"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

24/5/14

Digiriendo a Thomas Piketty | Solo el título de su libro evoca a Karl Marx

Paul Krugman & Thomás Piketty bajo la lluvia 
Gabriela Esquivada  |  En 2003, cuando Francia se opuso a la invasión de Irak, el congresista republicano Bob Ney rebautizó las papas fritas, French fries, como Freedom fries en el menú de las cafeterías del Congreso. Algunos restoranes emularon al político de Ohio (quien dos años después renunció a su banca tras declararse culpable de conspiración y de haber mentido para favorecer a Jack Abramoff, lobbysta generoso en sus regalos y donaciones de campaña), y obtuvieron algunos minutos de publicidad gratuita mientras las cámaras de los canales locales vaciaban en los baños botellas de vino francés.

Ney y los restaurateurs recordaron un matiz particular del patriotismo estadounidense: la francofobia. Por ella resulta triplemente extraño el éxito masivo (está tercero en la lista de más vendidos de The New York Times y número dos en Amazon.com) de "El capital en el siglo XXI", libro del profesor de la École D'Économie de Paris Thomas Piketty.

1) Se trata de un volumen académico de casi 700 páginas que publicó -y agotó la tirada en el primer mes: debió ordenar seis reimpresiones conjuntas- Harvard University Press. No es la primera vez que el público estadounidense populariza trabajos académicos: todavía se recuerdan los casos de Allan Bloom y Francis Fukuyama. Pero su ideología se acomodaba mejor al capitalismo tal como se vive en este país que la de Piketty, quien propone un impuesto global al patrimonio para moderar la desigualdad y un impuesto progresivo para los salarios extremos y las herencias enormes de hasta el 80 por ciento.

2) El argumento central del libro, que desde su título evoca a Karl Marx, contradice el discurso habitual según el cual el mercado todo lo cura con su autorregulación: "Cuando la tasa de rentabilidad del capital excede la tasa de crecimiento del producto y el ingreso, como sucedió en el siglo XIX y parece muy probable que vuelva a suceder en el XXI, el capitalismo genera automáticamente arbitrariedades y desigualdades insostenibles que socavan de manera radical los valores meritocráticos en los cuales se basan las sociedades democráticas". Con datos de casi tres siglos en más de veinte países, Piketty muestra que, excepto durante las guerras mundiales y la reconstrucción, el producto del capital, y no de los ingresos, predomina en el segmento superior de la distribución del ingreso. En dos generaciones, los herederos de los supergerentes -como los denomina el autor- de hoy serán los señores en un capitalismo patrimonial.

3) A los veintidós años, el francés enseñó en el Massachusetts Institute of Technology pero pronto quiso regresar a Europa: "Lo hice a los veinticinco años. Desde entonces no he salido de París excepto por algunos viajes cortos. Una razón importante para mi decisión se relaciona de manera directa con este libro: no encontré del todo convincente el trabajo de los economistas estadounidenses". Le parecía que "no había existido un esfuerzo significativo para recoger datos históricos sobre la dinámica de la desigualdad desde (Simon) Kuznets, y aun así la profesión seguía produciendo en masa resultados puramente teóricos".

A pesar de todo eso, durante semanas Amazon.com sólo pudo ofrecer la versión digital ($ 21,99) de "El capital en el siglo XXI", porque estaba "temporariamente sin stock" de la impresa. "Pídalo ahora y se lo enviaremos cuando esté disponible" ($ 24,59, precio de lista: $ 39,95, ahorre: $ 15,36). Los ejemplares usados llegaron a $ 72,89.

No es la primera vez que un académico accede al centro de la discusión pública en los Estados Unidos. En 1992, "El fin de la historia y el último hombre", del politólogo Francis Fukuyama, generó pasiones locales y mundiales (se tradujo a más de veinte idiomas): argumentaba que el fin de la Guerra Fría había marcado también el de la disputa ideológica, por lo cual la historia como lucha se agotaba y el libre mercado se imponía. Cinco años antes, el filósofo Allan Bloom (el modelo del personaje central de "Ravelstein", la novela de Saul Bellow) había llegado a la lista de más vendidos con "El cierre de la mente moderna", una demolición de la universidad contemporánea que proyectaba el mal de la deconstrucción y el relativismo cultural al país: la educación universitaria defraudaba a los estudiantes y ponía en peligro la democracia.

Ambos autores se ubican a la derecha del espectro político. Piketty, hijo de activistas del Mayo francés y un analista de la desigualdad desde hace más de una década, no.

Sin embargo, el éxito de "El capital en el siglo XXI" no asombra porque el país conservador en que se ha dado no es el mismo que era entonces. "Hace varios años ya que los académicos y los ciudadanos con conciencia cívica se preocupan por las desigualdades crecientes en los Estados Unidos y otros lugares", dijo a Viernes el profesor Juan Díez Medrano, coordinador del Programa de Investigación del Institut Barcelona d'Estudis Internacionals (IBEI) y catedrático de Sociología en la Universidad Carlos III Madrid. "El libro de Piketty llega entonces en el momento preciso".

Carol Stievender, profesora del Departamento de Economía de UNC Charlotte, explicó a este medio que "la noción de desigualdad de ingresos o patrimonio es más popular que nunca". Ha llegado a la gente común, hiló, mediante las consignas del 1 por ciento versus el 99 por ciento del movimiento Occupy Wall Street, el comentario despectivo del candidato republicano a la presidencia en 2012, Mitt Romney ("el 47 por ciento de la gente depende del Gobierno, cree que son víctimas, cree que el Gobierno tiene la responsabilidad de cuidarlos, cree que tienen derecho a la salud, a la alimentación, a la vivienda, a lo que sea"), el uso cada vez más frecuente del término entre los columnistas políticos de televisión y el documental "Desigualdad para todos", del exsecretario de Trabajo de Bill Clinton, Robert Reich.

"Hemos atravesado una época en la cual todos conocemos a alguien que debió gastar parte de su patrimonio acumulado cuando su flujo de ingresos se detuvo. Pero de algún modo, el uno por ciento más rico se las arregló para recuperar su patrimonio y el de todos los demás: según Oxfam, ese uno por ciento acaparó más del 95 por ciento del crecimiento posterior a la recesión, mientras que el 90 por ciento inferior quedó peor", agregó Stievender. "Es una estadística pasmosa. La gente lo puede ver en sus resúmenes bancarios y en sus cuentas de retiro jubilatorio. Para la gente es la realidad, no una moda pasajera".

La crisis de 2008 marcó un punto de inflexión: "La gente tiene más conciencia de los efectos sobre sus vidas de las fuerzas económicas abstractas: cada vez es más difícil creer que la riqueza naturalmente se derrama de los ricos a los pobres", aportó Gavin Mueller, profesor del New Century College en George Mason University. "Por eso se buscan explicaciones alternativas al dogma neoclásico del libre mercado. El libro de Piketty es sólo el más reciente".

La socióloga Stephanie Lee Mudge, profesora de UC-Davis e investigadora en el Instituto Sheffield de Investigaciones en Economía Política (SPERI), indicó otro factor: la coyuntura política estadounidense, con las elecciones legislativas de noviembre tan cerca. "La intelligentsia demócrata trabaja hace tiempo en presentar la desigualdad como un tema electoral, de modo tal que el público está preparado. Además, desde el New Deal los economistas han jugado un papel central dentro de la intelligentsia demócrata (con muchas contrapartes de influencia en el campo republicano desde fines de los 60), que ha estado más vinculada con los círculos progresistas o de izquierda en Europa Occidental" Mudge señaló un catalizador último: "La extrema polarización de los activistas demócratas y republicanos. Si uno arroja un argumento controversial sobre un escenario político de consenso, no recibe mucha atención. Pero si lo arroja sobre un escenario político altamente polarizado, es más probable que pase algo".

Díez Medrano recuerda los casos de Bloom y Fukuyama: en su opinión, la popularización de los tres libros tiene en común que reflejan preocupaciones profundas de sus épocas respectivas. "Su éxito y el de Picketty surgen de su capacidad excepcional para comunicar conocimientos eruditos en una prosa extremadamente clara. Todavía esperamos un libro que cuente la historia complejísima de la crisis financiera y económica de 2008 con tanta elegancia." The New Yorker recordó que Branko Milanovic, execonomista del Banco Mundial, lo llamó "uno de los libros parte aguas en el pensamiento sobre economía" y que The Economist consideró que podría cambiar "el modo en el que pensamos los dos últimos siglos de historia de la economía". En The Nation, Jeff Faux, fundador del Economic Policy Institute, comparó el libro con una granada de mano que se arrojará sobre el debate de la economía mundial. "Desafía los presupuestos fundamentales de la política estadounidense y europea sobre el crecimiento económico que continuará evitando la ira popular por la distribución desigual del ingreso y el patrimonio", escribió. Sam Tanenhaus, en The New York Times, puso a Piketty en la línea de Susan Sontag (1960), Christopher Lasch (70), Bloom (80), Fukuyama (90) y Samantha Power (2000): "El intelectual exitoso de la noche a la mañana cuyo estrellato refleja las modas y los sentimientos del momento".

Esa caracterización contrarió a Stievender: "Trivializa una situación económica muy seria como una especie de moda pasajera o un meme, y constituye un insulto al consumidor promedio de información. La popularidad no es algo malo. Cuanto más informado esté el público es menos probable que se lo influya con retórica e ideología. Mudge sugirió a Viernes que "probablemente nada le gusta más a The New York Times que una historia sensacional sobre un intelectual influyente, dados sus lectores". La profesora discrepó con el enfoque: "La popularidad del libro no refleja modas momentáneas idiosincráticas: refleja dónde estamos en los ciclos de la política estadounidense, el hecho de que aún sufrimos las consecuencias de las crisis financieras".

Los medios promueven a ciertas figuras en ciertos momentos, recordó Mueller a este suplemento: "Las conferencias accesibles sobre Marx de David Harvey se han visto miles de veces, y él ha vendido muchos libros. Pero es un marxista que cree que el capitalismo terminará pronto, así que no lo veremos en The New York Times con la cobertura de una celebridad intelectual. Piketty critica el capitalismo tal como existe pero sus recetas, como la del impuesto global al patrimonio, no son revolucionarias, y sí ayuda a encauzar la energía disidente en canales reformistas".

Acaso el elogio mayor de Piketty lo haya realizado Paul Krugman, premio Nobel de Economía, en The New York Review of Books. Desde su perspectiva, "El capital en el siglo XXI" constituye "una revolución en nuestra comprensión de las tendencias de la desigualdad en el largo plazo". Antes de Piketty, "algunos economistas (por no mencionar a los políticos) trataban de ahogar cualquier mención de la desigualdad; pero aún aquellos que querían discutir la desigualdad por lo general se centraban en la brecha entre los pobres o la clase trabajadora y los meramente acomodados, no los verdaderamente ricos", argumentó. "Piketty ha transformado nuestro discurso sobre economía; nunca volveremos a hablar sobre patrimonio y desigualdad como solíamos hacerlo."

Aunque los detractores prefirieron el silencio, hubo invectivas importantes contra "El capital en el siglo XXI". De modo previsible, The Wall Street Journal apeló a la misma ideologización que le reprochó: "Si uno está convencido o no de los datos del señor Piketty -y hay razones para el escepticismo, dadas las mismas advertencias del autor y el hecho de que muchas estadísticas antiguas se basan en muestras extremedamente limitadas de declaraciones patrimoniales y extrapolaciones dudosas- es en el fondo intrascendente. Porque este libro es menos una obra de análisis económico que un ladrillo ideológico estrafalario".

En Forbes, Scott Winship objetó la metodología con que Piketty estima los ingresos y Panos Mourdoukoutas argumentó: "'El capital en el siglo XXI' ha provisto de munición a los progresistas de toda clase, que quieren resucitar y promover una agenda política antigua que mata el crecimiento económico y la prosperidad en nombre de la igualdad económica". En Foreign Affairs, Tyler Cowen negó que se pueda afirmar sin más que la rentabilidad del capital será siempre alta, dado que Piketty ignora el riesgo entre los factores que analiza, y comparó al francés con el británico David Ricardo, precursor de la macroeconomía y los estudios de la distribución, quien a comienzos del siglo XIX analizó la importancia de la propiedad de la tierra: "Piketty es un Ricardo moderno, que apuesta demasiado a la peso de un valor en el largo plazo. La preocupación de Piketty por la riqueza heredada también parece extraviada".

Clive Crook objetó en Bloomberg View: "Hay una tensión persistente entre los límites de los datos que (Piketty) presenta y la grandiosidad de las conclusiones que extrae. A veces, bordea la esquizofrenia. Al presentar cada conjunto de datos, es pura cautela y modestia, como debería, porque los problemas de medición se presentan en cada tramo. Casi en el párrafo siguiente, saca una conclusión que va más allá de lo que los datos sostendrían aún si fueran irreprochables".

Criticó en particular la conclusión principal del libro: "La principal fuerza desestabilizadora -escribió Piketty- concierne al hecho de que la tasa privada de rentabilidad del capital, R, puede ser durante largos períodos significativamente más alta que la tasa de crecimiento del ingreso y la producción, C. La desigualdad R > C implica que el patrimonio acumulado en el pasado crece más rápidamente que la producción y los salarios. Esta desigualdad expresa una contradicción lógica fundamental. El emprendedor inevitablemente tiende a convertirse en un rentista, más y más dominante sobre aquellos que no poseen sino su fuerza de trabajo. Una vez constituido, el capital se reproduce más rápido que lo que crece la producción. El pasado devora al futuro. Las consecuencias para la dinámica de la distribución de la riqueza en el largo plazo son potencialmente aterradoras".

Crook se aferró a esa línea: "El terror de Piketty ante la desigualdad creciente es un dato para el lector. Quizá ha influido el juicio y la lectura tendenciosa de la propia evidencia (del autor)".

Piketty elude, pero alude a ella, la cuestión política estadounidense. "Me resulta interesante que el hecho de ser un economista implique aparentemente sobrepasar los prejuicios de toda la vida contra la importación de cualquier cosa europea, y por cierto francesa, en los debates públicos aquí", dijo Mudge. "Refleja que la economía se ha convertido, de modo singular en las ciencias sociales, en una profesión global, y como tal ejerce una autoridad inusual en los debates sobre políticas".

La socióloga destacó otra razón, acaso no muy visible, para el interés popular por "El capital en el siglo XXI". "La desigualdad tiene un significado especial en la cultura política estadounidense, conocida por su igualitarismo peculiar desde Alexis de Tocqueville. Las sociedades que dan por sentadas la jerarquía y la desigualdad no se sorprenden ante la prueba de la existencia de la inequidad. Las sociedades que creen, o quieren creer, que son el epítome vivo del igualitarismo y la igualdad de oportunidades se indignan." Muchos habitantes de este país, cree, tienen un gran sentimiento de injusticia en este momento, más allá de su posición política. "El libro ha activado ese sentimiento de injusticia."

Esa injusticia va más allá de que Tim Cook gane 6.258 veces más que el empleado promedio de Apple (la disparidad mayor), Michael Duke 796 veces más que el de Walmart, o James Dimon, 442 veces más que el de JP Morgan, según CNN Money. La cultura estadounidense valora la retribución y el dinero, pero no la idea de una aristocracia (Piketty cita la película para niños "Los aristogatos"). Sin embargo, desde Roland Reagan los republicanos han creado un marco legal que beneficia al 1 por ciento (y más aún al 0,1, y al 0,01), cuyos ingresos se basan más en el capital que en la producción. La tasa impositiva de la renta es inferior que la que se aplica a los ingresos, y algunos republicanos -el aspirante a la Casa Blanca Ron Paul entre ellos- proponen eliminar el impuesto a la renta.

Piketty encontró escasa información sobre el patrimonio de los políticos estadounidenses, que le parecía mucho mayor que el de los europeos "y en una categoría totalmente distinta del ciudadano promedio, lo cual podría explicar por qué tienden a confundir sus intereses privados con el bien común".

Para la economista Stievender, lo más preocupante de la desigualdad es "la acumulación de poder político que viene con la acumulación de patrimonio y capital: lo que se llama captura política". En síntesis: "Si los ricos obtienen más poder político, los no ricos lo pierden. Y con el poder político viene el poder de influir en las políticas que permiten la acumulación de más y más patrimonio, lo que lleva a más y más poder político".

Piketty cree que, sin una intervención radical (como su propuesta del impuesto global al patrimonio y el impuesto progresivo para los ingresos gigantescos), el capitalismo estadounidense erosionará sus principios democráticos. "El ideal igualitario del pionero ha caído en el olvido, y el Nuevo Mundo puede estar al borde de convertirse en la Antigua Europa de la economía globalizada del siglo XXI", augura.

Reconoce, sin embargo, que su idea es "utópica".

Título original: “Digiriendo a Piketty”


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