"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

20/3/14

El marxismo como ciencia | Desafíos históricos y desarrollo teórico

Karl Marx ✆ Sammlung Rauch
Michael Burawoy  |  Este artículo examina la pretensión del marxismo de ser una ciencia. La primera parte considera posibles modelos de ciencia y argumenta que el más coherente es la metodología de los programas científicos de investigación de Imre Lakatos. En esta concepción, el conocimiento científico crece a partir de un núcleo duro de postulados protegidos de la refutación por el desarrollo de una serie de teorías auxiliares. Tal programa de investigación es progresivo y no degenerativo si las teorías sucesivas son consistentes con el núcleo, explican anomalías y hacen predicciones, algunas de las cuales se cumplen. En la segunda parte argumento que, con algunas modificaciones, la historia del marxismo -desde Marx y Engels al marxismo alemán y ruso, y finalmente el marxismo occidental- se adecua al modelo de un programa progresivo de investigación. En la tercera parte sostengo que las desviaciones respecto del modelo, tales como el marxismo soviético, se deben a la ruptura de la interacción recíproca entre la heurística marxista y los desafíos históricos.

La sociología clásica sostenidamente subestimó la pretensión científica del marxismo (Hughes 1958, cap. 3). Weber, Durkheim, Pareto y más recientemente Parsons acusaron al marxismo de sustituir la razón científica por la pasión moral y la metafísica
hegeliana, de no tratar seriamente la evidencia empírica, y de no adoptar las técnicas de la moderna ciencia social. Los marxistas mismos se han trenzado en feroz batalla alrededor de la cientificidad o no de su doctrina, a tal punto que convencionalmente se dividen en dos campos opuestos -los marxistas científicos que intentan establecer leyes del desarrollo económico análogas a las leyes de las ciencias naturales, y los críticos que niegan la existencia de cualquier determinismo estricto y se ocupan de la irracionalidad del capitalismo, de la brecha entre lo que es y lo que podría ser-. Determinismo versus voluntarismo, ciencia vs. revolución, materialismo vs. idealismo, el viejo Marx vs. el joven, han sido antinomias duraderas al interior del marxismo (Gouldner 1980, cap. 2). Sin embargo, sea desde la perspectiva de la sociología o desde el propio marxismo, las críticas a la ciencia marxista raramente se han explicado con cuidado, mucho menos se las ha examinado a la luz de la experiencia. Esa es la tarea de este ensayo. Pero requiere acudir primero a la filosofía, para clarificar los posibles sentidos de ciencia.

¿Qué debemos entender por ciencia?

 “La historia de la ciencia sin filosofía de la ciencia es ciega” (Lakatos 1978, p. 102). Para encontrar sentido en la historia de cualquier pretendida ciencia y evaluar su estatuto epistemológico es necesario emplear una clara concepción de ciencia ¿Pero cuál concepción? La filosofía de la ciencia nos ofrece varios modelos. La primera parte de este ensayo intenta demostrar que la metodología de los programas científicos de investigación de Lakatos es el más coherente desde un punto de vista filosófico y lógico. Además, su metodología tiene la ventaja de proveer, incluso exigir, la evaluación de una secuencia histórica de teorías, no de una teoría sola. Demasiado a menudo el marxismo en su totalidad es condenado a causa de los supuestos pecados de una sola de sus teorías -la de Lenin, Stalin, Marx, Engels o quien fuere- en lugar de considerar a cada una como una parte de una tradición que evoluciona.

La filosofía bien puede proveer los modelos pero su relevancia debe certificarse: “La filosofía de la ciencia sin historia de la ciencia es vacía” (Lakatos, loc. cit.). Los filósofos demasiado frecuentemente apelan a ejemplos aislados de progreso científico para prestar apoyo a su particular concepción de racionalidad científica sin siquiera intentar un análisis histórico serio. Como veremos, a menudo practican precisamente lo opuesto de lo que predican -indicando cómo se debería hacer ciencia sin examinar antes cómo realmente se la hace-. Esto es particularmente notorio en los comentarios de los filósofos acerca del marxismo, que afirman su estatuto no-científico o seudo-científico sin estudiar la relación entre sus modelos de ciencia y el desarrollo histórico del marxismo. Por tanto, en la segunda parte de este ensayo examino la historia del marxismo en relación con el modelo de racionalidad científica de Lakatos.

Esto da pie a la tercera y última parte, en que sostengo que el marxismo pierde su carácter científico cuando niega su propia historicidad, es decir cuando abandona el diálogo entre su propia racionalidad históricamente emergente y los desafíos históricos externos que enfrenta. En otras palabras, el marxismo tiene más éxito como ciencia cuando hay una equilibrada reciprocidad entre sus historias interna y externa. Trato de aplicar esto al desafío planteado al marxismo por la desaparición del “comunismo” en Europa del Este y la Unión Soviética. Pero antes debo considerar concepciones alternativas de ciencia.
De la inducción al falsacionismo
La filosofía contemporánea de la ciencia se ha desplazado de concepciones normativas que buscan el método de la ciencia, a caracterizaciones de base histórica que procuran establecer las condiciones lógicas para el crecimiento del conocimiento. Los tempranos modelos inductivos de la ciencia asociados con Hume, Mill y la escuela del positivismo  3lógico (Nagel y Hempel) insistían en que las leyes científicas se derivaran del examen empírico de los hechos. Desde este punto de vista, se sostiene que el marxismo más que responder a los hechos, se impone a los hechos. Es ideología, metafísica, religión o pasión moral, pero no ciencia (Kolakowski 1978, pp. 525-6). Durkheim lo dijo sin ambages: “La verdad es que los hechos y las observaciones reunidos por los teóricos (marxistas) ansiosos por documentar sus afirmaciones apenas existen salvo para dar forma a la argumentación.

Las investigaciones que hicieron se emprendieron para fundamentar una doctrina que habían concebido previamente, en lugar de ser la doctrina el resultado de la investigación.” ([1896] 1958, p. 8).  Las conclusiones de Popper respecto del marxismo fueron similares, pero se basaban en una concepción muy diferente de la ciencia. Desde su punto de vista, la ciencia no es una máquina inductiva que deriva leyes de hechos. Las teorías necesariamente preceden a los hechos porque determinan qué hechos son relevantes. Los hechos no existen ni para generar ni siquiera para confirmar, sino para falsar las teorías. La ciencia procede, entonces, no a través de lograr el mejor ajuste o de “explicar la mayor discrepancia (variante) posible”, sino mediante la refutación de audaces conjeturas. Según Popper las mejores teorías son aquellas improbables de ser verdaderas pero que “sobreviven” sostenidos intentos de refutación.

En la opinión de Popper, la originaria teoría de Marx del colapso del capitalismo era una conjetura audaz semejante y, como tal, científica, pero fue probada falsa y por tanto debería rechazarse. “Pero en lugar de aceptar las refutaciones los seguidores de Marx reinterpretaron tanto la teoría como la evidencia empírica a fin de hacerlas compatibles. De este modo rescataron a la teoría de la refutación, pero al precio de adoptar un procedimiento que las tornaba irrefutables. Sometieron así a la teoría a un ‘giro convencionalista’, y mediante este estratagema destruyeron su tan difundida pretensión de cientificidad” (Popper 1963, p. 37, véase también Popper 1945, caps. 15–21). Según Popper, los marxistas procuraban confirmaciones de sus teorías en lugar de establecer criterios para su falsación. Como el psicoanálisis, el marxismo no podía ser encontrado en error, y por tanto no podía ser una verdadera ciencia.
Conocimiento personal
Como visión de la historia de la ciencia, el “falsacionismo” de Popper era tan fallido como el “verificacionismo” que pretendía reemplazar. A menudo las grandes rupturas se han producido cuando los científicos se negaron a aceptar refutaciones, cuando transformaron una aparente falsación en una brillante corroboración de la teoría originaria. De su examen de la ciencia, Polanyi (1958, cap. 1) concluyó que los “datos” nunca fueron tan cruciales en los grandes avances científicos como sostenían el “verificacionismo” y el “falsacionismo”. En su opinión, los datos a menudo han sido erróneos, ignorados o engañosos, de modo que la ciencia no puede reducirse a un proceso “objetivo” que enlaza la teoría a los datos, a una “lógica” o “algoritmo” tales como la “inducción” o la “falsación”. Con todos sus controles empíricos, la ciencia conserva un núcleo “subjetivo” irreductible basado en conocimiento personal más que impersonal. La ciencia implica destrezas tácitas que no pueden verbalizarse sino que aprenderse como en cualquier oficio (Cap. 4). Se requiere pasión para seleccionar lo vital, para dar saltos de la imaginación y para persuadir a otros a ver el mundo de una nueva manera (pp. 132-74). Polanyi afirmaba que sostener estas destrezas, pasiones y compromisos es un proceso delicado. Requiere una comunidad de científicos que se regula a sí misma y es independiente de la política (cap. 7).  Para Polanyi, el marxismo era el enemigo de la verdadera ciencia (pp. 227-45). Predicaba la subordinación de la ciencia a la sociedad, destruyendo la comunidad que nutría las destrezas, pasiones y compromisos del conocimiento personal. Tomando al marxismo soviético como prototipo de todo marxismo, Polanyi sostuvo que el marxismo era la inmoralidad disfrazada de ciencia. Sus pretensiones universalistas de cientificidad atraían a los investigadores, al tiempo que ocultaban sus verdaderas intenciones: erigir una sociedad totalitaria que acabaría con la ciencia. El marxismo era el ejemplo más interesante de “la fuerza moral de la inmoralidad” (p. 227).

Michael Burawoy es Profesor de Sociología en la Universidad de California, Berkeley. En la última década ha trabajado en fábricas húngaras y es autor con János Lukács del libro The Radiant Past, de próxima aparición. Es también coautor de un libro sobre la observación participante y el método de caso extendido (Extended case method), Ethnography Unbound. El profesor Burawoy ha sido elegido presidente de  la American Sociological Association. Su página web personal, que contiene muchos y valiosos artículos y debates on-line, es: http://sociology.berkeley.edu/faculty/burawoy/ 
Traducción de Alan Rush, de la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina

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