"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

16/9/13

Sobre las Nueve lecciones y el marxismo de José Aricó

  • Rescatando las elaboraciones gramscianas sobre la cuestión de la hegemonía, Aricó va hacia el planteo de que un partido con predominancia de la clase obrera tiene que ser por fuerza obrerista y sindicalista y no puede ser “hegemónico”, de esta forma rehabilita la teoría de los partidos bipartitos obreros y campesinos de Bujarin y Stalin, que ya en la ‘Lección Quinta’ le había adjudicado erróneamente a Lenin.
Juan Dal Maso  |  La publicación de las Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo de José Aricó nos permitió conocer de forma más sistemática la visión de los principales problemas del marxismo que logró elaborar el referente de los gramscianos argentinos en un momento particular: el del exilio mexicano, que también fuera el contexto en el cual Juan Carlos Portantiero escribió ‘Los usos de Gramsci’. Pero mientras en 'Los usos de Gramsci' lo central pasa por la cuestión estratégica, en las Nueve lecciones Aricó desarrolla una relación más comprensiva que parte de la definición del marxismo como teoría de la revolución social, abarca una lectura de algunos de sus principales problemas teóricos, esboza una historia crítica del marxismo como movimiento político y social y busca indagar en las causas de las derrotas sufridas por el movimiento comunista. En este contexto, tiene un peso especial en la argumentación de Aricó, la crítica del “derrumbismo” de la Tercera Internacional y su aparente incomprensión de los procesos de “revolución pasiva” que en la perspectiva del autor sí habrían sido reconocidos por Antonio Gramsci 1.

El “derrumbismo”: una caricatura de la Tercera Internacional

Según el autor, a pesar de que Lenin era enemigo de la teoría del derrumbe inevitable del capitalismo porque consideraba que no había situación sin salida para
la burguesía, su teoría del imperialismo, con el supuesto de la crisis general del capitalismo y la actualidad de la revolución, sentó las bases para una concepción contraria a su verdadero punto de vista. Haciendo referencia al marco común entre los “comunistas de izquierda” (contra los que Lenin escribiera El Izquierdismo…) y la Tercera Internacional, el autor sostiene: “En el fondo de esta concepción (…) existía una profunda inadecuación de los instrumentos de análisis del desarrollo capitalista que les impedía penetrar en el carácter interno, orgánico, de las crisis de la sociedad capitalista y les imposibilitaba comprender la relación que estaba produciéndose en el capitalismo europeo. No podían captar las tendencias al cambio de la dinámica de clases que se estaban operando en ese capitalismo, ni percibir que, al modificarse esa dinámica de clases provocaba una reestructuración de todo el proceso del sistema fabril y de trabajo social global en la sociedad europea” 2. Y más adelante:
“Mientras no se comprenda el hecho de que la crisis es connatural a la acumulación y, por tanto, que la teoría de la acumulación de Marx y su teoría de la crisis del capital son una sola teoría, es lógico que aparezcan concepciones que alimentan el catastrofismo exógeno o la posibilidad de regularización exógena del sistema capitalista. Estas son las dos líneas que subyacen a la idea catastrofista de la Tercera Internacional y a la idea del capitalismo organizado de la Segunda Internacional. En el período que va de 1928 a 1934, llamado ‘el tercer período o de la lucha de clase contra clase’, la Internacional Comunista establece un nexo entre imperialismo y crisis en la dirección de la teoría del derrumbe basada en una interpretación subconsumista de la crisis” 3.
Aricó presenta a la Tercera Internacional con una visión casi “infantil” de la revolución en Europa occidental, que no coincide con los reales debates de esa organización. Lenin planteó claramente que después de las derrotas de Italia, Polonia y Alemania, en 1921 la burguesía había recuperado el control de la situación luego de un período en que se encontraba paralizada producto de la ofensiva de la clase trabajadora, que tenía su hito máximo en la Revolución Rusa de octubre de 19174, y en ese sentido había una diferencia importante con los ultraizquierdistas respecto del análisis de situación. Y la dirección de la Internacional Comunista tomó nota de las dificultades para el desarrollo de la revolución en Europa occidental de un modo mucho más profundo que aquel presentado por Aricó (no como producto de una recomposición “orgánica” del capitalismo, pero tampoco como una cuestión de coyuntura política superficial).

En su “Informe y Comentarios Finales ante la Conferencia de delegados militares al XI Congreso del Partido Comunista Ruso”, del 1° de abril de 1922, Trotsky plantea una idea de la diferencia posible en el desarrollo de la guerra civil en Europa Occidental comparada con Rusia y concluye que, por la densidad de población, el desarrollo industrial y la preparación contrarrevolucionaria de la burguesía: “No hay lugar a dudas, en la guerra civil en occidente, el elemento de guerra de posiciones ocupará un lugar incomparablemente mayor que el que tuvo en nuestra guerra civil (subrayado de LT)”5.

En su “Informe sobre la Nueva Política Económica soviética y las perspectivas de la revolución mundial” presentado el 14 de noviembre de 1922 al Cuarto Congreso de la Internacional Comunista (tomado como referencia por Gramsci en los Cuadernos, aunque le critica no haber generalizado la idea de forma más categórica o rígida), Trotsky retoma la cuestión de las mayores dificultades para la toma del poder por el proletariado en Occidente, señalando la mayor preparación de la clase dominante y por ende el carácter más encarnizado que revestiría la guerra civil:
La burguesía de Occidente prepara su contragolpe por adelantado. Sabe, más o menos, de qué elementos dependerá este contragolpe e instruye por adelantado a sus cuadros contrarrevolucionarios. Somos testigos de ello en Alemania, y quizás, si no totalmente, en Francia. Lo vemos igualmente, en sus formas más acabadas en Italia, donde, a continuación de una revolución incompleta, tuvo lugar una contrarrevolución completa que empleó con éxito algunos métodos y prácticas de la revolución. ¿Qué significa todo ello? Sencillamente que será imposible sorprender a la burguesía europea como lo hicimos con la rusa” 6.
En suma, las dificultades de la revolución en Europa occidental estaban claras para Lenin y Trotsky, lejos de cualquier tipo de derrumbismo. En este sentido, la política del Frente Único no se reducía a una cuestión de alianzas, como sostiene Aricó para presentar como secundarias las diferencias entre Lenin y los ultraizquierdistas del III Congreso, sino que partía de un análisis de la situación, las relaciones de fuerzas entre las clases y la debilidad de los partidos comunistas de Europa occidental para lanzarse a una lucha directa por el poder, incluso de una delimitación de las características específicas de las relaciones entre insurrección y guerra civil en “Occidente”. La derrota de la revolución alemana de 1923 7 y el posterior proceso de burocratización de la Tercera Internacional expresado en un período de zigzags que Trotsky denominó “centrismo burocrático”, plantean una situación totalmente distinta a la descrita con mucha simplificación por José Aricó. En lugar de una Tercera Internacional meramente derrumbista, que habría sobreestimado la crisis del capitalismo y la actualidad de la revolución, se dio un proceso mucho más complejo en el cual los cambios de situación hacia la derecha o la izquierda se combinaron con el impacto de las derrotas sobre el aparato dirigente, la necesidad de afianzar tal o cual fracción en los partidos nacionales y, por último, la relación de todos estos elementos con la política interna de la URSS. Esto es lo que explica que en el lapso diez años, desde la derrota de la Revolución alemana de 1923 hasta el ascenso de Hitler al poder, la Tercera Internacional pasó de una política ultraizquierdista en las acciones (putchs de Estonia y Bulgaria) pero con bases populistas (partidos obreros y campesinos), a una política menchevique de derecha de colaboración con la burocracia sindical y el nacionalismo burgués (capitulación ante la TUC 8 en la huelga minera de 1926 y subordinación al Kuomintang en la Revolución china de 1925-27) para volver a una línea ultraizquierdista, que se abre paso con la insurrección de Cantón (diciembre de 1927), continúa con el fin de la política de NeoNEP basada en el kulak en la URSS, y el inicio de la colectivización forzosa y los planes quinquenales, y se expresa en la orientación de “clase contra clase” (1928) que paradójicamente no oponía clase contra clase sino que igualaba socialdemocracia y fascismo, en lo que después, radicalizado, se conocerá como Tercer Período (1931/33). El resultado desastroso de esta orientación está en la base del giro hacia el Frente Popular (1934-35) con la burguesía antifascista.

En lugar de analizar estos problemas, Aricó eligió establecer una relación arbitraria entre un supuesto “derrumbismo” y las orientaciones ultraizquierdistas de ciertos elementos y ciertos momentos de la Internacional Comunista, evitando especialmente la mención de los momentos de “giro a la derecha” de la dirección de la Tercera Internacional de 1923 en adelante.

Sobre las “revoluciones pasivas” y las posiciones de Gramsci

Como decíamos más arriba, un núcleo fuerte de la argumentación de Aricó tiene que ver con el análisis gramsciano de las “revoluciones pasivas”: “A diferencia del resto de los marxistas Gramsci contempló la posibilidad de que la ausencia de revolución en Occidente pudiera provocar a largo plazo un debilitamiento de las fuerzas progresistas a través de lo que él llama los procesos de revolución pasiva. ¿Qué significa revolución pasiva? Un proceso de transformaciones estructurales que se operaba desde la cúspide de ese poder, porque la clase dominante podía acceder a algunas demandas de la clase dominada, subalterna, con el fin de prevenir o evitar una revolución; también podía darse el caso de que el movimiento revolucionario admitiese, en la práctica, su derrota, aunque su teoría siguiera siendo aparentemente revolucionaria; resultado de esta impotencia podía ser asimilada políticamente a un sistema capitalista que mostraba una gran capacidad de practicar reformas para calmar a las clases populares y, a su vez, cooptar, liquidar o desgastar la resistencia de la clase dominada; es esto lo que Gramsci definía a grandes rasgos como revolución pasiva. Como consecuencia, la guerra de posición debía ser pensada sistemáticamente como una estrategia de lucha y no simplemente como una tarea que debían llevar a cabo los revolucionarios (sic). Mientras no existiera la posibilidad de levantar barricadas, la estrategia de guerra prolongada no era una estrategia de acumulación de fuerzas para esperar el momento de dar el golpe frontal, sino una estrategia pensada en términos de transformar toda la estructura política de la sociedad”9.

Sin caer en interpretaciones o conceptualizaciones abusivas, hay que dar cuenta de un hecho histórico: en el período de entreguerras se dan efectivamente nuevas configuraciones de las formas estatales en Europa, mientras crece el poderío del imperialismo yanqui, basado principalmente en su potencia económica, de lo cual el fordismo es expresión en el ámbito de la técnica industrial. De las formas de reconfiguración del dominio estatal hay que resaltar la tendencia a la integración de los partidos obreros como sostén decisivo del régimen burgués (Weimar) y la tendencia a la estatización de los sindicatos (proceso que va desde Italia y Alemania hasta la URSS, pasando por América Latina, obviamente en distintos grados). Partiendo de estos mecanismos que combinan “coerción y consenso”, los regímenes van girando hacia la adopción de formas más bonapartistas en la medida en que se tensan las relaciones de clase y se aceleran los preparativos de la Segunda Guerra Mundial. Estos procesos fueron, dicho sea de paso, analizados por Trotsky en sus trabajos de los años ‘20 y ‘30. Gramsci traza una relación entre estos procesos y la primacía de la “guerra de posición” en el terreno de la estrategia en un sentido más categórico que los restantes marxistas. Pero no necesariamente más preciso.

Preguntándose si el fascismo es una forma de revolución pasiva, o si el americanismo puede abrir una nueva época histórica o hasta donde puede existir una identidad absoluta entre revolución pasiva y guerra de posiciones, en Gramsci se superponen dos argumentaciones. Una que sostiene que la revolución en Occidente tiene un elemento predominante de “guerra de posiciones” por la estructura compleja del Estado y la sociedad de clases, más coincidente con los debates de los Congresos III y IV de la Internacional Comunista. Otra que tiende a identificar un desarrollo de los mecanismos de revolución pasiva como más generalizados, los cuales hacen que prime la guerra de posición por motivos más cercanos a un cambio de etapa histórica. Si bien ambos argumentos confluyen en la necesidad de una estrategia de largo aliento, el segundo tiende a opacar en una generalización más bien arbitraria la búsqueda de epecificidades de la revolución en Occidente, dando lugar a un esquema más o menos abstracto y estático en cuanto a la relación de lucha ofensiva y defensiva.

Contrariamente al enfoque de Aricó, compartido en líneas generales por comentaristas actuales de la obra de Gramsci10, la tendencia a generalizar los mecanismos de “revolución pasiva” presente en Gramsci, es una debilidad más que una fortaleza del pensamiento estratégico del revolucionario italiano, dado que en la lógica interna de sus elaboraciones carcelarias jugó el rol de acentuar los aspectos “gradualistas” de sus elaboraciones.

La “hegemonía” en clave politicista y gradualista

Rescatando las elaboraciones gramscianas sobre la cuestión de la hegemonía, Aricó va hacia el planteo de que un partido con predominancia de la clase obrera tiene que ser por fuerza obrerista y sindicalista y no puede ser “hegemónico”, de esta forma rehabilita la teoría de los partidos bipartitos obreros y campesinos de Bujarin y Stalin, que ya en la “Lección quinta” le había adjudicado erróneamente a Lenin. Si bien Gramsci nunca dio el paso de, por decirlo de un modo burdo, “transformarse en Laclau”, su identificación del interés histórico de la clase obrera con la política neopopulista de Bujarin-Stalin en 1926, opone dos modelos posibles de hegemonía: la del proletariado que pone en pie un Estado, contra el cual incluso tiene que tener la posibilidad de defenderse por sus graves deformaciones burocráticas (Lenin), o la del grupo dirigente que, a la cabeza del Estado, toma medidas de debilitan la posición social de la clase obrera, en función de mantenerse en el poder, basándose en el campesinado11.

Siguiendo los puntos más débiles de las posiciones gramscianas, mediatizados por la práctica del PCI y la interpretación impuesta por Palmiro Togliatti, la concepción de la “hegemonía” de José Aricó se transforma en una práctica “socialista” opuesta al desarrollo del poder social de la clase obrera.

Por eso, la forma en que Aricó concibe la “superación” de un marxismo economicista y derrumbista, es mediante la contraposición a esta caricatura de otra caricatura opuesta por el vértice: un marxismo politicista y gradualista, que hace de la negación de la hegemonía obrera la clave de una hegemonía “socialista” en los marcos de la democracia capitalista. Desde esta óptica, la inadecuación que afectaría internamente a la relación entre marxismo y desarrollo económico del capitalismo, no tiene vía de resolución, salvo mediante una sobreestimación de los mecanismos regenerativos con los cuales el capitalismo se sobrepone (con mayor o menor éxito según el caso) a sus propias crisis, liquidando de este modo las condiciones de posibilidad de toda estrategia revolucionaria, que no pretenda limitarse al momento “acumulativo”.

Notas

1 Sobre este punto queremos centrar los argumentos de este artículo, remitiendo por los restantes tópicos del libro a los posts que dedicamos, a razón de uno por capítulo, en losgalosdeasterix.blogspot.com.ar.
2 Aricó, José, Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo, Bs. As. 2012, FCE, p. 235.
3 Ibídem, p. 239.
4 Ver a propósito de los debates del Tercer y Cuarto Congresos de la IC y la interpretación de Portantiero, el artículo “La revolución diplomatizada. Crítica de la concepción estratégica y política de los gramscianos argentinos”, Lucha de Clases 8, 2008.
5 Trotsky, León, Cómo se armó la revolución, Bs. As. CEIP, 2006, p. 573.
6 “Informe sobre la Nueva Política Económica soviética y las perspectivas de la revolución mundial”, en Naturaleza y Dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As., CEIP, 1999, p. 234.
7 Ver a propósito del balance del proceso revolucionario alemán de 1923 y sus lecciones estratégicas, una productiva comparación de las elaboraciones de Trotsky y Gramsci a la luz del pensamiento estratégico de Clausewitz en Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’”, Estrategia Internacional 28, 2012.
8 Cuando estalla la huelga general en Gran Bretaña en 1926, los sindicatos rusos mantenían un acuerdo de cooperación con el Comité General del Trade Union Council (TUC) inglés, el conocido Comité Anglo-ruso. Cuando la TUC traiciona la huelga, y pese a la protesta de Trotsky, la IC mantiene sus acuerdos, cubriendo el rol de esta dirección e infringiéndole un duro revés al joven PC inglés.
9 Aricó, José, op. cit., p. 269.
10 Ver. Thomas, Peter D., The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism, Leiden-Boston, Ed. Brill, 2009, capítulo IV.
11 Para más detalle sobre este debate, ver en el blog lasideasnocaen.blogspot.com una serie de contribuciones del autor y Fernando Rosso.
 

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