"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

7/10/14

La noción de revolución burguesa en Marx

El texto reproduce, con alguna ligera variación, la ponencia presentada por el autor en el encuentro internacional “Marx e la storia”, en el Palacio de Congresos de la República de San Marino
Karl Marx ✆ A.d. 

Perry Anderson   |   La noción de revolución burguesa, en el cuadro de la concepción de la Historia que Marx nos dejó en herencia, constituye uno de los elementos más problemáticos y controvertidos con los que se deben medir la teoría y la historiografía marxistas del siglo XX. Mis observaciones intentarán sugerir, de forma muy sucinta y sin duda incompleta, una respuesta al porqué la introducción de esta noción en el seno de la concepción materialista de la Historia ha sido objeto de tantas disputas, y de indicar algunas de las vías a través de las que se pueda llegar a una definición de revolución burguesa que sea válida para una historiografía marxista empíricamente rigurosa y fiable.

Es conveniente señalar, ya desde el inicio, un hecho paradójico que, sin embargo, tiene más trascendencia de lo que a primera vista pudiera parecer. Marx, al que se le atribuye convencionalmente la paternidad del concepto de «revolución burguesa», vivió y observó, en primera persona, los acontecimientos de aquel período que sucesivas generaciones de historiadores marxistas han visto como una auténtica y verdadera cadena de revoluciones burguesas a escala mundial.

Como se sabe, Marx fue un partícipe y un crítico de la primavera de los pueblos, aquella ola de insurrecciones populares que se abate sobre toda la Europa continental en l848. Una tras otra, sin excepción, todas fracasaron en su intento originario de derribar el viejo régimen monárquico y absolutista contra el que se habían levantado: tanto en Alemania como en Francia, en Hungría como en Italia, en Austria o en Rumania. Marx y Engels se basaron, por mucho tiempo, en esta experiencia, en algunos de sus trabajos más conocidos: Las luchas de clases en Francia, El 18 Brumario, Revolución y contrarrevolución en Alemania.

Si todo esto nos es suficientemente conocido, menor atención se le ha prestado, en cambio, al hecho de que, desde los últimos años cincuenta hasta el final de los años sesenta, Marx y Engels fueron testigos directos de una vasta oleada de ataques a las estructuras políticas absolutistas o precapitalistas; ataques que fueron conducidos con éxito, utilizando la fuerza de las armas, no sólo en Europa sino también en Norteamérica y en el Extremo Oriente. Por supuesto, me estoy refiriendo al triunfo del «Risorgimento» en Italia; a la unificación de Alemania bajo la égida de Bismarck; a la victoria del Norte industrial sobre el Sur esclavista en la Guerra Civil americana; a la violenta caída del reinado Tokugawa en Japón, que ha pasado a la historia con el nombre de Restauración Meiji. Todas estas imponentes sublevaciones de la segunda mitad del siglo XIX han sido consideradas, desde una mirada retrospectiva, por los historiadores marxistas de los países en que se desarrollaron -Italia, Alemania, Estados Unidos y Japón-, como momentos decisivos de la revolución burguesa en sus respectivos países; y hasta sus colegas no marxistas o antimarxistas, no importan las etiquetas, quisieron ver en esos levantamientos populares los inicios del proceso de formación del Estado moderno o los orígenes del orden político actual, en el seno de sociedades entre las que se encuentran las tres economías capitalistas más avanzadas de nuestro tiempo, la americana, la japonesa y la alemana. En otras palabras, es absolutamente imposible minimizar el significado histórico global de la amplia oleada internacional de agitaciones y turbulencias que se produjo en aquellos quince años.

Sin embargo, y es una cosa difícil de entender, estas mismas convulsiones políticas fueron muy poco estudiadas por Marx y Engels, que, de hecho, casi no le dieron relevancia alguna en sus escritos. Ciertamente, no nos debe sorprender su ignorancia respecto a los sucesos del lejano imperio japonés del que, en aquella época, bien pocos europeos sabían alguna cosa. Pero su relativa indiferencia respecto al «Risorgimento» italiano, la incomprensión que mostraron en cuanto a su naturaleza y significado -demasiado evidente, por ejemplo, en el desafortunado artículo de Engels Po y Reno, donde el autor acaba casi por ponerse del lado de la reacción austríaca en la península- son, sin duda, mucho más curiosas. Igual de desconcertante, si no más, es la poca consistencia del análisis que dedicaron al proceso de unificación de Alemania, su propio país. Marx no nos dejó ningún texto mínimamente significativo al respecto. Sólo Engels, un poco después de la unificación, escribiría El papel de la fuerza en la historia, un ensayo bastante penetrante. En definitiva, si bien es cierto que Marx y Engels se interesaron, de manera apasionada, por la Guerra Civil norteamericana, a diferencia de lo que hicieron con los otros tres grandes conflictos que antes he mencionado, no se puede decir realmente que sus juicios sobre la misma se distingan por su agudeza política o por su capacidad de comprensión histórica.

Baste recordar las alabanzas, del todo acríticas, tributadas a Lincoln, saludado por Marx como «el más eminente hijo de la clase obrera norteamericana», un título que -más allá de los méritos que se puedan atribuir a este político, burgués por excelencia- él mereció menos que ningún otro. Considerando todo lo que hemos dicho hasta ahora, podríamos concluir que Marx y Engels no fueron conscientes del alcance y significado de las revoluciones políticas que efectivamente se produjeron en su tiempo, un período que inauguraba una nueva época en la historia del capitalismo, preocupados como estaban por las posibilidades de otro tipo de revoluciones que hubieran desbrozado el camino hacia el deseado gobierno de los trabajadores.

Ahora bien, si tomamos los escritos teóricos de Marx en su conjunto, creo que, en parte, es posible entender por qué le fue tan difícil comprender la importancia y las dimensiones de las insurrecciones contemporáneas. Y es que, contrariamente a lo que se pudiera pensar, la noción de «revolución burguesa» -que, posteriormente, los marxistas han aplicado a aquellos acontecimientos- apenas podemos encontrarla en los trabajos de Marx, al menos formulada exactamente en estos términos y a tutte lettere. No la hallaremos, por ejemplo, en el Manifiesto del Partido Comunista, el texto en el que, más que en ningún otro, esperaríamos encontrarla. En muchos sentidos el Manifiesto es un auténtico himno a la vocación revolucionaria, a escala mundial, de la burguesía: pero esta vocación esentendida esencialmente en términos de impacto económico de la gran industria capitalista y de expansión del mercado mundial, y no de violenta ofensiva política de la burguesía contra el Ancien Régime o contra los estados del ordenamiento feudal. Si Marx no utiliza casi nunca, de forma exacta, la expresión «revolución burguesa», Engels, en cambio, sí lo hace, al menos ocasionalmente, aunque en ningún momento intenta construir, respecto a la misma, sistematización teórica alguna.

En efecto, en el seno del debate sobre el materialismo histórico, la citada expresión, en sus términos exactos, no fue de uso corriente hasta finales del siglo XIX. De hecho, fue el movimiento revolucionario ruso quien, con los escritos de Plejanov y de Lenin, le dio por primera vez un lugar establecen el vocabulario marxista. Esa noción asume su forma definitiva precisamente en el movimiento obrero ruso por razones esencialmente políticas y estratégicas. Plejanov y Lenin, en efecto, tuvieron que distinguir la revolución que se estaba avecinando en el Imperio zarista, de los proyectos de los «Narodniki». Éstos propugnaban una revolución directa y completamente socialista, porque estaban convencidos de que Rusia podía saltarse todas las fases de la dominación capitalista y alcanzar así, directamente, desde las condiciones feudales existentes en el campo, una forma más o menos campesina de comunismo.

Contra esta ilusión Plejanov y Lenin insistieron, durante largo tiempo, en afirmar que la inminente revolución sería burguesa, no proletaria, una hipótesis que, como sabemos, la historia no confirmó, al menos en estos términos tan rotundos y explícitos.



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