especie de “subsistema” integrado en el sistema que llegó a ser el elemento decisivo, detonante, del salto de la fase prerrevolucionaria, en sentido comunista, del proceso a la nueva fase revolucionaria. Sin el bolchevismo esta salto no se habría dado en su contenido creativo de una novedad cualitativa anteriormente inexistente, se habría detenido la tendencia ascendente hacia la emergencia de lo nuevo, hacia el punto crítico de no retorno en el momento de irreversible irreconciliabilidad de las contradicciones totales.

El bolchevismo fue --es-- la materialización como fuerza práctica objetiva del llamado “factor subjetivo”, de la conciencia teórica elaborada durante décadas por la lucha práctica, en dialéctica interna con ella, en su mismo desenvolvimiento cotidiano pero con una imprescindible autonomía relativa siempre flexible y adaptable garantizada por la existencia de la organización revolucionaria de vanguardia como parte inserta en la totalidad del proceso histórico, e inherente a él. Esta integración de la parte teóricamente consciente en el todo histórico, su interacción con el resto de niveles de conciencia menos desarrollados, fue lo que permitió al bolchevismo comprender los cambios sociales, adaptarse a ellos y a la vez, como hemos dicho, abrir nuevas vías y acelerar el proceso en su conjunto. Muy sucintamente, podemos sintetizar esas constantes en cuatro dialécticas de unidad y lucha de contrarios irreconciliables: una, la que existe entre el poder capitalista y el poder proletario; otra, la que existe entre la propiedad privada y la expropiación de la burguesía; además, la que existe entre el internacionalismo burgués y el internacionalismo proletario y, la que existe entre la ética capitalista y la ética comunista.

El choque frontal, permanente e inevitable entre estas contradicciones irreconciliables es consustancial al modo de producción capitalista, y la “revolución bolchevique” elaboró soluciones prácticas y teóricas que han resistido la prueba del tiempo pese a que el bolchevismo sufrió una primera derrota a partir de la segunda mitad de la década de 1920. Por su naturaleza de componente inscrito en la totalidad del proceso, la derrota del bolchevismo tuvo que ser y fue la derrota del proceso revolucionario iniciado en febrero de 1917 en cuanto tal. No podía haber, y no hubo, revolución bolchevique posterior a la década de 1920 y en especial tras las masacres de los ’30, sin bolchevismo como organización práctica ya que todas y cada una de sus cuatro soluciones revolucionarias concretas materializadas en el poder soviético, en la propiedad socializada, en el internacionalismo y en el desarrollo de una sociedad que se encaminaba a la ética comunista, fueron barridas progresivamente hasta concluir en la restauración del capitalismo como modo de producción dominante a partir de 1991.
 



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