"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

30/11/13

Aproximaciones a la figura del traductor en José Carlos Mariátegui

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Tania Medalla  |  Al pensar el campo intelectual y cultural moderno en América Latina, dos figuras resultan claves en su conformación, constituyéndose en pilares y puntos de referencia obligados para  la reflexión, creación y crítica posteriores: José Martí y José Carlos Mariátegui. Ambos, signados por trayectorias vitales poco convencionales que marcarían la heterogeneidad de sus experiencias, lo cual se expresa, en ambos casos, en la diversidad de temas que abordaron en sus trabajos y en la constitución de cada uno de ellos como intelectuales comprometidos con su tiempo y realidad social. En ambos casos, además, la experiencia del viaje fue central en la conformación de su pensamiento y el rol que tuvieron como vehículo para el ingreso de  la cultura europea, con una propuesta radical de identidad, autonomía y originalidad. Ambos podrían ser considerados como figuras de la
traducción con todo el peso político, ideológico y cultural que ello conlleva.

En este artículo se propone dar cuenta  de la figura de la traducción, entendida como vehículo de apropiación, resignificación, interpretación del mundo en José Carlos Mariátegui, considerando su relevancia e impacto en la conformación del campo intelectual moderno de América Latina hacia comienzos del siglo XX y en la configuración de su propia figura como intelectual orgánico y a la vez heterodoxo. De este modo, este análisis pretende dar cuenta de la articulación de la traducción en la figura de Mariátegui, intentando dar cuenta de aquello que ya es posible advertir, a primera vista, en sus trabajos: la condición autorreflexiva de su escritura respecto del ejercicio de traducción.

De modo evidente, este texto no pretende agotar ni dar cuenta de forma acabada de la figura de Mariátegui como traductor, sino más bien delinear un primer acercamiento a esta problemática, algo así como una suerte de definición de un “marco de mirada” posible para abordar el tema. Aunque la metáfora parezca obvia, traducir es leer y a la vez escribir, pero esa lectura  pasa por una suerte de lente, de anteojos; un aparato que filtra, reelabora, da tonos, matices y relieves a la realidad leída y que es vuelta transmitir y en este ensayo lo que se pretende lograr es un acercamiento a ese dispositivo, a sus materiales, una aproximación a los elementos que lo construyen.

I. De la lectura, la traducción y la tradición.
“Un lector también es el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor” | Ricardo Piglia, El último lector.
Traduttore-traditore reza la sentencia popular y, de ahí, la figura del mal lector. ¿Acaso no todo ejercicio de lectura que implique una apropiación no es, en cierto modo, también una mala lectura, en tanto se desborda del marco establecido por el texto y lo lleva  a otra “escena”? Paul Ricoeur trabaja esta figura dando cuenta de cómo la tarea del traductor se mueve entre las figuras de la fidelidad y la traición y, podríamos aventurar, que oscila entre los cauces y límites de la tradición y de cómo ésta se construye.

Para los términos desde los cuales se escribe este texto, la traducción, como figura y paradigma respecto de “la experiencia” de lo extranjero, sería fundamental en la conformación de la tradición cultural de América Latina moderna y también en la conformación de una tradición crítica respecto del pensamiento occidental hegemónico de la metrópoli y de sus modos de apropiación. Desde esta perspectiva, el desvío del canon puede ser entendido, siguiendo a Piglia, como una “mala lectura”; situar a Marx y la revolución en convivencia con la religiosidad, también podría serlo, así como el abandono de una lectura “avant la lettre’ de los clásicos literarios y políticos y “contaminarlos” con la experiencia propia y el reconocimiento de las condiciones y tensiones del lugar desde el cual se habla.

En el capítulo de “ El último lector” dedicado a la  figura del Ché: “Ernesto Guevara, rastros de lectura”, Piglia plantea una visión de la lectura mucha más amplia que aquella anclada y asociada a la palabra escrita o a los signos inscritos en las superficies convencionales de la lectura; en él, se refiere a la práctica de la lectura como una actividad cotidiana, que en algunos personajes, como en el caso de Che Guevara (y me permito también decir de Mariátegui), deviene un elemento central en la constitución de estas figuras y su transcendencia, en la formulación y ejercicio de sus ideas, en la comprensión de su tiempo:
El lector, entendido como descifrador, como intérprete, ha sido muchas veces una sinécdoque o una alegoría del intelectual. La figura del sujeto que lee forma parte de la construcción de la figura del intelectual en el sentido moderno. No sólo como letrado, sino como alguien que se enfrenta con el mundo en una relación que en principio está mediada por un tipo específico de saber. La lectura funciona como un modelo general de construcción del sentido. La indecisión del intelectual es siempre la incertidumbre de la interpretación, de las múltiples posibilidades de la lectura. (Piglia, 2005: 103 )
El acto de leer  se vincula, dice Piglia, directamente con la  acción política: existiría en ello una tensión. La lectura  permitiría definir y darle forma  a la experiencia.  Y  es esa tensión la que se cristaliza en la figura de Mariátegui como traductor.

II. La  traducción, el traductor  y el extranjero

Como ya se ha señalado  anteriormente la “tarea del traductor”   (parafraseando a Walter Benjamin) es una tarea compleja y de múltiples implicancias. Dicha complejidad tendría diversas aristas que corresponderían, a  la vez, a órdenes distintos: unas tendrían que ver con la naturaleza de la lengua y su relación con la verdad; esto es lo que se advertiría en el planteamiento de Walter Benjamin respecto de la existencia de una “lengua pura”. Por otra parte, el problema de la traducción  estaría determinado por la figura de “Babel” que daría cuenta de  la diversidad de lenguas existentes y  por una suerte de reducto de “intraductibilidad” inherente a cada lengua, además de la relación entre significante y significado, forma y contenido, que se devela en  toda su complejidad en el ejercicio de la traducción. Por último, la tarea de traducir se asociaría con lo que Paul Ricoeur ha llamado laexperiencia de lo extranjero en la lengua. Estas serían, en términos simples y sucintos,  sólo algunas de las aristas que constituyen la trama que teje la problemática de la traducción. Todas ellas atravesadas por la tensión entre el texto original, el texto traducido y el lector;   por la oscilación de la traducción entre “dos amos”; por la relación de fidelidad y traición que sería propia de este ejercicio.

Walter Benjamin define “la mala traducción” como “…la  transmisión inexacta  de un contenido no esencial” (Benjamin, 1971: 128), integrando en esa definición la relación de dependencia que existiría entre el texto original, el texto traducido y el lector, haciéndose presente, en el proceso de traducción, como eco, la lengua extranjera.[1]

Esta perspectiva, también aparece en Paul Ricoeur al referirse a las “resistencias de la traducción”, al respecto señala: “Es que hay ‘resistencias’ a la traducción, resistencias que cabe subsumir en dos fuerzas igualmente potentes: por una parte, el etnocentrismo de la lengua receptora o traductora, su tendencia a la hegemonía cultural, su dificultad para decir al otro porque no puede dejar de decirse a sí misma; por otra, la inescrutabilidad del texto en lengua extranjera.” (Ricoeur, 2005: ) Y pese a ello, señala, la traducción existe.

Desde la perspectiva planteada, la tensión existente en la “resistencia de la  traducción” se daría, pensando en Mariátegui y su lugar de enunciación, en una suerte de viaje de ida y vuelta.  Por un lado,  existiría  una suerte de hegemonía de una lengua por sobre otra , dada la dificultad de decir al otro, tal como señala Ricoeur, pero al mismo tiempo, si  a ello le sumamos la tensión fundante de la cultura  latinoamericana , entre metrópoli y periferia,  dicha hegemonía  no sería sino un pliegue más de esa relación. Si bien la relación de hegemonía otorgada por la facultad de decir e interpretar al otro desde “mi propia lengua” existe, cuando ese ejercicio se realiza desde una situación periférica, esa posición hegemónica pareciera desarmarse, más aún si el ejercicio de esa lengua, que ya correspondería a una situación marginal, se realiza en condiciones subalternas.[2]

En la traducción siempre existiría una pérdida  que se inscribiría en una suerte de ejercicio de lo comparable,  entre lo que va de una lengua  a otra, de una cultura  a otra, a la vez que existiría en ella una “experiencia de lo extranjero”.  De esta manera, lo que Ricoeur denomina como resistencia  de la traducción sería, según sus propias palabras  “el rechazo solapado  de la experiencia de lo  extranjero por parte de la lengua receptora” (Ricoeur, 2005).De esta manera, abandonar el sueño de  una traducción perfecta, aceptando la “melancolía” por aquello “perdido”, sería “la confesión de la diferencia insuperable entre lo propio y/o lo extranjero. Es la experiencia de lo extranjero”

Este punto cobra especial relevancia, entonces , a la hora de delinear la figura de Mariátegui como traductor, ya que tal como lo señala Ricoeur existiría un proyecto ético en toda traducción, entendido como la hospitalidad lingüística que ella porta: la capacidad de acoger lo foráneo y dar pie, entonces, a la experiencia de lo extranjero[3]: “En el diálogo sobre la traducción que entabla entre otros con George Steiner, con Walter Benjamin, con Antoine Berman, pero sobre todo con el lector, Ricoeur tiene como norte la voluntad de comprender lo distinto, la necesidad de acercarse a la alteridad sin anularla ” , señala Patricia Wilson (Ricoeur, 2005)

III. El campo intelectual moderno: cosmopolitismo y traducción

Para comprender la relevancia que adquiere la figura de Mariátegui en la configuración del campo intelectual moderno, es necesario dar cuenta de algunos de los rasgos que lo definen. Hablamos de un campo intelectual en tránsito desde lo que entendemos como modernismo hacia la vanguardia, con lo cual no se pretende señalar que existiría  una suerte de continuidad cronológica o línea sucesiva exacta entre uno y otro movimiento, sino más bien  que es posible advertir cómo las configuraciones de los sujetos ligados a la producción artística e intelectual van modificando e incluso radicalizando sus estrategias en la medida en que se consolidan los procesos de modernización.

Es necesario recordar que el campo intelectual moderno estará signado por la sustitución de patronazgo por el mercado como modo de relación dominante, mercado con el cual escritores, intelectuales y artistas  tendrán una relación contradictoria; existiría  una  profesionalización del escritor, un afán de diferenciación dentro del mercado y el establecimiento de modos de inserción oblicua (Rama, 1985), como será el periodismo, cuestión que será particularmente en la trayectoria de José Carlos Mariátegui y su relación con publicaciones peruanas importantes como La prensa, Kosko, Colónida, etc., y la posterior y relevante Amauta.

Un punto importante a considerar  respecto del tema que nos ocupa, que vincula el paradigma de la traducción con “la experiencia del extranjero” y cómo se manifiesta en América Latina moderna es el cosmopolitismo, que aparece como un rasgo importante en la configuración del campo intelectual moderno. Una cita que resulta útil para dar cuenta de su importancia lo encontramos en Schwartz:
El observador autoconsciente: el hombre que no sólo mira la tierra sino que es  consciente de hacerlo, como experiencia en sí misma, y que ha preparado modelos sociales y analogías provenientes de otros ámbitos para apoyar y justificar la experiencia. Tal es la figura que necesitamos: no un tipo de naturaleza sino un tipo de hombre (Sarlo, 2003: 31)
De acuerdo a lo señalado por Schwartz, la importancia de las transformaciones urbanas producto de la modernización deviene en lo que nosotros conocemos hoy día como cosmopolitismo. El término cosmopolita no se limita a la experiencia personal del hombre o mujer cosmopolita, sino que se constituye como categoría cultural propia de la Modernidad y característica de expresiones como el Modernismo y la Vanguardia. Si bien el cosmopolitismo supone una apertura hacia otras culturas ello no significa que no esté presente en esa lectura, apropiación y atracción de referentes, la tensión metrópoli/periferia. Al mismo tiempo, advierte Schwartz,  no existe una homogeneidad en los modos en que asume ese modernismo, muestra de los cual serán los casos  de Darío y Quiroga.

En relación con el punto anterior, Beatriz Sarlo, en  el capítulo dedicado a Victoria Ocampo en su texto La máquina cultural, señala, a propósito de Sur:[4]
Quien monta y maneja la máquina de traducir nunca está en condiciones de percibir lo extranjero como amenaza a la identidad. La traducción es relativista y antietnocéntrica, por eso Sur puede ser acusada de extranjerizante y criticada por sucumbir a la enfermedad snob del cosmopolitismo. Pero el concepto mismo de  literatura europea sería imposible sin la traducción o quedaría limitado al círculo estrecho de una elite políglota. En el límite cualquier traducción democratiza. (Sarlo, 2001: 140)
 IV. La heterodoxia
«Ha recaído Ud. en el tropicalismo... La noté infectada de demagogia tropical, de absurdo sentimentalismo lamentable... Espero que se tranquilice... Es necesario para su salud. No se caiga en la izquierda o en el izquierdismo (zur­dismo le llamo yo) de los literatos de la revo­lución... Nos dice Ud. que escribió la carta afie­brado. No sabe cuánto lo siento, pero desde las primeras líneas lo supuse así (...) «Ud. está lle­no de europeísmo... Póngase en la realidad y trate de disciplinarse no con Europa revolucionaria sino con América revolucionaria» | Víctor Raúl Haya de la Torre, Respuesta a  Carta de José Carlos Mariátegui al APRA, 20 de Mayo de 1928)
«No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva.» | José Carlos Mariátegui con motivo del tercer aniversario de la revista Amauta)
 José Carlos Mariátegui nace el 14 de Junio de 1894, en Moquegua y muere en Lima el 16 de Abril de 1930. Su padre murió en 1907. Su madre, Amalia La Chira, “hija de un pequeño agricultor  y descendiente de un cacique asesinado por los  españoles durante La Conquista” se emplea con una modista para sostener a la familia. Mariátegui, de niño es herido en una pierna, y su larga convalecencia facilita la lectura, alimentando una formación de carácter principalmente autodidacta.[5]

Con quince años comienza a trabajar en La Prensa, publicación de carácter opositor a laRepública Aristocrática, en la que colaboraban destacados intelectuales como Valdelomar, Cisneros, Falcón  cuya cercanía influyó  en la formación de Mariátegui, quien hacia 1911 comenzara a publicar en este espacio sus primeros artículos de crítica política, por los que se hará merecedor de reconocimientos, alcanzado gran notoriedad como periodista. Hasta ese momento sus artículos se referían a política criolla, lo que hacia 1918 da un giro: “Desde 1918 (…), mareado por la política criolla…me orienté resueltamente hacia el socialismo…”(Massardo, 2011: 6)

La fecha de 1918 resulta clave  en la evidenciación  de las contradicciones de la sociedad peruana: “Es justamente  desde mediados de 1918 cuando afloran las contradicciones que venían incubándose en la sociedad peruana  a lo largo de los decenios  civilistas, portadores de la naturaleza esencialmente conservadora de su proyecto de modernización del Perú, manifestándose en la esfera política”. Se hacen evidentes, entonces, las contradicciones del capitalismo y su desarrollo en una sociedad en la que aún perviven los residuos coloniales. Al mismo tiempo, la fecha es crucial pues llegan a Lima los ecos de la Reforma Universitaria de Córdoba.

En junio de 1919, Mariátegui funda junto con Valdelomar y Vallejo, el diario Nuestra Época.  Posteriormente y después de colaborar en El tiempo[6], Falcón y Mariátegui  fundan el diario La Razón, por cuyas publicaciones serán perseguidos por el Gobierno de Leguía y la publicación será clausurada poco tiempo después. Relacionado con este episodio, Mariátegui viaja con una beca de estudios a Europa, residirá en Francia y también en Italia, país que marcará profundamente su formación intelectual.

La  experiencia en ciernes del fascismo, en la Italia de la primera posguerra[7], dadas su peculiares características y la relevancia de su propuesta estética, darán pie a una producción crítica aguda de la mano de intelectuales de gran relieve que serán claves en la reflexión teórica de José Carlos Mariátegui :

Entre diciembre de 1919 y junio de 1922 –reafirma Estuardo Nuñez– el viajero Mariátegui hizo tal acopio de experiencia  y captó tal intenso caudal de impresiones que resulta significativo que  su trayectoria posterior no pueda desprenderse, en los poco años que le quedaban de vida, de ese hálito de vitalidad y de inquietud recibido en tierra italiana (Massardo, 2011: 7). 

Especialmente importante resulta la visión del marxismo que se acuñará en esa Italia por parte de los intelectuales y el movimiento obrero,  y que Mariátegui conocerá y atraerá a través de sus lecturas de Croce, Sorel y Gobetti.

Ningún esquema, ningún a priori era ya aceptable para esta nueva cultura política naciente. La lectura de Marx que se instalaba en estas circunstancias no podía sino significar para los trabajadores italianos —y para Mariátegui con ellos—, construir su propio camino, apropiarse de su praxis en la significación cognitiva y política que ella porta; comprender la experiencia humana desde esta praxis como «el historicismo absoluto», como ese «humanismo absoluto de la historia» del que nos habla Gramsci, con el conjunto de consecuencias de orden metodológico y político que tal posición supone, reelaborando así desde estas nuevas condiciones lo que se conocía como «marxismo»...  (Massardo, 2011: 7)

Elementos que serán vitales en su formación política y periodística, en la que resuenan además  otras voces. Mariátegui es un traductor y vanguardista a la vez, un intelectual que piensa la situación del Perú, sus condiciones sociales y estructurales,  repropiándose y traduciendo las experiencias aprendidas en sus viajes, contaminándose por ella y a la vez cuidando especialmente la conformación de un modo de mirar la realidad latinoamericana que, sin negar de los aportes y aprendizajes obtenidos de sus viajes, resguardara su especificidad y el diálogo con la realidad peruana. Probablemente su trayectoria, su origen social y su carácter autodidacta más la temprana cercanía e intercambio con intelectuales peruanos, anterior incluso  a su experiencia en Europa, juegan aquí un rol central.

V. Los siete ensayos y su “Advertencia”

Son numerosos los textos de Mariátegui en los que encontramos  su huella como traductor, así lo atestiguan publicaciones como “La escena contemporánea”, “El artista y su época”, “Signos y Obras”, entre otros, en los que Mariátegui se refiere a diversos asuntos de su contemporaneidad que van desde la crítica literaria, cuestiones políticas o el asunto de la ideología, particularmente importante, en este sentido, pueden resultar los textos que escribe acerca de Italia y el fascismo, como asimismo aquellos textos en los que se evidencia su lectura acerca de otros autores, personajes  y problemáticas. Emprender la tarea de  buscar en ellos sus huellas  es una  labor de largo alcance. A modo de cierre  de este acercamiento me detendré en  comentar algunos aspectos  del texto que introduce Los siete ensayos sobre la realidad peruana, llamado  Advertencia.  

Dicha elección está  motivada por su   trascendencia en el campo intelectual peruano y latinoamericano, en general, y por tratarse de un texto en el que es posible reconocer,  claramente, un posicionamiento del escritor respecto de conjunto de actores sujetos,  mediaciones y resistencias en las que se verá inserto el texto producto de su publicación y circulación.

Los siete ensayos sobre la realidad peruana aparecen en noviembre de 1928 y en él se incluyen artículos relacionados con  economía, literatura, indigenismo, educación, referidos a la realidad del Perú. El texto introductorio escrito por J. C. Mariátegui  recibe el nombre de Advertencia. Ante tal título es posible preguntarse: ¿por qué  escribir un Advertencia?, ¿cómo se lee una Advertencia?  Las respuestas a estas preguntas tienen relación con la conciencia de Mariátegui de tomar posición respecto del campo intelectual en que se inserta, aparecen, entonces, de manera clara instituciones como la crítica, el público lector  y las condiciones de circulación de la obra. En este sentido se trataría de un texto de carácter programático, una estrategia de posicionamiento frente al mercado, que por lo demás asume un tono  más radical que la inserción oblicua modernista en la prensa, en este sentido,  la ediciones alternativas o autoediciones revelan un modo más radical de posicionarse frente a los modos  de circulación hegemónicos en el campo cultural. Por otra parte, también una advertencia es un guía de lectura, en ella se presentan algunas claves importantes respecto  de cómo debe leerse y comprenderse el texto, al tiempo que existe en ella una configuración del sujeto que mediatiza la relación entre autor y lector, a través de la configuración de un sujeto de enunciado que se configura  en el texto como sujeto político,  asumiendo la resistencias a sus textos e ideas, su influencia y sus objetivos políticos.

Lo anterior se expresa en el texto, en  una dimensión autorreflexiva  acerca de la escritura en la que se define el texto como un conjunto de ensayos (con lo cual se vincula a la larga tradición del género en la Modernidad como vehículo privilegiado  para la  expresión de ideas y crítica), de carácter permanentemente abierto e inacabado:

Volveré a estos temas cuantas veces me lo indique el curso de mi investigación y mi polémica. Tal vez hay en cada uno de estos ensayos el esquema, la intención de un libro autónomo. Ninguno de estos ensayos está acabado: no lo estarán mientras yo viva y piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado.”, lo cual  da luces acerca de cómo se entiende  el trabajo mismo de la escritura  y se comprende el lugar del lector: “Por otra parte, está bien que aparezcan antes que mi nuevo estudio. De este modo, el público que me lea se habrá familiarizado oportunamente con los materiales y las ideas de mi especulación política e ideológica. (Mariátegui, 2007: 5-6).

El carácter programático del texto se  articula con la configuración del sujeto del enunciado de los “Siete ensayos”·, en este sentido hay un programa respecto de la escritura, respecto de la vida y respecto de cómo José Carlos Mariátegui se considera en tanto intelectual, escritor y crítico. Lo anterior se expresa  claramente en el siguiente párrafo:
“Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones. Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano. Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario.” (Mariátegui, 2007: 6).
Su toma de posición es políticamente definida, tiene como horizonte  el  socialismo peruano, lo cual se constituye como motor de su escritura, escritura que, de acuerdo a lo que plantea el autor en el texto, no pretende inscribirse en el circuito académico, sino en el de una práctica política revolucionaria.

Respecto de la traducción, existen varias referencias acerca de ella en el texto. Lo primero que aparece con mucha fuerza, ya que es el epígrafe del escrito y define su posicionamiento como escritor, es Nietzsche, en una referencia textual a su libro: El viajero y su sombra, de 1879. Cita que será retomada en la apertura del texto. La cita señala: “Yo no quiero leer a un autor en quien se advierta que ha querido hacer un libro. Ya no leeré más que aquellos cuyas ideas se conviertan inopinadamente en un libro”.[8]

La anterior referencia es reformulada a lo largo de esta “Advertencia”:
“Muchos proyectos de libros visitan mi vigilia; pero sé por anticipado que sólo realizaré  los que un imperioso mandato vital me ordene. Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de -también conforme un principio de Nietzsche- meter toda mi sangre en mis ideas.”
De esta manera se delinea el proyecto escriturial y vital de  Mariátegui que se incluye o contribuye en la configuración del objetivo político de la consecución del socialismo en Perú. Lo político se configura en Mariátegui con  el influjo intempestivo de Nietzsche, junto con la necesidad de unir escritura y vida, relevándose la importancia de la praxis en conformación como intelectual. De esta manera,  Mariátegui dice que debe ser leído descorriendo el velo de la ortodoxia marxista: dejando espacio para  leer en el los rastros de Nietzsche y su obra, como también de otros influjos y que perfilarán la  heterodoxia y consecuente radicalidad de su pensamiento. Lo anterior también se expresa cuando plantea:
Toda esta labor no es sino una contribución a la crítica socialista de los problemas y la historia del Perú. No faltan quienes me suponen un europeizante, ajeno a los hechos y a las cuestiones de mi país. Que mi obra se encargue de justificarme, contra esta barata e interesada conjetura. He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales. Sarmiento que es todavía uno de los creadores de la argentinidad, fue en su época un europeizante. No encontró mejor modo de ser argentino (Mariátegui, 2007: 6)
De esta manera vemos cómo la traducción, entendida como  figura de la experiencia de lo extranjero –con su respectiva ética de la hospitalidad,  de acuerdo a los planteamientos de  Ricoeur–como reelaboración, resignificación y a la vez como figura de  identidad, en tanto diferencia, es un elemento central a la hora de pensar a José Carlos Mariátegui, intelectual orgánico y a la vez heterodoxo y radical. Si la heterodoxia de su pensamiento es lo que constituye su radicalidad y posibilita su planteamiento “original” e (in) dependiente respecto del Perú es porque en ella se  encuentran las huellas de  otras referencias y referentes, europeos, que al ser integrados a una perspectiva que pretende pensar la realidad peruana, sin negar su importancia y sus aportes, permiten pensar la realidad latinoamericana considerando los matices, tensiones y complejidades de su formación heterogénea. Ello es lo que permite pensar un marxismo que convive con prácticas de religiosidad popular o un marxismo que intenta hacerse cargo de la problemática indígena planteándose críticamente respecto de los idearios nacionales hegemónicos de la América Latina de comienzos del siglo XX y que dialoga con prácticas culturales diversas y vanguardistas.

En la conformación de esa heterodoxia se hacen presentes las huellas de la traducción,   y en  la forma programática de asumirlas, su radicalidad.

VI. Algunos comentarios finales

En este acercamiento a  la problemática de la traducción en Mariátegui he intentado dar cuenta de la complejidad que su estudio requiere, dadas las múltiples variables que en ella se entretejen, la heterogénea y heterodoxa producción crítica de Mariátegui y su disonante constitución como intelectual.

Al intentar delinear la figura del traductor en José Carlos Mariátegui, se fueron superponiendo  en mi ejercicio de escritura y reflexión respecto de ella, capas y ámbitos diversos. De esta manera, el itinerario de la reflexión abordó o rozó las problemáticas de la traducción relacionándola con cuestiones “universales”, como la naturaleza de las lenguas y su diversidades, la relación entre traducción y lectura, traducción y narración, la traducción y lo extranjero, etc. Sin embargo, al momento de tratar de actualizar dicha reflexión en la figura de José Carlos Mariátegui se hicieron presentes otras tensiones propias del contexto latinoamericano en que se inserta su producción. Aparecieron ahí las problemáticas propias del campo intelectual latinoamericano moderno, la tensión metrópoli- periferia, el cosmopolitismo, la subalternidad y la pregunta acerca de cómo esa traducción se plasmaba en un pensamiento de carácter liberador y  original respecto de las realidades de “Nuestra América”.

Surgen así otras preguntas referidas entonces principalmente a cómo pensar una teoría  de la traducción para las figuras latinoamericanas, que integre las complejidades propias de su conformación cultural. En ella, me parece, habría que incluir las condiciones de producción y recepción y circulación de los textos y obras, así como también las características de los campos intelectuales “traductores” y “traducidos” y la relación que existe entre ambos. Pero también dar cuenta de las posiciones disonantes dentro de un campo intelectual, ya que no es lo mismo traducir a un autor o una obra inserta de lleno en el canon moderno occidental, a quienes se plantean o posicionan crítica,  marginal o contrahegemónicamente respecto de él. En este sentido y tal como se enuncia en este texto, así como sería posible pensar desde la subalternidad el ejercicio de la traducción en Mariátegui, y también en la misma Victoria Ocampo (aunque por razones diversas),   es probable pensar que la traducción de  autores  como Kafka, situados liminarmente respecto del la lengua alemana, adquiere otras complejidades. Esa disonancia y ese carácter es probablemente uno de los sellos de quiénes son los pensadores, obras y realidades “traducidas” por Mariátegui.

Por otra parte, y considerando las características materiales propias del campo intelectual latinoamericano,  aparecen también otras problemáticas, por ejemplo, la difusión y la traducción  (“literal”) de los pensadores críticos  por quienes manifiesta interés Mariátegui es escasa, por lo cual  conoce a estos autores, obras e ideas en la versión de otros intelectuales; tal es el caso del marxismo que es conocido por Mariátegui  a través de la lectura de José Ingenieros. Este primer conocimiento actúa como una suerte de prisma  que influye a la hora de conocer –de primera fuente esta vez– y experimentar la teoría marxista más crítica en Italia, por lo tanto, este proceso mediatizado por la posibilidad  del acceso a las obras, incide en cómo es leída y traducida esa realidad. Otro ejemplo relativo a cómo se actualizan las tensiones inherentes a todo proceso de traducción en este contexto, tiene relación con la existencia de otras formas de  transmisión cultural presentes  en América  Latina, como la oralidad, que coexiste con la palabra escrita y la cultura letrada. ¿Cómo incide ella al momento de transmitir aquello existente en Europa? ¿Cómo se traduce para Latinoamérica contemplando esa diversidad de formas, paradigmas  y modos de producción cultural?, preguntas en las que resultan particularmente relevantes de considerar los aportes de Ángel Rama en sus textos  “Transculturación narrativa en América Latina” y La ciudad letrada.

De acuerdo con la perspectiva y elementos señalados, considero que  aquello denominado por Paul Ricoeur como la experiencia de lo extranjero, que sería propio y necesario  en/ para toda traducción se actualiza en un lugar de enunciación signado por su condición extranjería y de extrañeza respecto del paradigma cultural occidental moderno ilustrado y letrado. Es esta la razón por la que aparece como una necesidad central al abordar la problemática reseñada en este texto, la creación de una suerte de “caja de herramientas” que permita leer esta problemática en forma específica, considerando la complejidad de la trama cultural en América Latina y su múltiples tensiones que, por supuesto, atraviesan la figura de  José Carlos Mariátegui su obra y  sus lecturas.

Bibliografía

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Benjamin, Walter. (1971) “La tarea del traductor”, en Angelus novus. Buenos Aires: Edhasa.
Bordieu, Pierre. (1995) Las reglas del arte. Barcelona: Ed. Anagrama,
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Massardo, Jaime: “El lugar del pensamiento de José Carlos Mariátegui en la exploración crítica  de las formaciones sociales de América Latina”. Documentos de Trabajo, Valparaíso: Universidad de Valparaíso, Facultad de Humanidades, Instituto de  Historia y Ciencias Sociales, Magíster en Historia con Mención en  Historia de Chile y América, 2011.
Mariátegui, José Carlos. (2007) Siete ensayos sobre la realidad peruana. Caracas: Ayacucho.
Piglia, Ricardo. (2005) El último lector. Barcelona: Anagrama.
Rama Ángel. (1985) Ruben Darío y el modernismo. Caracas: Alfadil ediciones.
Ricoeur, Paul. (2005) Sobre la traducción. Buenos Aires: Editorial Paidós.
Sarlo, Beatriz (2001). La máquina cultural: maestras, traductores y vanguardistas.  La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas.
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Williams.Raymond. (2005) “The Country and the City” en Sarlo, Beatriz, Una modernidad periférica. Bs. Aires Hachette.

Notas

[1] Es necesario señalar que en la perspectiva de Walter Benjamin, la traducción está directamente vinculada a la concepción de lengua pura, de esta manera todas las lenguas nos serian sino  una suerte de traducción de esa lengua pura, común y que manifestaría una relación indisoluble con la verdad. De esta manera,  existiría en todas las lenguas una huella de algo intraducible, que  se manifiesta nuevamente en cada lengua como una suerte de “derecho propio”.  También es importante destacar que en La tarea del traductor cobra  una particular importancia la forma, ya que en ella se manifestaría la esencia de  lo que se quiere transmitir, cuestión que se deja ver en la ya citada definición de “mala traducción”.  Sin embargo, y por razones de pertinencia para este trabajo, no nos  detendremos en los alcances e implicancias de estas propuestas.
[2]  Por motivos de acotación del texto no desarrollaré este punto en este trabajo, sin embargo, creo que la perspectiva de Antonio  Cornejo Polar, sostenida en textos como  permitiría sostener la posibilidad de una condición subalterna en la práctica de la lengua y de la traducción, como también podría ser interesante considerar, en esa misma perspectiva los planteamientos de José Rabasa, sobre la posibilidad que tiene el sujeto subalterno americano desde la Colonia de habitar en diversos mundos y trasladarse de uno a otro, también con la idea del migrante,  en los que se refiere  a la posibilidad de habitar mundos lingüísticamente diversos y a  la traducción como una estrategia de sobrevivencia.
[3] Desde la perspectiva de  Benjamin y la relación con lo “extranjero” y las figuras de  “lo lejano” y la experiencia, sería posible establecer  un vínculo entre esa relación de lejanía,  la narración y la traducción. Pero también es posible establecer  una  relación más general entre  traducción y narración, en tanto traducir, al mismo tiempo que implica leer y también implica narrar. Contar algo, con la propia lengua, es también un acto de escritura. Y la dimensión narrativa de la traducción en tanto  relato de la experiencia de lo extranjero podría tener  especial relevancia  para el estudio de la figura de Mariátegui, con todo el espesor que tales conceptos (el de narración y traducción) portan.
[4] Podemos establecer una relación en este sentido, una suerte comparación y analogía, en el ejercicio de la traducción, su relación con el cosmopolitismo y  su relevancia para la configuración del campo intelectual  latinoamericano moderno,  entre José Carlos Mariátegui y Victoria Ocampo. Sin embargo, las diferencias en sus trayectorias vitales,  los modos en que constituyen su lugar de enunciación, son vitales en la articulación de sus programas intelectuales y, por supuesto, en los modos en que se “ejerce” la traducción. Una clara muestra  de ello lo constituye,  la relación con  el español, como supuesta lengua de origen que en el caso de Ocampo, será adquirida en términos  escritos, como una segunda lengua,  ya que su primera lengua  escrita fue el francés. Lo anterior, más el encuentro con otras lenguas permitió a  Ocampo una facilidad especial para comunicarse con el mundo europeo, pero, a la vez, significa una suerte de orfandad, de ausencia  de una lengua de origen, lo cual  se expresaría en la relación contradictoria que tenía con el español y el francés, idioma que siguió privilegiando, hasta su muerte, en  la escritura, lo cual, sin duda,  modela la forma en que Victoria Ocampo  se enfrenta y dialoga con las otras culturas y lenguas. 
[5] Pierre Bordieu define el habitus como: “El conjunto de disposiciones socialmente adquiridas e inscritas  en la subjetividad de los miembros  de un mismo grupo o clase”. En su conformación intervendrían diversas mediaciones (como la familia o la escuela), pero no sería integrable  al  concepto de ideología. En este sentido el  habitus se constituiría  como un esquema de percepción y acción común  a una comunidad,  y a través de él interiorizaría las estructuras sociales objetivas. El habitus se constituiría de acuerdo a esto   como  matriz de toda objetivación, integrando en ella toda  forma objetivada a los discurso. El habitus sería flexible y presentaría  variables, pues si bien existirían habitus transversales[5] , también los habrían individuales, irreductibles a lo genérico y que se expresarán  en características como el estilo de un  escritor.  Sin embargo, el habitus, por sí solo,  no explicaría  la posición del escritor en el campo intelectual, sino que señala  las condiciones que habrían posibilitado su adopción, pues es en el proyecto literario propiamente tal (ya que integra las variables transversales e individuales), entendido como el ajuste entre ese habitus y las estructura y problemática del campo intelectual en el  que se inserta, donde podríamos encontrar mayormente las claves para su determinación.  En este punto es donde encuentra cabida la trayectoria vital de Mariátegui respecto de cómo se configura su proyecto escritural y cómo se posiciona su figura de traductor.
[6]  Es preciso hacer notar los nombres de  estas publicaciones que claramente se sitúan desde el imaginario moderno, recalcando la importancia  de una reflexión acerca de La historia y la importancia del momento presente como momento de transformaciones: la exaltación del presente, la celebración de lo nuevo, rasgos distintivos de la experiencia de la Modernidad.
[7] Resulta interesante pensar cuáles son los elementos propios del desarrollo de  Italia hacia el fascismo, considerando su tradiciones culturales y políticas, que permiten el surgimiento de miradas críticas  signadas por su heterodoxia y radicalidad, como es el caso de Benjamin y el propio Mariátegui. Las figuras claves  parecieran ser Gramsci  y  Croce, sin embargo,   podríamos preguntarnos acerca  de cuáles son los elementos específicos del fascismo italiano  cuya experiencia resulta tan clave para los pensadores políticos modernos.
[8]  La cita  original publicada como epígrafe a Los siete  ensayos, dice así: “Ich will keinen Autor mehr lesen, dem man anmerkt, er wollte ein Buch machen; sondern nur jene, deren Gedanken unversehens ein Busch werden.” Nietzsche, Der Wanderer und sein Schatten.
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Not@s sobre Marx, Engels y el marxismo

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