"No hay porvenir sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx: en todo caso de un cierto Marx: de su genio, de al menos uno de sus espíritus. Pues ésta será nuestra hipótesis o más bien nuestra toma de partido: hay más de uno, debe haber más de uno." — Jacques Derrida

19/11/14

Valores, precios y mercados en el postcapitalismo | Una interpretación de la concepción económica del comunismo en Marx (I & II)

Karl Marx ✆ Guillermo Martina 
Diego Guerrero   |   En el debate teórico y político sobre la posibilidad y necesidad de una revolución social en la actualidad, y en particular sobre las características de la transición desde una sociedad capitalista hasta el socialismo y el comunismo, tienen que intervenir toda una serie de consideraciones que en este trabajo se dejarán voluntariamente de lado, para centrarnos sólo en un aspecto de la cuestión. No ignoramos que de la teoría a la práctica hay mucho trecho y que en la realidad las cosas aparecen siempre entremezcladas y formando parte de un sistema que las engloba y hace que ninguna de ellas opere con independencia de las demás, por todo lo cual el análisis se vuelve mucho más complejo. Pero como aquí sólo pensamos realizar un trabajo teórico con la idea de establecer ciertas premisas para posteriores investigaciones (o debates, o comportamientos), pensamos que es legítimo usar un método aproximativo del problema, el usual en la investigación científica, que consiste en abstraer un solo aspecto del problema para, en un primer momento, centrar el foco de atención sólo en él, suponiendo que las otras dimensiones del problema están dadas, por así decir, y no ejercen influencia sobre ese único aspecto de la cuestión elegido para el análisis. Como todos sabemos que esto no es cierto en la práctica, es evidente que ninguna de las conclusiones obtenidas en un trabajo de esta naturaleza puede tomarse como un resultado teórico definitivo, sino tan sólo como algo provisional y pendiente de posteriores puntualizaciones o modificaciones. 

Es decir, sean cuales sean las conclusiones que se extraigan de este artículo, estas sólo servirán como un paso intermedio dentro de una reflexión que se desea abrir pero que no puede acabar ahí y sólo puede tener sentido si es complementada con pasos subsiguientes de acercamiento al problema, en los que se vaya introduciendo los diversos aspectos que, provisional y conscientemente, aquí se dejaron de lado.

Introducción

Antes de comenzar con la reflexión sobre  varios aspectos de la organización económica de una sociedad postcapitalista, se impone realizar  otra consideración preliminar. El enfoque que utilizaremos en nuestro análisis se inspira en la teoría de Marx, pero lo hace de la única manera legítima en que creemos que es posible hacer esto, es decir, presentándolo al mismo tiempo como una determinada interpretación personal que el autor ofrece de esa teoría, sin pretender que sea la única posible1; interpretación que en nuestro caso adopta el punto de vista político que el autor llama comunista. Por consiguiente, lo que aquí nos preocupa es la reflexión sobre la transición desde el capitalismo al comunismo, no al socialismo, en el bien entendido de que el comunismo es algo más que el socialismo.

Siguiendo las pistas del propio Marx, entenderemos que hay dos fases en la sociedad comunista, de forma que si llamamos «comunismo puro» a la segunda de ellas (y la representamos por C-II), podremos decir que centraremos nuestro análisis en el «comunismo de transición» (que representaremos por C-I), que es precisamente aquello a lo que se refería Marx cuando escribía que esta última sería la sociedad comunista «tal como surge de las entrañas de la sociedad capitalista» (nuestra C-I) y no tal y como se manifiesta una vez que puede desarrollarse «sobre su propia base”2 (nuestra C-II). En principio, no hay mayor inconveniente en llamar también «socialismo» a C-I, tal como se hace habitualmente. Pero creemos preferible llamarlo comunismo de transición por dos razones: primero, porque así queda expresamente dicho que se trata de un paso intermedio hacia algo que hay más allá; y, segundo, porque se evita con ello una parte de la confusión que aquejan al término «socialismo», cuyo uso está asociado hoy en día con los más diversos postulados teóricos y políticos, algunos de los cuales son de índole claramente procapitalista y no superadores del capitalismo.

Con esto empieza a aclararse el «punto de vista comunista» del autor: lo que habitualmente se conoce como la «transición hacia el socialismo» no es más que el corto paso que va del capitalismo a C-I (corto, porque si se alarga demasiado, ese mismo hecho será señal de que el paso en realidad no se ha dado, que no se ha logrado salir de las entrañas del capitalismo). Pero este paso no es lo esencial, al menos para nuestro análisis. Y lo que pretendemos es, por una vez, mirar más allá de él, con la esperanza de que esa mirada nos ayude a comprender mejor la realidad a la que aspiramos y nos ofrezca nueva luz sobre cómo abordar la lucha por ella en el presente. Para Marx, ese paso, que debe por supuesto darse en forma revolucionaria, es «un parto», algo que acontece de forma más o menos rápida. Pensamos que la auténtica transición es la que define la evolución desde C-I en dirección a C-II, y prestar atención al análisis de las vías de construcción y organización económica de la sociedad comunista es algo que no se suele hacer pero ayudará a entender mejor los dolores del parto revolucionario3. Esto es importante porque cuando muchos analistas insisten en la importancia de la «fase de transición hacia el socialismo» puede que en realidad estén simplemente aconsejando que el parto mismo sea tan lento que, de llevarse a la práctica tal consejo, la criatura ya nazca muerta.

Más allá de los socialistas que no lo son –los que tan pacíficamente conviven con las estructuras de la sociedad capitalista, preocupados acaso tan sólo por la apariencia cosmética de ese sistema–, hay todavía muchas clases de socialistas y comunistas, de diversas tendencias, bien intencionados y deseosos de superar de verdad la sociedad capitalista. No me atrevo a decir, y mucho menos en un trabajo como este, qué estrategia, qué conducta o qué planteamientos prácticos son los más adecuados para la actividad de los individuos y organizaciones de todo tipo que se autodenominan socialistas o comunistas. Si acaso, aquí sólo cabe aprovechar la oportunidad para lamentarse de la falta de unidad que caracteriza a todos cuantos nos movemos dentro de esos referentes políticos, pues cada grupo y cada pensador individual, sea o no un intelectual, harían bien en tratar de comprender al otro, empeñándose en una batalla sin fin por superar las diferencias teóricas que nos separan. 4 Además, es importante ser conscientes de que no siempre se da una correspondencia entre el punto de vista político y el punto de vista teórico. Más a menudo de lo que se cree, lo que hay es más bien una típica falta de correspondencia, de forma que puede verse a «enemigos» políticos (dentro del ámbito socialista-comunista al que nos referimos) que utilizan un punto de vista teórico más afín al propio que lo es el de personas y colectivos políticamente más cercanos 5.

En nuestra opinión –y esto tiene especial trascendencia aquí por el ámbito geográfico y político en el que se desarrolla este Coloquio latinoamericano–, esto es lo que ocurre en un caso particular al que nos vamos a referir enseguida. Digamos que, sin entrar a valorar directamente la posición política del importante asesor del presidente Chávez que es el profesor Heinz Dieterich, en la sección I de este trabajo revisaremos detenidamente los fundamentos teóricos de dicha posición, o al menos de sus propuestas políticas más difundidas, así como los de lo que él mismo considera sus «escuelas» de referencia, la de Bremen especialmente, pero también la llamada «escuela escocesa» 6.

Avancemos únicamente que lo que se presenta en los escritos de este autor –que muchos comentaristas consideran erróneamente un desarrollo de la teoría de Marx– no es realmente compatible con la auténtica teoría de Marx, y en especial con su componente fundamental, que es su Teoría laboral del valor. Como la reflexión sobre la organización económica de la sociedad postcapitalista se hace recaer, como no podía ser de otra manera, sobre las categorías básicas que utilizan y tienen que utilizar todas las teorías del valor existentes –estamos refiriéndonos a los conceptos de «valor», «precio», «dinero», «mercado»…–, el lector comprenderá que es de importancia decisiva saber si las categorías que se utilizan corresponden a la teoría A o pertenecen más bien a la teoría B, la C o la que sea. Si no se hace así y eso queda envuelto en una neblina de confusión, si no se hace la mayor claridad posible en ese terreno, difícilmente se podrá contribuir adecuadamente a la construcción de esa nueva economía, entre otras cosas porque los que participen prácticamente en dicha construcción no podrán saber realmente en qué clase de edificio están trabajando y ni siquiera en qué dirección lo están levantando.

Este trabajo pretende ser más específicamente un intento de contribución a la importante tarea de deshacer esas neblinas y aportar claridad sobre la estructura y forma del edificio que quieren construir los comunistas.




II


De la demanda agregada a la oferta agregada y el empleo

Si ahora pasamos a las otras secciones características de los Informes macroeconómicos actuales, podemos empezar por la descomposición de la demanda agregada capitalista:
Y = C + I + G + (X–M),
donde Y = demanda agregada (del mismo valor que la renta nacional), C = consumo privado, I = inversión privada, G = demanda pública1, X = exportaciones y M = importaciones. Supongamos que la estructura porcentual de esa demanda total es, como media, de C = 60%, I = 25%, G = 15% y (X–M) = 0%. Por lo que hasta ahora hemos dicho de la nueva distribución de la «renta» y la riqueza, es obvio que, aunque se mantuvieran esos mismos porcentajes en la sociedad C–I, las cosas pueden cambiar radicalmente. Pero analicemos los otros cambios previsibles.

Para empezar, el consumo privado estaría distribuido ahora de forma igualitaria, de manera que a cada trabajador y su familia le correspondería la misma participación en el total que a los demás, lo cual no significa que el destino de esa capacidad sea el mismo o más uniforme para todos ellos; al contrario, al estar ahora en una situación democrática e igualitaria, cada familia estará en condiciones de ejercer con una libertad mayor sus verdaderas preferencias, las que resultan del principio democrático de su distribución entre la población, no del plutocrático, de forma que cada una podrá proveerse de los bienes y servicios que más se conformen a sus gustos. Como no habrá familias con alto poder adquisitivo por comparación a la media, los bienes de lujo tenderán a desaparecer del panorama de la producción.

Evidentemente, este cambio en el consumo privado, al ser este el elemento más importan­te cuantitativamente de la demanda, tendrá una influencia decisiva sobre la estructura de la producción, que necesariamente se modificará, como ya se ha apuntado en parte. Pero lo mismo ocurrirá con la producción si cambian los otros componentes de la demanda agregada, que ahora sí –pero no en el capitalismo– estarán de­terminados en último término, todos ellos, por las necesidades de la población y no de la acu­mulación de capital.

Veamos cómo afectará el cambio en las pautas de consumo y demanda a la producción (la oferta). Si ya no se pueden «comprar» Rolls Royces, ninguna empresa podría venderlos tampoco, por lo que los fabricantes de este bien y de tantos otros similares tendrán que reconver­tir su aparato productivo hacia la producción de otro tipo de bienes. En los casos en que ello no sea posible, el cambio social obligará a cerrar esa empresa, y sus antiguos trabajadores deberán encontrar un puesto de trabajo distinto en otro sitio. En principio, esta posibilidad de desapa­rición de puestos de trabajo podrá parecerles a muchos un residuo de la sociedad capitalista y un regreso a la amenaza del «desempleo». Pero eso sólo ocurre porque los esquemas mentales antiguos están tan arraigados que algunos se­guirán viendo siempre a los trabajadores como si fueran los antiguos asalariados dependientes del mercado de trabajo capitalista. No se dan cuenta de que los mercados de trabajo habrán desapa­recido en esta nueva sociedad, y en ella el hecho de que se cierre una empresa ya no implica en absoluto, para ningún ciudadano implicado en esa eventualidad, cambio alguno en su derecho y deber de trabajar, así como tampoco en su ca­pacidad de acceso igual al consumo descentrali­zado y centralizado.

Ningún cambio en la estructura productiva generará ya un auténtico desempleo. Global­mente, la pérdida de empleo en una empresa o en un sector será compensada con aumentos en otras empresas o sectores. Pero a nivel des­centralizado, hay que perfilar más. En primer lugar, en un sector donde la producción global resulte excedentaria como consecuencia de un desplazamiento de la demanda desde ese sector a algún otro, la tendencia a la caída in­mediata del «precio» puede ser sólo el prólogo de mayores problemas para algunas empresas del sector, pudiéndose llegar incluso al cierre de las empresas menos eficientes. Si realmen­te se quiere mantener la eficiencia económica, los costes deben computarse correctamente, de forma que estos costes laborales de quienes están en transición entre un puesto de trabajo y otro se tendrán que asumir y trasladar a los precios de alguna empresa (salvo que se decidan «socia­lizar» en forma de gasto a cargo del presupues­to público, G). Conocida la duración media del periodo de ajuste (entre un empleo y otro) para un trabajador que cambia de empresa, siempre se puede atribuir los costes laborales de esos trabajadores durante ese periodo a la empresa en la que han dejado de trabajar. O bien repar­tir según una regla conocida de antemano por todos, esos costes entre la empresa que despide y la empresa que resulte ser la contratante, que en este sistema no tiene ningún incentivo para contratar a otros trabajadores a un coste inferior, por la sencilla razón de que no existen. O, como tercera posibilidad, hacer intervenir además un fondo específico centralizado como una nueva manera de flexibilizar el método anterior.

En cualquier caso, además, si la economía convierte en redundante una parte del trabajo social, la respuesta no será el desempleo, como en el capitalismo, y por tanto la amenaza sobre las condiciones de vida del trabajador y su familia, sino algo tan opuesto a eso como es la redistribución del empleo total de la sociedad de acuerdo con el principio de reducción del tiempo de trabajo medio para cada trabajador.

Cabría preguntarse si la existencia de un me­canismo de ajuste como este no significa real­mente la pervivencia de las relaciones mercanti­les que se pretenden superar, puesto que ahora estamos hablando nada menos que de la fuerza de trabajo, cuya mercantilización en el capita­lismo habíamos considerado el elemento defi­nitorio de este último sistema. Ya hemos dicho que, en nuestra opinión, nada de eso ocurre. En primer lugar, en esta economía operan las fuerzas de la planificación centralizada y de la descentralización al mismo tiempo. El problema es que se ha tendido a ver en ambos mecanismos una contraposición o polaridad irresoluble, un antagonismo que necesariamente se debe resol­ver con el dominio de uno de ellos sobre el otro y el sometimiento de este al primero. Pero en la nueva sociedad,3 ambos mecanismos pueden co­laborar sin imponerse el uno al otro4, en primer lugar porque los que trabajan en la planificación central tendrán tanto interés en conseguir los mismos objetivos que quienes trabajan en la esfera de la «planificación descentralizada».

La expresión «planificación descentraliza­da» puede sorprender al principio, pero no si se reflexiona un poco sobre ella. Todo el mundo sabe que en el capitalismo las empresas plani­fican, sobre todo las grandes pero también las pequeñas (aunque se haya tendido a enfatizar esta conducta en el caso de las primeras). Pues bien, el que ahora exista un órgano planificador central no elimina el campo ni las posibilida­des de planificación individual por parte de las empresas comunistas. Todas ellas querrán adap­tarse a la demanda real y por tanto producir de acuerdo con las necesidades vitales y sociales de la población, y todas serán conscientes de que la estructura del consumo privado y familiar de­terminará además la estructura de la demanda de inversión, y que ambas cosas se producirán una vez definida previamente la esfera de la demanda pública (G)5. Pero una vez que la so­ciedad decida en qué porcentaje se distribuirá el producto global entre esos varios componentes, el margen que queda para la decisión descentra­lizada es todavía enorme.

Las empresas saben que producen para la sociedad –ahora sí, no en el capitalismo–, para cubrir las necesidades de la población de la mejor manera posible. Saben que la población va a decidir, dentro de su capacidad de compra global, si consume el producto A o el B, o más del uno o del otro. Si la gente cambia de gustos y pasa de preferir A a preferir B, las empresas tendrán que reorientar su producción de A a B. ¿Cómo se conseguirá que las empresas lleven a cabo esa reorientación productiva? ¿Tendrán que esperar a que lo decida el planificador central? ¡No! ¿Qué necesidad hay de que sea así cuando la información se puede transmitir directamen­te a las empresas a través de las preferencias6 que las propias decisiones de consumo expresan?

En realidad, no hay ningún problema para que las empresas comunistas imiten el meca­nismo de la «Mano invisible» típico del capitalis­mo, sin que ello suponga un riesgo de caer en el capitalismo. Esto quiere decir que los gesto­res–planificadores de las empresas, que serán los propios trabajadores (aunque sometidos a las restricciones que se les impone desde fuera), pueden planificar la producción con todas sus consecuencias, fijando la cantidad producida al nivel en que, a priori7, piensan que el excedente (lo que queda tras asumir y computar todos sus costos de producción a esos precios contables, que a su vez querrán minimizar) será máximo. Así como en el comunismo habrá plustrabajo pero no plusvalor, habrá también maximización del excedente aunque no haya maximización del beneficio y la explotación. Y, lo que es más importante, aunque se querrá maximizar el ex­cedente en cada empresa, ello no se deberá a que las empresas sigan dominadas por la fuerza compulsiva de la acumulación por la acumula­ción misma –compulsión que caracterizaba al capitalismo y sólo significaba la voluntad y a la vez necesidad para cada capitalista de incremen­tar el crecimiento de su propiedad a la máxima velocidad posible–, sino que se hará como el medio y la garantía de conseguir la máxima efi­cacia posible en la producción. ¿Por qué y quién iba a querer acumular por acumular si ya nadie puede contratar trabajadores a su servicio ni en­riquecerse a su costa, y nadie puede «ganar» ni consumir más que los demás?

Repitamos una vez más la misma idea. La eficacia o eficiencia en sí es algo positivo que todo agente económico en el capitalismo debe buscar, y por tanto también en el terreno de la producción. El problema no es la búsqueda de la eficiencia sino el tipo de eficiencia que se buscaba en el capitalismo. En ese sistema la eficien­cia estaba inseparablemente ligada a la obten­ción del máximo grado de explotación posible del trabajo por el capital, y en consecuencia a la prolongación e intensificación de la jornada de trabajo de la mayoría, el uso del mercado de trabajo y el desempleo como mecanismo regu­lador, y, en definitiva, todo lo que hacía posible la creciente polarización de la sociedad (la «ley general de la acumulación capitalista»: Marx, 1867). La eficiencia capitalista iba dirigida a la maximización de la plusvalía absoluta y relativa. La comunista se dirigirá a la maximización de lo que podríamos llamar, parafraseando los térmi­nos anteriores, «plustrabajo relativo», y a la vez a la disminución del «plustrabajo absoluto». Por eso, en esencia, el resultado final era que en el capitalismo la mayoría tenía que trabajar dema­siado para que unos pocos trabajaran demasia­do poco, y a la vez que los primeros tenían que renunciar al tiempo libre y el ocio enriquecedor, que quedaba convertido en el auténtico bien de lujo de la minoría de privilegiados propietarios.

No hay que temer el objetivo de la eficien­cia. Lo que hay que hacer es superar la eficiencia capitalista simplemente reemplazándola por la eficiencia comunista, que por cierto será supe­rior. Y la eficiencia comunista exige que tanto el planificador central como los planificado­res descentralizados persigan sus objetivos de producción, en realidad coincidentes, al menor coste posible, y para ello deberán computar esos costes empleando la guía de los precios contables a los que nos referimos a continuación.8

Diego Guerrero fue profesor de Economía en la Universidad Complutense de Madrid, España. Formado en economía marxista en las universidades París-XIII, New School (Nueva York) y SOAS (Londres), es autor de Acumulación de capital, distribución de la renta y crisis de rentabilidad en España (1989), Competitividad: Teoría y política (1995), Historia del Pensamiento Económico Heterodoxo (1997) y La explotación: Trabajo y capital en España (2006). Es miembro fundador de ‘Asalariados sin Fronteras’. Ha editado los libros Macroeconomía y crisis mundial (2000),  Manual de economía política (2002) y Lecturas de Economía Política (2002), y coeditado La Nueva Economía Política de la Globalización (2000).
El presente trabajo fue publicado en dos entregas [12-10-2007 y 12-06-2009, respectivamente] en la revista Laberinto que hoy, por su evidente actualidad, ofrecemos en un solo bloque.




http://laberinto.uma.es/

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