"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

7/11/13

¿Nación o clase? Las respuestas del marxismo a la cuestión nacional

Guillem Boix  |  El actual contexto de crisis va más allá de la crisis económica. Se trata de una crisis sistémica de escala internacional que además de la esfera económica se traslada también a la esfera política e institucional. En el Estado español, con el elemento central de la crisis de la deuda soberana, se está traduciendo en una profunda crisis de legitimidad del régimen forjado durante la transición. Un régimen basado en el neoliberalismo en la esfera económica y social y en la negación del derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas dentro del Estado en la esfera política y democrática. El auge del Movimiento Independentista (MI) en Catalunya, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la cuestión
nacional.

CiU intenta surfear la ola independentista para esconder su proyecto neoliberal y aun así esto no significa que el MI sea un movimiento instigado y motivado por la burguesía. De hecho, se trata de un movimiento popular transversal: “El MI no es un movimiento conservador ni puramente nacionalista. Es cierto que estas dos dimensiones existen dentro del MI, pero por el hecho de actuar en un marco tan amplio como es el movimiento de emancipación nacional quedan en constante colisión y pulsión con diferentes intereses de clase y procesos sociales”1

Nos encontramos ante la redefinición del bloque social progresista en Catalunya que por primera vez se posiciona de forma mayoritaria claramente a favor de la independencia.

Nación: Entre el mito y la realidad

El concepto de nación un concepto relativamente moderno y que va ligado al desarrollo del capitalismo. Aunque los diferentes nacionalismos intentan siempre construir un relato nacional arraigado en una lectura mitificadora de un pasado ancestral, los nacionalismos parten de una cultura e identidad previas a las que dan forma. No obstante, la realidad cultural y lingüística de las sociedades pre-capitalistas dista mucho de las realidades nacionales unificadas (con estado o sin él) que se desarrollarían con el triunfo de las revoluciones burguesas.

Esto es así porque el surgimiento del nacionalismo, como cualquier otra ideología, se basa en unas condiciones históricas y materiales concretas que permiten su nacimiento. En palabras de Marx, “no es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.”2 La nación moderna responde a unas necesidades concretas en el plano económico y en el proceso concreto del desarrollo del capitalismo.

Estado nación: Superestructura del capitalismo

El continente europeo había salido de la primera crisis del feudalismo a finales del siglo XV con la formación de estados dominados aún por el modo de producción feudal. Estos estados, con el auge del absolutismo se centralizan y aun así no encontramos entre su población un sentimiento de pertenencia a una comunidad lingüística o a una entidad territorial fijada de la que la población se sienta parte.

Los estados feudales van adaptándose a ciertos elementos de un capitalismo incipiente. Como apunta Davidson, “la importancia del desarrollo capitalista estaba menos en el campo de la producción y más en el de la circulación”3, así con el avance del mercado se crean de forma espontánea redes de comercio que se van convirtiendo en redes lingüísticas. Los primeros mercados internos y primeras sociedades de consumo facilitaron un proceso de unificación política y territorial en donde las personas y las mercancías pudieran circular libremente.

El éxito en trasladar a la esfera política la nueva conciencia nacional naciente, especialmente en las zonas donde primero se desarrolla el capitalismo y estallan, en el siglo XVII, las primeras revoluciones burguesas (Holanda e Inglaterra), ofrece un modelo que será seguido (o impuesto) a lo largo del planeta, asentando el Estado-nación moderno como “el modelo” y el nacionalismo como ideología política que permite una identificación con el proyecto estatal, no sólo por las clases dominantes, sino también para el conjunto de la población.

La perspectiva marxista sobre la cuestión nacional

Marx y Engels formaron parte de la ola revolucionaria de la década de los años 40 del siglo XIX, en un contexto marcado por la lucha por la construcción de los grandes estados capitalistas europeos, que representaban un progreso respecto a los viejos estados feudales. Este contexto es el que inicialmente les lleva a “menospreciar las aspiraciones de las nacionalidades […] que se encuentran dentro de los estados”4.

Tomaron de la filosofía hegeliana la idea de unas “naciones con historia” y otras “naciones sin historia” estas últimas condenadas a ser absorbidas por las primeras. En el Manifiesto Comunista escribieron: “Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendra, se encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales”.5 Pronto quedaría patente que en lugar de ser cosas opuestas, el capitalismo y la identidad nacional iban juntas. Y que poco tenían que ver los movimientos nacionales que ellos condenaban con los modernos movimientos nacionales.

A partir de 1860, empieza un viraje en la posición sobre la cuestión nacional. La libertad de separación de Irlanda que para Marx había sido siempre imposible pasaba ahora a ser inevitable. Porque mientras la clase obrera inglesa se alinease con su burguesía contra el pueblo irlandés seguiría atada a ella e incapaz de hacerle frente. De las lecciones sobre la cuestión irlandesa se desprende en Marx y Engels la distinción entre el papel del nacionalismo de la nación opresora y de la nación oprimida, como apunta Chris Harman “el nacionalismo de los trabajadores y trabajadoras pertenecientes a una nación opresora les une a sus gobernantes y sólo les hace daño a sí mismos, mientras que el nacionalismo de una nación oprimida puede llevar a luchar contra esos gobernantes”6.

El auge del imperialismo volvió a poner en el centro del debate la cuestión nacional a finales del siglo XIX. La escuela austro-marxista con Karl Renner y Otto Bauer como máximos exponentes tiene un impacto destacado. Especialmente después de la publicación de “La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia (1907)” de Bauer. En la obra, Bauer construye un nuevo enfoque sobre el nacionalismo y el mismo origen de las naciones. En su propuesta nación es la “comunidad de carácter” nacida de la “comunidad de destino”.

En el contexto del imperio austrohúngaro, de carácter multinacional, Bauer ataca con firmeza al internacionalismo “cosmopolita” que consideraba las naciones como un episodio anecdótico destinada a desparecer con el desarrollo del capitalismo. Según Bauer, el socialismo no solo no acabaría con las naciones, sino que sería precisamente en la nueva sociedad sin clases dónde las naciones podrían florecer con su máximo esplendor. Para Bauer, los socialistas debían abrazar el nacionalismo cultural, para evitar que las tensiones nacionales rompieran los grandes estados en formación porque estos eran necesarios, desde su punto de vista, para el desarrollo económico del capitalismo, hecho que permitiría el desarrollo de la clase trabajadora, única capaz de acabar con la sociedad de clases.

La visión de la nación de Bauer, que descarta la territorialidad en su concepción, llevará al socialismo austriaco a defender la “autonomía cultural” de las naciones que formaban el imperio. De acuerdo con el programa de la socialdemocracia, el respeto a los derechos nacionales del conjunto de pueblos sería garantizado por el propio estado una vez reformado y convertido en un estado plurinacional.

El problema con el planteamiento de Bauer es que no tiene en cuenta el vínculo del surgimiento de las naciones en el marco general de la lucha de clases. La defensa de los derechos de las minorías nacionales no depende de un programa o una constitución que los incluya sino sobre todo de la correlación de fuerzas que se da. Relegar al Estado central la defensa de los derechos nacionales no es ninguna garantía.

Por otro lado, la apuesta por la autonomía cultural acrecentó las tensiones nacionales dentro de las organizaciones obreras en el imperio austrohúngaro, esto llevó a la escisión, primero, del partido y, luego, de los sindicatos. La fórmula de la autonomía cultural significó la separación entre las filas obreras. Como denunció el revolucionario catalán Andreu Nin, “[e]n oponerse a la disgregación del imperio austrohúngaro […] defendían objetivamente los intereses de la burguesía austro-alemana”7

Este enfoque sobre el surgimiento de las naciones no encontrará en el marxismo una explicación alternativa comparable. Lo que se ofreció en oposición directa a Bauer no fue una contra-explicación sino una contra-definición, la escrita por Stalin y que desafortunadamente sigue siendo referencia para parte de la izquierda. En 1913 Stalin definió la nación cómo “una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura”8. Stalin añade que si falta alguno de esos rasgos ya no podemos hablar de nación, esta definición tan rígida chocaba evidentemente con la realidad nacional de Estados Unidos (por poner un ejemplo) que según la definición no sería una nación.

Aun así la primera crítica a los planteamientos de Bauer la desarrolló el socialista checo Karl Kautsky. El planteamiento de Kautsky, fue adjetivada por Lenin como “histórica-economicista”9. A pesar de hacer un esfuerzo para entender el surgimiento de los antagonismos nacionales desde una perspectiva del desarrollo económico del capitalismo Kautsky consideraba también que el propio desarrollo del capitalismo llevaría a la desaparición de las naciones menos dinámicas. Kautsky que formalmente defendía el derecho de las naciones a la autodeterminación lo hacía con la convicción de que la independencia era un extremo exagerado.

Antes de la primera guerra mundial, el único partido de la socialdemocracia10 de Europa que rechazó frontalmente el derecho de las naciones a la autodeterminación fue el Partido Socialdemócrata de Polonia. La principal teórica y dirigente del partido, Rosa Luxemburg, desarrolló su análisis en el contexto polaco marcado por una escisión en los años ‘90 del siglo XIX dentro de las filas del movimiento socialista entre quienes paulatinamente iban girando hacia posiciones nacionalistas y quienes se mantenían firmes en una posición internacionalista.

El aborrecimiento del movimiento nacional polaco (dominado por posiciones reaccionarias) empujó a Luxemburg a oponerse al derecho de autodeterminación. Luxemburg toma de Kautsky la idea economicista del surgimiento de las naciones y de Bauer el concepto de autonomía cultural. Luxemburg critica la concepción de Kautsky que el desarrollo del capitalismo acabaría con el conflicto nacional. Según la revolucionaria esto sería justamente al contrario, en la fase imperialista del desarrollo capitalista las tensiones nacionales aumentarían al ser las pequeñas naciones anexionadas a los grandes estados contra su voluntad. 

Pero al mismo tiempo la revolucionaria considera que abogar por el derecho de la autodeterminación de esas naciones es ilusorio por su falta de capacidad política: “la fórmula del «derecho de las naciones a la autodeterminación» no es, en el fondo, una directiva política y programática para abordar la cuestión nacional, sino solamente una forma de esquivar el problema.”11 Como apunta Harman “se mueve de un brillante análisis dialéctico de las tendencias económicas y militares del capitalismo hacia una visión completamente mecánica de las consecuencias políticas.”12

Pero la posición de Luxemburg no es solamente una oposición al nacionalismo. Ella misma reconoce “la causa del nacionalismo en Polonia no es ajena a la clase trabajadora, ni lo puede ser, la clase trabajadora no puede ser indiferente a la opresión más bárbara e intolerable” y añade “el proletariado puede y ha de luchar por la defensa de la identidad nacional, como legado cultural […], pero la identidad nacional no se pude defender con el separatismo nacional”13. Luxemburg encontró una gran oposición a su visión, en el marco de los debates del movimiento socialista internacional, especialmente por parte de Lenin quien desarrolla su análisis en el contexto ruso, un imperio aún más multinacional que el austrohúngaro. La revolución de 1905 había sido tanto una revolución obrera como de las minorías nacionales oprimidas dentro del imperio zarista.

Ante la separación noruega de Suecia (que se dio con el apoyo de las organizaciones obreras suecas y la oposición de la clase dirigente sueca), Luxemburg reaccionó tachándola de reaccionaria porque se trataba de cambiar una monarquía por otra. En cambio, Lenin, que tampoco veía que fuera un gran avance para la clase trabajadora, entendía que como mínimo no suponía un retroceso y añadía: “La estrecha unión de los obreros noruegos y suecos y su plena solidaridad de camaradas de clase ganaban, al reconocer de este modo los obreros suecos el derecho de los noruegos a la separación. Porque los obreros noruegos se convencían de que los obreros suecos no estaban contagiados de nacionalismo sueco, de que la fraternidad con los proletarios noruegos estaba, para ellos, por encima de los privilegios de la burguesía y de la aristocracia suecas.”14

Esta es la primera aportación de Lenin, la idea central que la fórmula “derecho de las naciones a la autodeterminación” era la única manera de mantener los lazos entre la clases trabajadora de diferentes naciones, debilitando las ideas reaccionarias entre la clase trabajadora de la nación opresora (el caso de Suecia). Además para el caso de los nacionalismos de la nación oprimida, Lenin reconocía el potencial de esos movimientos para debilitar el poder no solo de los grandes estados sino del imperialismo en general.

Para Lenin la diferencia del nacionalismo de la nación oprimida y el de la nación opresora era una cuestión central. Por eso denunció a los bolcheviques que veían en el levantamiento irlandés de 1916 un golpe de estado de la pequeña burguesía. A partir de este momento Lenin rompe con la idea kautskiana de que la revolución democrática burguesa y la lucha por el capitalismo nacional solo podía ser liderada por la burguesía. Aun así, viendo las posibles alianzas que se habían de fraguar entre el movimiento obrero y los movimientos de emancipación nacional, Lenin insistió en la necesidad práctica que los y las marxistas se organizasen de forma separada. Fue así por la base de clase diferente que cada movimiento tenía y la necesidad de no renunciar, mientras se luchaba por reformas democráticas concretas junto a elementos burgueses y pequeño burgueses, a la perspectiva general de la clase trabajadora y los intereses de la revolución socialista.

El desarrollo del imperialismo después de la primera guerra mundial dejó claro que las luchas venideras no tendrían un carácter puro de confrontación capital-trabajo (aunque este fuera y siga siendo el elemento central) porque otras fuerzas (entre ellas las naciones oprimidas) se rebelarían contra el orden existente. De ahí la importancia de esclarecer una posición propia e independiente sobre la cuestión nacional por parte de la clase trabajadora.

En defender el derecho de las naciones a la autodeterminación –incluyendo el de separación-, Lenin no hacía ninguna concesión al nacionalismo. De hecho, aun defendiendo los derechos (culturales, lingüísticos, etc.) de las minorías nacionales Lenin se oponía frontalmente al concepto de autonomía cultural del austromarxismo que sí consideraba una concesión nacionalista. La capacidad para entender más allá de la cuestión económica o la cuestión cultural o psicológica para ofrecer un análisis que destila el aspecto político de cada problema, cada contradicción, es lo que confiere un especial valor a la aportación de Lenin.

El desarrollo del capitalismo en el Estado español se dio de forma desigual, concentrándose en Catalunya y una parte de Euskadi especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX15, e impidió el desarrollo de un proyecto nacional unificador en el Estado español. Esto, junto con la imposibilidad de reformar un estado cuya configuración territorial fue heredada del absolutismo para adaptarlo a los intereses de la nueva clase dominante surgida en estos territorios, lleva al surgimiento de un movimiento nacional, la primera expresión política del cual en Catalunya es el federalismo, corriente dominante de la izquierda en el siglo XIX, aunque pronto seria La Lliga (el partido de la burguesía catalana) el principal referente político del primer nacionalismo catalán. Las propuestas federalizantes o no centralistas chocan una y otra vez a lo largo de la historia con las instituciones políticas del Estado central.

En este contexto, desarrollan un esfuerzo de análisis comunistas disidentes de la línea marcada por Moscú entre los que destacan Andreu Nin y Joaquim Maurín. Nin considera que: “los movimientos de emancipación nacional son un aspecto de la revolución democrática” y añade “de la misma forma que la victoria del socialismo no es posible si no se realiza la democracia completa, el proletariado que no lance una lucha tenaz y revolucionaria por la democracia en todas las cuestiones no se puede preparar para la victoria sobre la burguesía”16. Nin consideraba que en el caso del Estado español la burguesía había perdido el impulso revolucionario de las primeras revoluciones burguesas, en un estado formado previamente a esas revoluciones y con una clase trabajadora más numérica con una conciencia ya desarrollada que entendía las reivindicaciones democráticas (compartidas con la burguesía) dentro del programa más amplio de la revolución.

De hecho Nin, entiende que a pesar de un movimiento nacional catalán dominado por las organizaciones de la pequeña burguesía (ERC) la incapacidad de esa clase para ofrecer soluciones (no solamente en el caso de los derechos nacionales sino también en la reforma agraria y otros aspectos pendientes de la revolución democrático-burguesa en el Estado) facilitaría la hegemonía del proletariado y las organizaciones revolucionarias. El estallido revolucionario de 1936 vendría a confirmar esas tesis.

El advenimiento de la segunda república, que a pesar de las promesas federalistas, se acaba definiendo como “república integral” (forma ambigua de decir estado unitario) lleva a Maurín, que consideraba los movimientos de emancipación nacional como un factor revolucionario de primer orden a escribir:
Somos separatistas. Pero no separatistas de España, sino del Estado español. En España hay una pugna entre el estado y las nacionalidades oprimidas. Hay que desarticular el estado, romperlo, quebrantarlo. Sólo cuando el estado semifeudal esté destrozado podrá formarse la verdadera unidad ibérica, con Gibraltar y Portugal incluso17.

Maurín, siguiendo la concepción acuñada por el republicano federal Gabriel Alomar18 distingue tres etapas de la evolución del movimiento nacional catalán. Una primera fase hegemonizada por la alta burguesía catalana que utiliza la cuestión nacional para arrancar concesiones al gobierno central al mismo tiempo que evita la erosión política por sus planteamientos antisociales. Una segunda fase dónde la dirección del movimiento, pasa a manos de la pequeña burguesía y una tercera fase que se alza sobre el fracaso de las negociaciones entre los representantes de la pequeña burguesía catalana con la gran burguesía española (que no está dispuesta a hacer concesiones) y que pone al proletariado como única clase capaz de resolver el problema de la única manera que pude hacerlo, la revolucionaria. Maurín considera que la implicación de la clase trabajadora en la resolución democrática de la cuestión nacional ayudará a constituir un “centro de convergencia entre la Catalunya obrera y campesina y la Catalunya democrática”19.

Crisis y nacionalismo

El Estado nación es la forma típica de administración política asociada al capitalismo. Desde este punto de vista, no es extraño que la ideología nacionalista siga formando parte de la conciencia de las personas, por cómo responde a la experiencia diaria de las vidas bajo el capitalismo. Además el nacionalismo no es algo que “pasa” en momentos de auge de los movimientos independentistas, el sistema capitalista refuerza el nacionalismo como condición necesaria para su propia supervivencia.

El contexto de crisis actual refuerza el auge de los nacionalismos. En el caso del Estado español la crisis está siendo utilizada por parte del gobierno del PP, con el apoyo de sectores del PSOE para emprender una recentralización estatal que responde a la lógica centralizadora de la austeridad. Esto vestido con un refuerzo del nacionalismo español como justificación ideológica. Al mismo tiempo, las comunidades autónomas, especialmente allí dónde más competencias se han traspasado, ven amenazadas su propia capacidad de gestión. La crisis económica tensiona las relaciones entre las elites económicas. Las burguesías “periféricas” utilizan el conflicto nacional para esconder sus políticas neoliberales. La aproximación a las tres fases del movimiento en Catalunya, definida por Alomar20, no debe ser vista como una categorización aplicable exclusivamente al contexto histórico del primer tercio del siglo XX. Hay elementos de esa visión que caracterizan la situación actual (por ejemplo el crecimiento de ERC en detrimento de CiU21). Por eso en el actual contexto es importante que desde la izquierda anticapitalista se ponga en el centro de la política la defensa de la autodeterminación y la independencia. El miedo a la confrontación con el Estado puede llevar al replegamiento de los sectores más moderados del MI, esto pude abrir nuevas vías en las que la defensa de la independencia desde posiciones democráticas y sociales vaya ganando hegemonía, abriendo las posibilidades de desarrollo de proyectos de ruptura no ya solamente con el Estado español sino con el capitalismo.

El crecimiento del independentismo en Catalunya forma parte de la respuesta social a la crisis. Para construir una política de clase y anticapitalista que ponga sobre la mesa elementos clave de la salida anticapitalista de la crisis como el no pago de la deuda, la colectivización de las empresas estratégicas, etc. hace falta plantear esas demandas no como contrapuestas a las demandas “nacionales” sino como confluyentes con el proyecto democrático-emancipador.
Durante más de un siglo las y los marxistas más destacados han debatido la manera de reaccionar a las opresiones y luchas nacionales, a veces protagonizando fuertes controversias entre ellos (como, por ejemplo, entre Rosa Luxemburgo y Lenin). Guillem Boix, enmarca estos debates en su contexto histórico y los examina para ayudar a posicionarnos ante las oportunidades y los desafíos del actual choque de nacionalismos en el Estado.

Notas sobre Marx, Engels y el marxismo

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Robin Clapp, Partido Socialista de Inglaterra y Gales: El Capital de Marx cumple 150 años: un análisis y una crítica inigualables del capitalismo, relevante todavía hoy — Werken Rojo
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Michel Husson: Marx, Piketty et Aghion sur la productivité — A l’encontre
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El capitalismo se come al bar donde Marx y Engels debatían sobre comunismo — El Español
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