"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

18/4/14

El sentido de la crítica en el periodismo político del joven Marx | La ‘Gaceta Renana’

Aurelio Arteta Aisa  |  La incorporación de Marx como redactor-jefe a la Rheinische Zeitung a comienzos de 1842 abre en su biografía intelectual una etapa, calificada por algunos de democrático-radical, en la que su pensamiento, espoleado y afilado por las polémicas periodísticas del momento, se decide a internarse en el terreno de los intereses materiales y sociales tal como se dilucidan en los debates políticos. Su instalación progresiva en este nuevo campo no va acompañada del abandono de sus profundas raíces en la filosofía hegeliana; es ésta, por el contrarío, la que le ofrece los supuestos e instrumentos de su análisis hasta el momento mismo en que su tarea crítica se vuelve incompatible con aquélla. 

El término «alienación» —pues de una investigación exhaustiva de esta noción marxiana forma parte el presente trabajo— no aparece ni en una sola ocasión a lo largo de estos artículos, pero su idea (en una acepción bien cercana a la de Feuerbach) late constantemente en la crítica de la religión y, ante todo, bajo el concepto de fetichismo, del que se sirve aquí por vez primera para aludir a las formas políticas y económicas de la enajenación.

1. Los presupuestos filosóficos

Parece, pues, obligado comenzar por resumir las convicciones teóricas últimas desde las que este Marx periodista entra en la liza.

1.1. Por lo pronto, y en concordancia básica con Hegel, el reino del hombre coincide con el reino del espíritu, porque es a través del sujeto humano como la Idea o sustancia constitutiva de todo se revela a sí misma bajo la forma de espíritu, se reconoce como tal. Todo lo humano en cualquiera de sus grados es, pues, de naturaleza espiritual, forma de existencia o fenómeno del espíritu, o, lo que es lo mismo, la esencia de la realidad humana la constituye el espíritu. Y la esencia de este espíritu es la libertad:
«... no cabe duda de que la libertad es la esencia genérica de todo lo que sea existencia espiritual» (1).
En tanto que espíritu y humanidad son realidades coextensivas, si el espíritu se confunde con el espíritu humano, la libertad será también por lo mismo la esencia del hombre. Y así, en relación con la libertad de prensa, escribirá Marx:
«La libertad es a tal punto la esencia del hombre (das Wesen der Menschen), que hasta sus adversarios la realizan cuando luchan contra su realidad; tratan de apropiarse como la joya más valiosa lo que rechazan como joya de la naturaleza humana (der menschlichen Natur).
Nadie combate la libertad; combate, a lo sumo, la libertad de los otros (Freiheit des andren). Por tanto, todas las libertades han existido siempre, sólo que unas veces como privilegio particular, otras como derecho general» (2).

La alternativa que se debate no equivale a la disyunción entre la prensa libre y la censurada, sino simplemente entre la prensa y la negación de la prensa, puesto que no respondería al concepto de prensa como expresión del espíritu (sería, ironiza Marx, la prensa de los animales o de los dioses) una prensa carente de libertad: sólo el «producto de la libertad» puede ser un «producto humano». La esencia humana, la «naturaleza general humana» (3) o, lo que no es sino su sinónimo, la libertad, se erige por ello en criterio para juzgar la humanidad de lo real, en medida para establecer su grado de espiritualidad. El Estado, por ejemplo, como plasmación política de la naturaleza humana, «no puede construirse partiendo de la religión, sino partiendo de la razón de la libertad» (4).

1.2. Estado, Derecho, Filosofía... son, en tanto que objetivaciones particulares de la esencia humana, otras tantas esferas del espíritu, formas específicas de existencia de la libertad (5). Pero, de entre ellas, es la Filosofía la que ostenta la primacía, en la medida en que constituye la actividad espiritual en que el espíritu adquiere autoconciencia, se toma a sí mismo como su objeto. Tal posición privilegiada convierte a la filosofía en «la sabiduría del mundo» (6), «la quintaesencia espiritual de su tiempo» (7), «la que interpreta los derechos de la humanidad» (8); en pocas palabras, la filosofía, que «no pregunta qué es lo vigente (gülíig), sino qué es lo verdadero (wahr) (...), qué es lo verdadero para todos los hombres y no para algunos solamente» (9), es la instancia espiritual encargada de aplicar universalmente aquel criterio y aquella medida de humanidad, esto es, de libertad. Desde esta su función crítica esencial y para referirnos sólo a su ejercicio político, la filosofía es «la que exige que el Estado sea el Estado de la naturaleza humana (der Staat der menschliche Natur)» (10):
«Ahora bien, si los anteriores maestros filosóficos del derecho del Estado construían el Estado partiendo de los impulsos y del orgullo, ya de la sociabilidad, o partiendo también de la razón, pero no de la razón de la sociedad, sino de la razón del individuo, el punto de vista más ideal y más fundamentado de la novísima filosofía se construye partiendo de la idea del todo. Considera el Estado como el gran organismo en que debe realizarse la libertad jurídica, moral y política y en que el individuo ciudadano del Estado obedece en las leyes de éste solamente a su propia razón, a la razón humana» (11).
¿Y qué es todo ello, en suma, sino lo que ya anunciaba Marx en su disertación doctoral, a saber, la conversión de la filosofía o espíritu teórico en energía práctica, en voluntad contra el mundo fenoménico, «el hacerse filosofía del mundo (Das Philosophisch-Werden der Welt) » y «el hacerse mundo de la filosofía (ein Weltlich-Werden der Phiíosophie)» (12), recogido ahora como desiderátum de un tiempo en que «la filosofía se ha hecho mundana y el mundo se ha hecho filosófico (die Phiíosophie weltlich und  die Welt philosophisch wird)»? (13). La filosofía, portadora y portavoz consciente del espíritu, es así necesariamente crítica, porque su tarea estriba en adecuar incesantemente lo existente a su propia racionalidad, porque aspira a realizarse conquistando el mundo y perdiéndose ella misma en su empeño de diluirse en el mundo. «La filosofía dejará entonces de ser un determinado sistema frente a otros, para convertirse en la filosofía en general frente al mundo, en la filosofía del mundo actual (Philosophie der gegenwariigen Welt)» (14).

1.3. Si el objetivo del espíritu hecho filosofía o espíritu humano es absorber el mundo que se le enfrenta, la actividad teórica en que consiste se acomodará al «carácter del objeto» particular sobre el que se ejerce (15), por lo mismo que su ley le marca someterse a la naturaleza específica del objeto que él mismo ayuda a descubrir. Frente a la censura prusiana de prensa, que pondera la modestia en la investigación de la verdad, replica Marx en su primer trabajo como publicista:
«Además, la modestia del genio no consiste en lo que consiste el lenguaje de la cultura, en no tener acento ni hablar en dialecto, sino en tener el acento de la cosa misma y en hablar en el dialecto de su esencia. Consiste en olvidarse de la modestia y la inmodestia para desentrañar el fondo de la cosa. La modestia general del espíritu es la razón, aquella liberalidad universal que sabe comportarse ante cada naturaleza con arreglo a su carácter esencial (zu 'jeder Natur' nach 'ihrem wesentlichen Charakter')» (16).
 


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